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Discurso de Incorporación del Sr Presidente Dr Carlos O Scoppa Sres Académicos

In document Anales tomo LXV 2011 (página 112-116)

Familiares, amigos, colegas del nuevo Académico Sr. Ing. Agr. Martín Oesterheld

Sras. Y Sres.

La Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria abre esta Sesión Publica Extraordinaria convocada para incorporar como Académico de Número al Ing. Agr. Martín Oesterheld quien ocupara el sitial No 16 que perteneciera sucesivamente los Ings. Agrs. Botto, Silvio Spangenberg, Arturo Burckart, Edwald Favret, Luis Mazotti y Gino Tome. La sola mención de estos nombres me eximiría de cualquier comentario respecto a la distinción que el recipiendario recibe como del enorme compromiso que al mismo tiempo adquiere. El objetivo de las Academias Nacionales esta en, cito: «congregar a las personas mas conspicuas y representativas en el cultivo de las Ciencias, las Letras y las Artes, con la finalidad de intensificar el estudio o el ejercicio de las mismas, promover el progreso de sus diferente disciplinas, estimular la plenitud de las vocaciones intelectuales; difundir el fruto de sus trabajos y enaltecer, en el país y el extranjero, el prestigio de la cultura nacional» dando, además, «ocasión a que se discierna a aquellos ciudadanos, merecedores de la gratitud de la Patria, la recompensa de un honor mas apreciable que cualquier retribución material». Fin de la cita.

Por eso, esta una ceremonia primigenia y cardinal ya que de los miembros que la componen depende su filogenia y por ende el cumplimiento de esos objetivos superlativos, que la sociedad y la ley nos imponen y que se derivan de la milenaria y esclarecida tradición académica.

Significa haber encontrado, luego de un largo y meticuloso proceso de búsqueda y evaluación, a alguien capaz de contribuir a esos fines, a alguien digno del reconocimiento público por la calidad de su obra fruto de una diáfana inteligencia y trabajo permanente que no admite claudicaciones. Es precisamente por la importancia y gravitación que revisten tales decisiones que estas sesiones son públicas ya que de alguna forma las academias le están rindiendo cuentas a la comunidad sobre el acierto de la elección efectuada.

La condición de académico no se alcanza con ser solamente un brillante estudioso, un excelente científico, un sobresaliente tecnólogo o exhibir una mayúscula bibliometria. Como tampoco haber cumplido con ese precepto de dimensión casi evangélica de: Publicar o perecer lo justifica por si solo.

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Para llegar a la Academia es necesario estar dotado de la verdadera esencia universitaria habiéndose dedicado con ahínco al estudio y la meditación, observando intachable conducta, virtudes propias de un buen ciudadano, que procede y actúa con señorío. Que nunca tuvo, o ya abandonó, la actitud púber de responder a las apetencias y el lucimiento personal para alcanzar la madurez de consagrase al pensamiento y al trabajo solidario impulsado por las fuerzas superiores del espíritu.

Si de las Academias obtuviéramos el concepto geométrico de una sociedad asentada sobre bases inconmovibles, y concibiéramos la ciencia como un cuerpo de verdades definitivas y emprendiéramos el camino confiados en la infalibilidad de las formulas, nos deslizaríamos en la afanosa y estéril empresa de conciliar los principios rígidos de los libros con las incesantes renovaciones del mundo real. Deben expresarse, a la par de la rígida disciplina científica forjada en la observación de los hechos, con un saludable sentimiento de irreverencia hacia los dogmas, limitando el objeto de la ciencia al estudio del medio en que vivimos para intentar corregir sus deficiencias y sus conflictos. Sólo así, estas corporaciones nos orientarán hacia la realidad mudable y compleja estimulándonos para la acción, que debe ser la finalidad de toda investigación científica. Nos estará mostrando la vida.

Recordemos siempre que la ciencia nos hace fuertes, pero la cultura nos hace mejores.

El hombre instruido debe hacerse cargo de que vive en un estado democrático y que no tiene derecho al respeto y a la consideración ajena sino en la medida que sus obras lo hayan merecido. Tiene una pesada obligación moral que cumplir con su país, con la sociedad, y los más comprometidos en esta tarea son los que han recibido una educación universitaria y ostentan diplomas académicos.

La Academia reclama y espera de sus miembros, que de esta tribuna se escuchen sus ideas y pareceres, su saber y su experiencia, que sea algo más que un nombre ilustre entre personajes distinguidos.

Reconozcamos que estar en esa lista es un honor, despierta simpatías, conquista voluntades y enriquece mentes y conciencias. De esa forma la corporación se honra y agranda al contarlos entre sus miembros, pero más se dignifica y se sublima cuando hacen oír sus voces de hombres del pensamiento que con sus privilegiadas inteligencias y dura labor han merecido incorporarse a ella.

Sabemos de la subalternación de las posiciones encumbradas, de las olas de mediocres que rompen y se derraman ocupando ruidosamente posiciones que antes fueron de los ilustres, de la despersonalización de la función y de la frígida sensualidad del poder que parece brillar mas para los vulgares cuanto más se escurre en su propia penumbra el sujeto físico que la lleva.

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Así, aunque no me corresponda, ya que la agradable responsabilidad de exponer los méritos que acreditan y justifican la designación por el cuerpo del nuevo miembro estará a cargo de su padrino académico, el Académico Ing. Agr. Rolando León, quien seguramente lo hará con el rigor y la solvencia que lo caracteriza, no puedo negarme a la distinción de traducir pensamientos y sentimientos arraigados y vocacionales, pensar en alta voz, pues la sesión de hoy tiene para mi algo que la diferencia, que la caracteriza, que en cierto modo la hace mas significativa, mas primordial.

Es que conozco al nuevo cofrade y su trayectoria desde hace largo tiempo sintiéndome así seguro de que su incorporación a esta centenaria Academia añadirá prestigios nuevos a los ya clásicos de patriotismo, virtud e inteligencia que la caracterizan.

Adquiere hoy una distinción que le corresponde, porque ha demostrado una energía sin ocios llegando a esta notoriedad respetable y respetada, siendo un ejemplo de vida que trabaja, que se llena, que triunfa. Que se impone sobre aquellos que disimulan su impotencia con ese estéril atribuir a nuestro medio intelectual deficiencias orgánicas y enrarecimientos asfixiantes.

Señoras y señores: es este un momento que no se olvida, porque esta entretejido por evanescencias sutiles de sentimientos complejamente encontrados e íntimamente afectivos. Implica algo parecido a un resurgimiento, a una transfiguración espiritual, donde la suma de nostalgias atestigua el camino dejado atrás, y las ensoñaciones dibujan, allá en nuestros primeros años, una constelación de esperanzas vislumbradas y de anhelos incontenibles. Cuando ese momento nos sacude tan de fondo, tal momento es, sin duda inolvidable.

Y ese es el instante de nuestro recipiendario de hoy, como es asimismo nuestro instante, y lo es en el sentido más halagador, pues está sobre la policromía afectiva de los impulsos contradictorios que lo constituyen, flota el de un estado intelectual que todo lo domina.

Para Ud. Ing. Oesterheld, es el del triunfo que ha logrado en buena ley y que se le reconoce. Es un laurel que en cierto modo lo emancipa y lo convierte en un receptor de muy anhelados derechos pero también de abrumadores deberes. Es en este momento de vida intensa, de condensación de pasados recuerdos y futuros afanes, como una transición entre un ayer y un mañana en el cual la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria le abre sus puertas, vea una amplia pradera con clima favorable para el cultivo de los afectos por parte de cofrades que lo quieren y admiran obrando como incentivo para la acción que no nos cabe duda ejercerá con toda la fuerza de su creación y el empeño de su trabajo.

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Y ahora permítame, Ing. Agr. Martín Oesterheld, la distinción de hacerle entrega de las palmas académicas que la acreditan como Académico de Numero de esta corporación.

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In document Anales tomo LXV 2011 (página 112-116)