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Interdependencias entre el sector agrícola y la industria: J Lisovkij

Capítulo 2: Discusiones en torno a las características y supervivencia de los pequeños agricultores en el desarrollo del

III. Interdependencias entre el sector agrícola y la industria: J Lisovkij

En otro orden argumentativo encontramos a J. Lisovkij, autor que también encuentra un lugar propio en el compendio de Etxezarreta que venimos utilizando. Para Lisovkij la cuestión fundamental tampoco es tanto el tamaño de la explotación, sino cómo la agricultura –en sus distintas formas– se encuentra integrada en el sistema capitalista y sus estructuras macroeconómicas. Por supuesto, no puede dejar de reconocer el carácter específico de la agricultura debido a su intrínseca vinculación a la tierra y a sus ritmos propios, y por ello las dificultades que supone la industrialización y tecnificación del agro, menos evidentes que en la industria. Y sin embargo, argumenta, «la agricultura

forma parte integrante de todo el sistema económico. Su unidad con los demás sectores de la economía capitalista está determinada sobre todo por el hecho de que en su interior actúan las mismas leyes generales propias del capitalismo, mientras que en el exterior choca con las normas de la economía capitalista de mercado. Las relaciones cada vez más intensas y complejas del sector agrario con los demás sectores económicos y la tendencia a una unidad cada vez más estrecha con todo el organismo económico, determinan que el progreso de la agricultura, y hoy más que nunca, sólo sea posible en el marco del desarrollo económico en su conjunto, y a la inversa, que el desarrollo normal de toda la economía sea inconcebible en condiciones de estancamiento, inmovilidad o degradación del sector agrario»74.

En este sentido, Lisovkij argumenta que la concentración de las explotaciones agrícolas es una realidad, y de hecho son los grandes propietarios o los empresarios capitalistas y financieros los únicos capaces de fijar los precios de mercado de los productos agrícolas, al menos ya desde la primera mitad del siglo XX. Es por ello que la cuestión principal es cómo las explotaciones agrarias moldean sus estructuras a los intereses y exigencias del capitalismo, orientándolas al mercado y contemplando siempre objetivos de rentabilidad –sean éstos más o menos difusos–. En este punto, la adopción de modernos medios técnicos de producción y la intensificación de la fuerza productiva tanto en las pequeñas como en las grandes explotaciones no es sino la prueba, irrefutable, de esa interconexión e interdependencia de todos los sectores económicos capitalistas. Sólo las explotaciones agrícolas que sean capaces de amoldarse a estos criterios y circunstancias –esto es, que sean útiles al capitalismo monopolista–, podrán sobrevivir; y ello porque «El desarrollo de la agricultura se ha revelado necesario no sólo en sí mismo, sino también para el desarrollo de todo el sistema económico en su conjunto, y en primer lugar para los mayores monopolios en la fase de su expansión económica. Los monopolios se han hallado pues ante la necesidad de un intenso desarrollo capitalista en la agricultura, de su reorganización en tal sentido y de su transformación en un amplio mercado para las mercancías industriales producidas

74 Lisovkij, J., “Il rapporto agricultura-industria nelle condizione dello sviloppo del capitalismo”, en

Agricultura y sviluppo del capitalismo”, Roma, Ediciones Riuniti, 1973. Aquí utilizamos la traducción española de Carmel Artal, con el título “La relación agricultura-industria en el marco del desarrollo capitalista”, recogida en el compendio de Etxezarreta, Miren, La evolución del campesinado, op. cit., pp. 297-323.

por los grupos monopolistas (abonos químicos, maquinaria, materiales para la construcción, combustible y energía eléctrica, herbicidas, piensos, etc.)»75.

Por supuesto, esta interdependencia entre la agricultura y la industria –o si se prefiere la penetración del propio sistema capitalista en la agricultura–, no ha sido en absoluto lineal. Bien al contrario, la relación entre la agricultura y la industria ha ido variando y alterando su intensidad desde el siglo XIX. En efecto, señala Lisovskij, «Las relaciones entre la agricultura y la industria se han ido modificando a lo largo del desarrollo histórico. Durante mucho tiempo la agricultura representó para la industria fundamentalmente una fuente de abastecimiento de productos alimenticios y de materias primas, así como también una reserva de mano de obra. A su vez, la industria, por una parte, aseguraba a la agricultura un mercado para sus productos, gracias al cual esta última ha podido desarrollar sus fuerzas productivas, y, por otra, le proporcionaba los medios de producción»76. No obstante, continúa más adelante: «Con el progreso

técnico, con el desarrollo de la especialización de la agricultura y con la división cada vez más minuciosa del trabajo, gradualmente y de forma espontánea, fueron desgajándose de la producción directamente agrícola los diferentes elementos de las operaciones productivas, de los procesos y de las líneas tecnológicas para la transformación de los productos agrícolas. Inicialmente dichos procesos fueron transformados en empresas, laboratorios o fábricas, estrechamente vinculadas a la producción agrícola […] Pero estas empresas, con la ampliación de sus dimensiones y con el perfeccionamiento de su base productiva, salen de la órbita de la producción agrícola y entran en la esfera de la industria, integrándose en el complejo industrial de la circulación de las rentas y de los capitales»77.

Lo interesante aquí es señalar cómo el sector agrícola ya no puede entenderse como separado del conjunto del sistema económico, por muy aislado que pudiera parecer. Bien al contrario, la agricultura no es sino una parte del conjunto, y su evolución irá ligada al propio desarrollo de aquél78. En este sentido, el perfeccionamiento del sector

agrícola sólo será posible en el propio desarrollo del sistema económico, mientras que al tiempo el progreso de todo el sistema depende de que la propia agricultura no entre en recesión o estancamiento. En cualquier caso, serán las necesidades del sistema las que empujen al sector agrícola, entrando éste a formar parte de las estrategias y mecanismos

75 Ibíd., p. 310. 76 Ibíd., p. 302. 77 Ibíd., pp. 304-305.

capitalistas encargados de favorecer –en opinión de Lisovskij– los intereses de los grupos dominantes.

Ahora bien, todo ello no significa que el desarrollo de la industria y la agricultura en la expansión del capitalismo sean paralelos. Bien al contrario, ambos han seguido dinámicas propias, aunque como decimos, interrelacionadas. En este sentido, la propia subordinación de los sectores productivos al capital monopolístico ha sido notablemente distinta en la industria y en la agricultura. En efecto, «Existe una profunda diferencia entre los métodos y las formas de subordinación del sector de la producción industrial, por un parte, y de la agricultura, por otra, a la dominación del capital monopolista. En la industria los monopolios establecen su propia dominación introduciéndose directamente en la misma producción, operando como grandes productores, eliminando y asfixiando a los pequeños y a los medianos competidores y outsiders […] En la agricultura el panorama es completamente diferente […] Hasta un cierto estadio de desarrollo el capital financiero no estuvo directamente interesado en penetrar en la esfera de la producción agrícola y en reorganizarla. El carácter fragmentario y la dispersión de la producción agrícola hacían muy difícil, y durante un cierto tiempo “no rentable”, desde la perspectiva de los intereses de los monopolios, el trabajo de reorganización, de unificación del proceso productivo del sector agrario en un sistema tecnológico unitario, cuya creación habría podido servir de base, por sí sola, para el paso a la industrialización de los procesos productivos de la agricultura. Sólo la aguda necesidad –surgida en la fase moderna de desarrollo del capitalismo monopolista– de movilizar todas las posibilidades del mercado, por una parte, y las premisas creadas en la propia agricultura debido al paso a la mecanización compleja, por otra, abrieron nuevas posibilidades a los monopolios para penetrar en el propio núcleo de la producción agrícola, induciéndoles a ocuparse seriamente de su reorganización y a asumir su control»79.

No obstante –y esta es otra de las grandes novedades del análisis de Lisovskij–, los monopolios no actuarán en el sector agrícola como productor directo preferentemente, sino que su dominio de la agricultura pasará por el control de ciertos canales vitales para la producción agrícola, en relación directa con otras esferas económicas. En efecto, «A lo largo del progreso técnico y de la mecanización de la agricultura, al aumentar el volumen de los instrumentos y de los medios de producción necesarios, los grupos

79 Lisovkij, J., “La relación agricultura-industria en el marco del desarrollo capitalista”, op. cit., pp. 307-

monopolistas altamente concentrados de los diferentes sectores de la industria van jugando un papel cada vez más importante a nivel del suministro de las mercancías adquiridas por los productores agrícolas. Ello determina, por un lado, una subordinación cada vez mayor de los productores agrícolas a los grandes grupos monopolistas, y, por otra, el interés de los mismos monopolios por la agricultura en cuanto mercado para sus productos. Y también aquí el capital monopolista establece su propio control sobre la agricultura a través del mercado. Mediante los elevados precios de monopolio estipulados para las mercancías vendidas por los productores agrícolas (la “tenaza de los precios”), los monopolios extraen de la agricultura sustanciosos beneficios»80. En

efecto, la agricultura necesita de ciertos inputs suministrados, de una parte, por el propio sector industrial –en forma de maquinaria, productos fitosanitarios, etc.–, y por otra del sector financiero –en forma, claro, de recursos monetarios–. Al tiempo, los propios productos agrícolas se destinan principalmente a las industrias de transformación y de comercialización, que absorben progresivamente una mayor proporción de aquéllos, adquiriendo así no sólo la potestad de influir definitivamente en la fijación de los precios, sino también en las variedades, la calidad y los mismos procesos y técnicas de producción81.

Es por ello que Lisovskij no duda en precisar que «La entrada del capitalismo europeo en su fase monopolista no ha favorecido la situación de la agricultura [y ello porque] el capital monopolista tiene grandes posibilidades de apoderarse de las posiciones de mando y de dominio de la agricultura. Y en efecto, a su potencia económica concentrada se le ha opuesto principalmente una masa de medianas, pequeñas y pequeñísimas posesiones y empresas de tipo agrario y capitalista-individual, aisladas entre sí e incapaces de oponer una resistencia eficaz a los colosos del capital monopolista-financiero. En todos los sectores donde la masa de pequeños productores agrícolas, mal organizados y económicamente débiles, ha entrado en contacto con los poderosos y consolidados monopolios industriales, comerciales y financieros, evidentemente han sido los primeros en encontrarse en una posición desventajosa y no han tenido más remedio que desarrollar un papel pasivo»82.

La integración de la agricultura en el sistema capitalista sufrirá –al menos en los países desarrollados–, un profundo proceso de intensificación, estrechándose

80 Ibíd., pp. 308-309.

81 Etxezarreta, Miren, La evolución del campesinado, op. cit., p. 36.

82 Lisovkij, J., “La relación agricultura-industria en el marco del desarrollo capitalista”, op. cit., pp. 306-

progresivamente los vínculos entre los diversos sectores económicos. Y este proceso, además y como estamos viendo, tiende a realizarse en un doble sentido: por un lado, sobre la base de una compenetración cada vez más estrecha entre los sectores agrícola e industrial; y por otro lado, en el marco de un aumento progresivo del dominio técnico- económico del sector industrial sobre la agricultura. En este sentido, la tradicional – aunque siempre relativa y discutible– autarquía de la agricultura no impide la inserción de esta –y de los demás sectores económicos– en el sistema capitalista triunfante83. En

efecto, «la economía agraria se va integrando gradualmente en el sistema general de la economía capitalista, cada vez es más “económicamente homogénea” respecto a sus demás elementos en la medida en que las condiciones tecnológicas, económicas y organizativas de las producción, del mercado, de la circulación y de la acumulación de los capitales en el sector más avanzado de la agricultura van aproximándose a las condiciones ya dominantes en los otros sectores más avanzados de la economía capitalista»84.

Desde un punto de vista analítico, todo ello imposibilita un examen acertado de la agricultura en los países desarrollados que no tenga en cuenta la complejidad y las mutuas interrelaciones de las diferentes esferas y sectores de la economía capitalista. De hecho, las respectivas fronteras entre los sectores industrial y agrario se están debilitando de forma tan patente en las últimas décadas que se tiende a su eliminación de facto: «La simbiosis cada vez más estrecha entre los diferentes sectores de la producción agrícola con los correspondientes sectores de la industria ha llevado en la fase actual a la aparición del sistema del agrobusiness, o sea a la creación de un conjunto económico unitario que incluye tanto a la producción propiamente agrícola, como a los sectores industriales que la abastecen y transforman sus productos»85. El

agrobusiness sería así el conjunto de compañías, monopolios de la industria de

transformación, acreedores de los medios de producción agrícolas, el sistema de créditos y financiación, y los propios mecanismos de distribución y servicios de la agricultura. En este sentido, «el agrobusiness es la encarnación del capital monopolista moderno, que ha invadido la esfera de la agricultura con la finalidad de someterla a su dominio»; no obstante, prosigue, «sería un error no darse cuenta de que precisamente el

agrobusiness es actualmente una potente fuerza motriz que fecunda la agricultura,

83 Ibíd., p. 312. 84 Ibíd., p. 314. 85 Ibíd., p. 315.

dotándola de medios crediticios y contribuyendo a su reorganización de acuerdo con principios modernos, introduciendo en ella nuevas máquinas y medios técnicos, hasta las últimas conquistas de la ciencia»86.

Como último punto, es preciso señalar el importante papel que Lisovskij concede al Estado, factor por lo demás determinante para todos nuestros autores. En su opinión, el Estado sostiene artificialmente al sector agrario, tradicionalmente el más débil, sobre la base de unos subsidios a la agricultura en continuo aumento, y ello a pesar de sus abiertas proclamas sobre el carácter intrínsecamente anti-económico de las pequeñas explotaciones agrícolas. No obstante, se apresura en afirmar, «tales disposiciones de intervención estatal están determinadas principalmente por una necesidad general del sistema capitalista: por la necesidad de conservar el equilibro económico y social. Estas disposiciones son ventajosas sobre todo para los grandes grupos monopolistas y para los grandes propietarios agrarios. Pero al mismo tiempo el sistema de estas medidas y normas de intervención estatal concede también a las pequeñas empresas agrarias ciertas posibilidades para no perecer, para seguir manteniéndose a flote»87. Prosigue

nuestro autor afirmando que cada una de las “economías naturales individuales campesinas” contenía en sí, de forma embrionaria, todos los elementos de la economía moderna. El desarrollo de las relaciones de mercado condujo a la formación de un mercado nacional como “unidad económico-territorial”, primera fase de desarrollo capitalista, con unas relaciones de mercado más o menos libres pero escasa inter- sectorialidad. A esta fase primigenia seguiría la actual –no lo olvidemos, en los años sesenta y setenta–, marcada por el desarrollo de los monopolios y del propio capitalismo monopolista de Estado, y caracterizada por «la enorme dilatación, profundización y complicación de las relaciones intersectoriales, por la integración de la agricultura en un conjunto económico unitario orgánico y por la pérdida de su vieja autonomía. En esta etapa no sólo se llega a la unidad territorial para la fluidez del mercado nacional sino a una unidad económica orgánica, a una compenetración de todos los sectores de la economía nacional. Estos procesos van acompañados de una intervención activa en la producción agrícola del capital financiero, que en una determinada etapa de la evolución del sistema económico se encuentra interesado en una reorganización de la agricultura según ciertas directrices»88.

86 Ibíd., p. 315. 87 Ibíd., p. 322. 88 Ibíd., pp. 322-323.

En los países desarrollados, la agricultura ya no es pues un conglomerado más o menos homogéneo de pequeñas empresas, sino un conjunto de conglomerados más o menos grandes coaligados sobre la base de múltiples fuerzas coagulantes: «El carácter de dichas formaciones y de los lazos y fuerzas que las mantienen unidas es muy variado, llegando a ser incluso hostiles entre sí. Entre estas formas y fuerzas que estimulan las tendencias unificadoras en la agricultura se hallan el gran capital agrario, el capital financiero, el movimiento cooperativo, el capital monopolista de Estado. Estas tendencias se expresan en las formas del agrobusiness, en la integración vertical, en el rápido incremento de las cooperativas y de la economía de grupo, etc. Son tendencias muy diferentes que tienen en común el hecho que de un modo u otro estimulan la “coagulación”, la unión de los diferentes elementos de la producción agrícola, creando así las condiciones para la formación de una nueva agricultura moderna con un alto grado de concentración de capital y de desarrollo de los métodos industriales»89.

IV. El colapso de las aproximaciones marxistas y el triunfo del neoliberalismo