La línea de pensamiento que acabo de exponer se la debemos a Immanuel Kant. Se trata de uno de los grandes argumentos que se han planteado en el campo de la filosofía, y sus repercusiones se han dejado sentir en todos los terrenos; más adelante volveremos sobre algunas de estas repercusiones. Sin embargo, para nuestros propósitos actuales su interés reside en el diagnóstico que sugiere acerca de las ideas contenidas en la lista 2, que aparece al comienzo de este capítulo.
Lo que hace que surjan aquellas ideas es mi supuesta capacidad para imaginarme a mí mismo en diferentes situaciones, y para ponerme en la piel, por ejemplo, de un personaje histórico, de un perro o de un ángel. Eso me hace pensar que he trasladado al escenario imaginado a mi misterioso yo, a mi propia alma, en cuyo caso el alma se convierte en algo realmente extraño, pues algunas de mis fantasías pueden consistir en imaginarme a mí mismo en otra época, con un cuerpo distinto o con capacidades mentales distintas, viviendo otro tipo de experiencias y
otras cosas por el estilo. En otras palabras, me abstraigo de todo aquello que me confiere una identidad como ser humano y, sin embargo, sigo pensando que hay algo, mi esencia, que permanece. Este es el origen de la «distinción real» de Descartes.
Pero supongamos, en cambio, que no traslado nada con mi imaginación. Todo lo que hago es representarme cómo sería el mundo visto desde otro punto de vista, en otra época, o lo que fuera. Si no hay ninguna esencia mía que se traslade a los diversos escenarios, el hecho de que sea capaz de imaginarlos no constituye ninguna evidencia de que mi «yo» los haya experimentado o pueda sobrevivir para experimentarlos. A modo de ilustración, consideremos una de las primeras ideas de la lista: tal vez sobreviva a mi muerte corporal. ¿Qué fantasías se esconden detrás de esa idea? Pues bien, supongamos que me imagino lo que sería contemplar mi propio funeral, en presencia de mi ataúd y de mi familia que se lamenta. Tal vez los vea desde un escondite situado al fondo de la iglesia. Tal vez me ofenda el hecho de que la congregación no parezca muy apenada, o quizá tenga ganas de decirles que a fin de cuentas no es tan terrible lo que me ha pasado. Tal vez el hecho de estar muerto me dé una visión de rayos X, de modo que echo un vistazo a mi cuerpo tendido dentro del ataúd. Se me encoge el corazón. Parezco tan viejo. Pero ¡mira! Allí se abren las puertas de nácar y allí viene mi bisabuela a darme la bienvenida...
experiencia de ver mi propio ataúd y demás. Y eso es algo que sin duda puedo hacer: después de todo puedo representarme lo que sería verlo —algo no muy distinto de ver otros ataúdes—. Puedo representarme lo que sería echar un vistazo a su interior —una visión espantosa—. Sin embargo, y éste es el punto crucial, tales ejercicios de imaginación no trasladan a ningún «yo» al escenario donde el ser humano Simon Blackburn está muerto. Soy yo, aquí y ahora, quien se lo imagina, y no hay ningún yo imaginario contemplando aquella escena. El único vestigio mío que hay en ella es mi cuerpo muerto.
Podemos plantear la cuestión del siguiente modo. La línea de pensamiento de Kant sugiere que es equivalente decir «puedo imaginar lo que es ver X» y «puedo imaginarme a mí mismo viendo X». Pero se trata de una equivalencia puramente formal: no hay ningún yo sustantivo, ningún alma o Mí Mismo, implicado en la fantasía. Por lo tanto, es un error tomar aquellas fantasías como fundamento de ninguna «distinción real» entre uno mismo como sujeto, como yo o como alma, y el animal que somos en realidad. Así pues, nuestras fantasías acerca de X no suponen ningún apoyo para la teoría de que nuestra biografía podría superar la biografía de aquel animal, simplemente porque X es algo que el animal no podrá ver.
De modo parecido, supongamos que practico un juego que podríamos llamar «imaginar que soy Genghis Khan». Me represento caballeros y campos de batalla. Soy bajo y astuto, y también un magnífico jinete. Por Dios, qué frías
son las estepas. Tanta política acaba por aburrirme. Grito: «Otra ronda de leche fermentada de yegua». Uy, se supone que hablo mongol, no inglés.
En este caso debería resultar todavía más evidente que no hay ninguna alma ni Mí Mismo que se haya introducido en la figura de Genghis. En realidad, desde el momento en que sigue habiendo algo de mí en la fantasía, como por ejemplo el lapsus con el inglés, el intento ha sido un fracaso. Sucede lo mismo cuando un actor representa el papel de un personaje histórico y cae en anacronismos, como por ejemplo que Enrique VIII se mire el reloj o hable acerca de las películas que hay en cartelera.
Lo que realmente hago es representarme campos de batalla, frías estepas y otras cosas por el estilo, como si los tuviera delante de los ojos, y hago cosas dignas de un guerrero, como dar instrucciones o saltar sobre un caballo. Puedo hacerlo más o menos bien: algunas personas tienen más facilidad para imaginarse el mundo visto desde diferentes puntos de vista, del mismo modo que hay personas que actúan mejor que otras. Mientras mi Genghis Khan siga hablando en inglés, sin embargo, no habré llegado demasiado lejos.
¿Demuestra eso que todas las ideas de la lista 2 son ilusiones? Ciertamente pone en duda el valor que puedan tener las simples fantasías como prueba. Si hay alguna otra evidencia en su favor, pues perfecto. Pero es bueno darse cuenta de lo mucho que debe aquella lista a las fantasías en primera persona. No parece que me lleve muy lejos tratar
de imaginarte a ti en la persona de Genghis Khan. ¿Acaso te puedo imaginar masacrando a gente desde un caballo? ¿Con un género distinto, una edad distinta y una forma también distinta de pensar (se hace difícil creer que puedas tener las mismas ideas que Genghis Khan)? Todo lo que consigo cuando intento imaginar esta posibilidad es pensar en ti en lugar de pensar en Genghis Khan. Es lo mismo que pensar en un narciso en lugar de pensar en un roble, lo cual no es lo mismo que pensar que el roble podría haber sido un narciso. No consigo descubrir ninguna clase de identidad entre ambos.
En resumen, no puedo evitar pensar en ti como un animal humano de gran tamaño con una determinada personalidad. Otros animales humanos con otras personalidades son distintos de ti, y no podrías haber sido uno de ellos. ¿Cuántos aspectos de tu personalidad podrías perder y seguir siento tú mismo? La verdad es que este problema se parece al que teníamos antes con los barcos. Tal vez estemos dispuestos a aceptar muchos cambios y, sin embargo, a veces decimos cosas como: «Ya no es la persona que era antes». Desde la perspectiva que proponen Locke y Kant, la expresión podría ser cierta en un sentido literal.