PARTE I: Componentes teóricos que delimitan la problemática de
Capítulo 1: Apalabrando ideas: algunos componentes teóricos
1.2. Detrás de escena: de lo visual a la funcionalidad invisible
El paisaje como escenario, como escena, es en definitiva el resultante momentáneo en un tiempo dado de la funcionalidad no visible a simple vista, a priori en la observación. La comprensión de la misma implica desentramar los componentes y relaciones más profundos no evidenciados en la apreciación inicial. Es en la transición del acercamiento visual del paisaje al entendimiento de la complejidad funcional del territorio, cuando el autor Raffestin (1977, en Lorda, 2005) expresa que el paisaje esconde una territorialidad; refiere al territorio como espacio de apropiación social y no meramente como soporte donde se cristalizan las prácticas sociales vinculadas a un tiempo que ha transcurrido y que transcurre, que se encuentra en mutación y cambio permanente.
El proceso de construcción del territorio se explica por la relación de los lazos que sobre él establecen los habitantes a lo largo del tiempo, vinculándolo al espacio vivido en el que se desarrolla una vida activa afectiva e intelectual; y el análisis, sobre la base de imágenes referenciales de la comprensión de la memoria colectiva del lugar (Lorda, 2005).
Desde esta visión, el territorio y su análisis son muy distintos, a su concepción primigenia en la que se lo emparentaba con la geografía política y las demarcaciones político-administrativas de los espacios. Pero ya para autores como Haggett (1988), la territorialidad es un área específica del espacio sobre la que se toma posesión para realizar actividades cotidianas. Las mismas entendidas como la cotidianeidad o el cotidiano, constituyen la mínima unidad de tiempo-espacio significativa, en la intersección de la territorialidad con la historicidad; es el espacio-tiempo con sentido que corresponde a la totalidad y sitúa a escala de la acción territorial (Bustos Cara, 2011) (Figura 4).
Figura 4. La territorialidad es entendida como el cotidiano del espacio- tiempo
Fuente: Elaboración propia, Kraser Ma. Belén, 2014.
“El cotidiano es el que crea ese espacio banal de todas las personas, en el que trabajo, cultura, se recrean por intermedio del territorio usado, y que (…) es un centro de esperanza en la recreación del mundo” (Santos, 1999, en Di Nucci, 2009: 3). Se imprime así la variable de lo cotidiano, de la pertenencia y del sentido de lugar enunciado por Yi Fu Tuan (1974, en Briz, 2004), como sentimientos que guardan relación con la naturaleza del mundo objetivo, con la calidad de las imágenes mentales y la carga de subjetivismo, en definitiva sentimientos de identificación (Briz, 2004).
En tanto Méndez (1997), retomando otros autores (Vázquez Barquero, 1988; Stöhr, 1987, 1990; Furió, 1996) aborda el territorio desde una visión compleja, como sistema constituido por diferentes subsistemas tales como el natural, el social, el cultual, el tecnológico, el productivo y el político; en interacción y dinamismo. Lo aceptan como “un espacio socialmente construido, que puede ayudar u obstaculizar los procesos de desarrollo, frente a una simple consideración como soporte o escenario donde tienen lugares tales procesos” (Méndez, 1997: 346).
Desde este análisis, se considera conveniente establecer otra paridad conceptual. En palabras del autor Bozzano (2000), el espacio geográfico es indistinto del territorio, definido como producto de las relaciones entre procesos sociales y procesos naturales. “El territorio es una expresión compleja que conjuga al medio y a los componentes y procesos que contiene: grupos sociales, relaciones, conflictos. Vale decir, el territorio tiene un continente y un contenido, no se reduce solo a la complejidad de su continente físico natural” (Bozzano, 2000: 28- 29).
No obstante, Bustos Cara (1998), diferencia espacio de territorio, haciendo referencia a que en este último se incorpora además la asignación de sentido; “partiendo de la diferenciación de los conceptos de espacio y territorio propuesta inicialmente por Raffestin, en diferentes artículos, es posible imaginar una situación de partida que entenderíamos como espacio, donde todos los elementos del espacio geográfico están presentes, fijos y flujos, pero no se identifican con un sentido hegemónico, organizador u orientador, cuando esto ocurre, se inicia un proceso de territorialización, que convierte el espacio preexistente en territorio mediante la asignación de sentido” (Bustos Cara, 1998: 71).
En una postura intermedia entre distanciar o igual al espacio del territorio, Milton Santos (1996) habla del espacio geográfico o espacio habitado como sinónimo de territorio usado. “Se considera que, la sociedad por medio del trabajo, y de la vida, actúa sobre el espacio y lo produce, de acuerdo a sus necesidades, económicas, sociales, culturales, y simbólicas, entre otras. Se esta haciendo referencia a la producción del espacio geográfico que M. Santos (2000), define como un conjunto indisociable y contradictorio de sistemas de objetos y sistemas de acciones, mediado por normas; sinónimo de espacio banal y de territorio usado: el territorio son formas, pero el territorio usado son objetos y acciones, sinónimo de espacio humano, espacio habitado” (Santos, 1996, en Di Nucci, 2009: 1) (Figura 5).
Figura 5. El territorio es un recorte del espacio al cual se le asigna sentido
Fuente: Elaboración propia, Kraser Ma. Belén, 2014, sobre Santos (1996) y Bustos Cara (1998).
A su vez, Silveira (2008: 3), propone que “no es posible explicar el territorio sin su uso, no es posible comprender el territorio usado sin proyecto”.
La autora continúa “en otras palabras, podríamos decir que el territorio usado es un conjunto de lugares en el cual se realiza la historia (…) Por ello, apropiándose de un territorio, donde se distribuyen los marcos que orientan sus prácticas sociales, cada grupo teje sus lazos de identidad“ (Haesbaert, 2002, en Silveira, 2008: 5). En similitud con la línea de pensamiento de Bustos Cara (1998) mencionada anteriormente, en definitiva el espacio humano, el espacio habitado es el del cotidiano, es el espacio banal, es el cargado de sentido, el territorio usado. La importancia del entendimiento del territorio usado o del uso del territorio es “fundamental para alejar el riesgo de alienación, el riesgo de pérdida del sentido de la existencia individual o colectiva, el riesgo de renuncia al futuro” (Santos, 1994, en Silveira, 2008: 2).
Se avanza de este modo desde un acercamiento a priori mediante el sentido de la vista, de la foto de un espacio, a una complejidad funcional, al territorio, en el que se hacen presentes la naturaleza y la sociedad en completa y constante articulación, no sólo como un soporte. Territorio delimitado por la apropiación, por la cotidianidad, por las decisiones y por el sentido de lugar. En tal contexto, el redescubrimiento del territorio se centra en la redefinición del espacio-tiempo como categoría existencial que excede a una reflexión disciplinaria o aislada (Bustos Cara, 1998). “Lo territorial no es un arte, un soporte o una consecuencia, sino la totalidad espacio temporal de la existencia humana. Esa burbuja del presente, expansiva, abarcadora, que es necesaria reconstruir permanentemente. Más allá de la espacialidad y la temporalidad que aún separa espacio y tiempo en el análisis histórico o geográfico, se revaloriza la historicidad y la territorialidad de la acción humana” (Bustos Cara, 1998: 67).
La postura en la que se sustenta la investigación avanza del paisaje como escenario comunicativo con significancia cultural al territorio usado como espacio banal, como espacio del cotidiano donde los objetos son producto de acciones, intenciones y relaciones entre las personas y entre el grupo con el mundo natural (Santos, 1996; Bustos Cara, 1998; Silveira, 2008; Di Nucci, 2009).