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EL PAPEL DE LA PIEL

Los psicoanalistas empeñados en encontrar explicaciones causales al enigma del masoquismo y encajarlo en la teoría de la libido, intentaron dar explicaciones al problema de conjunción que representa el dolor y el placer simultáneos, que se buscan aparentemente en la flagelación, con la ambivalencia propia de la fase sádico-anal. Reich, en un intento de explicar, desde dentro de la propia teoría esta contradicción insalvable, escribe:

No se trata de buscar el dolor -como a primera vista pudiera parecer-, sino el calor de la piel. En la búsqueda del látigo, el dolor es el precio que hay que pagar por el calor que proporciona la flagelación. El frío es intolerable porque se identifica con la soledad. Sin quererlo Reich, -profundamente intuitivo-

insiste en la teoría clásica, pero aporta unas pinceladas en torno a la importancia de la piel en los masoquistas. Una importancia que procede de la fetichización de la misma:

-El uso de las pieles (como la siniestra Zenobia), como fetiche universal en los masoquistas. Aun hoy el cuero es una de las constantes en cualquier relación de flagelación o simplemente en el simple

exhibicionismo de la parafernalia "sado". Artilugio al que hay que añadir cada vez con más frecuencia las prendas de goma o látex.

-La importancia de la piel como atributo que mostrar después de que en ella haya quedado "la marca" del dolor, que autentifique el sufrimiento. Quizá haya que inscribir aquí el gusto por las prendas muy ajustadas que sirven como "segunda piel", y que pueden sustituir a la propia - imaginariamente-en el desuello. Y que de alguna manera retrocede en la causalidad del masoquismo hacia el eterno tema de la fusión.

La importancia de la piel, en los masoquistas, procede de la función intrínseca de esta víscera eviscerada, la mayor y más importante del cuerpo en cuanto a superficie y en cuanto a receptores destinados a procesar la información externa (dolor, calor, presión, vibración y texturas) y a servir de envoltura psíquica, en tanto es límite, pero también protección y contención. En este sentido, narcisismo y masoquismo representarían las caras opuestas de la genealogía de la moral, la una (la narcisista) vuelta hacia el propio goce y representante vicario de Dios y la otra (la masoquista), puesta al servicio del goce en -el Otro-, una idolatría, un tránsito iniciático, con su liturgia, sus sacramentos, sus sacerdotes y sus acólitos.

Didier Anzieu propone considerar el sadomasoquismo como el resultado de una organización fantasmática infantil, relacionada con la simbología de las heridas y las tendencias exhibicionistas y

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voyeuristas ligadas a la fase uretral-fálica. Para ello echa mano del mito griego del sileno Marsias, al que se atribuye el invento de la flauta.

Ufano con su hallazgo y creyendo que la música de la flauta era la más bella del mundo, Marsias desafió a Apolo a producir con su lira un sonido comparable. Apolo aceptó el reto, con la condición de que el vencedor tuviera derecho a tratar al vencido como quisiera…Marsias fue declarado vencido y Apolo colgándolo de un pino le desolló. (P. Grimal Mitología griega y romana).

Según Chazaud:

El goce masoquista, efectivamente, alcanza su más alta cota en el horror a un castigo corporal (la flagelación) llevado hasta el punto de que los pedazos de la piel despegados dejan huellas. Este fantasma permanece y en la práctica perversa rara vez es realizado hasta el máximo, pero puede ser muy peligroso cuando se añaden también quemaduras. Existe un fantasma de fusión cutánea con la madre, quedando figurada la separación por el arranque de la piel, reforzada por los recuerdos infantiles de despegue de vendas y apósitos.

Dicho de otra manera, el desollamiento imaginario tiene que ver con una unión íntima, del verdugo con su víctima. Unión sobre la que volveremos más tarde al ocuparnos del ascetismo y sus relaciones con el masoquismo. El tema de las vendas, sin embargo, tiene una importancia capital en los rituales

sadomasoquistas. Mi paciente Marta a la que me he referido en incontables ocasiones en este libro

aseguraba durante su tratamiento:

"Cuando era pequeña y me enfadaba con mi madre me daba cabezazos contra la pared, pero ella (la madre) me castigaba si hacia eso, de modo que descubrí un truco: morderme los carrillos por dentro de la boca hasta hacerme sangre, pero mi madre acudía solícita a curarme con colutorios. Después descubrí que los arañazos en la piel eran igualmente protectores porque me ponía tiritas. Pero lo que más me gustaba de las tiritas no era ponérmelas sino quitármelas, arrancarme los pelos y la costra de las heridas hasta hacerlas sangrar. Más tarde, de mayor disfrutaba mucho con la depilación a la cera, ritual que llevo a cabo con enorme placer…a veces cuando estoy sola me vendo el tórax y los pechos dejándome solo visible los pezones…no sé me siento distinta así”. Este testimonio por si sólo creo que daría la razón

a Anzieu, acerca de la importancia de la piel como límite del yo y la búsqueda de completud del masoquista a través de esa metáfora que representa el desollamiento más o menos mitigado en este tipo de prácticas. Como explica la mitología en su epílogo sobre la historia de Apolo y Marsias:

Apolo arrepentido por haber desollado a Marsias, rompió su lira y convirtió a Marsias en un río. Lo que es una manera de admitir que la flauta de Marsias era efectivamente de mejor sonido que la lira de Apolo, a pesar de haber perdido en la comparación. A cambio de su error, Apolo le concede a Marsias la capacidad de ser un río: de un fluir sin fin. Otra vez aparece Heráclito y el eterno tema del cambio: algo que resulta aparentemente idéntico, pero que siempre es distinto .

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ESCATOLOGIA

Ya he dicho que el erotismo supone siempre la ruptura de algún tabú. Una ruptura privada. El tabú es una prohibición arcaica, algo que se acata en nombre de lo sagrado. A veces los tabúes se recogen en los códigos jurídicos de los pueblos, que regulan la vida en común. Otras veces se caen de ellos en función de la evolución de las distintas sociedades, en ocasiones, es la religión la que sale al rescate de tabúes que pierden vigencia y los vuelve a introducir en la nómina de lo prohibido. Hay tabúes universales y otros que persisten en nuestras sociedades avanzadas, aunque ya no en forma de delito sino del simple decoro, como sucede con la desnudez.

Los tabúes son enormemente protectores para el ser humano individual, aquello que se acata en nombre del tabú es intransitable, y aquél que se transgrede, siempre resulta peligroso para la convivencia social y el propio individuo, dado que lo que se transgrede pierde inevitablemente su aspecto protector. Algo que nos protege en tanto que algo deseable esconde, en su trama arquetípica. La desnudez es un tabú que a lo largo del tiempo ha ido perdiendo vigencia jurídica y vigencia religiosa, siendo como es aún un tabú, es decir, un rastro erótico de lo prohibido, un rastro de lo sagrado. Ni que decir tiene que no estoy empleando la palabra "sagrado" en su acepción teológica, sino en su acepción más arcaica, aquella que contiene un estremecimiento (el horror) que acerca al hombre hacia lo trascendente, lo numénico. Hoy la desnudez ha ampliado su campo de aceptación pública, usualmente ligada al arte. La desnudez ha perdido gran parte de su potencial obscenidad, porque las sociedades han modificado su punto de vista sobre ella, aunque aun conserva gran parte de su potencial intimidatorio y siniestro. Hay desde luego excepciones, podemos estar desnudos en la playa, y por supuesto en la consulta del médico sin que ello suponga un acto de ruptura del tabú, también podemos contemplar desnudos en el cine, el teatro o las revistas, bordeando aquí ya lo permitido. Las prohibiciones no sólo contienen la transgresión en sí mismas, sino también excepciones que las hacen aparecer como acciones neutras a pesar de que el desnudo siga siendo algo sagrado. Las sociedades avanzadas mudan de opinión constantemente con respecto a su concepción de los tabúes. Diríase que la Modernidad consiste en la paulatina superación de los tabúes arcaicos; dado que existe una total identificación entre el tabú y lo religioso. La secularización progresiva de nuestras sociedades trae consigo una modificación de los tabúes universales o su intercambio por otros generalmente del campo clínico. El adulterio - por ejemplo-es un tabú, pero apenas conserva para un occidental su original estigmatización sagrada, ni siquiera es ya un delito, sólo un pecado para los creyentes, socialmente, el adulterio es tolerado siempre que "se conserven las formas". Una prohibición puede soslayarse siempre que "no llegue a saberse", no se convierta en pública, que se mantenga en secreto, sobre todo el de las mujeres. Parece que el cuerpo social ha tenido que ir mudando de opinión acerca de las transgresiones intolerables y las que tienen perdón social a lo largo de la historia. El adulterio es un tabú porque en determinadas comunidades primitivas era insostenible que el hombre abandonara a su esposa por otra mujer. Este lujo no podía ser consentido por una comunidad, donde el reparto del trabajo era posiblemente su única oportunidad de subsistencia. El problema no era tanto que un hombre tuviera comercio sexual con otra mujer, como que abandonara a la propia a su suerte. El adulterio sigue siendo un tabú, a pesar de la anarquía que gobierna el intercambio sexual en nuestras sociedades opulentas y tiene como base la misma aprensión: el abandono a su suerte de la mujer, con su prole.

Parece que la propia comunidad es consciente de que hay que propiciar un cierto equilibrio entre prohibiciones y transgresiones a veces incluso, prescribiéndolas. Es el caso de las fiestas populares o de las ceremonias de pase.

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Durante una semana al año, coincidiendo con los solsticios o alguna celebración ligada a las cosechas, el orden social de los pueblos se pone patas arriba, subvirtiendo las reglas que durante todo el año se acatan con aparente buena disposición. Aquí como dice la canción de Serrat ... el prohombre y el villano,

bailan y se dan la mano... Es la fiesta una excepción, una válvula de escape para que las prohibiciones no

lleven en sí mismas el germen del desorden social.

Uno de los tabúes más generalizados es el tabú del incesto, que se mantiene no sólo en los códigos jurídicos de prácticamente todo el mundo, sino que sigue siendo considerado pecado por todas las religiones, lo que se agrega al horror atávico de cometerlo por parte de la gente común. Como ya demostrara Levy-Strauss en su obra: Las estructuras elementales del parentesco, el incesto no es igual en todas las culturas. En principio, se trata de una prohibición que trata de restringir el comercio sexual entre padres e hijos, pero también de los hermanos entre sí. Se trata de favorecer la exogamia.

Sin embargo, el tabú del incesto no es sólo una prohibición, sino que frecuentemente - en las sociedades primitivas-contiene la prescripción de idoneidad para contraer matrimonio. En algunas comunidades con pueblos hostiles alrededor, el incesto contiene una cláusula que hace deseable el matrimonio entre los primos matrilineales, aunque lo prohíbe en los patrilineales. Según Levy-Strauss, que estudió este fenómeno en su propio origen, la causa era que este tipo de matrimonios propiciaban el intercambio entre sus miembros, mientras que los matrimonios por la vía patriarcal tendían a estancarlos. Cada sociedad construye sus propias reglas de intercambio sexual, debido a que el acceso a las mujeres es un bien que va más allá de la voluntad privada y se considera un bien público.

Si una sociedad organiza mal el reparto de mujeres se sigue un verdadero desorden ( Bataille , op. cit , pg. 215 ). Por eso ciertas costumbres atávicas como el rapto de la novia o el viaje de "luna de miel" siguen conservándose entre nuestras costumbres ligadas al hecho de desposarse. Incluso en nuestras sociedades democráticas es posible entrever en algunas ocasiones estas prescripciones, vinculadas no a la prohibición, sino a la idoneidad de tomar una determinada esposa. Es usual que en determinadas clases sociales, se pacte de antemano el matrimonio de una hija, por parte de los padres, con el objetivo de asegurar un orden patrimonial. En ocasiones "casarse con quien uno quiere" supone la ruptura de este tabú, al que siguen perturbaciones y desordenes familiares. De hecho, en las clases sociales altas y dominantes, es usual que la elección se efectúe de manera "endogámica", dentro del mismo grupo económico. Este hecho debe considerarse como una prescripción ligada al tabú del incesto, donde el padre tiene el poder de otorgar a su hija, según la conveniencia de sus intereses patrimoniales. A cambio de eso, esperará que otro padre de su clase social, disponga lo necesario para emparejar también a su hijo varón. El derecho de pernada medieval era una institución jurídica que procedía también de esa misma convicción: la generosidad de la entrega de una virgen, la hacía algo sagrado, un bien que el propio marido debía evitar, dejando esa función al señor medieval, representante en este caso del padre prohibido. Con todo, la institución universal del incesto, lo que trata de proteger no es la eugenesia, como creen muchos, que creen ver una especie de precursor higiénico-natural en esta coerción, sino el intercambio "mercantil" basado en la generosidad del que cede o dona a su hija. A cambio de este acto de generosidad, se multiplican las redes del intercambio y de comunicación hasta el infinito y, simétricamente, habrá

una mujer para mi hijo, en cualquier otro lugar donde un padre haga lo propio.

Dicho de un modo más claro, el incesto es atractivo para las comunidades humanas, y precisa ser sometido a una fuerte restricción. De no ser así, ninguna comunidad humana hubiera soportado las tensiones internas del clan y la organización del trabajo se hubiera resentido gravemente. No sólo el incesto, toda la sexualidad humana es enormemente atractiva (sobre todo el acceso a las vírgenes) y

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precisó de una serie de restricciones para posibilitar la convivencia, sobre todo después de la

especialización del trabajo de las comunidades agrícolas. Sin embargo, la prohibición no suprime ni la codicia humana (una codicia de mujeres y bienes materiales), ni la actividad sexual, sino que abre al hombre, incluso al más disciplinado, una puerta a la que no puede acceder la animalidad: la transgresión de la regla.

El erotismo transgrede reglas, prohibiciones que proceden de lo sagrado. No es erótico robar, porque el robo no es tabú, sino simplemente un delito. Los tabúes son restricciones que siempre tienen que ver con la mujer, el acceso carnal a la mujer y el crimen, es decir, tienen que ver con los deseos infantiles y con el periplo de la humanidad desde la protohistoria del hombre. El dinero no es un objeto de deseo infantil, sino que responde a otro tipo de lógica más adulta y vinculada al deseo de dominio o a la codicia: un atajo para acceder a lo mismo.

Los tabúes también protegen a los muertos, dado que es precisamente el culto a los muertos, el primer signo de humanización encontrado en los homínidos, incluso en aquellos que eran de hecho caníbales. Parece que la conciencia de la muerte y el culto a los muertos, junto con la preocupación por su tránsito, es la primera señal de cambio desde una sociedad natural animal, hacia una sociedad humana y por tanto cultural.

El asesinato, la necrofilia, la pedofilia y el incesto parecen ser los únicos tabúes que persisten en nuestros códigos penales y que nos horrorizan moralmente con similar intensidad al castigo que propician los tribunales. Sin embargo, la desnudez, el adulterio, la prostitución o la flagelación de los masoquistas nos parecen variantes privadas inocentes que muy pocas personas admitirían como dignas de ser castigadas por los Estados modernos o que se encuentran toleradas por los poderes públicos. Dicho de otro modo, no siempre existe un paralelismo entre lo prohibido por el tabú y el consenso social y político, respecto a la represión de esta conducta.

Uno de los tabúes más profundos de nuestra especie es la relativa a la prohibición de consumir carne humana, la abolición del canibalismo. Hace relativamente pocos años tuvimos ocasión de presenciar como un grupo de adolescentes que habían quedado atrapados en un avión en la cordillera de los Andes se comían a sus compañeros muertos en el accidente. Para sobrevivir hubieron de consumir proteínas humanas. Estoy seguro de que aquellos supervivientes tuvieron que vencer una extrema repugnancia y aversión para llevar a cabo aquel banquete. Aun hoy, estoy seguro de que aunque ninguna autoridad humana les condenó, muchos de ellos tendrán la sensación de haber transgredido un orden que trascendía la propia ley. Una transgresión sagrada. Aun así, consumir carne humana está prohibido por las leyes, porque suponen la profanación de un cadáver, y un cadáver se considera algo intocable, porque es inmortal.

Las creencias que sostienen los tabúes son generalmente sólo mitos o conveniencias obsoletas. Claro que un cadáver no es inmortal, aunque tarde mucho tiempo en descomponerse y desaparecer. Los desnudos son bellos y no contienen ningún estigma de pecado, si la mirada es bella. ¿Entonces por qué los tabúes persisten a pesar de todo, no sólo en la conciencia del humano sino en sus códigos legales y religiosos?

Nadie lo sabe, pero la ruptura de algún tabú es seguida de desorden social (y de patología mental), tanto o más que las propias prohibiciones. Parece pues, que la convivencia entre humanos está basada en un equilibrio entre la aceptación y la transgresión de las mismas, junto con una lenta redefinición de la propia esencia del tabú, por parte de la opinión pública, así como la substitución de unos tabúes por otros, dado que el Mal es inagotable e inseparable del Bien.

Freud elaboró una teoría-la Teoría de la libido-a fin de dar cuenta de estos temores primigenios: el temor de devorar a la madre, el temor de destruirla con las propias heces o el temor de poseerla, eran

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deseos estructurantes, preexistentes en el bebé. Es decir el bebé quiere, desea comerse, matar y poseer a la madre literalmente, según se encuentre en la fase oral, anal o fálica del desarrollo libidinal.

Posteriormente, desarrollará

intensos deseos de matar al padre rival, a fin de quedarse con la madre en propiedad. Ni que decir tiene que la teoría de Freud es indemostrable, pero profunda y elegante porque da cuenta de todos y cada uno de esos temores primigenios que nos tienen atrapados en la edad adulta. Ciertas operaciones inconscientes, defensivas, como la represión, ponen a buen recaudo estas pulsiones, condenándolas a la sepultura del inconsciente donde transformadas en derivados socialmente aceptables, persisten durante toda su vida buscando una vía para su gratificación.

Estoy de acuerdo en que si tenemos tanto horror al incesto, es porque algo hay en el incesto que es