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El discurso de Leo Sammer o el juicio del Genocida

In document Ethos y epos en 2666 de Roberto Bolaño (página 70-77)

2. REVERBERACIÓN DE LA PALABRA: EL EPOS DE

2.1. La literatura y la vida: el caso de Archimboldi y los críticos

2.2.2. El discurso de Leo Sammer o el juicio del Genocida

Yo también creo en la bondad intrínseca del ser humano, pero eso no significa nada. Un asesino en el fondo es bueno. Los alemanes eso lo sabemos bien Roberto Bolaño. La parte de Archimboldi (982)

En “La parte de Archimboldi” cuando Hans Reiter está en un campo de prisioneros tras haber sido capturado por fuerzas norteamericanas, conoce a un personaje que dice llamarse Zeller, un combatiente de la Volkssturm. Éste le cuenta al soldado prusiano que toda su familia había muerto, además insistía en el perdón y el olvido luego de la guerra: “él no guardaba rencor a nadie, la guerra era la guerra, decía, y cuando la guerra terminaba lo mejor era perdonarse los unos a los otros y empezar de nuevo. (…) la voz de Zeller que decía que la guerra era la guerra y que más valía olvidarlo todo, todo, todo.” (935). Meses después Zeller le revela a Reiter que su nombre en realidad es Sammer, Leo Sammer, y que uso ese nombre falso para ser de los últimos en pasar a los interrogatorios. A partir de esa revelación, Leo Sammer cuenta su historia, la cual se extiende a lo largo de veintiuna páginas (938-959). En su narración él era un administrador del Reich que estaba encargado de enviar mano de obra a fábricas alemanas y mantener el funcionamiento de la burocracia en la región polaca donde se encontraba. Su mujer estaba loca, su hijo estaba muerto y su hija vivía en Münich. La descripción que hace de la provincia capta una enorme desolación y abandono, particularmente la imagen de los niños será recurrente en su relato:

(…) aquella región polaca en la que siempre llovía, un triste territorio provinciano que intentábamos germanizar, en donde todos los días eran grises y la tierra parecía cubierta por una mancha gigantesca de hollín y nadie se divertía de manera civilizada, con el resultado de que hasta los niños de diez años eran alcohólicos, figúrese usted, pobres niños, unos niños salvajes, por otra parte, a los que sólo les gustaba el alcohol, como ya le he dicho, y el fútbol. (939)

El punto central de su narración comienza con la llegada en tren de un grupo de 500 judíos. Sammer cuenta que se contacta con diversas personas para buscar la explicación a ese error; finalmente la Oficina de Asuntos Judíos le informa que hubo una equivocación, pero que de todas formas él se tenía que deshacer de los judíos. Después de silencios y vacilaciones, Sammer decide que tiene que acabar con ese problema y prepara toda una logística para acabar poco a poco con los judíos y enterrarlos en una hondonada. La historia finaliza con la evacuación alemana de esta región, se infiere que por el avance del Ejército Rojo.

A pesar de que en cuestión de forma, las palabras de Leo Sammer son una narración, ésta tiene una función retórica: es un discurso en forma de relato. En esa lógica, Hans Reiter es el interlocutor a quien se intenta persuadir, a quien se intenta mostrar el contexto en el que el administrador estaba inmerso y lo que hizo en esas circunstancias especiales. Además es claro que de allí proviene su idea del perdón y el olvido. Sin embargo, en la dinámica de la retórica el orador puede o no persuadir a su auditorio; en el caso de Sammer no lo logró, ya aparece estrangulado tiempo después y el lector sabe que fue Reiter.

La imagen de Leo Sammer es la del burócrata alemán que obedece órdenes sin dudar, como parte de la lógica absoluta del Tercer Reich, aun cuando tales órdenes implican el asesinato sistemático de personas. No resulta inapropiado considerar que en este personaje hay una cierta conexión con Adolf Eichmann, más específicamente al estudio de él y de su juicio

hecho por Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalem. Un estudio acerca de la banalidad

del mal (2003). Arendt plantea a Eichmann como un burócrata cuya actuación se inserta en

la de un Estado Criminal totalitario, que absorbe al sujeto común y hace que sus acciones

por más terribles que sean terminen siendo rutinarias y banales. Eichmann es símbolo de obediencia y eficiencia, pero estas características se despliegan en el contexto de Polonia en

la Segunda Guerra Mundial y al traslado de judíos como parte de la logística de la Solución

Final. Arendt insiste en no ver a un monstruo donde solo hay un sujeto sometido a un poder estatal absoluto cuyas horrorosas acciones son banalizadas:

Quienes durante el juicio dijeron a Eichmann que podía haber actuado de un modo distinto a como lo hizo, ignoraban, o habían olvidado, cuál era la situación en Alemania. Eichmann no quiso ser uno de

aquellos que, luego, pretendieron que «siempre habían sido contrarios a aquel estado de cosas», pero que, en realidad, cumplieron con toda diligencia las órdenes recibidas. Sin embargo, los tiempos cambian, y Eichmann, al igual que el profesor Maunz, tenía ahora «puntos de vista distintos». Lo hecho, hecho estaba. Eso ni siquiera intentó negarlo. Y llegó a decir que de buena gana «me ahorcaría con mis propias manos, en público, para dar un ejemplo a todos los antisemitas del mundo». Pero al pronunciar esta frase, Eichmann no quiso expresar arrepentimiento, porque «el arrepentimiento es cosa de niños» (¡sic!). (21)

El enjuiciado ha cambiado su punto de vista, pero no se arrepiente, es decir, no desvaloriza su aporte al proyecto del Reich; el planteamiento es que sus acciones fueron las mejores y las más adecuadas al contexto en el que se hallaba. Por otra parte, sus reacciones frente a distintos testimonios de crueldad son valoradas tanto desde el punto de vista de Arendt como desde el tribunal y el público. La filósofa alemana cuenta que durante el juicio Eichmann mostró indignación por las acciones violentas de las SS, aunque el público y el tribunal no supieron interpretar las reacciones del enjuiciado; también indica que el enjuiciado se conmovió ante la acusación de que había matado a golpes a un joven judío, pero no ante la acusación de haber enviado a la muerte a millones de personas (Arendt, 69). Estas características y la dinámica del juicio nos permiten acercarnos a aquel discurso- narración del personaje de Leo Sammer. Resulta interesante cómo en su propia narración se muestra un sujeto completamente obediente al estado, a la órdenes superiores, incluso sobre su propia melancolía y apatía, la cual está ligada a la muerte de su hijo. Revisemos cuatro fragmentos donde se cifra esta dinámica:

(a) ¿Cómo le puede interesar la guerra a quien ha perdido un hijo? Mi vida, en una palabra, se desarrollaba bajo permanentes nubarrones negros. (939)

(b) –Si se los enviaron a usted, por algo será –me contestó una voz metálica–. Hágase usted cargo de ellos.

–Pero yo no gestiono un campo de judíos –dije–, ni tengo la experiencia debida.

–Usted es el responsable de ellos –me contestó la voz–, si tiene alguna duda pregunte a quien se los haya enviado. (941)

(c) –¿Y si, de forma provisional, le prestáramos a cada campesino de nuestra región un par de judíos, no sería una buena idea? –dijo el señor Tippelkirsch–. Al menos hasta que se nos ocurriera qué hace con ellos.

Lo miré a los ojos y bajé la voz: –Eso va contra la ley y usted lo sabe –le dije.

–Bien –dijo él–, yo lo sé, usted también lo sabe, sin embargo nuestra situación no es buena y no nos vendría mal un poco de ayuda, no creo que los campesinos protestaran –dijo.

–No, ni pensarlo –dije yo.

Pero lo pensé y estos pensamientos me sumergieron en un pozo muy hondo y oscuro donde sólo veía, iluminado por chispas que venían de no sé dónde, el rostro ora vivo, ora muerto de mi hijo. (945)

(d) –Mire, tal como está la situación no disponemos de transporte para ir a buscar a los judíos. Administrativamente pertenecen a la Alta Silesia. He hablado con mis superiores y estamos de acuerdo en que lo mejor y más conveniente es que usted mismo se deshaga de ellos.

No respondí. –¿Me ha entendido? –dijo la voz desde Varsovia. –Sí, le he entendido –dije.

–Pues entonces todo está aclarado, ¿no es así?

–Así es –dije yo–. Pero me gustaría recibir esta orden por escrito –añadí. Escuché una risa cantarina al otro lado del teléfono. Podía ser la risa de mi hijo, pensé, una risa que evocaba tardes de campo, ríos azules llenos de truchas y olor a flores y pasto arrancado con las manos. –No sea usted ingenuo –dijo la voz sin la más mínima arrogancia–, estas órdenes nunca se dan por escrito. (948-9)

La imagen de Sammer es gris, muestra una apatía hacia la guerra y hacia ese lugar que le toca gestionar; sin embargo, junto a esa apatía coexiste una voluntad de hierro que lo hace obrar del mejor modo para la labor que tiene. Así que cuando le anuncian que esas personas

son su responsabilidad, él asume esto como parte de su trabajo. Por otro lado, tal

responsabilidad la toma dentro del marco de una legalidad que, como se ve, para él es incuestionable, rechazando de plano la propuesta de Tippelkirsch. A esto se le añade la conversación final, en la cual el subtexto de la legalidad de la eliminación de judíos es claro. También es significativo notar dos niveles en Sammer: el de la gris apatía que corresponde a una profundidad reflexiva y dubitativa en donde encuentra la imagen de su hijo como su símbolo íntimo de la muerte; y el de la voluntad de hierro que corresponde a una superficie pragmática, la cual acepta órdenes y ejecuta acciones. Con todo, es este segundo nivel el que termina imponiéndose: “El trabajo, sin embargo, se acumulaba y una mañana comprendí que ya no podía seguir sustrayéndome de los problemas. Llamé a mis secretarios. Llamé al jefe de policía. Le pregunté de cuántos hombres armados podía disponer para solucionar el problema” (951). El factor de humanidad contemplado por su

dimensión profunda es eclipsado por su superficie pragmática, y el resultado tangible es una masacre sistemática organizada por este burócrata.

Así pues, si revisamos el relato y las reflexiones de Arendt encontramos allí un pre-texto del personaje de Leo Sammer. Éste fue escuchado, enjuiciado y ejecutado por Hans Reiter, a quien sometió a prueba su relato-discurso. Dentro del sistema de personajes, la decisión de Reiter supone una toma de posición frente a las responsabilidades individuales y la valentía con la que se deben asumir éstas, pues Sammer en el campo de prisioneros se muestra inquieto y nervioso, como si en su intimidad lucharan esos dos niveles que comentamos: “Para Reiter, sin embargo, que tenía que soportar sus disquisiciones nocturnas, el semblante de Zeller mostraba un deterioro progresivo, como si en su interior se desarrollara una lucha sin cuartel entre fuerzas diametralmente opuestas” (937).

Para conectar el genocidio nazi con el femicidio mexicano, el discurso de Leo Sammer y el juicio por parte Reiter dialogan implícitamente con los crímenes de Santa Teresa. Como se estudió en el apartado anterior, los asesinatos de mujeres son presentados a través de una modalización simple: un narrador que con una prosa impersonal refiere sistemáticamente los crímenes. Observamos que ahí la funcionalidad de esa forma narrativa era acumular significantes dentro una lógica barroca como configuración de un gran cuerpo simbólico, una enorme mujer asesinada, para (de)mostrar el horror de esa genealogía de la muerte. Frente a ese relato mayor (dentro de la novela) aparece la historia de Leo Sammer. En ésta también los cuerpos tienen el papel de significantes que buscan des-ocultar el asesinato sistemático:

Al final, el quid de la cuestión radicaba en la manera en que habían sido cavadas las fosas, horizontales y no verticales, a lo ancho de la hondonada y no en profundidad. Organicé un grupo y decidí remediar el asunto aquel mismo día. La nieve había borrado el más mínimo rastro de los judíos. Empezamos a cavar. Al cabo de poco rato, oí que un viejo granjero llamado Barz gritaba que allí había algo. Fui a verlo. Sí, allí había algo.

–¿Sigo cavando? –dijo Barz.

–No sea estúpido –le contesté–, vuelva a taparlo todo, déjelo tal como estaba.

Cada vez que uno encontraba algo le repetía lo mismo. Déjelo. Tápelo. Váyase a cavar a otro lugar. Recuerde que no se trata de encontrar sino de no encontrar. Pero todos mis hombres, uno

detrás de otro, iban encontrando algo y efectivamente, tal como había dicho mi secretario, parecía que en el fondo de la hondonada ya no había sitio para nada más.

Sin embargo al final mi tenacidad obtuvo la victoria. Encontramos un lugar vacío y allí puse a trabajar a todos mis hombres. Les dije que cavaran hondo, siempre hacia abajo, más abajo todavía, como si quisiéramos llegar al infierno, y también me ocupé de que la fosa fuera ancha como una piscina. (955-956)

La emergencia de los cuerpos muestra una metáfora barroca del exceso, “El exceso entendido como superación de un límite es todavía más desestabilizador, porque siempre discute un orden determinado, lo destruye y propone uno nuevo (…) [El exceso neobarroco] puede ser representado como contenido (lo monstruoso, lo descomunal, los desafueros, los travestismos, las obsenidades) (Figueroa, 105). El orden determinado por el burócrata es el ocultamiento de los crímenes, pero los cuerpos desafían esa lógica en el hecho de mostrarse, rebasan físicamente el límite y comienzan a “emerger” al ser encontrados. También el ocultamiento está presente en la prosa de Sammer, ya que nunca usa palabras como “cuerpos”, “asesinados” o “muertos”, sino que usa expresiones imprecisas y ambiguas: “rastro de los judíos”, “sí, allí había algo”, “Déjelo. Tápelo”, “no había sitio para nada más”. En la narración, a pesar de todo, las víctimas siguen hablando y comienzan a tener connotaciones que llegan a lo descomunal, así los verdugos comienzan a

resentir el trabajo; Sammer emplea a los niños alcohólicos en estas labores, pero todos

comienzan a sentirse excedidos. Las víctimas hacen resistencia con sus vidas mismas, la vida de esas personas se vuelve un monstruo para quienes quieren extinguirlas:

¿Qué hacer? El trabajo nos había excedido. El hombre, me dije contemplando el horizonte mitad rosa y mitad cloaca desde la ventana de mi oficina, no soporta demasiado tiempo algunos quehaceres. Yo, al menos, no lo soportaba. Trataba, pero no podía. Y mis policías tampoco. Quince, está bien. Treinta, también. Pero cuando uno llega a los cincuenta el estómago se revuelve y la cabeza se pone boca abajo y empiezan los insomnios y las pesadillas. (956-957)

De nuevo está el ocultamiento retórico, pero también el reconocimiento de un malestar producido por el reconocimiento de la naturaleza de tales acciones. Y allí está una clave para entender el efecto estético de los crímenes, no de Sammer, sino de Santa Teresa. La

acumulación; los pliegues y repliegues de un enorme cuerpo simbólico fragmentado saturan la narración y crean un malestar de dos caras: en la primera está la repulsión frente a esos crímenes que no dejan de suceder y en la segunda está la banalidad con la que son asumidos.

La banalidad del mal planteada por Arendt tiene una doble expresión en 2666. En primer

lugar, están los crímenes de Santa Teresa como legitimación cultural de una violencia específica. Los hechos en sí se vuelven banales en tanto se convierten en parte de la cotidianidad de la ciudad, en una inútil rutina policiaca de casos sin resolver, en un espectáculo macabro que se vuelve símbolo del lugar. Por otra parte, los personajes excepcionales que se atreven a buscar en pozo un profundo terminan siendo tragados por el misterio mismo. Así que el mismo narrador se enmascara en una prosa específica (fría, visceral, paródica, descriptiva) para crear su propia posición frente al horror sin aparente explicación. En segundo lugar, están los crímenes de Leo Sammer como legitimación

estatal27 también de una violencia específica. Este simple burócrata cumple órdenes con

apatía y eficiencia28, pero en su historia el asunto es tan transparente que él mismo tiene

que matizar aspectos como parte de su retórica frente a su escucha y juez, Hans Reiter. La historia de Sammer traza una genealogía clara, el crimininal, los crímenes y el móvil son evidentes; pero lo que busca este personaje es que se le comprenda a través de su discurso, en el que no se niega nada, pero se matiza y se oculta debido precisamente a la transparencia que reviste su caso. El caso de Sammer es el de una justicia explícita, en la que él mismo se sienta en el banquillo del acusado, presenta su defensa y se somete, en

27 Por supuesto existen otras explicaciones al Holocausto. Entre ellas la que más ha suscitado polémica es la

de Daniel Goldhagen que plantea en su libro Los verdugos voluntarios de Hitler (2005) que los alemanes para esa época tenían enraizado cultural y socialmente un odio hacia los judíos. Afirma que no se puede entender el Holocausto sin dos factores fundamentales: el “sentido común” de la Alemania antes y durante la Segunda Guerra Mundial y la toma del poder por parte de los nazis. El primer factor se enmarca en el antisemitismo que era el “sentido común”, pero éste sólo se pudo convertir en antisemitismo eliminador por las políticas que llevó a cabo el gobierno, que entre otras cosas estaba inmerso en una guerra mundial. Así pues los alemanes corrientes apoyaban las políticas, no porque estuvieran sometidos a ellas, sino porque eran totalmente razonables, estaban acorde con su “sentido común”. Goldhagen a partir de su tesis insiste que es necesario ir a esos escenarios particulares donde las acciones (el genocidio) se llevaron a cabo, pues desde las grandes órdenes y los grandes personajes sólo se verá el genocidio con irremediable miopía.

28 Según Arent: “en las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan solo los seres «excepcionales»

suma, a un juicio. Contrario a esta dinámica, el narrador de “La parte de los crímenes” expone con orden y detalles la historia de cada víctima, ya que esta genealogía de la muerte, a diferencia de la otra, esconde un misterio, nada está claro, y solo a través de una

secuencia desaforada se puede realzar lo que se banaliza en el hecho de que aparecen

muertas, los casos quedan abiertos y todo sigue igual.

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