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Un alma inmortal?

In document Pensar - Simon Blackburn (página 161-167)

Veamos algunas de las cosas que pensamos acerca de nosotros mismos:

Lista 1

Hubo un tiempo en el que yo era muy pequeño. Salvo accidente o mala suerte, envejeceré.

A medida que envejezca, es probable que olvide buena parte de mis recuerdos. También experimentaré algunos cambios, por ejemplo en relación con las cosas que me interesan. Mi cuerpo también experimentará cambios.

La materia orgánica de mi cuerpo (a excepción de mi cerebro) se renueva aproximadamente cada siete años.

Si mi cuerpo sufriera un accidente, por ejemplo la pérdida de alguna de sus partes, me tendría que conformar con el resultado. Veamos ahora algunas cosas que es posible pensar acerca de nosotros mismos. Cuando digo que es posible pensarlas, me refiero a que parece que somos capaces de comprender lo que significan, no que creamos en ellas. Las posibilidades planteadas nos pueden resultar bastante peregrinas, pero eso no es relevante por el momento:

Lista 2

Podría haber nacido en una época o en un lugar distinto.

Podría ser que sobreviviera a mi muerte corporal, y viviera otra clase de vida como espíritu.

Podría haber merecido la dicha o la desgracia de tener un cuerpo distinto.

Podría haber merecido la dicha o la desgracia de tener unas capacidades mentales distintas (una mente distinta).

Podría haber merecido la dicha o la desgracia de tener a la vez un cuerpo y una mente distintos.

histórico.

Podría tener que vivir otra vez, por ejemplo en la forma de un perro, a menos que me comporte bien.

En realidad, hay gente que cree, o dice que cree, en tales cosas, y existen religiones enteras que sostienen algunas de ellas. El cristianismo sostiene que la segunda idea de esta lista es verdadera, mientras que el hinduismo defiende la última. E incluso aunque no aceptemos ninguna de ellas, parece que entendemos lo que significan.

La diferencia entre ambas listas es la siguiente. La primera es compatible con la concepción que podemos tener espontáneamente sobre nosotros mismos. Soy un animal de gran tamaño, humano. Mi biografía es parecida a la de otros animales: comienza con un nacimiento natural, incluye una serie de cambios naturales y termina con una muerte natural. Estoy rigurosamente ubicado y limitado en el espacio y en el tiempo. Sobrevivo a varios cambios naturales, como el envejecimiento. Pero eso es todo.

La segunda lista sugiere que soy algo mucho más misterioso, algo que sólo de un modo contingente se halla «atado a un animal mortal». De acuerdo con las ideas que aparecen en la segunda lista, soy algo que puede cambiar de aspecto y de forma, de cuerpo y de mente, y que podría existir incluso sin ningún cuerpo. La biografía del «yo» podría durar siglos enteros y revelar una lista interminable de cambios de personalidad, como si fuera un actor.

Tal como vimos en los dos primeros capítulos, Descartes pensaba que podíamos intuir de forma «clara y distinta»

que el yo es algo distinto del cuerpo. Y las ideas que se contemplan en la segunda lista parecen apoyarle. Es como si hubiera algo —el alma, el yo o la esencia— que permanece a través de un buen número de cambios (lista 1) y que incluso podría sobrellevar situaciones mucho más extraordinarias (lista 2). Pero, ¿qué es este yo? Veamos otra vez lo que dice David Hume:

En lo que a mí respecta, siempre que penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo tropiezo en todo momento con una u otra percepción particular, sea de calor o frío, de luz o sombra, de amor u odio, de dolor o placer. Nunca puedo atraparme a mí mismo, en ningún caso sin una percepción, y nunca puedo observar otra cosa que la percepción. Cuando mis percepciones son suprimidas durante un tiempo: en un sueño profundo, por ejemplo, durante todo ese tiempo no me doy cuenta de mí mismo, y puede decirse que verdaderamente no existo. Y si todas mis percepciones fueran suprimidas por la mente y ya no pudiera pensar, sentir, ver, amar u odiar tras la descomposición de mi cuerpo, mi yo resultaría completamente aniquilado, de modo que no puedo concebir qué más falta para convertirme en una perfecta nada.1

Hume está señalando que el yo es inaprensible. Es inobservable. Si «miras en tu interior» intentando atraparlo, no lo consigues porque todo lo que encuentras son lo que él llama «percepciones particulares», es decir, experiencias y emociones. No encuentras junto a ellas ni un atisbo del «yo» que es el sujeto de tales experiencias. Y sin embargo todos creemos conocernos a nosotros mismos de un modo particularmente íntimo. Tal como vimos, Descartes pensaba

que este autoconocimiento sobrevivía incluso a la duda «hiperbólica».

A muchos filósofos les ha parecido que este diamante en bruto, el yo, poseía otra notable propiedad. Es simple. El yo no es un compuesto. Veamos lo que dice un contemporáneo de Hume, el filósofo escocés del «sentido común» Thomas Reid (1710-1796):

Hablar de una parte de una persona es manifiestamente absurdo. Cuando un hombre pierde su patrimonio, su salud, su fuerza, sigue siendo la misma persona, y no ha perdido nada de su personalidad. Si le cortan una pierna o un brazo, es la misma persona que era antes. El miembro amputado no era una parte de su persona, pues de otro modo tendría derecho a una parte de su patrimonio y sería responsable de una parte de sus obligaciones. Tendría derecho a una parte del mérito o el demérito que mereciera esta persona, lo cual es manifiestamente absurdo. Una persona es algo indivisible... Mis pensamientos, acciones y sentimientos cambian a cada momento; su existencia no es continua, sino sucesiva; pero el yo al cual pertenecen es permanente, y mantiene la misma relación con todos los pensamientos, acciones y sentimientos sucesivos que llamo míos.2

Este «yo» simple y perdurable es precisamente lo que Hume lamentaba no poder encontrar nunca, Reid da un golpe sobre la mesa y anuncia su existencia.

La simplicidad del alma tiene la ventaja de abrir oportunamente la puerta al argumento tradicional sobre su inmortalidad.

desintegración de cosas compuestas. Luego, cualquier cosa que no sea un compuesto no puede cambiar ni corromperse. El alma no es un compuesto. Luego, el alma no puede cambiar ni corromperse.

Tal como está formulada, la primera premisa podría resultar escasamente convincente. Haría falta dar algunas explicaciones. La idea sería que en cualquier cambio natural (físico) podemos detectar algo que se conserva. Si rompemos una galleta, la materia de la galleta se conserva. Antes se pensaba que se conservaban los átomos, de modo que los cambios químicos no serían más que una reordenación de los átomos de una sustancia. En la actualidad parece que deberíamos pensar en algo más básico todavía: tal vez lo que se conserva es la energía, o ciertas partículas subatómicas cuya reordenación sería la responsable de los cambios en la materia compuesta. En ambos casos, sólo cambiaría la composición. La verdadera «materia» (partículas elementales, energía) simplemente sigue allí.

Si pudiéramos defender realmente que la primera premisa es una verdad a priori, y si pensamos que Reid ha dado buenas razones en defensa de la segunda premisa (el alma no es un compuesto), entonces el argumento tiene buen aspecto. Por supuesto, el argumento también vale en relación con la existencia de mi «yo» antes de mi nacimiento natural, lo que podría hacer que perdiéramos un poco el entusiasmo.

¿Debemos aceptar realmente que la lista 2 ofrece siquiera meras posibilidades? No nos preocupemos de momento por si aquellas posibilidades existen realmente, tal como defienden numerosos creyentes. Preguntemos en cambio si por lo menos son coherentes.

In document Pensar - Simon Blackburn (página 161-167)