Capítulo 3: Teoría de los modos de vida, producción mercantil simple y trabajo en la era global
I. La teoría de los modos de vida: una aproximación histórica
La primera teoría de los modos de vida modernos surgió en los años setenta, impulsada por las nuevas problemáticas derivadas del proceso de descentralización a nivel local y regional del Estado danés llevadas a cobo por aquel entonces129. Esta nueva
planificación estatal requirió de la participación ciudadana en el diseño de los futuros planes de actuación, fundada en la convicción de que debían ser escuchados los deseos y necesidades –culturales, sociales e industriales– de los distintos sectores sociales implicados. Ello era, en efecto, una condición ineludible para mejorar la eficiencia e idoneidad de esos planes, y un elemento imprescindible en el mismo proceso de planificación130. No obstante, la experiencia mostró la enorme dificultad que suponía
integrar perspectivas tan dispares como las de agricultores, familias, trabajadores asalariados, pescadores autónomos, empleados públicos, inversores, profesionales titulados, o las propias de las amas de casa. En esta situación, la idoneidad del lugar en el que construir un colegio, un parque industrial o una carretera resultó ser en absoluto
129 Højrup, Thomas, State, Culture and Life-Modes. The Foundations of life-Mode Analysis, Aldershot,
Ashgate, 2003, p. 13 y ss. Véanse también del mismo autor: “Del recuerdo a la experiencia. Herencia cultural y ambiente cultural en Dinamarca I”, en SphEra especial Pública. Revista de Ciencias Sociales y
de la Comunicación. Nuevas formas de tratamiento/nuevos sentidos, 2010, pp. 119-165; asimismo: “The
Concept of Life-Mode. A Form-Specifying Mode of Analysis Applied to Contemporary Western Europe”, en Ethnologia Scandinavica, 1983, pp. 15-50. Y: “Análisis de los modos de vida – una explicación contextual”, en Schriewer, Klaus y Cayuela Sánchez, Salvador (eds.), Anthropological
perspectives. Tools for the Anaysis of European Societies/Perspectivas antropológicas. Herramientas para el análisis de las sociedades europeas, Murcia/Muster, Editum/Waxmann, 2014, pp. 217-265.
evidente, e insuficiente el dictamen en función de puros criterios racionales o científicos.
En este contexto, los planificadores estatales comenzaron a referirse a visiones encontradas capaces de imaginar distintas posibilidades para los modelos de actuación. Todo aquello parecía emerger de profundas contradicciones entre las necesidades y deseos de los distintos actores sociales, lo que convenció a las autoridades de la necesidad de un análisis etnográfico de la situación. Este análisis sería el encargado de comprender el contexto de las diferentes personas y grupos sociales implicados en dichos procesos de planificación, así como sus necesidades, deseos, imaginarios, perspectivas, etc.131. Lo que pronto apareció ante los ojos de los etnólogos fue que
atender a las concepciones generales sobre la vida cotidiana, las necesidades humanas o las normas comunes no era suficiente para comprender los distintos puntos de partida y contextos en los que se formulaban los intereses específicos de los distintos grupos. Bien al contrario, aquel trabajo etnográfico reveló auténticas contradicciones culturales entre los diversos segmentos poblacionales, lo que exigió problematizar la propia cuestión sobre la vida cotidiana.
El punto de partida fue entonces la gran variedad de valores culturales que cada grupo social perseguía maximizar. En este sentido, las personas evaluaban de forma muy distinta cuestiones tan cotidianas y aparentemente prístinas como la familia, el trabajo, la educación, sus casas, el paisaje, la ciudad, la comunidad, etc. Lo que estas evaluaciones comenzaron a mostrar fue, precisamente, las diferentes escalas de valores culturales asociadas a distintas visiones del mundo, relacionadas además con los recursos de cada uno de los actores. Atender a los recursos y a la escala de valores de los distintos grupos debía permitir entonces explicar la forma de actuar de las personas, preocupadas por maximizar sus propios y específicos valores e intereses132.
Ahora bien, los heterogéneos actores y grupos sociales interactúan en el seno de una sociedad concreta, entrando en conflicto y intercambiando mutuamente sus valores y permitiendo con ello eventualmente el progresivo proceso de reconocimiento mutuo. Se trata de hecho de un proceso de aprendizaje fundado en la retroalimentación de las diversas escalas de valores de los distintos actores, lo que debe conducir a una integración creciente de dichas escalas, a priori enfrentadas en conflictos permanentes. En este sentido, una mayor interacción de los distintos grupos supone en principio un
131 Højrup, Thomas, State, Culture and Life-Modes, op. cit., p. 13 y ss. 132 Ibíd., p. 91.
grado mayor de integración, y no ya entre las personas que interactúan en una comunidad o país determinados, sino incluso entre distintos países133. Atendiendo a
todos estos elementos, el trabajo etnográfico podría distinguir diferentes escalas de valores para cada grupo social, lo que permitiría explicar a los planificadores su importancia y actuar en consecuencia. En efecto, cada segmento de la población, con sus valores propios, optará y reclamará propuestas diferentes de planificación, derivadas de sus diferentes valores, universos simbólicos, etc., lo que exige diferenciar las distintas escalas de valores presentes en la sociedad para poder actuar en consecuencia y de la forma más acertada posible –esto es, maximizando los puntos de encuentro de los distintos actores sociales–.
Llegados a este punto, era necesario averiguar los supuestos básicos sobre los que se asienta una sociedad en cuestión, supuestos que debían tomar la forma de diferencias
necesarias y no mudables –aunque históricas, claro– en el infinito proceso de
interacción de la vida cotidiana. En este sentido, debían existir unas formas culturales esenciales sobre las que se fundase la estructura social básica de un Estado concreto: esto es, los elementos fundamentales de una determinada sociedad –en sentido wittgensteiniano–. Estos elementos debían ser aprehendidos en conceptos culturales formados sobre la comprensión de ciertos modos necesarios de existencia, modos que constituirían –como decimos– la estructura esencial del Estado y su sociedad concreta. En este punto es preciso atender al viejo concepto de praxis, encargado de desvelar las condiciones de posibilidad específicas sobre las que pueden asegurarse unas determinadas condiciones de existencia134. En una sociedad concreta, la praxis debe
tener pues una forma y unos modos de existencia cíclicos, por tratarse del elemento de
auto-reproducción de la propia formación social. En nuestras sociedades esta forma de
análisis podría estar representada por los conceptos de los distintos modos de
producción, entendibles como las formas que adoptan los diversos procesos de auto-
reproducción, producción y apropiación que estructuran un sistema económico concreto.
Pues bien, y volviendo a nuestro caso inicial, resulta que el primer problema que surgió al analizar los distintos modos de producción es que traían asociados diferentes clases o grupos sociales. De hecho, cada una de ellas contemplaba intereses específicos enfrentados entre sí y en ocasiones hasta irreconciliables. Cada clase debía pues poseer
133 Højrup, Thomas, “Análisis de los modos de vida – una explicación contextual”, op. cit., p. 229 y ss. 134 Aristóteles, Ética a Nicómaco, Madrid, Alianza, 2002.
intereses comunes, siendo cada uno de los actores portador de tales intereses específicos. Ahora bien, esos intereses no podían derivar únicamente de los recursos materiales de los actores, pues un cambio en tales recursos no suponía necesariamente un cambio de intereses135. Era preciso por tanto poner en suspenso el propio concepto de
clase para afrontar con garantías las problemáticas derivadas del proceso de planificación al que se intentaba hacer frente. Todo ello condujo a la conceptualización de diferentes modos de vida asociados a otros tantos modos de producción136. En este
sentido, aquellos modos de vida eran entendidos como las condiciones básicas para la
auto-reproducción social, convirtiéndose en la clave epistemológica para construir una
teoría científica que permitiese comprender de forma empírica las formas culturales esenciales de la sociedad –danesa, en primera instancia–.
Para definir estos diversos modos de vida y sus condiciones de existencia se utilizó –como venimos comentando– el concepto de modo de producción, considerado en un sentido amplio y en sus múltiples relaciones y conexiones. Así, por ejemplo, si atendemos al modo de producción capitalista, descubrimos que se encuentra inserto en un conjunto de múltiples relaciones necesarias entre sí, la primera de las cuales es – precisamente– la relación entre el salario y el trabajo. Ahora bien, esta relación necesita para ser fijada de una segunda, establecida por la tarifa: esto es, la negociación de mano de obra entre compradores y vendedores, y las condiciones asociadas al mercado laboral. Al tiempo, este mercado laboral –en el que se establecen las negociaciones de tarifas de mano de obra, condiciones laborales, etc.–, presupone otros mercados, como el mercado de capitales –donde se invierte un capital en vista a obtener futuros
beneficios–. Estos beneficios presuponen plusvalía, al tiempo que esta producción de
plusvalía requiere, finalmente, de un mercado de trabajo. En este sentido, tanto el mercado de trabajo como el de la plusvalía se presuponen entre sí como conceptos de relación, pero no son independientes de otros. En efecto, la competencia entre diferentes empresas e inversores exigirá una mejora constante de la competitividad, tanto en el propio proceso de producción como en el desarrollo de nuevos productos –dinámica cuyo fin último no puede ser otro que el alcanzar una posición de monopolio, al menos de forma teórica–. Ahora bien, esa mejora de la competitividad exigirá al tiempo la contratación de profesionales especializados, capaces de crear ideas únicas e
135 Una versión más elaborada de esta idea en Højrup, Thomas, State, Culture and Life-Modes, op. cit., p.
121 y ss.
136 Ibíd., p. 20 y ss. Højrup, Thomas, “Análisis de los modos de vida – una explicación contextual”, op.
innovadoras que permitan a la empresa en cuestión adquirir una posición de ventaja con respecto al resto de sus competidores, generando así una mayor plusvalía con la que pagar a los inversores. Esos beneficios, al tiempo, permitirán unas mayores inversiones en competitividad, en la compra de más trabajo asalariado, la contratación de especialistas más sagaces y por tanto mejor remunerados, etc.137.
Así, en el modo de producción capitalista –y en el proceso de su auto-reproducción que acabamos de resumir aquí–, se encuentran implicados al menos cuatro modos de
vida distintos, cada uno participando del proceso de forma diferente pero siendo todos
necesarios para la supervivencia del modo de producción en su conjunto. Estos modos de vida son: el del trabajador asalariado; el del empresario capitalista; el del inversor; y, finalmente, el del especialista. A pesar de ser contradictorios entre sí, son necesarios para la supervivencia del modo de producción capitalista, e incluso mutuamente dependientes. Así, por ejemplo, si atendemos a las características del modo de vida del
trabajador asalariado, pronto entendemos que se encuentra ordenado por un universo
conceptual donde la existencia vital está radicalmente dividida entre horas de trabajo – entendido como tiempo de obligación– y horas libres –consideradas como tiempo de
ocio–. Su responsabilidad como trabajador asalariado se reducirá por tanto al tiempo
que permanezca en su puesto de trabajo, realizando su cometido de forma adecuada, y atendiendo únicamente a lo que se espera de él durante ese tiempo específico. En oposición, el trabajador asalariado se considerará un hombre libre en su tiempo fuera
del trabajo, donde podrá realizarse como persona en las actividades que más le llenen, o
simplemente cuidando de su familia, disfrutando con sus hijos, etc. Su familia, sus hobbies, etc., serán la fuente de su felicidad, el objetivo último de su vida, y lo que justificará sus penurias durante el trabajo, considerado necesario para poder adquirir los recursos mínimos –en forma de salario– para asegurar tanto su existencia material y la de su familia como, en efecto, el ocio que se desee o pueda permitirse.
Por lo demás, la condición económica principal del trabajador asalariado será el propio mercado laboral, donde están implícitos los conceptos de salario y venta de horas de trabajo definitorios de su modo de vida138. Al tiempo, el correcto funcionamiento del
mercado laboral exige de una serie de condiciones políticas y legales que regulen la misma propiedad, la figura del contrato de trabajo y la tarifa. Por supuesto, en el marco del capitalismo moderno, estos conceptos se sostienen políticamente en el ordenamiento
137 Højrup, Thomas, State, Culture and Life-Modes, op. cit., p. 144 y ss. 138 Ibíd., p. 119 y ss.
de un Estado Constitucional y de Ley, que funciona como condición de posibilidad política, y sostenido en la soberanía sobre un territorio y una población, y en su propio reconocimiento por parte de los otros Estados. Esta cadena etnológica de las sociedades contemporáneas puede detectarse analizando la forma en la que los trabajadores participan en una manifestación, donde, por ejemplo, plantean como “nacionales” demandas encaminadas a proteger sus privilegios frente a las reducciones del nivel salarial posibilitadas por la inmigración ilegal, o para asegurar la producción nacional frente a los actuales procesos de deslocalización productiva139.
Si analizamos el modo de vida del inversor, también intrínseco al modo de producción capitalista, pronto descubrimos que su requisito en términos económicos es la existencia del mercado financiero. Este modo de vida, a su vez, requiere de la ordenación de un mercado de capitales que exige en sí mismo un sistema legal, de derechos y deberes específico. El funcionamiento de la actividad del inversor necesita de un mercado de finanzas regulado y mínimamente seguro que ofrezca múltiples posibilidades de inversión. En este contexto, el inversor puro desplazará continuamente su capital de empresa a empresa en busca de los beneficios más jugosos, y éstas, a su vez, se preocuparán por captar el máximo volumen de inversiones en función de múltiples estrategias como la exposición de resultados, el marketing, la contratación de productos y personal con un alto nivel de unicidad, etc. De hecho, el fracaso por parte de un Estado determinado en la formación de un mercado financiero con garantías ha supuesto en ocasiones el fiasco o la desvirtuación en la introducción del modo de producción capitalista. Así, por ejemplo, la creación de un mercado de capitales insuficientemente regulado en la Rusia postcomunista favoreció el desarrollo de un anarco-capitalismo salvaje, con la formación –o consolidación– de oligarquías, irregularidades, inseguridad social, etc.140. Algo parecido está ocurriendo actualmente en
China: a saber, la expansión de un sistema capitalista donde el Estado –al menos por el momento– no está siendo capaz ni de establecer legalmente ni de defender políticamente las condiciones necesarias de existencia del modo de producción capitalista, y tampoco de regular el mercado especulativo a él asociado141. Pero lo
mismo ha podido observarse en la gran mayoría de los países desarrollados tras la crisis económica de 2008, donde se ha producido una desregulación general del sistema
139 Højrup, Thomas, “Análisis de los modos de vida – una explicación contextual”, op. cit., p. 233 y ss. 140 Gray, John, Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, Barcelona, Paidós, 2000, pp. 171-
212.
financiero, hasta el punto de que los Estados han sido aparentemente incapaces de “gobernar” a los llamados “mercados”.
Ahora bien, estos inversores puros son relativamente escasos, y suelen “contaminar” su modo de vida con el del empresario capitalista –tercer componente del modo de producción capitalista–. De hecho, podríamos diferenciar entre capitalista financiero (el inversor puro) y capitalista productivo (que contiene tanto el aspecto de inversor como el de gestor y, además, desarrolla productos no especulativos)142. En cualquier caso, lo
que nos interesa aquí señalar son las enormes diferencias que existen entre estos modos de vida y aquel del trabajador asalariado al que hicimos referencia más arriba. Así, y en primer lugar, el empresario capitalista –como el inversor– no considera como un factor determinante la distinción entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, tan evidente en el modo de vida del trabajador asalariado. En efecto, el empresario dedicará a su negocio tanto tiempo como sea necesario, y aún más, teniendo como objetivo último no sólo el buen funcionamiento de su empresa, sino su máximo crecimiento. Este crecimiento le permitirá, a su vez, nuevas inversiones tanto en la propia empresa como en nuevas aventuras empresariales. En este sentido, su responsabilidad como empresario será perfeccionar el sistema productivo y maximizar la rentabilidad de la empresa, posibilitando el máximo aprovechamiento tanto de las inversiones en material como el coste de mano de obra. En pocas palabras, su principal objetivo será asegurar y aumentar todo lo posible la plusvalía de la producción de la empresa.
No obstante, y a diferencia del trabajador autónomo –que estudiaremos con mayor detenimiento en la siguiente sección–, para el empresario capitalista el funcionamiento deficiente o el cierre de su –o sus– empresas no supondrá necesariamente la experiencia de un fracaso personal. En este sentido, si su proyecto empresarial no ofrece los resultados esperados, no dudará en cesar su actividad productiva y reinvertir su capital en un nuevo proyecto. Este es, de hecho, el objetivo último de su proyecto vital: el crecimiento máximo de un capital que le permita la inversión continua y constante en nuevos proyectos, y de ser posible aspirar a una posición de monopolio en su sector específico. El aumento de su nivel adquisitivo, su cercanía a los poderes fácticos, y las demás consecuencias de una forma de vida elitista serán los atributos que lo definan como “empresario de éxito”.
Ahora bien, para que todo ello sea posible al empresario capitalista no le bastará con organizar de forma eficiente el aparato productivo y comercializador de su empresa. El máximo nivel de plusvalía –y con él la apertura de nuevas posibilidades de inversión y crecimiento– no será posible si no es capaz de desarrollar productos exclusivos. Es entonces cuando un nuevo modo de vida entra a formar parte del juego: a saber, el del
profesional de carrera o modo de vida del especialista –“career professional life-mode”
–143. En efecto, estos especialistas son los encargados de desarrollar los nuevos
productos, soluciones o estrategias que permitan a las empresas obtener una ventaja competitiva sobre sus adversarios, produciendo con ello un más alto nivel de plusvalía y asegurando el pago de beneficios a los inversores. En este sentido, son estos especialistas los que permiten a las empresas capitalistas una posición de monopolio temporal en el mercado, posibilitado –como decimos– por el desarrollo de un producto exclusivo, una adecuada estrategia de marketing, un diseño revolucionario, la adquisición de una tecnología favorable y aún no alcanzable por otras empresas, la organización eficiente de la producción, etc.
La existencia de este cuarto modo de vida es de hecho una condición de posibilidad necesaria para la propia existencia de la empresa capitalista, debido a su definitoria aspiración monopolista. En este sentido, los especialistas son la pieza clave en la adquisición de ventajas únicas por parte de las empresas particulares, asegurando como decimos la producción de plusvalía, la atracción de capital por parte de los inversores, la reinversión, etc. Lo que estos especialistas ofrecen a las empresas capitalistas es, precisamente, su capacidad para desarrollar, examinar y elaborar las visiones y proyectos que las empresas competidoras no han imaginado aún. Por ello, estas personas no tienen un salario fijo –como los trabajadores asalariados–, sino que se les