Los hechos de Jesús
3. Los exorcismos de Jesús
A Jesús, como hemos dicho, lo conocían probablemente como exor- cista; además de la multiplicidad de los testimonios, está el criterio de dificultad que hemos mencionado antes, su progresiva disminución en la tradición, su diferencia con la práctica del contexto judío y el he- cho de que incluso los oponentes de Jesús nunca le negaran esa cua- lidad (sino hacerlo en nombre de Dios). La cuestión importante no es, por tanto, su historicidad, sino su significado. No es suficiente (ni quizá acertado) traducir los exorcismos en estados alterados de con- ciencia; es necesario, igual que en el caso de las curaciones de Jesús, comprenderlo en el marco de un modelo cultural propio que los ex- plique.
El mundo de los espíritus, quizá lejano para una persona del siglo XXI,
podemos representarlo en este gráfico.
Personas Espíritus Beelzebul Yahvé
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¿Qué se sabe de...
Jesús de Nazaret
La vida de las personas padecía la influencia de «seres intermedios», espíritus, que actuaban e intervenían en el día a día; aquellos cambios inesperados o inexplicables en la vida, como enfermedades, desgracias, azar, algunos comportamientos, etc., es decir, todo aquello que esca- paba del control humano, podía ser interpretado como intervención de un espíritu. La pregunta no era, pues, ¿por qué (me) pasa esto?, si- no ¿quién (me) ha hecho esto? De acuerdo al esquema mostrado, era fundamental aclarar si el espíritu en cuestión estaba bajo el dominio de Yahvé o de Beelzebul, puesto que sus ámbitos de poder estaban en continua batalla (las fuerzas del bien y del mal); es una visión dualista y apocalíptica de la historia.
De acuerdo a este modelo de la realidad, el «poseído/a» es aquella persona cuya conducta es desviada o anormal, cuya situación (com- portamiento, síntomas) no puede ser explicado sino por influencia de espíritus. En este momento debían intervenir las autoridades religiosas del grupo para resolver la pregunta sobre el origen de la posesión. Se trata de un acto público y el consenso es fundamental para que se lle- gue a una respuesta y, así, a una solución. Si la autoridad religiosa, con el consenso general, sentencia que el espíritu es «bueno», se sigue, por ejemplo, que Dios envía una prueba al poseído para que la supere; si es «malo», el poseído necesita un exorcismo para librarse del espíritu (y así todo el grupo). Por tanto, el momento clave es el de la declaración del origen de la posesión; aquí es donde podemos captar el trasfondo sociopolítico del exorcismo (religión y política, como habíamos visto, son inseparables en la cultura de Jesús).
Los estudios sobre los exorcismos han mostrado que en aquellas so- ciedades en las que prevalece una fuerte presión pública (pueblos do- minados, situaciones de fuerte injusticia y desigualdad, cambios pro- fundos en las estructuras sociales, etc.), existe una tendencia a la posesión en los varones, mientras que en aquellas sociedades en las
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que prevalece una fuerte presión doméstica (culturas patriarcales, fuerte segregación de sexos, etc.), existe una tendencia a la posesión en las mujeres. Lo que está en juego son las fuerzas de control social y de protesta; los poderosos (autoridades político-religiosas) son los que establecen y explican cómo son (y deben ser) las cosas, mientras que los dominados tienen sus propios mecanismos de protesta, de escape, subterfugios para evitar o mitigar el poder de control de los poderosos. La posesión (y los comportamientos desviados asociados) funciona como uno de esos mecanismos de escape que permite liberar parte de la tensión generada por el sistema sociorreligioso sobre los individuos y, así, estabilizar el sistema; es una forma socialmente aceptada de libe- rar esa presión. La declaración del origen de la posesión es otro meca- nismo de control de las autoridades para intervenir, mediante la decla- ración del origen, en los posibles efectos del comportamiento desviado del poseído. Unos y otros mantenían de este modo el preca- rio equilibrio en el sistema sociorreligioso.
En la Palestina de Jesús, tanto la presión pública como la doméstica era grande; la dominación romana por una parte y el sistema patriarcal por otro, hacían que tanto varones como mujeres liberasen mediante la posesión parte de esa doble presión. Sin embargo, el exorcismo (la liberación de la posesión) aparece en escena desde el margen: el exor- cista no pertenece al sistema de control ni es un dirigente; su presencia amenaza la estabilidad del sistema. La liberación de la posesión por parte de Jesús tiene, en este contexto, un doble sentido político y reli- gioso. En primer lugar, Jesús acoge al poseído (cf. Mc 3,20-30; 5,1-20; 7,24-30; 9,14-29; etc.) y lo libera; pero no lo hace anulando su protes- ta e incorporando al poseído a su antigua situación (que provocaría más posesiones), sino cambiando radicalmente las circunstancias y condiciones en las que vive. Es lo que se puede ver en los textos que acabamos de citar: al geraseno y a su pueblo los libra de la «legión»
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(clara alusión a las tropas romanas), es decir, del exceso de presión pú- blica; a la hija de la mujer sirio-fenicia y al niño epiléptico los libra de la presión doméstica (en ambos casos los protagonistas que demuestran su fe son los padres, los verdaderos transformados). Jesús, al librar a unos y otros de sus posesiones, está alterando el sistema sociorreligio- so, está declarando sus injusticias, transformándolo.
Y en segundo lugar, los exorcismos de Jesús tienen un explícito signifi- cado religioso, según declara el mismo Jesús: «Si expulso los demo- nios por el dedo de Dios es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Lc 11,20). Lo más importante de todo lo anterior es que Jesús hace esto como signo del reino de Dios: Yahvé está en guerra con Beelze- bul y está ganando; sus exorcismos tienen un claro mensaje apocalíp- tico: revelan como Dios está venciendo al mal, a todo lo que oprime a las personas; ha comenzado el inicio de una nueva era en la que Dios hará que todos, especialmente los que han sufrido injustamente, ten- gan una vida plena.
Por tanto, los exorcismos de Jesús, probablemente la característica de Jesús más aceptada por la gente que le seguía u oía, tienen un doble sentido político y doméstico. Dios está tomando parte en la historia y en la vida de todos aquellos oyentes de Jesús, y eso tiene una repercu- sión directa en sus vidas; Dios rechaza de plano las injusticias, las opre- siones (políticas y domésticas) y crea nuevas condiciones para que sus hijos e hijas vivan la vida que se merecen. Jesús actúa «por el dedo de Dios», con su autoridad, investido del mismo poder de Dios, el que ha recibido en el bautismo; el poder de Jesús viene directamente de Dios y está avalado por él. La actuación de Jesús, por tanto, tiene una doble dimensión: histórica, por cuanto crea nuevas condiciones que hacen que todos, especialmente quienes están excluidos por el sistema so- ciorreligioso, tengan la posibilidad de una vida plena; y cósmica, por- que su actuación es signo de la victoria de Dios sobre Beelzebul y el
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mismo Jesús está venciendo al mal y a sus fuerzas haciendo que su fuerza y su poder inicien la transformación de toda la creación de acuerdo al plan querido por Dios: su Reino.
La única condición que Jesús exige para que el poder de Dios con el que actúa vaya construyendo el reino de Dios es creer en él; creer que Jesús es el «dedo de Dios», que actúa por su Espíritu, y que sus acciones (cu- raciones y exorcismos) son el signo y anticipo de ese reino de Dios ple- no que llegará más tarde. Sin esta condición resulta imposible que Jesús actúe. Así aparece con claridad en las fuentes: «Y no podía hacer allí nin- gún milagro [...] se asombraba de su falta de fe» (Mc 6,5-6); «el que blas- feme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca [...] porque de- cían: “Está poseído por un espíritu impuro”» (Mc 3,30). Sin fe, es decir, el reconocimiento de la autoridad de Jesús, la que le concede Dios me- diante su Espíritu, ni Jesús puede actuar, ni el reino de Dios puede crecer.