Supongamos una ciudad donde un número determinado de habitantes son dominantes y otro número concreto de ellos, sumisos. Y que alguien decide fundar una ciudad de dominantes y otra ciudad de sumisos, eligiendo a esos futuros ciudadanos de entre las poblaciones identificadas. El resultado de este experimento que A. Toffler destacaba en su libro, La política de la tercera ola, aunque allí las
poblaciones eran respectivamente, trabajadores y vagos, sería sorprendente.
Nos sorprendería que al poco tiempo las poblaciones tenderían a estabilizarse y a reproducir el estado de cosas que reinaba en la ciudad original. A este tipo de reajustes se le conoce con el nombre de desorden. Un caos gobernado por reglas inmutables, aunque en cierto modo inciertas. Sin embargo, existe una armonía oculta que tras un primer oscurecimiento se revela, más tarde, con una claridad superior a la manifiesta.
Fue precisamente un biólogo, Robert May, quien estudiando el crecimiento de una población animal y el desborde de su punto crítico, cayó en la cuenta de que al representar gráficamente esta ecuación, era un sistema lineal continuo que al superar cierto parámetro deja de ser lineal y se bifurca en dos valores o puntos, cada vez más deprisa hasta que el sistema se vuelve caótico, es decir disipativo, redundante y periódico, reproduciendo en sus ramificaciones infinitesimales a todo el conjunto. (A. Escohotado, Caos y orden. pág. 86)
El error está en considerar como categorías o magnitudes lineales, lo que no es sino una polarización de (En realidad un agrupamiento de individuos en función de paquetes cuánticos, que serían atraídos por un “atractor”) individuos, en torno a las posibilidades (de dispersión de la identidad) que la comunidad ofrece a sus habitantes. Si vivimos en una sociedad de la dominación, existirá una idea-atractor llamada dominación y habrá individuos que se concentrarán en torno a los patrones de dominación y otros en torno a los patrones de la sumisión, una vez bifurcada la curva de crecimiento. Pero no hay categorías o entidades caracteriales que los sostengan, son simplemente roles imaginarios, reversibles e inducidos por la ilusión de alternativas que la sociedad propicia en un menú desplegable de opciones y que permite al individuo elegir y a los demás rotular, juzgar y excluir.
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Ya he dicho anteriormente que la pareja D/s no representa una conjunción de dualidades, salvo en los casos extremos. Se trata de una relación dialéctica que no representa, pues, en la mayoría de los casos, ninguna complementariedad. Desde el punto de vista comunicacional, se trata de una
metacomplementariedad negociada.
En una relación D/s no existe una ruptura o una negación totales de la alteridad, sino tan sólo un exorcismo. Ruptura que tan sólo podemos apreciar en las relaciones sadomasoquistas "verdaderas", es decir, radicales. Para que exista una alteridad radical es necesario que el Otro no exista. Sólo entonces aquél puede ser aniquilado, extinguido o masacrado. Es el caso del torturador con su fascinada víctima. Fascinada porque para ella, el torturador es una imagen de Dios, una imagen que podemos ver en la magnífica película de Cavani " Portero de noche", una fascinación que afecta tanto al torturador como a la propia víctima, aquí podríamos hablar de una alta complementariedad, de una alteridad cercana a lo radical. Una alteridad radical que no existe en los ataques sexuales comunes o en los homicidios pasionales, porque allí, la víctima no está fascinada, sino aterrorizada, y no se entrega al propósito del atacante, sino que se le opone. Aquí, el otro es reconocido como Otro, no existe pues una negación de la alteridad, aunque pueda existir una asimetría absoluta, aunque puntual.
Sólo en el exterminio de los indios americanos por parte de los españoles, en los sitios de Sagunto o Numancia, o en el holocausto judío, podemos apreciar en toda su crudeza una situación de alteridad absoluta, donde el dominante extermina al oprimido y halla en aquél la complicidad necesaria para llevar adelante su plan, en una actitud podríamos decir sinérgica con sus intenciones de exterminio. Una autoinmolación que se acepta complementariamente con resignación e impasibilidad. Una aniquilación legitimada por la víctima que se niega así como Otro. Cualquier alteridad puede ir desde el grado cero hasta el Absoluto. El grado cero correspondería a la simetría absoluta entre dos personas (o dos comunidades), ambos se reconocen idealmente iguales, lo que es lo mismo que decir que se aceptan como portadores de mínimas diferencias, hecho desde luego utópico. Al parecer, los humanos sólo podemos gestionar pequeñas diferencias entre nosotros y los demás, nos horrorizamos ante las diferencias estridentes: evidencias que generalmente negamos (simplemente no existen) (para los aztecas los españoles no existían como Otro, eran simplemente Dioses), hasta que nos vemos obligados a confrontarnos con ellas, sucede en la diferencia racial (no existe racismo en un país con una sola raza), en la diferencia sexual, que no existe hasta que nuestra madurez perceptiva nos "obliga" a hacernos cargo de la diferencia, o en las desigualdades económicas, que tampoco nos preocupan demasiado hasta que el desorden social viene de algún modo a afectarnos personalmente: un exceso de pobres a nuestro alrededor nos perturba de igual modo que un exceso de extranjeros.
Existen tres posicionamientos con la diferencia, tres formas distintas de gestión: la primera versión nos la ofrecen los discursos diferencialistas, el hombre es el opuesto a la mujer, el día es el opuesto de la noche, la maldad es el opuesto de la bondad, el sádico del masoquista. Este tipo de discursos son apócrifos y artificiales, se articulan en la búsqueda de pequeñas diferencias en las entidades que legitimen la posición del que se siente Otro (en oposición a algo), sin serlo. El hombre no es el opuesto de la mujer, ni la noche del día sino momentos reversibles que se suceden e intercambian en una seducción incesante (Baudrillard, 1991). Este tipo de pensamiento categórico, maniqueista, que se ha impuesto desde la Modernidad de nuestros pensadores contemporáneos, ha dejado sin resolver el eterno tema de los matices. ¿Qué sería en este modo de pensar el atardecer? Consecuencia de este modo de razonar es el aislamiento de nuevas especies, el hombre como enemigo de la mujer o la convicción de la hegemonía de Occidente sobre el Islam y la abominación de sus prácticas ancestrales, la ablación del clítoris o la más conocida de la prohibición del chador, que se intentan combatir desde un siniestro concepto de hegemonía transcultural.
177 Conjurando el hecho sencillísimo de que no existe ninguna solución, en ninguna teoría moral o política de la diferencia, pues la propia diferencia es una ilusión reversible. (Baudrillard, op cit pag 141). La segunda
forma de articular un discurso sobre la diferencia es la negación beatífica de la misma. Son los discursos de la igualdad. Discursos que se establecen desde una asimetría, que suele invalidar los propósitos humanitarios de los que lo sostienen, a partir de la fetichización del Otro o su idealización. Dado que ninguna diferencia puede ser - de hecho-gestionada con gasto cero y que los casos de alteridad absoluta son fenómenos extremos, la mayor parte de las personas se sitúan en una posición negociada, intermedia, que podríamos definir como una dialéctica del intercambio, esto es, en una relación de dominación-sumisión parcial y reversible, donde los roles se intercambian en función de pequeñas extorsiones y violencias cotidianas, desavenencias y perturbaciones.
Decir también que no todas estas formas de D/s son reconocidas e identificadas como perversas. Algunas de ellas están tan bien integradas en el discurso social que pasan - de hecho-desapercibidas. Es el caso más genérico de la dominac ión del hombre hacia la mujer, de las clases opulentas sobre las clases bajas o de los oriundos sobre los extranjeros, también del Amo sobre el esclavo (me refiero a la hegemonía del Bien sobre el Mal, de la virtud sobre el vicio, de lo racional sobre lo afectivo). Es así si atendemos - sólo-el nivel de poder que ostentan estos pares de opuestos, de otros, entre sí. Pero en otro nivel de representación, también existe -simultáneamente-una explotación sutil de la mujer sobre el hombre, de las clases bajas subsidiadas sobre los contribuyentes o qué decir del consumo de recursos sociales que representa la atención de los inmigrantes para nuestro Estado del Bienestar. Cualquier relación o interacción humana está basada en las leyes de la dialéctica, de la inversión y de la
reversibilidad. No existen pues dominantes o sumisos que ejerzan todo el tiempo como tales, como no existen tampoco individuos activos o pasivos. No se trata de rasgos permanentes del carácter, sino de actitudes provisionales. Cualquier conducta y cualquier definición sólo es posible en relación con ese otro que le sirve de espejo, de mirada y de confrontación.
Al menos dos.