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Lo que se dijo a sí mismo el Círculo de Viena

DEL CÍRCULO DE VIENA

8. Lo que se dijo a sí mismo el Círculo de Viena

Cuando el positivismo lógico establece los criterios de significación lingüística expuestos hasta el momento, parece plantear dos únicas formas de entender el lenguaje. La primera de ellas se entendería desde un uso del lenguaje puramente descriptivo. Ésta es la que podríamos considerar comprometida epistemológicamente puesto que se adhiere a los criterios de significatividad mencionados. Por otro lado, existiría un uso emotivo del lenguaje donde la falta de referencia provocaría que no existiese posibilidad alguna de establecer argumentos, justificaciones o acuerdos racionales en torno al significado de sus expresiones. A pesar de ello, dentro del propio Círculo de Viena hubo siempre una preocupación por explicar cómo era posible este uso del lenguaje y en qué medida podía afectar a las relaciones entre los individuos. Esto es algo que habría que tener en cuenta, puesto que serviría para atenuar las acusaciones de reduccionismo que muchas veces se vierten sobre el Círculo de Viena. Es relativamente frecuente encontrar en la bibliografía crítica sobre neopositivismo la idea de que este movimiento no entendió la riqueza del lenguaje debido a que únicamente centró su atención sobre el lenguaje puramente descriptivo. Sin embargo, como podemos comprobar, el planteamiento de este grupo de investigadores fue mucho más rico de lo que se piensa. Es posible que todavía dejara muchas cosas de lado que habrían sido decisivas en su concepción del lenguaje, sin embargo, no es cierto que olvidaran otras dimensiones lingüísticas o que no se preocuparan por sus implicaciones. Un asunto completamente distinto es saber si sus respuestas al respecto pueden considerarse satisfactorias.

Charles L. Stevenson es un defensor del positivismo lógico que parece encontrar un modo de explicar cómo estas expresiones lingüísticas llegan a producirse, así como la manera en la que ejercen su influencia sobre las personas. Su propuesta parte de esta división que él define como usos descriptivos

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nuestros sentimientos y emociones mediante diversas manifestaciones. Mediante las interjecciones haríamos patente nuestros sentimientos, a través del uso de la poesía trataríamos de crear estados de ánimo y a través de la oratoria

buscaríamos la forma de incitar a otros a realizar determinadas acciones. Pese a esta trabajada división, Stevenson reconoce la dificultad existente para establecer límites concretos entre cada una de estas aplicaciones, así como reconoce que no podemos afirmar que nunca exista un elemento descriptivo en su conformación. Por eso, no bastará con llevar a cabo el análisis lógico postulado por los neopositivistas sin atender al contexto o a la situación que rodeó al hablante. “Para saber si una persona usa una palabra dinámicamente, tenemos que observar su tono de voz, sus gestos, las circunstancias en que habla y otros hechos similares” (Stevenson, 1965, pp. 276-277). Es en estas manifestaciones de la emotividad descritas por Carnap donde se encuentra el modo de discernir los elementos que inciden sobre la proposición. Es en las acciones y su entorno donde podemos encontrar qué significado está otorgando el sujeto a sus palabras.

Por otro lado, Stevenson opina que existe un elemento en los juicios éticos que generalmente ha permanecido ignorado y que consiste en su capacidad para crear comportamientos o despertar intereses en las personas. Es decir, los juicios morales “en vez de describir meramente los intereses de la gente, los modifican o intensifican, recomiendan el interés por un objeto, más que enunciar que este interés ya existe” (Stevenson, 1965, p. 273). Entendiendo el problema de esta manera, los juicios morales dejan de ser simples descripciones para convertirse en elementos que cambian la conducta del sujeto. No son verdaderos ni falsos en el sentido de que no hay una estructura que los anteceda y con la cual deban compararse. Por otro lado, al no contar con esta posibilidad de verificación, el individuo únicamente está sometido a su influencia mediante el uso que hacen de estos juicios todas las personas que le rodean.

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Los términos éticos son instrumentos usados en la complicada interacción y reajuste de los intereses humanos […] Las gentes de comunidades muy distanciadas tienen diferentes actitudes morales, […] en gran medida porque están sometidas a influencias sociales diferentes […] Los escritores y oradores ejercen también influencia. De esta suerte, la influencia social se ejerce, en una enorme proporción, por medios que no tienen nada que ver con la fuerza física ni con recompensas materiales […] Siendo adecuados para sugerir, se convierten en medios por los cuales las actitudes de los hombres pueden orientarse en éste o aquel sentido […] Los juicios éticos se propagan (Stevenson, 1965, p. 275).

Por tanto, parece existir una dependencia directa entre los comportamientos de los individuos y el significado de sus expresiones. No basta con acudir a los referentes físicos de los conceptos para comprender el significado de nuestras expresiones. Asimismo, estos significados dinámicos, antes que como argumentos descriptivos funcionarían más bien como herramientas persuasivas que pretenden despertar el interés de una persona por un objeto concreto. En este sentido, las ideas del positivismo lógico parecen tambalearse o entrar en una contradicción manifiesta. Sin embargo, Stevenson nunca abandona una concepción empírica del significado en tanto que los usos dinámicos de los conceptos necesitan objetos físicos sobre los cuales reclamar la atención del sujeto. Y aunque estas expresiones puedan ir acompañadas de gestos o entonaciones específicas, el significado de sus conceptos estará constituido por aquellos objetos materiales sobre los que pretenden centrar nuestro interés.

Una cosa es clara: no debemos definir “significado” de un modo tal que el significado cambie con el uso dinámico. Todo lo que podríamos decir de ese “significado”, es que resulta muy complicado y se encuentra expuesto a cambios constantes. Así, indudablemente, tenemos que distinguir entre el uso dinámico de las palabras y su significado (Stevenson, 1965, p. 277).

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Podría parecer que Stevenson había afirmado anteriormente que el significado de una proposición nunca podría establecerse independientemente del uso que la persona hace de ella. Sin embargo, llegado a un punto, la balanza comienza a inclinarse más del lado del modo de actuar del hablante que del análisis lógico. Aparece así un problema que difícilmente podría solucionarse aplicando los criterios neopositivistas: ¿cómo delimitar el significado de un concepto si sobre estos límites inciden factores distintos a los materiales? Este es el tipo de preguntas al que posiblemente Wittgenstein se refiera más adelante cuando hable de situaciones que se nos presentan como un espasmo mental: enredos lingüísticos que nos impiden seguir adelante con nuestras relaciones con el entorno y las demás personas.

Al respecto, Stevenson parece encontrar la solución aplicando sobre sus propios planteamientos los criterios neopositivistas existentes. Gracias a ellos podrá demostrar que los usos dinámicos del lenguaje nunca pueden delimitar el significado de un concepto, pues de lo contrario estaríamos declarándolo asignificativo. Realiza así una dicotomía entre “uso dinámico” y “significado”, afirmando que resulta impensable hacer un uso legítimo de dos términos distintos para referirnos a un único aspecto del lenguaje. Aun cuando parezca existir una llamada a buscar explicaciones complementarias de lo que los neopositivistas entendieron por “significado”, pronto cae en la cuenta de la contradicción que esto supone con los criterios lingüísticos aceptados por el Círculo de Viena. Al aplicar estos parámetros sobre su propio pensamiento se ve en la necesidad de afirmar que no podemos confundir las apariencias que nos muestran las acciones de la persona con el significado real de sus expresiones. Abandona así de manera inmediata lo que podría haber sido una interesante investigación por el hecho de no caer dentro de lo que esta comunidad investigadora consideró relevante para sus propósitos.

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9. Valoraciones

El positivismo lógico se presentó a sí mismo con un proyecto muy concreto: superar la tradición metafísica estableciendo criterios lingüísticos que mostrasen la falta de sentido de estos antiguos problemas y de las posibles soluciones que para ellos se plantearon. La metafísica no era más que un cúmulo de enredos lingüísticos que había mantenido hechizada a toda una vertiente del pensamiento. Sin embargo, no podía afirmarse que aquellas investigaciones pasadas supusieran una auténtica filosofía en tanto que el discurso sostenido por ellas carecía absolutamente de sentido. Por eso, el camino a seguir no era el de dar solución de una vez por todas a cada uno de los interrogantes planteados por los metafísicos, sino mostrar que éstos no eran sino cuestiones sin interés de las cuales podíamos deshacernos sin perjuicio alguno para los seres humanos. El análisis lógico del lenguaje, mediante la aplicación de la lógica formal a los grandes sistemas metafísicos, sería suficiente para lograr este objetivo. Posiblemente hubiera quienes se resistieran a este cambio o no admitieran esta superación de sus planteamientos. Sin embargo, los neopositivistas no pensaron que hubiera que preocuparse por ello, sino que el tiempo se encargaría de ir vaciando los auditorios de estas personas. “Los escritores filosóficos seguirán discutiendo durante largo tiempo los viejos pseudoproblemas. Pero al final ya no serán escuchados; se parecerán a actores que siguieran representando durante algún tiempo, antes de darse cuenta de que el auditorio lentamente se ha ido ausentando” (Schlick, 1965, p. 60). Que hubiera personas que desearan seguir ancladas en la tradición no era una cuestión relevante, puesto que tarde o temprano nadie mostraría interés por su discurso.

Mediante esta superación, el Círculo de Viena se ubicaba a sí mismo en lo que denominaría la “concepción científica del mundo”. Esta forma de entender la realidad asumía la inexistencia de profundidades esenciales más allá

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del mundo físico. Por eso, el único modo de otorgar significado a un concepto era el de ponerlo en relación directa con algún objeto de la realidad. A diferencia de lo que Carnap defendió en Die Aufbau der Welt, los únicos objetos posibles eran los del mundo físico. No existían objetos culturales. Por esto eligieron como modelo de cognición las ciencias naturales, centrando sus esfuerzos en conseguir un armazón formal que asegurara la objetividad necesaria para su lenguaje. En este sentido, el análisis lógico nos ayudaría a

comprender el significado y el sentido de los conceptos y las proposiciones que nos encontráramos. Comprensión constituida por dos cualidades: la primera es que alcanzarla suponía saber el estado de cosas al que refería una proposición, mientras que la segunda consistía en la asunción de que no era sino un paso más hacia la consecución del conocimiento mediante el contraste de las proposiciones con los hechos de la realidad. Es decir, únicamente la relación directa entre lenguaje y mundo nos abría la posibilidad tanto de la comprensión como del conocimiento. Sin embargo, no consideraron necesario para ello establecer un conjunto de normas metodológicas o reglas preceptivas. La aplicación de la lógica formal al lenguaje se mostraba suficiente para desvelar qué afirmaciones podían poseer valor cognitivo. El resto no eran expresiones falsas o equivocadas, sino que ni tan siquiera eran proposiciones.

De este modo, el neopositivismo se consideraba una filosofía de la ciencia radicalmente diferente de cualquier forma de pensamiento anterior. Sin embargo, en mi opinión, guarda una similitud innegable con muchas otras filosofías que habitaron el terreno de la epistemología. Se trata del intento de hallar una entidad que asegurara la corrección de nuestros juicios acerca de la realidad, un tercer elemento que medie entre nuestro lenguaje y el mundo. Tomás de Aquino encontró en la esencia aquello que definía lo invariable de los seres, de manera que un juicio correcto no hacía referencia a las apariencias sensibles, sino a la esencia del objeto juzgado. Kant hizo lo propio con las

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categorías, pues necesitaba de un elemento que corrigiera la distorsión de lo que percibíamos a través de nuestros sentidos y la estética trascendental como filtro de nuestras sensaciones. Por último, el neopositivismo introdujo la forma lógica

como ese tercer elemento que la realidad y nuestros juicios compartían y que podía asegurar la veracidad de estos. Por eso, aun cuando variaron los criterios que delimitaban sus investigaciones, el objetivo del Círculo de Viena era el mismo que el de muchas epistemologías precedentes que ellos mismos habían tachado de metafísicas.

A pesar de ello, los intereses del Círculo de Viena se situaban más allá que la simple formalización del lenguaje científico. Al establecer que únicamente mediante estos criterios podían obtenerse resultados positivos de cualquier investigación, todos aquellos estudios que aspiraran a la veracidad de sus contenidos debían adoptar necesariamente lo que se consideraba un lenguaje estrictamente científico. Asimismo, la educación y formación de todas aquellas personas que desearan mantenerse dentro de una concepción racional de la realidad, debía incluir esta reforma de todas las materias académicas. Pero las expectativas depositadas en este proyecto transgredían las fronteras de las instituciones educativas, pues de lo que se trataba era de crear herramientas útiles para el pensamiento cotidiano. Es decir, la consecuencia final de esta idea era la instauración social de lo que podríamos denominar un modo de vida científico, erigiéndolo como aquel que representaba la racionalidad humana.

Efectivamente, aun cuando el positivismo lógico se presentó a sí mismo como una epistemología en un sentido extremadamente estricto de lógica de la ciencia, sus repercusiones atañen a una dimensión más amplia dentro de la vida humana: desean establecer una forma de dirigirse en el mundo. Sin embargo, bajo mi punto de vista, esto les planteará varios problemas. En primer lugar, sus propios criterios epistemológicos conllevaban la eliminación de todas aquellas doctrinas cuya finalidad era la de establecer normas y reglas de

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cualquier tipo. Esto atañe a gran parte de las epistemologías precedentes que trataban de establecer las condiciones cognitivas ideales, pero también afecta a todas aquellas teorías éticas que pretendían establecer reglas de conducta para la búsqueda de la mejor vida humana posible. Al ser clasificadas como metafísicas sin sentido, resultaba absurdo discutir acerca de estas materias, puesto que nuestros intentos se parecerían a cualquier cosa menos a una conversación elaborada mediante argumentos racionales. A pesar de ello, el ejemplo del debate sostenido entre Neurath y Carnap acerca de las proposiciones protocolares, debería permitirnos dudar de que la aplicación de este método pudiera ser válido para todas las facetas de la vida humana. En el capítulo referente a Wittgenstein trataré de mostrar de forma patente esta insuficiencia, haciéndome cargo de un modo alternativo de entender el lenguaje que nos permitirá abrir nuevos campos de estudio o, cuando menos, aportarnos una mayor comprensión de la naturaleza de nuestro lenguaje.

Esta escisión radical entre conocimiento y metafísica les llevó a una situación donde ambas esferas resultaban difíciles de combinar. Únicamente la ciencia nos aseguraba el permanecer dentro del ámbito de la racionalidad, por lo que debía convertirse en un modelo a imitar. Sin embargo, pese a no contar con un status más elevado que el de la literatura, la metafísica asumía la función de dar cuenta de nuestras voliciones y sentimientos, los cuales se mostraban a través del modo en el que el individuo se relacionaba con su entorno. Bajo mi punto de vista, esto acarrea una dificultad insalvable: o el neopositivismo asumía la necesidad de una metafísica que justificara que el mejor modo de relacionarse con el mundo era el científico o cualquier otro sistema de conducta resultaba tan bueno como éste. Asimismo aun cuando esta metafísica científica fuera posible, al situarla en el terreno de lo irracional, no existiría argumento alguno que nos pudiera convencer de que debíamos escogerla entre las muchas posibles. Es decir, debido a la eliminación de toda

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recurrencia a normas o valores, el positivismo lógico se queda sin herramientas para justificar por qué la concepción científica del mundo debe ser valorada por encima de todas las demás. Es cierto que atendiendo a sus propios criterios las demás materias devienen asignificativas, pero lo que no pueden hacer es mostrar la necesidad de acogernos a sus criterios. Popper ya advirtió de esto: los neopositivistas definían el criterio de significación en las condiciones empíricas de verificación de las proposiciones, lo que suponía la inmediata anulación de la metafísica, puesto que por definición es una materia que va más allá de lo empírico. En este sentido, el criterio positivista se parece más a un acuerdo que a un descubrimiento: un grupo de personas decide delimitar la significación lingüística atendiendo a unos parámetros concretos. Debido a ello, no parece existir una meta-justificación que muestre la necesidad de acogernos a sus criterios de justificación.

Cuando exponga el trabajo de Kuhn se harán explícitas las consecuencias que acarrean estas dificultades, puesto que en la elección personal entre distintos modos de entender un mismo problema juegan un papel relevante otros aspectos al margen de la mera relación entre nuestros conceptos y el mundo. Por eso me pareció interesante rescatar el estudio de Stevenson como un intento de reunir las condiciones objetivas del significado con esos posibles modos de dirigirse en el mundo. Sin embargo sus propios criterios terminaron por convertirse en el estigma del Círculo de Viena, puesto que, en el momento en el que la investigación parecía desviarse del marco epistemológico hacia la esfera de los valores, decidió darse por zanjada. Haber seguido adelante hubiera supuesto caer del lado de la subjetividad y Stevenson habría sido considerado un buen literato pero nunca un filósofo.

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IV

LUDWIG WITTGENSTEIN:

UN GIRO EN LA CONVERSACIÓN

1. Introducción

El positivismo lógico despertó el entusiasmo de gran parte de la comunidad filosófica. Mediante el establecimiento de criterios lingüísticos estrictos podía hallarse el carácter irracional de todos aquellos problemas que habían ocupado a la filosofía clásica. La metafísica no era un discurso de difícil comprensión debido a la oscuridad de sus conceptos y proposiciones, sino que esta dificultad consistía en la carencia de significado de cualesquiera de sus expresiones lingüísticas. Asimismo, toda filosofía referente a normas y valores quedaba inmediatamente descartada al no ser posible encontrar un criterio de significación para sus conceptos. Desde esta perspectiva, la filosofía consistía en una actividad cuya única finalidad era la de establecer las condiciones ideales del discurso con sentido, el cual se identificaba con el conjunto de las proposiciones científicas. La filosofía se convertía así en una doctrina capaz de obtener

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resultados, con un método y un campo de estudio propios, pero sin necesidad de competir con la ciencia natural para obtener el reconocimiento de su posición.

Wittgenstein y su Tractatus logico-philosophicus ejercieron una fuerte influencia sobre el Círculo de Viena y el desarrollo de su concepción filosófica. Sin embargo, no sería acertado identificar el contenido de esta obra con el positivismo lógico. En primer lugar porque alguien como Rudolf Carnap admitió que ciertas partes del Tractatus le resultaban oscuras hasta el extremo y absolutamente incomprensibles, por lo que terminó quedándose únicamente