Las relaciones de Jesús
4. Los adversarios
Jesús tuvo enemigos. Su enseñanza, su posición crítica respecto a algu- nas enseñanzas, actuaciones e instituciones suscitaron adversarios e incluso enemigos.
Se ha tratado de hacer a Jesús un judío tan conforme con el judaísmo del tiempo que no se entiende por qué lo mataron, pues no es lógico, como se ha dicho, que lo mataran solo por predicar el amor a los ene- migos. Algo en su mensaje y en su actitud debió molestar a las autori- dades hasta el extremo de decidir eliminarlo. Como se ha visto, su po- sición ante ciertas aplicaciones de la Ley, su crítica ante la estructura familiar patriarcal, su denuncia de ciertos abusos y prácticas de las eli- tes políticas y religiosas, y, sobre todo, su crítica ante el Templo y su sis- tema cultual que «secuestraba» a Yahvé, le produjeron muchos ad- versarios, algunos de los cuales pasaron a ser enemigos que planearon, y consiguieron, acabar con él.
Entre los grupos que tenían un protagonismo importante en su tiem- po, tres de ellos pudieron considerarle un enemigo: los herodianos, la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, y el procurador romano. Los fari- seos merecen una consideración aparte.
138
¿Qué se sabe de...
Jesús de Nazaret
Los herodianos
Han quedado rastros en la tradición de la posición y la opinión que Je- sús pudo tener de Herodes y su corte, así como de la posición de este hacia Jesús. Mt 11,2-11 tiene muchas probabilidades de contener una alusión crítica a Herodes, cuyas monedas llevaban acuñadas una caña. Herodes Antipas había mandado encarcelar y matar a Juan Bautista, probablemente por las críticas que había hecho de él. Bajo el relato mo- ralizante de Mc 6,17-29, parece estar la alusión a un hecho histórico con- trovertido. Antipas había despedido a su mujer, la hija de Aretas, rey de Nabatea, para casarse con Herodías, previamente divorciada de un her- manastro de Herodes. Esta acción acabó en una guerra con Aretas que fue un gran desastre para el pueblo. Probablemente, Juan Bautista fue crítico con la política de Herodes, y ello, además del peligro potencial que todo movimiento de masas entrañaba de cara a los romanos, hi- zo que este decidiera acabar con él. Herodes conocía la existencia de Je- sús y su fama de profeta, y parece evidente que lo relacionaba con Juan Bautista, probablemente por su posición crítica y su fama de profeta (Mc 6,14-16). La tradición ha conservado una noticia que, aunque solo aparece en Lc, tiene todos los rasgos de historicidad, puesto que en ella los fariseos no aparecen como adversarios de Jesús, sino que muestran una cierta simpatía por él. En Lc 13,31-32, los fariseos avisan a Jesús de que Herodes le busca para matarle y le aconsejan que huya.
Herodes, además de verse criticado en su política y en su estilo de vida que tanta relación guardaba con ella, tenía que temer la repercusión que el movimiento suscitado por Jesús pudiera tener ante los romanos, de quienes era rey cliente y de los que dependía para seguir gobernan- do. Ya antes, varios personajes tenidos por profetas habían iniciado in- surrecciones que acabaron en baños de sangre por la intervención de los romanos. L AS RELACIONES DE J ESÚS
La aristocracia sacerdotal de Jerusalén
Herodes y su corte tenían buenas relaciones con la aristocracia sacer- dotal de Jerusalén. Se ayudaban mutuamente para defender sus inte- reses. La aristocracia de Jerusalén, en gran parte del partido saduceo, estaba compuesta por las familias más notables e influyentes de la ciu- dad, tanto de estirpe sacerdotal como laica. El Templo era el centro de sus intereses, sobre todo el de las familias sacerdotales.
El Templo y el culto eran, en aquel momento, la columna vertebral de la religión política judía y uno de los mayores símbolos de la identidad nacional. Juan Bautista ya se había mostrado crítico con la institución del Templo. De hecho, su bautismo pretendía ser un gesto «sacra- mental» para el perdón de los pecados, algo que oficialmente solo po- día llevarse a cabo mediante el sistema cultual-sacrificial del Templo. Jesús continuó esta línea crítica y la profundizó. Como veremos en otro capítulo más adelante, Jesús hace un gesto simbólico en el Tem- plo (Mc 11,15-19; Mt 21,12-13.17; Lc 19,45-48; Jn 2,14-16) contra lo que era la columna vertebral del sistema religioso judío del momento. Un gesto que, como otros que hizo a lo largo de su vida –comer con excluidos, «hacer» un grupo de Doce, la cena de despedida–, parecía condensar su posición y enseñanza, y en este caso manifiesta una críti- ca radical sobre la adecuación del sistema cultual al fin pretendido. Manifestar una crítica en el desierto, como había hecho Juan Bautista, no era lo mismo que hacerlo en la Ciudad Santa y en el mismo Tem- plo. Dado el significado sociorreligioso y económico del Templo, así como el peligro que representaba cualquier episodio que pudiera en- cender un levantamiento que las fuerzas ocupantes romanas estaban siempre dispuestas a aplastar –como ya lo habían demostrado más de una vez–, hace comprensible que ese gesto fuera la gota que colmara el vaso y el detonante que llevó a esta nobleza sacerdotal jerosolimita-
140
¿Qué se sabe de...
Jesús de Nazaret
na a acabar con Jesús, presentándolo ante el poder romano de forma que fuera condenado a muerte.
No hubo malentendido por parte de las autoridades religiosas y la no- bleza laica de Jerusalén; todas ellas entendían que, además de la crítica al sistema cultual, el eco que Jesús había suscitado y el apoyo popular con el que parecía contar hacían de él un peligro para la nación y el es- tatus quo que habían logrado frente a los romanos. Estos ya habían in- tervenido varias veces para aplastar intentos de levantamiento y pro- testas populares y lo habían hecho a sangre y fuego. Las autoridades jerosolimitanas sabían que no dudarían en hacerlo de nuevo. Juan tras- mite un dato a este respecto que tiene muchas probabilidades de ser histórico (Jn 11,47-54).
El poder romano, representado en el prefecto y el Ejército
Como se ha visto, desde el año 4 d.C, Judea era una zona gobernada directamente por los romanos en la figura de un prefecto que vivía en Cesarea Marítima y subía a Jerusalén para la Pascua debido al peligro de levantamientos y altercados que existía, dada la ingente cantidad de peregrinos que acudía a la ciudad y al ambiente de expectación esca- tológica que se vivía en aquellas fiestas.
Cuando Jesús proclama la llegada del reino de Dios, utiliza un símbolo y un lenguaje tomado del ámbito político, como hemos dicho en capítu- los anteriores, propio de la religión política, y dirigido, por tanto, a confi- gurar las relaciones sociales en su sentido más amplio. Afirmar que Dios es el único Señor cuyo reinado es inclusivo, y cuya paz no se hace a san- gre y fuego, ni a costa de los más débiles, como sucedía con la Paz roma- na, es hacer una declaración política subversiva. Su enseñanza dejaba sin legitimidad teológica la política romana. Estas ideas eran peligrosamente
L AS RELACIONES DE J ESÚS
subversivas para Roma, y su representante tuvo que darse cuenta de que encerraban una fuerte carga antiimperial que desligitimaba su política, su gobierno y su ideología y podía desembocar en un levantamiento. De hecho, el titulus de la cruz, que está redactado desde la perspectiva roma- na, apunta a un cargo político como causa de la pena capital. Los roma- nos no fueron un mero instrumento en manos de las autoridades judías.
Los fariseos
En este caso estamos hablando de adversarios, pero no en la medida en que parecen serlo en los evangelios. La razón es que estos últimos reflejan la situación conflictiva de controversias y enfrentamientos que vivieron las primeras comunidades después del 70. Tras el desastre de la primera guerra judía (70) y la destrucción del Templo y su sistema cultual, los fariseos comenzaron la recomposición del judaísmo confi- gurándolo desde un modelo diferente que tenía como centro la Ley en lugar del Templo. Por su parte, los seguidores de Jesús proponían otra forma de entender el judaísmo, centrada en Jesús confesado como el Mesías prometido. Esta confesión era la clave hermenéutica para en- tender las Escrituras y reestructurar el judaísmo. Los enfrentamientos que se proyectan en época de Jesús son, en gran medida, los que se da- ban entre los seguidores de Jesús y los rabinos –sucesores de los fari- seos y algunos otros elementos– por la identidad judía. Todos ellos trataban de reformular el judaísmo para una nueva época donde el Templo y su mundo simbólico y cultual habían sido destruidos. Esta relectura de la tradición judía es bastante evidente en los evangelios, sobre todo en los de Mateo y Juan.
Pero en la época de Jesús, los fariseos no eran tan poderosos ni tan de- cisiva su opinión. En general eran bien vistos por la gente, aunque se ha discutido la extensión de su influencia en Galilea y entre la inmensa mayoría del pueblo.
142
¿Qué se sabe de...
Jesús de Nazaret