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Cuadro 2.5. In exactitud d e l sistem a m ayo rita rio a d o s vu eltas (eleccio n e s fra n c e sa s d e 1932)
(según G. Lachaf)elle, R égim es électorau x, p. 163)
P artidos Votos obtenidos Escaños obtenidos Representación proporcional integral D iferencia Conservador y U .R .D . (derecha) Independientes Demócratas populares Republicanos de izquierda Radicales independientes Radicales socialistas Republicanos socialistas Socialistas
Socialistas com unistas Comunistas 1.316.219 81 86 + 5 499.236 28 32 + 4 309.336 16 20 + 4 1.299.936 72 82 + 10 955.990 62 60 - 2 836.991 157 115 - 4 2 515.176 37 33 - 4 1.964.384 129 122 - 7 78.472 11 5 - 6 796.630 12 50 + 38
mita a traducir exactamente en el plano parlamentario el reparto de los sufragios entre los partidos políticos. Pero queda sin solución el problema de si este reparto es, en sí mismo, la imagen fiel de la opinión pública propiamente dicha. Así, la representación política su pone dos actos sucesivos que es importante distinguir: a) la expresión de la opinión pú blica en la distribución de votos entre los candidatos de las elecciones (que llamamos «re presentación de la opinión» en sentido estricto), h) la traducción de la distribución de los votos en la distribución de los escaños (que llamamos «representación de los partidos»).
Si la influencia de los sistemas electorales sobre la exactitud de la «representación de los partidos» ha sido ya objeto de algunas investigaciones, sus consecuencias sobre la «representación de la opinión» casi nunca ha sido examinada de manera sistemática; sin embargo, la importancia de una es, al menos, igual a la de la otra. Pero la dificultad del análisis es infinitamente más grande porque no se dispone de bases estadísticas: es nece sario utilizar los métodos de sondeo directo (sistema Gallup) en estrecha correlación con las elecciones, no para predecir su resultado (como se hace comúnmente) sino para com parar las posiciones políticas de los electores y de sus votos por tal o cual partido: se po dría, entonces, medir con relativa precisión la deformación que éstos aportan a la expre sión de aquéllas. Comparando los resultados en diversos países clasificados según sus sis temas de escrutinio, sería posible analizar numéricamente la acción del sistema electoral sobre la representación de la opinión, como se ha hecho sobre la representación de los partidos. Desgraciadamente, la insuficiencia actual de los estudios emprendidos en este campo no permite su aplicación en el presente trabajo, que deberá, en consecuencia, uti lizar métodos de observación más empíricos y, por lo tanto, menos precisos: o sea, que las conclusiones formuladas serán muy conjeturales.
A) Para comenzar, señalemos el problema de la localización geográfica de la opi nión, que, además, tiene muchos aspectos. Ya hemos aludido a uno de ellos al estudiar la existencia de partidos locales en el sistema mayoritario a una sola vuelta. La tendencia al
bipartidismo originada por este sistema electoral se manifiesta, sobre todo, dentro de las circunscripciones, puesto que en el ámbito del país pueden coexistir varios partidos con tal que sólo se enfrenten de dos en dos en cada una de ellas. En consecuencia, los pequeños partidos pueden subsistir a escala nacional porque son grandes partidos en de terminadas regiones, ya se trate de partidos autonómicos o regionales (nacionalistas ir landeses, partidos eslovacos en Checoslovaquia, etc.), o de futuros grandes partidos na cionales que comienzan a desarrollarse en las regiones donde la población les es espe cialmente favorable (partidos socialistas en las ciudades obreras), o de antiguos grandes partidos nacionales reducidos a la escala local por el despiadado proceso de eliminación que hemos descrito (actualmente, el partido liberal en Gran Bretaña).
Pero estos resultados se pueden generalizar, porque la propia técnica del sistema mayoritario alcanza a confiar la representación total de una región al candidato que está a la cabeza de sus rivales, sin tener en cuenta los sufragios recogidos por los otros; en tonces, las minorías sólo pueden estar representadas a escala nacional porque son m ayo rías en ciertos distritos. De lo que resulta que el sistema mayoritario acentúa la localiza ción geográfica de las opiniones; de la m ism a manera se podría decir que tiende a con vertir una opinión nacional (es decir, repartida en el conjunto del país) en una opinión regional, que sólo le permite estar representada en las porciones del territorio donde es la más poderosa. En este aspecto, el caso de los Estados Unidos es particularmente llamati vo: es demasiado conocido para que sea necesario insistir en él.
Por el contrario, la representación proporcional actúa en el sentido opuesto: las opi niones fuertemente arraigadas localmente tienden a extenderse al ámbito nacional por la posibilidad de ser representadas aun en las regiones donde son muy minoritarias. La ten dencia es tanto más marcada cuanto más perfecta es la proporcionalidad: el reparto de los votos residuales en el marco nacional la favorece de manera particular, igual que todos los sistemas que tienen como consecuencia práctica hacer una sola circunscripción de todo el país. Así se puede percibir, en los países que han adoptado la representación pro porcional después de haber conocido un sistema mayoritario, una especie de «nacionali zación» progresiva de las opiniones. Ya lo hemos señalado en Holanda, pero es igual mente relevante en Suiza, en Bélgica, etc.
Es difícil decir cuál de estas dos tendencias — nacionalización originada por la re presentación proporcional y localización por el impulso del sistema mayoritario— inter preta más exactamente a la opinión pública. En efecto, ambas la deforman en sentidos contrarios; la primera atenuando las características locales de una opinión, la segunda re forzándolas. Pero se ha mostrado la importancia política del fenómeno; la representación proporcional tiende a reforzar la unidad nacional (o, más exactamente, la uniformidad na cional); el sistema mayoritario agrava las divergencias locales. Las consecuencias son respectivamente felices o desgraciadas, según la situación particular de cada partido. La mentablemente, en Francia, la proporcionalidad parece haber acentuado la tendencia cen- tralizadora y «uniformadora».
En Bélgica, al contrario, se atenúa la rivalidad entre flamencos y valones, que co rrería el riesgo de ser alimentada con un regreso al sistema mayoritario, tendiendo a acen tuar el carácter flamenco del partido católico y la tendencia valona de los socialistas, y a