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Dios como Padre

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La experiencia religiosa de Jesús

2. Dios como Padre

La teoría del conocido estudioso Joachim Jeremias permanece, en lo fundamental, válida. Afirma este autor que cuando Jesús invoca o desig-

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na a Dios lo hace siempre con la palabra aramea Abbá, procedente del lenguaje infantil y que usaban los hijos para dirigirse a su padre también en la edad adulta. Esta teoría ha sido examinada una y otra vez, y –como decimos– mantiene su validez en lo fundamental. Hay, sin embargo, dos aspectos de los trabajos de Jeremías que son muy discutibles: 1) No se puede demostrar que el Jesús histórico distinguiese entre la paternidad divina que a él le correspondía –que sería única y excepcio- nal– y la de las demás personas. Esta distinción está muy clara en la tra- dición, sobre todo en san Juan, pero no puede demostrarse que se en- cuentre en la tradición atribuible al Jesús histórico. Bien entendido que cuando decimos que no se puede demostrar, no estamos negándolo, si- no reconociendo los límites de nuestro conocimiento histórico. 2) Tampoco se puede decir que Jesús fuese el único judío de su tiempo que usase la palabra Abbá para dirigirse a Dios, ni que fuese el primero en hacerlo. Lo que sí se puede afirmar es que nos encontramos con un rasgo característico de Jesús; que en ningún contemporáneo se encuentra un uso tan abundante de este vocablo; y esto, sin duda, nos lleva a algo muy pecu- liar de su experiencia religiosa. Y sus seguidores lo captaron desde el primer momento hasta el punto de que el Abbá arameo se conservaba en comu- nidades cristianas de habla griega (Gal 4,6; Rom 8,5), señal de que lo con- sideraban procedente de Jesús. Es notable que Jesús, que habla constante- mente del reino de Dios, no llame nunca a Dios «rey» (esta designación solo se encuentra en los sinópticos en dichos redaccionales de Mateo). Jesús considera a Dios como Abbá/Padre, pero un error frecuente ha sido interpretar este dato a la luz de las relaciones paternofiliales de nuestro mundo occidental (pensamos en el «papaíto», el padre-cole- ga de sus hijos, en los hijos que discuten las órdenes del padre, en la emancipación de la autoridad paterna...). Es un caso más del etnocen- trismo tan acendrado en la cultura occidental, exégesis bíblica incluida.

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Jesús de Nazaret

La relación entre padre e hijo era muy estrecha y tenía una función social clave en la cultura mediterránea antigua: era ella la que garantizaba el orden y la continuidad de la casa/familia, estructura social básica. Estamos en una cultura profundamente patriarcal, en la que esta relación tiene tres caracte- rísticas: obediencia y fidelidad; imitación; confianza. No es nada difícil des- cubrir que son los rasgos que caracterizan la relación de Jesús con Dios. Jesús quiere hacer siempre la voluntad de su Padre y considera que es- te es el primer deber de todos los humanos. A Dios, único Señor, hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas, lo que implica respeto, fidelidad y sumisión. Jesús asume con radicalidad el primer deber religioso de todo judío. Entien- de que tiene una misión, que es una tarea encargada por Dios, su Pa- dre. Como ya hemos dicho, el momento del bautismo puede muy bien ser una experiencia religiosa privilegiada en la que toma concien- cia de la unción por el Espíritu, de su vinculación con el Padre y de su misión. En la oración, que practica con frecuencia, Jesús cultiva la unión con Dios tan especial que impregna toda su existencia.

Después del bautismo, todos los evangelios tienen el relato de las tenta- ciones en el desierto, sin duda una composición teológica, pero que está interpretando un dato muy real en la vida de Jesús: los intentos por se- pararle del camino señalado por el Padre y de llevarle por otros derrote- ros más obsequiosos con las imágenes populares del Mesías o de los po- derosos (Mc 8,1-13; 8,27-33; 10,1-12; 12,13-17; Lc 11,16-29; 10,25-26; 22,28). La relación de Jesús con Dios como Padre está en la base de su vida y de su misión; y los textos enfatizan que permaneció siempre fiel a esta convicción, sobre todo en los momentos más duros de las pruebas. La obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre es el gran hilo con- ductor que va cambiando al hilo de los acontecimientos e implica una profundización en la experiencia religiosa de Jesús.

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En aquella sociedad, el hijo tenía que continuar la tarea del padre. Te- nía que imitarle, cultivar los mismos campos o proseguir su oficio, ga- rantizar la pervivencia y el honor de la familia. La «imitación de Dios» era una clave de la espiritualidad judía, que Jesús subraya sobremane- ra. Como veremos, se trata de imitar a un Dios que es padre, amor de- sinteresado, misericordia: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». El amor a los enemigos, precisamente porque es el más desinteresado y gratuito, es el que nos hace hijos de un Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e in- justos (Mt 5,41-48).

El hijo podía tener plena confianza en su padre. Todo lo del padre es del hijo (Lc 15,31). Por eso quien se sabe hijo de Dios afronta la vida con un talante especial. Lo que Jesús pide a los demás es lo que él vive con enor- me fuerza y coherencia. No hay que acumular bienes terrestres ni obse- sionarse por las cosas materiales; Dios es un padre que vela por sus hi- jos, no hay que temer ni al futuro ni a las dificultades y amenazas que puedan granjearnos el vivir los valores del Evangelio (Lc 6,25-34; 10,28- 33). La cercanía del reinado de Dios es inseparable en Jesús de una sa- biduría muy honda, que nace de sentir su existencia sostenida por el Dios creador, al que descubre en la naturaleza y que describe, con fre- cuencia, con sencillas y bellas palabras poéticas (Mt 6,25-34; 10,28-31). Hemos dicho que la experiencia religiosa auténtica tiene una capacidad de innovación histórica. Quizá se puede decir que el Dios Padre de Je- sús no reproduce, al menos en muchos momentos, los rasgos patriar- cales de la paternidad tal como se entendía en su cultura. Nos limita- mos a recordar la ya citada actitud del padre de la parábola que sale todos los días a esperar el regreso de hijo que ha dilapidado de mala for- ma su herencia y atentado contra el honor de la familia, y cuando vuel- ve no le pide cuentas, sino que le abre sus brazos, le llena de besos y le restituye plenamente en su rango de hijo como si nada hubiera pasado

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(Lc 15). Ciertamente se nos describe un comportamiento desconcer- tante en un patriarca oriental. Se está, al menos, sugiriendo que en el grupo de seguidores de Jesús deben regir unos valores alternativos a los de su sociedad patriarcal. Volveremos enseguida sobre esta parábola.

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