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74 DIEZ TEXTOS BÁSICOS DE CIENCIA POLÍTICA

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58 DIEZ TEXTOS BÁSICOS DE CIENCIA POLITICA

74 DIEZ TEXTOS BÁSICOS DE CIENCIA POLÍTICA

entre 1928 y 1939. En una primera fase (1928-1936) marcha solo al combate, rehusando incluso a retirar sus candidatos de la segunda vuelta: así conserva toda su pureza y su ori­ ginalidad, pero es aplastado (en 1928, con 1.063.943 votos en la primera vuelta, obtiene un total de 14 escaños, mientras que los socialistas obtuvieron 99 con 1.698.084 votos); en 1936, ingresa en la coalición del Frente Popular, que le perm itirá ganar 72 es­ caños, pero corresponderá a una fase muy clara de «aburguesamiento» y de semejanza — al menos exterior— con los partidos tradicionales. Por otra parte, comprobamos la ab­ soluta falta de empuje de movimientos dinámicos, como Acción Francesa, Cruz de Fue­ go o el Partido Social Francés para obtener una representación parlamentaria. El destino del Partido Socialista SFIO ofrece, igualmente un útil motivo de meditación sobre las consecuencias de la segunda vuelta en los nuevos movimientos de opinión. La perm a­ nente necesidad de colaborar con los partidos «burgueses» en el plano electoral tiende constantemente a debilitar sus características propias y a aproximarlas a las de éstos por su espíritu y sus preocupaciones; sin duda, el sistema electoral tiene gran parte de la res­ ponsabilidad de la insipidez del socialismo francés.

En definitiva, la segunda vuelta es esencialmente conservadora. Elimina automáti­ camente a las nuevas corrientes de opinión cuando son superficiales y transitorias; cuan­ do son profundas y duraderas, frena su expresión parlamentaria al mismo tiempo que des­ gasta regularmente su originalidad tendiendo a alinearlas con los partidos tradicionales. Ciertamente, la degradación progresiva del dinamismo de los partidos es un fenómeno general; pero el sistema de la segunda vuelta tiende a acelerarla.

B) También son difíciles de precisar los efectos del sistema mayoritario en este campo. Por un lado, aparece como un sistema conservador — aún más conservador que el sistema a dos vueltas— que opone una barrera infranqueable a todas las nuevas co­ rrientes, con la consecuencia de reforzar el poder de los dos grandes bloques que ha cons­ tituido. Podemos invocar el ejemplo de los Estados Unidos y la imposibilidad, siempre comprobada, de que allí se forme un «tercer partido». Por otra, comprobamos que favo­ reció claramente el desarrollo de los partidos socialistas a comienzos del siglo xx, y que los primeros países en el que éstos pudieron ejercer el poder son, precisamente, los que aplicaban el sistema mayoritario a una sola vuelta: Australia y Nueva Zelanda. ¿Cómo re­ solver esta contradicción?

En gran medida, proviene de circunstancias locales, sin relación con el régimen electoral y que escapan a toda definición general. Sin embargo, también se explica por la naturaleza y la fuerza de los nuevos movimientos de opinión. En tanto éstos se muestran débiles y poco seguros, el sistema los aparta sin piedad de la representación parlamenta­ ria; los eventuales electores, en efecto, evitan apoyarlos porque sus votos, dispersos, po­ drían permitir el triunfo de sus peores adversarios. Una barrera absoluta se levanta en­ tonces ante todos los arranques de humor bruscos y superficiales que a veces atraviesan a una nación.

Pero, supongamos que un nuevo partido — el partido laborista, por ejemplo— ad­ quiere cierta fuerza en una circunscripción: en el escrutinio siguiente, los más moderados de los electores liberales se concentrarán en el candidato conservador, por temor al so­

cialismo, mientras que los más radicales se reunirán en el laborismo. Esta doble «polari­ zación» comienza un proceso de eliminación del partido liberal que los éxitos de los la­ boristas no hacen más que acelerar porque acentuará una «subrepresentación», con la que los candidatos liberales pasarán a la tercera posición. La situación es totalmente diferen­ te en un régimen con dos vueltas: en una circunscripción francesa, antes de 1939, un nú­ mero sustancial de votos obtenido por los socialistas no alejó de los radicales a sus elec­ tores más moderados, al contrario, porque cierto número de electores de derecha co­ menzaron a ver menos peligro en los radicales, en la medida en que los podían proteger de los socialistas: la «polarización» actuaba a favor del centro y retardaba el acceso al po­ der del nuevo partido, al mismo tiempo que la obligación de aliarse con los antiguos de­ bilitaba su originalidad.

Así, el sistema a una vuelta es mucho menos conservador de lo que a menudo se dice; por el contrario, puede acelerar el desarrollo de un nuevo partido desde el momen­ to en que alcanza cierta solidez, y darle rápidamente la posición de «segundo partido». Pero, a partir de este momento, las consecuencias se aproximan a las del sistema a dos vueltas: acelera, como éste, el envejecimiento natural del nuevo partido y tiende a hacer­ lo parecido a aquel de los antiguos que quede como principal rival. Ya hemos descrito este impulso profundo que conduce a los dos grandes partidos a asemejarse como conse­ cuencia de la orientación centrista de la lucha electoral.

C) En cuanto a la representación proporcional, su sensibilidad a los movimientos nuevos es extrema, ya se trate de estremecimientos pasionales pasajeros o de corrientes profundas y durables: es curioso el contraste en este aspecto con su insensibilidad a las variaciones de opiniones tradicionales y la cristalización de antiguos partidos que resulta de ella.

Bélgica, en donde el número de escaños de los grandes partidos ha variado mucho entre 1919 y 1939, proporciona un ejemplo muy notable de la sensibilidad del régimen proporcional a los entusiasmos pasajeros: el éxito extraordinario del rexismo en 1936, cuando obtuvo 21 escaños (sobre 202), seguido de su estrepitosa caída en 1939 (4 esca­ ños) habría sido inconcebible bajo un régimen electoral mayoritario, a una o dos vueltas. Es interesante comprobar en este aspecto que el impulso fascista que se produjo en toda Europa en la misma época sólo se manifestó electoralmente en las pacíficas democracias nórdicas (Bélgica, Holanda y las naciones escandinavas) donde su fuerza parecía, sin em ­ bargo, menos grande que en Francia: en aquéllas reinaba la representación proporcional, en ésta un régimen mayoritario.

Si consideramos ahora los nuevos movimientos más profundos y duraderos, los re­ sultados también son ilustrativos. Entre 1919 y 1933, el desarrollo del comunismo es fa­ vorecido en Alemania por el sistema proporcional, mientras que es claramente detenido en Francia por el régimen mayoritario. Inmediatamente después de la segunda guerra mundial, fue paralizado en la Inglaterra mayoritaria, mientras que se m anifestaba en toda la Europa continental, con sistemas proporcionales. Es igualmente muy probable que el ascenso del nazismo hubiera sido mucho más lento y mucho menos importante en Ale­ mania si el sistema mayoritario hubiera continuado funcionando; la relativa insensibili-

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