Capítulo 3: Teoría de los modos de vida, producción mercantil simple y trabajo en la era global
IV. Discursos sobre el trabajo en la era global a la luz de la teoría de los modos de vida
En su libro El nuevo espíritu del capitalismo, Luc Boltanski y Ève Chiapello argumentaban cómo el capitalismo había sido capaz de amoldar las reivindicaciones del Mayo del 68 francés a su propia estructura y funcionamiento200. En este sentido, la
paradoja no derivaba únicamente del hecho de que buena parte de los cabecillas de la mítica insurrección estudiantil –y obrera, recordemos– llegaran a formar parte con el paso de los años de las élites económicas y empresariales francesas y mundiales, sino que además sus aspiraciones libertarias y sus críticas al taylorismo y a los valores de la sociedad francesa de los años sesenta habían sido adaptadas por la ideología neoliberal. En efecto, las críticas sesentayochistas al “despreciable” trabajo rutinario y al
aburrimiento derivado de un puesto laboral de por vida, así como la hipervaloración de la libertad y la creatividad, parecen haber pasado a formar parte esencial del credo neoliberal. Así, el sistema capitalista habría aceptado la flexibilidad demandada, desregulando y deslocalizando tanto los puestos de trabajo como las propias empresas. El trabajo ya no volvería a ser aburrido y rutinario, pues nadie tendría un puesto de por vida, y tampoco habitaría la misma ciudad durante demasiados años. El trabajador debía desarrollar además su capacidad inventiva en la empresa, aportando ideas innovadoras, si no en relación a los productos, al menos sí destinadas a mejorar la productividad y el ambiente del lugar de trabajo.
Es curioso en este sentido advertir cómo los representantes más radicales del pensamiento neoliberal han dado en nombrar a su corriente como libertarismo –
libertarianism en inglés–, término tan cercano fonéticamente al de libertario,
inequívocamente referido a tendencias anarquistas201. Sea como fuere, y se considere
más o menos válida la hipótesis de Boltanski y Chiapello, lo cierto es que en el sistema capitalista actual se han resquebrajado buena parte de las seguridades típicas de modelos previos, dotando a la flexibilidad y a la libertad de connotaciones innovadoras. En el tema que aquí más directamente nos ocupa, toda esta ideología neoliberal ha impregnado gran parte de las prácticas laborales contemporáneas, al menos ya desde finales de los años setenta –aunque con distintas velocidades claro en los diferentes países desarrollados–. En este punto, quizá sea Richard Sennett el que mejor ha sabido comprender las consecuencias personales de estos profundos cambios en la organización del trabajo, tan hermosa y crudamente expresados en su obra –ya clásica–
La corrosión del carácter202. En este ensayo, el sociólogo estadounidense analiza cómo
el neocapitalismo, y más en concreto los cambios progresivamente introducidos en los modelos de organización del trabajo desde los años setenta, han atacado muchos de los principios básicos de la creación de la subjetividad en el Occidente contemporáneo. Así, la experiencia laboral, el trabajo propiamente dicho, que hasta hace unos pocos años era un elemento primordial del movimiento del subjetivación del individuo, ha dejado de ser una fuente de identidad y seguridad para convertirse en un auténtico “elemento corrosivo del carácter”. La flexibilidad, mecanismo en principio destinado a atacar los “males del viejo capitalismo”, dando la oportunidad a los individuos de moldear su
201 Por citar sólo al más reputado: Nozick, Robert, Anarquía, Estado y utopía, México DF, Fondo de
Cultura Económica, 1988.
202 Sennet, Richard, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo
propia vida, se ha convertido en un auténtico riesgo, difícilmente asumible para el trabajador, y experimentado como fatal inseguridad.
Para Sennett, el origen de este sentimiento es indudable: «La inestabilidad misma de las organizaciones flexibles impone a los trabajadores la necesidad de “cambiar de tiesto”, es decir, de asumir riesgos en su trabajo. El manual de empresariales es típico en el sentido de hacer de esa necesidad virtud. La teoría es que asumir riesgos rejuvenece, las energías se recargan sin cesar»203. La consecuencia perversa –además de la
recalcitrante inseguridad que provoca esta ecuación, claro–, es que difícilmente el trabajador puede llegar a considerar su trabajo como fuente de identidad subjetiva cuando este cambia sin cesar. Ya no tiene mucho sentido referirse a uno mismo como “albañil”, “mecánico” o “pintor”, cuando apenas se ha permanecido en esos trabajos durante unos pocos meses. Por supuesto, para algunas personas esta flexibilidad laboral es síntoma de movilidad y energías positivas, quizá más para los jóvenes y para cierto tipo de profesionales, pero sin duda la mayoría lo experimentará –como argumenta Sennett– de forma muy negativa.
De hecho, es interesante cómo este concepto de riesgo –popularizado por el sociólogo alemán Ulrich Beck a mediados de los años ochenta–, fue aplicado desde un principio a varias esferas de la vida humana, en un momento de cambios sociales, políticos y económicos de especial trascendencia. En efecto, en su obra La sociedad del
riesgo204, Beck apuntó las profundas transformaciones derivadas de una crisis ecológica
global cada vez más patente, multiplicando las connotaciones del propio concepto de riesgo para atender a las nuevas circunstancias. Así, el riesgo ecológico se había convertido en algo transversal a la sociedad contemporánea, en un peligro siempre inminente que podía manifestar su crueldad en cualquier segmento de la población y en todo lugar del globo; y riesgo que al mismo tiempo había servido para legitimar una nueva “tiranía de los expertos”. Pero con aquel concepto de riesgo el alemán venía a referirse igualmente a los cambios sociales, políticos y económicos derivados del nuevo contexto global, y que parecían resquebrajar las certidumbres construidas –al menos– durante la segunda posguerra mundial. La incertidumbre había llegado al medio ecológico, pero también al sistema político en su conjunto –con el supuesto fin de las clases sociales, el descrédito de la tradicional lucha de partidos, y la aparición de nuevos
203 Ibíd., p. 84.
204 Beck, Ulrich, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 1998. Las
cuestiones allí analizadas fueron posteriormente “actualizadas” en cierta medida en su libro: La sociedad
actores como los movimientos sociales–, al sistema social –con la continua crisis de los mecanismos de solidaridad mutua y el empuje de las doctrinas neoliberales–, y al
sistema económico –con la desregulación de los mercados nacionales, el proceso de
deslocalización empresarial y las inseguridades derivadas de la nueva organización del trabajo.
En efecto, el trabajo se ha convertido en las últimas décadas en un “lujo” al que cada vez más personas no pueden aspirar, circunstancia que unida al continuo y progresivo proceso de individualización característico de la Modernidad tardía se experimenta – como decimos– de forma realmente dramática205. Como argumenta Beck, «La
individualización no contradice a lo peculiar de esta “nueva pobreza”, sino que lo explica. En las condiciones de la individualización, los seres humanos han de cargar con el desempleo masivo como con un destino personal. Los seres humanos ya no son afectados por él de una manera socialmente visible y colectiva, sino específica a las
fases de la vida. […] En las situaciones de vida carentes de nexos de clase,
individualizadas, el destino colectivo se ha convertido en destino personal, en destino
individual con sociedad ya sólo percibida estadísticamente y ya no vivible, y tendría que
volver a ser compuesto como destino colectivo desde esta fragmentación en lo personal. La unidad de referencia en que golpea el rayo (del desempleo y la pobreza) ya no es el grupo, la clase, la capa, sino el individuo de mercado en sus circunstancias especiales. La escisión de nuestra sociedad en una mayoría decreciente de propietarios de puestos de trabajo y una minoría creciente de desempleados, jubilados anticipados, trabajadores ocasionales y los que no consiguen entrar en el mercado de trabajo está en pleno curso»206 –llegando a alcanzar con la crisis actual sus más dramáticas consecuencias,
cabría añadir–. Esa es precisamente la característica esencial del desempleo en la era de la globalización: éste se ha individualizado, convirtiéndose en una cuestión principalmente personal.
En un ensayo posterior, publicado en alemán en 1999 y titulado Un nuevo mundo
feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, Beck ahondó en estas
cuestiones, incorporando los datos aportados por la propia intensificación y
205 Sobre este proceso de individualización y sus consecuencias, véanse por ejemplo los trabajos de:
Taylor, Charles, Las fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, Barcelona, Paidós, 1996; o Giddens, Anthony, Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la sociedad contemporánea, Barcelona, Península, 1995.
profundización de los procesos globales207. Allí elabora una curiosa comparación en la
que pretende advertir en las características del mercado laboral en Brasil los cambios que parecían estar produciéndose en el mundo del trabajo en los países desarrollados. Así, asegura, «La consecuencia involuntaria de la utopía neoliberal del libre mercado es la brasileñización de Occidente. Lo que más llama la atención en el actual panorama laboral a escala mundial no es sólo el elevado índice de paro en los países europeos, el denominado milagro del empleo en EE.UU. o el paso de la sociedad del trabajo a la sociedad del saber, es decir, qué aspecto tendrá en el futuro el trabajo en el ámbito de la información. Es, más bien, el gran parecido que se advierte en la evolución del trabajo en los denominados primero y tercer mundo. Estamos asistiendo a la irrupción de lo precario, discontinuo, impreciso e informal en ese fortín que es la sociedad del pleno empleo en Occidente. Con otras palabras: la multiplicidad, complejidad e inseguridad en el trabajo, así como el modo de vida del sur en general, se están extendiendo a los centros neurálgicos del mundo occidental»208. De hecho, en la Alemania de principios
de los años dos mil, esta precarización y flexibilización del trabajo apareció como la gran estrategia del gobierno alemán ante la crisis que siguió a la unificación. La extensión de los llamados Mini Jobs en Estados Unidos es conocida, y lo mismo parece suceder en los países europeos donde más se ha dejado sentir la crisis posterior al 2008. Ahora bien, esta generalización y democratización de los riesgos –laborales, en nuestro caso–, ha sido explicada por Beck sobre la base de una teoría de la Modernización reflexiva donde las clases sociales parecen desaparecer, al tiempo que los tradicionales actores políticos –los partidos, los sindicatos, etc.–, han visto progresivamente mermado su poder de acción. En este sentido –y como señala Francisco Vázquez–, puede parecer que la “Gran Teoría” que sostiene el aparato discursivo del alemán pesara más que los propios hechos empíricos: «es como si el bosque de la “individualización”, entendida como un proceso cuasiuniforme y en constante incremento, le impidiera ver los árboles de los distintos usos, de las distintas formas de individualizar las prácticas, variando extraordinariamente según las posiciones de clase en el espacio social […] Empeñado en considerar las “clases” como una rémora del pasado, Beck olvida un principio capital: la no contemporaneidad de lo contemporáneo. En cambio, parece trazar una línea, no exenta de rictus teleológico,
207 Beck, Ulrich, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización,
Barcelona, Paidós, 2000.
entre las resistencias de una sociedad industrial que no acaba de morir y el movimiento de una sociedad del riesgo y de la individualización que está destinada, sea para bien o para mal, a triunfar»209.
Y es que las variaciones del mundo laboral en los países desarrollados no afectan igual a todos. En este punto, Vázquez acierta –en nuestra opinión– al contraponer los análisis de Pierre Bourdieu a las teorías de Beck, partiendo de la diferencia elaborada por el francés entre la clase objetiva –referida a la construcción teórica construida por las ciencias sociales– y la clase movilizada –con la que el francés venía a referirse al “actor histórico concreto”, formado en la propia intervención política de los agentes, como representación compartida de la sociedad y de la historia–210. En la clase objetiva,
entendida como diferencia y no como cosa, cabría diferenciar entre capitales, no únicamente entendidos como capital poseído –en forma de dinero, rentas, propiedades, etc.–, sino como las dotaciones de diversa cantidad y cualidad de recursos con los que son otorgados los distintos agentes sociales, permitiendo con ello su reproducción. En este sentido, los individuos no heredarían únicamente propiedades materiales objetivas, sino que además incorporarían en su ser ciertas disposiciones –esquemas de acción, sentimientos, habilidades, clasificaciones, etc.–, conocidas por Bourdieu como habitus. Esta diferenciación permitiría así distinguir diferentes tipos de capital en una sociedad determinada, como serían por ejemplo el capital simbólico, el capital cultural, el capital
social, el capital económico por supuesto, etc. Finalmente, la trayectoria de un
individuo en particular le permitiría acumular distintos volúmenes de capital(es), lo que introduciría el factor temporal en el espacio social.
Al tiempo, Bourdieu distingue dos tipos de capital poseído por cada individuo o segmento social: las propiedades de condición, que se referirían tanto a los atributos como a las disposiciones incorporadas por los individuos y que permitirían distinguir entre clases o fracciones de clase; y las propiedades de posición, que vendrían determinadas por el lugar que el individuo ocupa en el espacio social en un momento determinado. En este sentido, mientas que las propiedades de condición –que singularizan una clase o segmento social– pueden transformarse con el tiempo –una pérdida de renta, o una ganancia de competencias, por ejemplo–, las propiedades de
209 Vázquez García, Francisco, Tras la autoestima. Variaciones sobre el yo expresivo en la modernidad
tardía, Donostia-San Sebastián, Gakoa, 2005, pp. 156-157.
210 Ibíd., p. 147 y ss. Véase: Bourdieu, Pierre, “Condición de clase y posición de clase”, en AA. VV.,
Estructuralismo y sociología, Buenos Aires, Nueva Visión, 1969, pp. 71-100; y Bourdieu, Pierre,
“Espacio social y espacio simbólico”, en Bourdieu, Pierre, Razones prácticas. Sobre la teoría de la
posición son difícilmente alterables. Así, por ejemplo, los jueces tienden a ocupar una posición social semejante a la de los profesores de universidad o los grandes empresarios, mientras que por su parte los maestros estarán más próximos a los pequeños comerciantes o a los cuadros medios de la administración. A su vez, las condiciones, aspiraciones y estilos de un segmento determinado pueden variar, pero ello no significa que los individuos en él creados se desplacen a una escala mayor de la sociedad. Los titulados universitarios procedentes de las clases trabajadoras son cada vez más numerosos, pero ello no significa que hayan adquirido los distintos grados de capitales que diferencian a las clases más pudientes, por ejemplo211.
Ahora bien, ¿cuál es la pertinencia de la teoría de Bourdieu para las cuestiones que aquí nos ocupan? Al margen de su relevancia para discutir las posiciones de Ulrich Beck –especialmente como decimos en su desprecio por el concepto de clase, que el teutón llega a definir como una “categoría zombi”–, los análisis de Bourdieu y sus colaboradores nos permiten comprender la complejidad diferencial de nuestras sociedades, así como explicar el triunfo –o al menos la hegemonía– de ciertos discursos sobre el trabajo en la actualidad. En efecto, y en primer lugar, una de las principales aportaciones del sociólogo francés ha sido entender que la disolución de la “identidad obrera” –en sí misma un constructo histórico– no significa la desaparición de la “sociedad de clases”, sino una redefinición y remodelado de las distinciones de clase: «Las condiciones materiales de las clases populares en los países desarrollados de Occidente no son las que caracterizaban a la clase obrera de la sociedad industrial. Lo mismo sucede con la pequeña burguesía o con la burguesía tout court respecto a sus antepasados correspondientes. Pero las diferencias, tanto en las distintas especies de capital objetivado como en los habitus y estilos de vida, se mantienen e incluso se ahondan, sólo que ahora se encuentran desplazadas a un plano diferente»212. Para las
cuestiones que aquí tratamos, así como para la propia teoría de los modos de vida, esta afirmación es, por supuesto, tremendamente relevante, por cuanto los individuos posicionados en las distintas escalas sociales tenderán a adoptar uno u otro modo de vida, más acorde con sus capitales adquiridos.
211 Bourdieu ha analizados los distintos mecanismos de diferenciación y exclusión social, así como los
distintos dispositivos que en nuestras sociedades impiden una auténtica movilidad social, empezando por el propio sistema escolar. Sólo por citar tres de los más representativos: Bourdieu, Pierre, La Noblesse
d’Etat. Grandes Écoles et Esprit de Corps, Paris, Gallimard, 1989; Bourdieu, Pierre, La distinction. Critique sociale du jugement, Paris, Minuit, 2007; y Bourdieu, Pierre y Passeron, Jean-Claude, Les héritiers, Paris, Minuit, 1964.
Y en segundo lugar, han sido los estudios de Bourdieu sobre las diferencias sociales sostenidas y legitimadas en función de las desiguales propiedades de condición y posición, lo que nos permite imaginar la genealogía de un modo de vida que, durante los últimos años, se ha convertido en hegemónico a nivel simbólico: a saber, el modo de
vida del profesional de carrera o modo de vida del especialista. En efecto, las clases
sociales inferiores tienden a imitar en la medida de lo posible los usos sociales de las clases inmediatamente superiores. Por supuesto, la democratización al acceso de tales usos –inscribir a los hijos en un colegio u otro, practicar un deporte u otro, etc.–, supone inmediatamente la devaluación e incluso la estigmatización de los mismos por las clases posicionadas en segmentos superiores relativos. Pero eso no significa que tales usos de
diferenciación de los distintos segmentos sociales desaparezcan, sino únicamente que se
modifican. Forzando el discurso bourdieusiano, y si bajo este supuesto atendemos al mundo laboral, pronto entendemos el segmento social que copa desde los años ochenta los discursos e imágenes hegemónicos sobre el trabajo: a saber, lo que Bourdieu llama la “nueva pequeña burguesía”. En efecto, esta nueva “clase social” se orienta «a la gestión de bienes y servicios simbólicos: medianos y modestos ejecutivos de secciones comerciales, especialistas en márketing y publicidad, profesionales de los medios de comunicación, nuevos expertos sociales, sanitarios y deportivos (trabajadores y educadores sociales, nutricionistas, animadores socioculturales, especialistas en mantenimiento físico y expresión corporal, psicólogos, psicoanalistas, etc.), decoradores, encargados de relaciones públicas, etc.»213. De hecho, el propio Bourdieu
se refiere a este movimiento como el ejercicio de la violencia simbólica mediante el cual una clase –o una fracción de clase– tiende a imponer un cierto ethos, una determinada forma de ser y pensar, de estar en el mundo, considerada la única legítima. Ahora bien, para entender cómo la “ideología laboral” de este segmento social ha llegado a ser la hegemónica a nivel simbólico, impregnando los discursos neoliberales sobre el trabajo en la actualidad, debemos realizar un último giro teórico, giro que daremos de la mano del grupo conocido como History of the Present Research Work214,
y especialmente de sus miembros Nikolas Rose215, Mitchel Dean216, Thomas Osborne217
213 Ibíd., p. 153.