CULTIVAR LA HUMILDAD
LAS DESVENTAJAS DE LA ESTIMACIÓN PROPIA
Es imposible encontrar un solo problema, dificultad o sufrimiento que no tenga su origen en la estimación propia. Shantideva dice:
«Toda la felicidad del mundo surge de desear la felicidad para los demás, y todo el sufrimiento del mundo surge de desear la felicidad para uno mismo».
¿Cómo debemos interpretar esta estrofa? Como se mencionó con anterioridad, todas nuestras experiencias son el resultado de acciones que hemos cometido en el pasado: las experiencias agradables lo son de acciones virtuosas, y las desagradables, de acciones perjudiciales. Si no cometiésemos estas últimas, nunca experimentaríamos sus dolorosas consecuencias. Las acciones perjudiciales están motivadas por las perturbaciones mentales, que a su vez surgen de la estimación propia. Primero pensamos: «Soy muy importante» y, como resultado, creemos que es esencial satisfacer nuestros deseos. Luego, deseamos poseer lo que nos parece atractivo y generamos apego, rechazamos lo que nos resulta desagradable y generamos odio, o
sentimos indiferencia por todo lo demás y generamos ignorancia. A partir de estas tres perturbaciones mentales surgen todas las demás. El aferramiento propio y la estimación propia son la raíz del árbol del sufrimiento, las acciones perjudiciales son sus ramas, y los sufrimientos del samsara, sus frutos amargos.
Si comprendemos cómo surgen los engaños, comprobaremos que la estimación propia es el origen de nuestro sufrimiento. Al no tener en cuenta la felicidad de los demás y esforzarnos por satisfacer nuestros deseos, cometemos acciones perjudiciales, cuyo resultado será sufrimiento. Todas las enfermedades, los desastres naturales y las guerras tienen su origen en la estimación propia. Es imposible experimentar una enfermedad o cualquier otra desgracia sin haber creado antes su causa, que es necesariamente una acción motivada por esta perturbación mental.
Cuando una persona tiene problemas, no debemos pensar que se los merece y que, por lo tanto, no es digna de compasión. Debido a sus perturbaciones mentales, los seres sintientes no pueden controlar su mente y cometen acciones negativas. Si una persona que sufre una enfermedad mental se lesiona a sí misma golpeándose la cabeza contra una pared, los médicos no se negarán a curarla porque sea ella misma la causante de sus heridas. Del mismo modo, si una persona padece una enfermedad grave, en realidad es el resultado de haber cometido una acción perjudicial en una vida anterior, y debemos tener compasión por ella. Si comprendemos que los seres sintientes están dominados por sus perturbaciones mentales, la causa de todo su sufrimiento, crecerá nuestra compasión por ellos. Para poder ayudar a los demás de manera eficaz, debernos tener una mente compasiva que desee liberarlos del sufrimiento y de sus causas.
Podemos comprobar en nuestra vida diaria cómo la estimación egoísta causa sufrimiento. La falta de armonía, las disputas y peleas provienen del egoísmo de las personas implicadas. Debido a la estimación propia, nos aferramos con intensidad a nuestras opiniones e intereses, y nos negamos a tener en cuenta el punto de vista de los demás. En consecuencia, nos enfadamos con facilidad y criticamos a los demás o incluso nos peleamos con ellos. La estimación propia nos hace deprimirnos cuando no conseguimos nuestros objetivos o no se cumplen nuestras expectativas. Si analizamos nuestro estado mental cuando estamos tristes, descubriremos que se caracteriza por una preocupación excesiva por nosotros mismos. Si perdemos el empleo, nuestra casa, la reputación o los amigos, nos deprimimos porque sentimos apego hacia estos objetos, pero no nos preocupamos tanto si les ocurre lo mismo a los demás.
Las condiciones externas no son favorables ni desfavorables por sí mismas. Por ejemplo, la mayoría de las personas deseamos poseer riquezas, pero si sentimos demasiado apego hacia ellas, solo nos causarán problemas y, al disfrutarlas, malgastaremos nuestros méritos. En cambio, si actuamos por amor a los demás, incluso perder todo nuestro dinero puede ser beneficioso, porque nos ayudará a ser más comprensivos con los que sufren a causa de la pobreza, tendremos menos distracciones y podremos concentrarnos mejor en nuestra práctica espiritual. Aunque
consigamos todo lo que nuestra estimación propia desea, no tenemos la seguridad de que vayamos a ser felices, porque cada éxito en el samsara nos causará nuevos problemas y nos inducirá de forma inevitable a generar más deseos. Nuestra lucha infatigable por satisfacer nuestros deseos egoístas es como beber agua salada para calmar la sed. Cuanto más nos esforcemos por satisfacerlos, más sed de ellos tendremos.
Cuando una persona se suicida, por lo general, lo hace porque no se cumplen sus deseos. La insatisfacción que experimenta le resulta insoportable porque su estimación propia le hace creer que sus deseos son lo más importante. Debido a nuestro egoísmo, nos aferramos tanto a nuestros deseos y planes, que no podemos aceptar las dificultades que la vida nos presenta ni aprender de ellas. Para mejorar como personas, no es necesario alcanzar metas mundanas, porque podemos adquirir las cualidades que realmente importan, como la sabiduría, la paciencia y la compasión, tanto si fracasamos como si tenemos éxito.
A menudo culpamos a otras personas de nuestras desgracias y les guardamos rencor, pero si lo analizamos con detenimiento, comprobaremos que la causante de nuestra infelicidad es nuestra propia actitud mental. Las acciones de otras personas solo pueden afectarnos si reaccionamos ante ellas de manera incorrecta. La crítica, por ejemplo, no puede perjudicarnos por sí misma, pero nuestra estimación propia sí. Por su culpa, dependemos tanto de las opiniones y la aprobación de los demás, que perdemos la capacidad de actuar de manera apropiada.
En ocasiones, pensamos que no somos felices porque la persona a la que amamos se encuentra en dificultades. En estos casos, debemos recordar que, de momento, nuestro amor por los demás está casi siempre mezclado con el apego, que es una mente egoísta. Por ejemplo, aunque el amor que los padres sienten por sus hijos es, por lo general, profundo y sincero, no siempre es puro. Con él están mezclados sentimientos como la necesidad de ser amados y correspondidos, la convicción de que sus hijos les pertenecen, el deseo de impresionar a los demás con sus logros y la esperanza de que satisfagan sus deseos y ambiciones. A menudo es difícil distinguir entre el amor y el apego, pero cuando aprendamos a hacerlo, comprobaremos que la causa de nuestro sufrimiento es siempre este último. El amor puro e incondicional nunca causa sufrimiento, sino paz y alegría.
Todos los problemas de la sociedad, como las guerras, los crímenes, la contaminación, la adicción a las drogas, la pobreza, las injusticias sociales y la falta de armonía en las familias, son el resultado del egoísmo colectivo. Debido a nuestro desprecio por la naturaleza, hemos exterminado miles de especies animales y contaminado el planeta hasta hacerlo casi inhabitable. Si todos estimáramos a los demás, la mayoría de los problemas del mundo se resolverían en poco tiempo.
La estimación propia es como una cadena que nos mantiene atados a la existencia cíclica. Padecemos sufrimiento porque hemos renacido en el samsara, y esto nos
ocurre por cometer acciones perjudiciales motivadas por el egoísmo, que perpetúan el ciclo de renacimientos incontrolados. La existencia cíclica es la experiencia de una mente egoísta. Los seis reinos del samsara, desde el de los dioses hasta el de los infiernos, no son más que alucinaciones y pesadillas de una mente distorsionada por el aferramiento propio y la estimación propia. Al hacernos concebir la vida como una continua lucha por proteger y servir a nuestro yo, estos dos engaños nos inducen a cometer innumerables acciones perjudiciales que nos mantienen atrapados en la prisión del samsara. Hasta que no eliminemos estas dos perturbaciones mentales, no podremos controlar nuestra mente y seguiremos corriendo el riesgo de renacer en los reinos inferiores.
Es muy importante controlar nuestro egoísmo, aunque solo sea de forma temporal. Todas las preocupaciones, la ansiedad y el abatimiento se originan en él. Cuando olvidamos la obsesión que tenemos por nuestro propio bienestar, nos relajamos y nos sentimos mejor. Aunque recibamos malas noticias, si controlamos nuestra mente y no reaccionamos de manera egoísta, mantendremos la calma. En cambio, si no dominamos nuestra estimación propia, nos inquietaremos ante cualquier dificultad. Si un amigo nos critica, nos enfadamos con él, y si no se cumplen nuestros deseos, nos deprimimos. Cuando un maestro de Dharma dice algo con lo que no estamos de acuerdo, nos enfadamos c incluso perdemos la fe en él. Muchas personas se asustan cuando un indefenso ratoncillo entra en su habitación. Si los ratones no comen seres humanos, ¿por qué sentimos pánico? Lo único que nos perjudica es nuestra estimación propia. Si amásemos al ratón tanto como a nosotros mismos, cuando entrase en nuestra habitación, le daríamos la bienvenida pensando que tiene tanto derecho a estar allí como nosotros.
Para los que desean alcanzar la iluminación, el peor defecto es la estimación propia. Esta actitud es el obstáculo principal que nos impide estimar a los demás y, por lo tanto, cultivar las mentes de gran compasión y bodhichita, y entrar en el camino mahayana. Puesto que la bodhichita es la causa principal de la iluminación, la estimación propia es el mayor impedimento para alcanzarla.
Aunque aceptemos que no somos más importantes que los demás y que la estimación propia nos causa numerosos inconvenientes, puede que esta última nos parezca indispensable. Al fin y al cabo, si no nos amamos y preocupamos por nosotros mismos, ¿quién lo va a hacer? No obstante, esta manera de pensar es errónea. Aunque es cierto que debemos amarnos y cuidar de nosotros mismos, podemos hacerlo sin actitudes egoístas. Podemos cuidar de nuestra salud y tener un empleo, una casa y otras posesiones pensando en el bien de los demás. Si consideramos que nuestro cuerpo es un instrumento para beneficiar a los demás, podemos alimentarlo, vestirlo, limpiarlo, descansar, etcétera, sin estimación egoísta. Al igual que el conductor de una ambulancia cuida de ella sin pensar que le pertenece, nosotros también podemos cuidar de nuestro cuerpo y posesiones por el beneficio de los demás. La única manera en que podemos ayudar de verdad a todos los seres sintientes es convirtiéndonos en un Buda, y el renacimiento humano es el mejor vehículo para lograr
este objetivo. Por lo tanto, es importante que cuidemos de nuestro cuerpo. Si lo hacernos con la motivación de bodhichita, estas acciones formarán parte del camino hacia la iluminación.
A menudo confundimos la estimación propia con el respeto por nosotros mismos, pero en realidad no hay relación entre estos factores mentales. Cuando deseamos lo mejor para nosotros, engañamos a los demás o no cumplimos nuestros compromisos, no lo hacemos por respeto propio. Si lo analizamos con detenimiento, comprobaremos que es nuestro egoísmo el que nos hace perder la confianza en nosotros mismos. A algunas personas, su estimación propia los convierte en alcohólicos o drogadictos y, de esta manera, pierden por completo el respeto por sí mismos. En cambio, cuanto más estimemos a los demás y los beneficiemos, en mayor medida aumentará nuestra confianza en nosotros mismos. Cuando el Bodhisatva toma el voto de superar sus defectos y limitaciones, cultivar buenas cualidades y trabajar hasta que todos los seres sintientes se liberen de los sufrimientos del samsara, adquiere una gran confianza en sí mismo, mucho mayor que la de cualquier persona egoísta.
Es posible que nos hagamos la siguiente pregunta: «Si no tuviese estimación propia, ¿no dejaría de apreciarme a mí mismo?». Por supuesto que debemos aceptarnos y estimarnos a nosotros mismos, puesto que si no lo hacemos, ¿cómo vamos a amar a los demás? Esto es importante comprenderlo. En el Adiestramiento de
la mente en siete puntos, Gueshe Chekhaua describe los compromisos relacionados
con el adiestramiento de la mente, las pautas de comportamiento que adoptan los practicantes de Loyong. El primero de ellos dice: «No permitas que tu adiestramiento mental sea la causa de una conducta impropia». Este compromiso aconseja a los practicantes de Loyong que se aprecien a sí mismos. Si mantenemos una actitud demasiado crítica con nosotros mismos, nos desanimaremos y nos resultará difícil estimar a los demás. Aunque es necesario reconocer nuestros defectos, no debernos odiarnos por tenerlos. Este compromiso también nos aconseja que nos cuidemos y atendamos a nuestras necesidades básicas. Si intentamos vivir, por ejemplo, sin comida ni alojamiento, perjudicaremos nuestra salud y reduciremos nuestra capacidad para beneficiar a los demás. Además, si nos comportamos de forma extraña, los demás pensarán que estamos locos, perderán su confianza en nosotros, no creerán en lo que decimos y, por lo tanto, no podremos ayudarlos. No es fácil abandonar por completo la estimación propia, y para hacerlo necesitamos mucho tiempo. Si no nos apreciamos a nosotros mismos o descuidamos nuestras necesidades, no tendremos confianza ni entusiasmo para alcanzar realizaciones espirituales.
Cuando eliminamos la estimación propia, no perdemos nuestro deseo de ser felices, sino que comprendemos que la verdadera felicidad se consigue beneficiando a los demás. Entonces, descubrimos una fuente inagotable de felicidad: nuestro amor por los demás. Las dificultades no nos causan abatimiento ni los acontecimientos favorables nos entusiasman, sino que somos capaces de transformar cualquier circunstancia y disfrutar de ella. En lugar de esforzarnos por acumular posesiones materiales, reconocemos que el único modo de encontrar la felicidad verdadera es alcanzando la
iluminación, y tomamos la determinación de hacerlo. Sin embargo, aunque anhelamos disfrutar del gozo supremo de la iluminación, lo hacemos solo por el beneficio de los demás, puesto que de esta manera podemos satisfacer nuestro verdadero deseo: que los demás sean felices. Cuando nos convertimos en un Buda, irradiamos felicidad en forma de compasión permanente, que bendice a todos los seres sintientes y los conduce de manera gradual hacia ese mismo estado.
En resumen, la estimación propia es una mente innecesaria que carece de valor. Puede que seamos inteligentes, pero si nos preocupamos solo por nuestro propio bienestar, nunca colmaremos nuestro deseo de ser felices. En realidad, el egoísmo nos convierte en estúpidos. Nos hace desdichados en esta vida, nos impulsa a cometer acciones perjudiciales que nos causarán sufrimiento en vidas futuras, nos ata al samsara y obstaculiza nuestro camino hacia la iluminación. En cambio, estimar a los demás proporciona los resultados opuestos. Gracias a esta mente, seremos felices en esta vida, realizaremos acciones virtuosas que nos harán felices en vidas futuras, eliminaremos nuestras perturbaciones mentales, que nos mantienen atrapados en el samsara, y adquiriremos con rapidez las cualidades necesarias para alcanzar la iluminación total.