Capítulo II. La deliberación y lo político 41
2.2. Los discursos deliberativos en la Historia de la Guerra del Peloponeso: el Debate de
Debate de Mitilene
La utilización del estilo directo en la obra de Tucídides es importante para nosotros porque, siguiendo la idea de Iglesias (2006), tiene como fin introducir discursos relacionados claramente con la oratoria practicada en Atenas y porque es posible identificar puntos de contacto entre dichas composiciones retóricas y la Retórica a Alejandro, manual de retórica que se le atribuye a Anaxímenes de Lámpsaco y que fue elaborado en la segunda mitad del siglo IV a.C. Según Iglesias (1997), P. Moraux estudió los discursos pronunciados por Cleón y Diódoto expuestos en el tercer libro de la Historia de la Guerra del Peloponeso desde la perspectiva del manual de Anaxímenes de Lámpsaco y su clasificación de las especies discursivas y llegó a la conclusión de que la estructura de estos discursos pertenecientes al género deliberativo contenían elementos pertenecientes al género judicial. La primera parte del discurso de Diódoto en la que se defiende de las acusaciones de Cleón es prueba de la existencia de una fuerte influencia de la práctica forense más desarrollada, por su larga tradición, en los oradores asamblearios. En la misma línea interpretativa se encuentra Francisco Romero Cruz, quien ha estudiado los discursos que aparecen en la obra, particularmente el pronunciado por Alcibíades (VI, 16‐18) y que se caracteriza por su «artificiosidad». Para Cruz, los discursos reconstruidos por el historiador serían el consumado producto de un enfoque retórico plenamente consciente, heredero de las convenciones oratorias de la época. Al igual que Moraux, Cruz señala que en el discurso de asamblea de
Alcibíades se mezclan elementos propios de la retórica judicial. Por otra parte, S. Hornblower plantea que no se puede descartar la idea de que hayan sido los preceptos retóricos plasmados en la Retórica a Alejandro los que recibieron de una manera directa la influencia de la forma en que el historiador reconstruyó esos discursos. La posición de Iglesias es que efectivamente la Historia tuvo una gran influencia en el siglo IV a.C. pero no sería acertado decir que la Retórica a Alejandro fue la que sufrió la influencia de la obra de Tucídides, pues tanto el rhétor como el historiador son «deudores de una misma codificación retórica que recogió, ordenó y estructuró aspectos fundamentales de la oratoria deliberativa que se venía practicando desde finales del siglo V a.C» (Iglesias, 1997, 220).
Por otro lado, también es importante señalar que la repulsa de Cicerón hacia Tucídides pasa por su rechazo a los imitadores de su estilo, y lo considera ajeno a la realidad política por la utilización de frases incomprensibles. Para Cicerón, Tucídides es un buen historiador, pero un mal orador incapaz de desarrollar una causa en un juicio. Sin embargo, se puede percibir que aquellos «tucídideos» mencionados por Cicerón utilizan la obra histórica como un manual de retórica. Veamos:
Y ahora resulta que hay algunos que se consideran «tucídideos»; ¡es una especie nueva y desconocida de ignorantes! Pues quienes imitan a Lisias, sin embargo imitan al menos a un abogado, ciertamente no abundantemente ni majestuoso, pero sí preciso y rebuscado y capaz de desenvolverse bien en las causas judiciales. Tucídides, sin embargo, narra hechos, guerras y batallas, ciertamente con majestad y bien, pero nada de su estilo puede ser pasado al terreno del foro y de la vida pública; los propios discursos que introduce presentan frases oscuras y de significado oculto que apenas pueden ser entendidas, cosa que en los discursos políticos es el mayor de los defectos (Orat. I, 30).
Frente a estas consideraciones, analizaremos la Historia de Tucídides, particularmente de los discursos de asamblea de Cleón y Diódoto expuestos en el marco del Debate sobre Mitilene (Th. III. 36‐49), desde una perspectiva distinta. Hemos escogido estos dos discursos porque en ellos podemos encontrar una discusión sobre los fundamentos mismos de la democracia, como hemos tratado en el primer capítulo, así como también una discusión sobre las consecuencias de la inclusión de elementos judiciales en el discurso político deliberativo. Vamos a analizar el objeto de la deliberación, sus implicaciones y dificultades, aprovechando la capacidad de Tucídides para generar una imagen clara sobre la manera en que se describe un ambiente real de asamblea.
En primer lugar, debemos decir que los discursos sobre la defección de Mitilene se sitúan en el 427 a.C. La defección (ἀπόστασις) es una forma de sublevación que tiene como fin la separación de una causa. En este caso, Mitilene, ciudad de gobierno oligárquico ubicada en la isla de Lesbos, planeó en la primavera del 428 unirse a la Liga del Peloponeso compuesta por Esparta y Beocia para rebelarse contra Atenas. Durante el invierno del 427 a.C. el general espartano, Saleto, logró entrar a Mitilene para anunciar a los proedros que contaban con el apoyo de cuarenta naves para invadir al Ática (Th. III, 25, 1‐2). Sin embargo, el retraso de estas naves y la escasez de víveres obligaron a mitileneos a capitular. El pacto entre los mitileneos y el general ateniense Paques tenía las siguientes condiciones:
52 […] a los atenienses les estaba permitido decidir a discreción sobre los mitileneos y éstos debían acoger al ejército en la ciudad; los mitileneos enviarían una embajada a Atenas para tratar sobre su suerte; y hasta su regreso Paques no apresaría ni reduciría a la esclavitud ni mataría a ningún mitileneo (Th. III, 28, 1).
Tucídides no describe las condiciones bajo las cuales se dio este pacto, pero es posible afirmar que en este caso los arcontes jugaron un papel muy importante, pues, ante el retraso del apoyo desobedecieron a sus jefes y, reunidos en asamblea, exigieron a los aristócratas distribuir los pocos víveres entre todos (Th. III, 27, 3). A pesar del miedo que invadía a los vencidos, Paques, quien logró someter a Pirra y a Éreso y capturar a Saleto, les prometió cumplir con lo pactado hasta que los atenienses tomaran una decisión. Según esto, el tipo de castigo que merecían los mitileneos debía ser el resultado de una discusión pública entre los atenienses reunidos en asamblea. Saleto fue ejecutado en Atenas y las deliberaciones se centraron entonces en el castigo que se le debía dar al resto de la población. Así lo describe Tucídides:
Discutieron después sobre la suerte de los otros prisioneros, y, movidos por la ira (ὀργή), decidieron dar muerte no sólo a los presentes, sino también a todos los varones mitileneos mayores de edad, y reducir a la esclavitud a niños y mujeres: les reprochaban, en general, su sublevación, que la hubieran hecho sin estar sometidos al imperio como los otros, pero lo que de modo especial contribuía a su furor era que las naves de los peloponesios se hubieran atrevido a aventurarse hasta Jonia para prestar ayuda a los mitileneos; colegían de ello que la sublevación no se había gestado con escasa premeditación (Th. III, 36, 2).
Varios aspectos resultan importantes en esta narración. El primero de ellos es que Tucídides resalta que la decisión de la asamblea fue movida por la ira (ὀργή). Dicha ira fue generada en el auditorio por el discurso de Cleón que, según el historiador, era el más violento de los ciudadanos y el que ejercía mayor influencia en el pueblo (Th. III, 36, 6). La ira o la cólera (ὀργή) es la primera pasión del catálogo de pasiones de la Retórica de Aristóteles. Aristóteles define la ira como: «un apetito (ὄρεξις) penoso de venganza (τιμωρία) por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio» (Rh. II, 2, 1378 a 30). Desde el punto de vista persuasivo, pasiones como la ira, la compasión, el temor, el odio, entre otras, juegan un papel muy importante tanto en los discursos de asamblea como en los judiciales, pues son las causantes de que los hombres se hagan volubles y cambien en lo relativo a los juicios (Rh. II, 1, 1378 a 20).
El resultado de la primera reunión de la asamblea fue, dado el triunfo del discurso de Cleón, el envío de una trirreme a Paques para anunciarle la decisión con la orden de ejecutar a los mitileneos. Pero, nos dice Tucídides que al día siguiente de la asamblea les sobrevino a los ciudadanos un profundo arrepentimiento por la decisión tomada y la preocupación por la atroz resolución de asesinar no a los culpables sino a todos los hombres y esclavizar a mujeres y niños (Th. III, 36,4). Lo expuesto por Tucídides nos ofrece ciertas pistas sobre el comportamiento de los ciudadanos en la asamblea frente a la deliberación pública y, al mismo tiempo, nos muestra rasgos importantes de la democracia ateniense y de la importancia de la retórica judicial y deliberativa como instrumento esencial para la configuración de decisiones políticas.
Los argumentos expuestos por Cleón en el primer discurso muy seguramente son repetidos en el segundo que fue reconstruido por Tucídides. En este segundo discurso Cleón, afirma que no había razón para que Mitilene se sublevara, pues, a diferencia de otras ciudades, ésta vivía de manera autónoma y, por otro lado, sus actos no fueron el producto del irrespeto de Atenas ni de la amenaza de otro estado, sino que la defección fue premeditada y voluntaria, lo que hacía más fuerte la indignación y el rechazo a cualquier indulgencia (Th. III, 39,2 y 40,1). El fin de los dos discursos de Cleón es mostrar que los mitileneos son culpables de injusticia contra los atenienses y que ninguna otra ciudad bajo el poder de Atenas había actuado de esa forma. En esa medida los dos discursos de Cleón, aunque expuestos en la asamblea, tienden más hacia la consecución de un castigo a la injusta rebelión y evitar que otras colonias hagan lo mismo que hacia la búsqueda de lo conveniente de cualquier medida que se tome frente a dicha agresión. En efecto, la respuesta de Diódoto apuntará más hacia la búsqueda de la utilidad de lo que se haga en el futuro que a la inculpación o la definición de un castigo sobre un acto del pasado. Veamos lo que dice en esa segunda reunión de la asamblea:
[…] yo no he salido a hablar para oponerme a nadie en defensa de los mitileneos, ni tampoco para acusarlos. Porque nuestro debate, si somos sensatos, no versa sobre su culpabilidad, sino sobre la prudencia de nuestra resolución. Si demuestro que ellos son plenamente culpables, no por ello os animaré a matarlos, si no resulta ventajoso; y si es que merecen cierta disculpa, tanto peor, si esta disculpa no pareciera un bien para la ciudad. Pienso que estamos deliberando más sobre el futuro que sobre el presente (Th. III, 44, 1‐3).
Muchos autores han señalado en esta época la preeminencia del discurso judicial sobre el deliberativo. Cortés (1998) afirma que, en los siglos V y IV a.C., la retórica anterior a Aristóteles tenía como finalidad fundamental facilitar la composición de discursos, especialmente judiciales. El mismo Aristóteles critica esta preferencia del arte de pleitear que la dedicación a los discursos políticos (Rh. I, 1, 1354 b 27) Por su parte, Isócrates, que criticó a los sofistas que enseñaban la retórica como si fuera una técnica en la que se pueden repetir fórmulas fijas y no como actividad creadora que debe ajustarse a cada situación, señaló que la retórica no puede servir únicamente a la oratoria forense (Isoc. XIII, 19‐20). Frente a esto nos preguntamos lo siguiente: ¿Las funciones de la asamblea no estarían claras por lo que se confundía el fin de las reuniones? O más bien, ¿había una confusión sobre los géneros discursivos y que sólo hasta la aparición de textos como el de Anaxímenes de Lámpsaco y de Aristóteles serán diferenciados y definidos claramente? La primera pregunta no es fácil contestarla debido a que se discute aún si el tribunal popular o Heliea que se creó en tiempos de Solón puede ser identificado con la Asamblea o Ekklesia, es decir que ésta cumplía funciones legislativas y, eventualmente, funciones judiciales, por lo tanto, se convertía en un tribunal de apelación. Pero está también la tesis de que fueron instituciones completamente distintas21. Desde la Retórica de Aristóteles
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Tal es la posición de Ostwald (1989) al apoyarse en la etimología de la palabra «Heliea» cuyo origen dórico significa «asamblea del pueblo». Por su parte, Hansen (1989) rechaza esta identificación. Según Gil (1970), una amplia documentación histórica muestra que la Ekklesía cumplió funciones ejecutivas y judiciales. Se apoya en la tesis de Gomme quien describe de manera gráfica el acaparamiento de poderes por parte de la Asamblea popular. p. 361
54 se puede decir que hay solamente dos tipos de auditorio, el que actúa como espectador (θεωρός) y el que juzga (κριτήν), este último juzga sobre cosas pasadas, como lo hace el δικαστής, o el que juzga sobre cosas futuras como el ἐκκλησιαστής (Rh. I, 1358 b 3‐5). En un régimen democrático como el ateniense un ciudadano cumple estas funciones porque asiste a ceremonias, como en las que Pericles honró a soldados los caídos en batalla (Th. II, 35‐46), y porque participa en la justicia y en el gobierno (Arist. Pol. III, 1275 a). Sin embargo, el discurso de Cleón convirtió a los miembros de la asamblea en δικαστής que, movidos por las pasiones, consideran que la conservación del imperio sólo puede hacerse por medio del sometimiento, el terror y la violencia.
Se podría aducir que Cleón confunde los géneros oratorios por desconocimiento de la clasificación de géneros discursivos o por estrategia. Pero, el discurso de Diódoto sí intenta hacer la diferencia de fines. Como lo vimos en el anterior pasaje resalta que se está deliberando más sobre el futuro que sobre el presente (Th. III, 44, 3) y, con el fin de refutar el discurso de Cleón intenta por medio de su discurso hacer valer la deliberación como medio para tomar una decisión que convenga al imperio ateniense en el futuro. Por ello, afirma lo siguiente:
Y en cuanto al argumento en que insiste especialmente Cleón, esto es, que nuestro interés en el porvenir, con miras a un menor número de rebeliones, estriba en que impongamos la pena de muerte, yo, insistiendo a mi vez en nuestra conveniencia para el futuro, sostengo la opinión contraria. Y os pido que a causa del artificio de su discurso, no rechacéis lo que de útil encierra el mío. Al ser su discurso desde la óptica de vuestra actual cólera contra los mitileneos, tal vez podrá atraeros; pero nosotros no estamos querellándonos contra ellos, como para que nos sean precisas razones de justicia, sino que deliberamos sobre ellos, para que nos reporten utilidad (Th. III, 44, 4).
Diódoto rechaza el hecho de que Cleón se valga de la ira presente en el auditorio para inclinar a su favor el juicio y llevar a cabo su plan de venganza contra los mitileneos. Por su parte, Cleón, además de tomar una posición anti intelectual, lanza fuertes críticas a la democracia por su proclividad a discutir sobre lo discutido y decidido. Tucídides nos ha dicho que hubo un arrepentimiento en los ciudadanos producto de una ira apaciguada por el tiempo. Cleón atribuye el cambio de actitud a la embajada enviada por los mitileneos y a un posible soborno que logró convocar nuevamente la asamblea (Th. III, 38, 2). Lo cierto es que en la democracia las decisiones se pueden revisar, las deliberaciones pueden ser consideradas equivocadas y los oradores cumplen la función, como en este caso, de hacer valer las ya tomadas o exigir una nueva reflexión sobre ellas. El arte retórico, y la democracia misma con sus instituciones, funcionan conjuntamente para encontrar lo conveniente, la acción adecuada para evitar o corregir el error. Para ello el orador debe tener una mirada aguda sobre el futuro y trasmitir lo que ve. Sin embargo, esto es lo que más critica Cleón en su discurso.
La idea que Cleón tiene de la democracia y la deliberación es muy distinta a la de Pericles. De hecho, se califica su discurso como «el reverso de la medalla del λόγος ἐπιτάφιος» de Pericles (Gil, 2007). A nuestro modo de ver, una de las diferencias más importantes entre Pericles y Cleón radica en que para aquél sólo los atenienses deciden o examinan con rectitud los asuntos, sin considerar un daño para la acción las palabras, sino más bien el no informarse
mediante debate antes de emprender lo que se debe ejecutar (Th. II, 40, 2). Por el contrario, Cleón califica esta segunda asamblea como un certamen tan innecesario como inoportuno, por ello dice lo siguiente:
[…] vosotros que soléis ser espectadores de discursos, pero oyentes de hechos, que consideráis los hechos futuros a la luz de las bellas palabras, en las que basáis sus posibilidades, y los ya sucedidos a la luz de las críticas brillantemente expresadas, dando menos crédito al acontecimiento que han presenciado vuestros ojos que al relato que habéis oído. No hay como vosotros para dejarse engañar por la novedad de una moción ni para negarse a seguir adelante con la que ya ha sido aprobada; sois esclavos de todo lo insólito y menospreciadores de la normalidad. Por encima de todo cada uno de vosotros anhela poseer el don de la palabra, o, si no es así, que, en vuestra emulación con estos oradores de lo insólito, no parezca que a la hora de seguirlos quedáis rezagados en ingenio, sino que sois capaces de anticiparos en el aplauso cuando dicen algo agudo; sois tan rápidos en captar anticipadamente lo que se dice como lentos en prever sus consecuencias. Buscáis, por así decirlo, un mundo distinto de aquel en que vivimos, sin tener en cuenta una idea cabal de la realidad presente; en una palabra, estáis subyugados por el placer del oído y os parecéis a espectadores sentados delante de sofistas más que a ciudadanos que deliberan sobre intereses de su ciudad (Th. III, 38, 4‐7).
Nos permitimos citar extensamente esta parte del discurso de Cleón para compararlo con la respuesta que dará Diódoto para justificar una nueva reunión que revisará la decisión sobre el castigo a los mitileneos. Veamos:
No censuro a quienes han propuesto de nuevo el debate sobre la cuestión de los mitileneos, ni apruebo a los que se quejan de que se delibere repetidamente sobre asuntos de la máxima importancia; pero pienso que dos son las cosas más contrarias a una sabia decisión; la precipitación y la cólera; de ellas, una suele ir en compañía de la insensatez, y la otra de la falta de educación y la cortedad de entendimiento. En cuanto a las palabras, el que se empeña en sostener que no son guía para la acción, o es poco inteligente o está movido por algún interés personal: poco inteligente si piensa que es posible por algún otro medio hacer conjeturas sobre hechos futuros e inciertos; y movido por algún interés si, queriendo persuadiros a una resolución vergonzosa, piensa que no sería capaz de hablar bien en defensa de una mala causa, pero espera poder desconcertar, mediante hábiles calumnias, a sus oponentes del auditorio (Th. III, 42, 1‐2).
Para Diódoto esta segunda convocatoria no representa una pérdida de tiempo, pues la complejidad del asunto amerita una nueva deliberación. El acto de defección de los mitileneos y la ira que produjo estuvieron muy próximos a la decisión y fueron aprovechados por Cleón para nublar el juicio del auditorio y conseguir una acción de venganza; por ello, al final del discurso Diódoto llamará a la calma a la hora de juzgar y condenar solamente a los culpables de la defección, es decir, castigar a los hombres que envió Paques y dejar vivir a los que