1 ¿No puedes darme aún más dicha?
¡Adelante! pues aun te queda el dolor. Lou Andreas Salomé
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UN ESTUDIO SOBRE EL MASOQUISMO
3 ADVERTENCIA AL LECTOR.
Este es un estudio sobre el masoquismo, hecho a sabiendas de que el masoquismo no puede fragmentarse del sadismo que le es complementario. Sin embargo, he eludido a propósito hacer un estudio de aquellas actitudes opuestas o antagónicas, con un propósito claro: el de limitar este libro al estudio de aquellas actitudes que pudiéramos llamar masoquismo consentido o al menos inconsciente. Hablar del sadismo y del sádico me hubiera llevado a un análisis demasiado extenso sobre las distintas versiones del mal y no hubiera sido posible deslindar aquellas conductas negociadas, de aquellas otras impuestas. Hubiera debido adentrarme en el siniestro mundo de la tortura, del extermino y del genocidio, actitudes colectivas e individuales que hablan de la universalidad del fenómeno a lo largo de la Historia. Pero este viaje me hubiera llevado al mundo de la imposición y del suplicio, sin desconsiderar - sin embargo-la posibilidad de goce que cuelga de él. El lector sabrá entender a qué clase de
masoquismo me refiero, aunque ciertamente es muy difícil delimitar aquellas actitudes que son fruto de la negociación, de aquellas otras que son una costumbre relacionada con la guerra, la persecución, el aniquilamiento de cualquier disidencia o aquellos otros ejemplos que proceden de la ordalía, la orgía o del exceso de Poder, en cualquier tiempo o época.
Este tipo de actitudes son materia para una obra aparte. En este volumen el lector sólo encontrará aquel tipo de masoquismo que de una manera u otra es electivo. También de sus conexiones con la patología mental y de sus relaciones con la espiritualidad y la cultura de la dominación.
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INDICE
Primera Parte
1-Introducción--- 7 La pareja sadomasoquista--- 17 Amor masoquista--- 20Sexo, género, orientación y rol--- 26
2-El masoquismo erógeno--- 33
El problema de la culpa--- 40 Animalidad y fetichismo--- 44 Someter-se--- 55 La necesidad de castigo --- 58 Flagelantes--- 63 El papel de la piel --- 68 Escatología --- 70
3-El masoquismo neurótico--- 76
El carácter masoquista --- 84 El masoquismo y lo traumático --- 87 Fantasías masoquistas --- 94 1-Indefensión--- 95 2-Explotación--- 97 3-Humillación --- 100 4-Prostitución --- 102
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5-Infidelidad --- 105
4-Masoquismo y comorbilidad --- 110
Masoquismo y depresión --- 116
Masoquismo y trastornos somatomorfos --- 125
Sinonimia de la FM --- 126
Masoquismo y trastornos alimentarios --- 132
Masoquismo y otras perversiones --- 139
Segunda Parte
5-Masoquismo y espiritualidad --- 143 La vía ascética --- 147 La vía mística --- 151 6-Masoquismo y Sociedad --- 162 Masoquismo y posmodernidad --- 164 El futuro de la perversión --- 165 Dominantes y sumisos --- 175 Masoquismo e Internet --- 1776
PRIMERA PARTE
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1-INTRODUCCION
.El sadomasoquismo es aquella condición erótica que toma al sufrimiento como elemento central de su goce. Siendo el sadismo, un masoquismo imaginario aliado al triunfo del egoísmo, según la definición que se atribuye a Marie Bonaparte, un sadismo vuelto hacia sí-mismo (Reich, 1949) o un sadismo puesto cabeza abajo (Reik, 1963). Sin embargo, el término es decididamente ambiguo, no sólo por tomar prestados los apellidos de dos personajes históricos que le legaron su apellido, sino porque da cuenta de un constructo teórico a partir de testimonios literarios (Sade y Sacher-Masoch), dos personas distintas que hablan de una misma pasión, desde lados opuestos de la trinchera. Quizá por eso, ambas
actividades aparecen como entidades categoriales escindidas, pares antitéticos desgajados del tronco común del que proceden, dando a entender que hubiera individuos sádicos y masoquistas, como si pudiéramos hablar por ejemplo del odio y del amor como pares opuestos y no como operaciones análogas vinculadas al apego y a sus amenazas y decepciones.
El sadomasoquismo no es una dualidad sino una dialéctica. Lo mismo sucede con el Bien y el Mal, conceptos ambos anudados en una extraña operación que parece concederles vida propia a los contrarios. Dualidades que no existen sino idealmente, vinculados como están, a las operaciones psicológicas que se relacionan con la violencia genérica de la especie humana y en menor grado de la dominación, una violencia encubierta.
Hasta ahora, todas las aproximaciones que se han hecho de esta variante sexual proceden de la literatura y de la clínica. El lector sagaz caerá pronto en la cuenta de que la novedad que pretendo introducir es escribir una aproximación más allá de ellas. Más allá y no "por afuera de", porque soy médico y creo que me será difícil renunciar a todo aquel saber que bordea la ciencia desde dentro. Sin embargo, no pretendo escribir desde el lado de la trinchera médica ni ampararme en la legitimidad de la ciencia, no pretendo conseguir un saber objetivo, sino simplemente un saber que pueda dar cuenta de lo que sabemos ya. Una labor de síntesis que agrupe el saber empírico de la filosofía más comprometida con el ser humano (Hegel, Heidegger y Nietzsche) con el sabor científico más rancio, de la obra de Freud y el psicoanálisis. Una piedra Rosetta que pueda alumbrar sobreentendidos y
malentendidos y que recorra y escudriñe tanto en la literatura masoquista, como en la antropología estructural de Levy-Strauss. Lo que trataré en este Estudio sobre el masoquismo, uno más, es de sintetizar todos y cuantos saberes han dado cuenta del sufrimiento humano consentido y de los conceptos que cuelgan de él, la muerte, el incesto, el erotismo y el goce. No recuerdo ya si la idea de escribir - o mejor-de reescribir un estudio sobre el masoquismo, venia madurándose en mi desde hacía tiempo, como sucede cuando abordamos un proyecto a partir de nuestro propio deseo, o fue fruto de la casualidad y de mis lecturas simultáneas sobre el asunto. Lo cierto es que cuando tuve la idea de acometerlo me encontré con una dificultad que ya intuía: la escasa bibliografía científica y sobre todo los pocos textos modernos que existen sobre el tema. De modo que empecé por el principio: intenté recoger toda la información que me fuera posible a partir de los clásicos. Naturalmente releí lo poco que Freud escribió sobre el asunto: El problema económico del masoquismo, Los tres ensayos y poco más. Me di cuenta que Freud pasó de puntillas sobre el asunto, a pesar de haber escrito sobre lo divino y lo humano. No obstante, nuestra concepción actual sobre el masoquismo procede de él, no sólo nuestros conocimientos sino también nuestros prejuicios sobre determinados conceptos, como el llamado masoquismo femenino. Después de haber releído estos fragmentos me propuse documentarme en las fuentes, desempolvé al viejo Marqués de Sade y cómo no; volví al simpático Severino de Sacher-Masoch que había leído de joven, en aquella edición de Alianza prologada por Castilla del Pino, que aún
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Aun sin ser el primer masoquista de la historia, Sacher-Masoch puso la etiqueta de su apellido a esta conocida y al mismo tiempo ignorada actividad sexual, descrita profusamente en todas sus variantes por KraftEbing. Visité también el punto de vista oficial sobre el asunto: la última edición del DSM, la cuarta. La postura actual de la Psiquiatría sobre el masoquismo es la que sigue:
Un acto real, no simulado de ser humillado, golpeado, atado o cualquier otro tipo de sufrimiento. Los individuos que padecen este trastorno se encuentran obsesionados por sus fantasías masoquistas, las cuales deben evocar durante las relaciones sexuales o la masturbación, pero no las llevan a cabo. En estos casos las fantasías masoquistas suponen por lo general el hecho de ser violado o de estar atado u obligado a servir a los demás de forma que no existan posibilidades de escapar. Otras personas llevan a cabo su s fantasías ellos mismos o con un compañero…Las fantasías masoquistas están presentes durante la infancia y suelen combinarse con otras perversiones como el sadismo, el exhibicionismo y el fetichismo…Lo usual es que con el tiempo se aumente su potencial lesivo, lo que eventualmente puede provocar lesiones o incluso la muerte del individuo.
Para el diagnóstico de este trastorno (según el DSM-IV) hacen falta, al menos, dos condiciones:
1.-Durante un periodo de al menos seis meses, fantasías recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican el hecho (real, no simulado) de ser humillado, pegado, atado o cualquier otra forma de sufrimiento.
2.-Las fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo. La novedad que introduce el actual manual de clasificación de los trastornos mentales sobre la anterior edición (el DSM-3R), es la consideración de su carácter egodistónico, cuestión que no acaba de aclarar si los ponentes consideran aun hoy el masoquismo una perversión (una parafilia) o no, puesto que este criterio podría dejar fuera de la clasificación prácticamente todas las conductas masoquistas habituales. Da la impresión que han tenido en cuenta este rasgo de egodistonía, como sucedió con la
homosexualidad, conservando el masoquismo sexual, como una categoría residual donde englobar aquellas conductas compulsivas, que a veces naturalmente también existen entre algunos masoquistas, dejando libre la posibilidad de considerar más adelante la personalidad masoquista descrita por Millon como un constructo diagnóstico útil.
De allí y gracias a una magnifica monografía de Luis A. De Villena, que leí con deleite mientras hacía búsquedas bibliográficas regladas que saturaban mi mesa de un exceso de información acerca del tema que pretendía estudiar, caí en la cuenta de que quizá la mejor fórmula para saber más sobre el asunto era leer a algunos poetas que habían destacado por sus actividades sadomasoquistas: me refiero a Swinburne y a Baudelaire, cuyo poema que a continuación expongo, habla de la identificación que todo sádico hace son su víctima y viceversa:
Y así yo vendré una noche cuando la hora del placer suene, hacia los tesoros de tu persona,
9 Para castigar tu carne jubilosa,
para macerar tu seno intacto y hacer en tu flanco estremecido una herida ancha y profunda. Y vertiginosa dulzura
infundirte, hermana, mi veneno a través de esos labios renovados, más abiertos y más bellos…
Recurrir a las fuentes suponía bucear en el texto del "inventor" del masoquismo Leopoldo von Sacher-Masoch (1836-1895), autor de la biblia masoquista, La Venus de las pieles, un texto de obligada lectura para cualquiera que pretenda saber algo más sobre el masoquista y el masoquismo. Von Sacher-Masoch, como por cierto todos los masoquistas era también un gran fetichista: como más adelante veremos, existen relaciones de vecindad entre los gustos sadomasoquistas y los propiamente fetichistas, en realidad existen simpatías de vecindad entre todas las perversiones.
Leopold Von Sacher Masoch, era un aristócrata, culto, profesor de la Universidad de Viena donde compartía magisterio con Kraft-Ebing, el célebre profesor de Psiquiatría, autor de un bestseller en aquella época: la Psycophatia Sexualis, el libro más vendido de la historia de la Psiquiatría, quizá por la escasa oportunidad del público en general de leer historias verdes. Von Sacher-Masoch no era pues un indocumentado, oigámosle en un texto autorreflexivo, de la Confesión de mi vida de 1906:
Soy mentalmente normal, pero he sido precoz en todos los aspectos. A los 13 años componía cantidad de poemas serios, a los 16 imponía por mi seriedad viril, a los 18 los problemas filosóficos me absorbían. He tenido pocas relaciones pero buenas y me creo dotado más que medianamente. Convertido en
hipocondríaco a los 18, bajo la influencia de las poluciones que se multiplicaban (sic), llegué a habituarme después a mi estado, pero soy pesimista y fatalista, a pesar de eso estoy siempre alegre, pero tengo ideas negras cuando pienso en el porvenir. Von Sacher-Masoch alude constantemente a su
"vicio solitario" a su obsesión por la masturbación a la que acusa de ser la responsable de su propio masoquismo. En otro párrafo alude a la necesidad de curarse su manía masturbatoria y la asocia con su problema actual: Para llegar a eso (a curarse de la masturbación) sería necesario, quizá por sugestión hipnótica eliminar el masoquismo y despertar nuevos sentimientos hacia la mujer buscada por ella misma (citado por Moll 1899).
La alusión al vínculo entre masoquismo y masturbación está presente en todos los textos de la época y en todos los textos psicoanalíticos postfreudianos y no es en absoluto una redundancia baladí, dado que las perversiones y la prohibición sexual mantienen relaciones de buena vecindad y sempiterna antipatía. Sobre ello volveré más adelante, al ocuparme de las elucubraciones sobre su origen y el problema de la culpa. Pero me interesa subrayar ahora algo: la precocidad sexual. Llama la atención tanto en Sacher-Masoch como en Rousseau, que fecharan ambos su experiencia a los 8 años y también que fueran buenos estudiantes, preocupados ambos por temas éticos o estéticos. Me interesa subrayar esta palabra y meterla - de momento- en el congelador.
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En otro párrafo, Leopold, da una versión de los hechos calcada a la que más adelante ilustraré con el caso de J. J. Rousseau. Al parecer, Leopold, a la edad de 8 años espiaba a su tía Zenobia en la intimidad de su alcoba, mientras propinaba una serie de latigazos a su marido y a un invitado. Por accidente es descubierto “in fraganti”, entonces ella le proporciona a su sobrino Leopold, el castigo que minutos atrás estaba presenciando escondido tras un armario y en secreto. Un armario lleno de pieles y de abrigos, que cae estrepitosamente, siendo descubierto el infeliz espía.
Este acontecimiento se grabó en mi alma como con un hierro al rojo-En ese momento no comprendía a esa mujer, envuelta en pieles voluptuosas, traicionando al marido y maltratándolo después, pero aborrecí y amé al mismo tiempo a esa criatura que con su fuerza y belleza brutales, parecía creada para poner su pie en la nuca de la humanidad. Aquí aparece uno de los elementos a mi juicio más
importantes del masoquismo: la adjudicación de un poder omnipotente a la figura del agresor, que en este caso es una mujer, adornada con pieles, pero ya se verá como esta transferencia de poder que hace el masoquista es la piedra nuclear sobre la que gira esta enigmática actividad.
Ya en plena faena, me enteré leyendo un texto de Nacht de 1968 que J.J. Rousseau había sido masoquista y que sus Confesiones, contenían una experiencia de primera mano (como la de Sacher-Masoch) para conocer más sobre el tema, una experiencia nada banal que me conmocionó por su lucidez y si se me permite, por su modernidad.
" Quien creería-dice Rousseau-que este castigo de niño recibido a los 8 años por mano de una mujer de treinta decidió mis gustos, mis deseos y mis pasiones, para el resto de mi vida y todo eso en el sentido contrario a lo que debería ser habitualmente. Al mismo tiempo que mis sentidos se despertaron, mis deseos sintieron tan bien el cambio que les impartió lo que había experimentado, que no se atrevieron a buscar otra cosa". Obsérvese que el propio Rousseau da una hipótesis etiológica acerca de su
masoquismo sexual, una hipótesis asociacionista del estilo de Binet, y porque no decirlo, muy Freudiana; pero no solamente eso, sino que además afirma que esta experiencia le marcó en el sentido contrario a lo que debería ser habitualmente. Es verdad, lo usual, al menos lo que hoy creemos, es que los niños que han sido maltratados se convierten a su vez en agresores, al menos es lo que estamos
acostumbrados a oír hasta el paroxismo. Llama también la atención otra cuestión de ese fragmento y es el tema "del despertar de los sentidos". ¿Es por esa razón que Rousseau fue un masoquista en lugar de un sádico, precisamente porque coincidió con el despertar de los sentidos? ¿O los sentidos se
despertaron precisamente porque ya estaban dispuestos para ello y Rousseau de manera catamnésica lo hace coincidir con el episodio? Oigámosle.
"La Srta. Lambercier tenía para con nosotros el afecto de una madre, pero también tenía su autoridad y nos castigaba cuando lo merecíamos. Mucho tiempo se mantuvo con las amenazas y esta amenaza de un castigo nuevo me parecía muy terrible, pero después de la ejecución lo encontré menos terrible en la prueba que en la espera y lo más extraño es que este castigo me hizo amar más a quien me lo había impuesto (…) un castigo en el que había encontrado una sensualidad que me había dejado más deseo que temor por experimentarlo otra vez por la misma mano." Naturalmente, Rousseau se refiere a la
flagelación, a los azotes en las nalgas, el supremo castigo masoquista. De este fragmento podemos extraer nuevas conclusiones: el autor del castigo es "como una madre", una persona querida que cuida de J. Jacques y a la que este estima y admira. No se trata de un castigo inmerecido, brutal o arbitrario, sino de un castigo merecido y proporcional a la falta (castigo por otra parte muy frecuente en aquella época), incluso - y según el propio J. Jacques-por debajo de ella. Y la cuestión más importante: la
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amenaza y el alivio que proporciona el castigo, inferior siempre en su cualidad a la percepción de la propia amenaza repetitiva y constante.
Sea como fuere, el propio Rousseau admite que esta escena le marcó en sus gustos eróticos de adulto y según se desprende de la descripción, la situación es descrita como sensual y buscada activamente por el propio Rousseau como un acto consentido y deseado. La lucidez de Rousseau es tal que más adelante afirma:
"Mi antiguo placer de niño, en lugar de desvanecerse, se asoció de tal manera al otro (relación sexual) que no pude nunca descartarlo de los deseos encendidos por mis sentidos: y esta locura, unida a mi timidez habitual, me ha vuelto siempre muy poco emprendedor con las mujeres."
De modo que para ser masoquista (según Rousseau) hacen falta dos cosas, primero una experiencia infantil voluptuosa, - dice-, obsérvese que no dice erótica o sexual, sino voluptuosa y luego ya en la adolescencia, que esta experiencia se asocie a la pulsión sexual propiamente dicha. Si encima uno es tímido pues peor, parece afirmar nuestro héroe. De esa misma opinión resulta ser Kraft-Ebing cuando dice:
Cuando la idea de ser tiranizado se asocia durante mucho tiempo a un pensamiento libidinoso de la persona amada, la emoción lujuriosa se transfiere finalmente a la tiranía misma y se completa la transformación en una perversión (pág. 207, Psychopatia sexualis)
Una idea muy moderna si se atiende a nuestro actual concepto del binding (asociación o ligazón). Entre nosotros F. Mora ha teorizado que:
Los mecanismos de unir o poner juntas todas las propiedades de un objeto son producidos por la actividad o disparo sincrónico de todas las neuronas que intervienen en el análisis de cada propiedad de acontecimiento percibido.
Hoy estaríamos casi obligados por el peso del discurso psicoanalítico a pensar que los niños tienen una sexualidad calcada de los adultos, o lo que es peor: a negar cualquier sexualidad en ellos. Nadie hablaría ya, de una experiencia voluptuosa, sino tal vez de una experiencia aterradora o una experiencia sexual pura y dura, en clave de abuso. Y sin embargo ¿qué es la voluptuosidad?
Según el diccionario "es una sensación que causa placer intenso y embriagador de los sentidos", es decir, una especie de borrachera placentera, no dice nada del dolor, aunque no está el miedo, ausente en ese cóctel, el miedo y la expectación, se trata, pues, de una experiencia indiferenciada. Retengamos esto. Nosotros como adultos, podemos reconocer esta sensación. Es decididamente difusa y quizá la
asociaríamos con la plenitud, la sensualidad o la ebriedad, una sensación inespecífica y placentera de la que todos y cada uno de nosotros podemos dar cuenta, un estremecimiento, un rapto. Una sensación innata como aseguraba Cannon, que podemos reconocer en el orgasmo, la contemplación estética, la lectura de un poema, la delectación ante un perfume, la escucha vigorosa de la 9ª Sinfonía, la sensación postpandrial o el sueño. Pero también en la ansiedad ante una prueba, la contemplación de un "thriller" o en la sensación placentera que sigue al ejercicio físico, una sensación de estremecimiento que implica a todo el cuerpo y que sólo admite al placer como un elemento más de esa combinación. Los
psicoanalista, siempre fascinados por la sexualidad adulta, la llamaron orgasmo oral, una especie de antropomorfización catamnésica de la sensación adulta. A mí me parece correcto el término de
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voluptuosidad, porque implica una desexualización de la sensación, que es algo -seguramente-más próximo a la verdad.
¿Puede el castigo desencadenar una sensación voluptuosa? Si leemos con atención el texto de Rousseau, caeremos en la cuenta de que quizá el castigo, no es por sí mismo el que provocaba esta reacción, sino la tensa espera en recibirlo y –quizá-la secreta convicción de merecerlo. En cualquier caso era el castigo quien liberaba de facto la voluptuosidad largo tiempo contenida.
Tengo la convicción de que el castigo por sí mismo no es placentero en ningún caso: los masoquistas no tienen orgasmo durante el castigo, sino que les sirve de antesala al goce sexual propiamente dicho y ahora sí, merecido. En este sentido me parece contradictorio el término "algolagnia", o el pensar que los masoquistas disfrutan con el dolor, o que no lo sienten como los demás ,o que disfrutan siendo
maltratados, esta opinión es más producto de la ignorancia que una aproximación definitiva a la verdad. Hay dos conceptos bastante aceptados por la moderna sexología, el término excitación y el término orgasmo, siendo este la culminación de la excitación, aunque no debemos olvidar que existen orgasmos que suceden por un cambio de rango, un cambio en la organización de la excitación basal.
Evidentemente me refiero a la excitación sexual, pero no toda excitación es sexual, como el propio término voluptuosidad nos asegura, con independencia de que algunas personas sólo pueden excitarse con la mediación del miedo. Y no toda excitación es placentera, confundiéndose muchas veces con la disforia, es decir, un estado de desasosiego, irritable, egodistónico que nunca termina por ser voluptuoso o placentero, sino colérico o precediendo a un ataque de pánico.
En otro orden de cosas nos excita (nos estremece o sobrecoge) el miedo y la cólera y por eso vamos a ver películas de terror, donde proyectar nuestro goce negado, nos excita la sangre y la contemplación de la violencia, que no es más que un fenómeno de proyección similar. Hay excitaciones tolerables y excitaciones prohibidas. Las prohibidas, simplemente las negamos y se las atribuimos a otro, si es en una película mejor, allí tenemos oportunidades más que sobradas de podernos disociar. En realidad las películas no son verdad sino ficción, por tanto no tenemos nada que temer, se trata de simulacros que ejercen un efecto "como si" fueran experiencias reales. La excitación sadomasoquista que obtenemos de los filmes de terror es un ejemplo de ello, son excitaciones intolerables, que nadie aceptaría poseer de buen grado, a pesar de ser un fenómeno generalizado y placentero, léase voluptuoso.
El término masoquismo ha caído en desgracia, quizá por la misma razón que el término perversión o el término homosexual, no sólo en los manuales de Psiquiatría sino en el propio discurso social. Estas palabras gozan de mala reputación, todas tienen una acepción intolerable para el cuerpo social. Nadie se reconocería masoquista, o perverso, y los homosexuales prefieren ser llamados "gays", porque -efectivamente- el término perversión, como el término masoquista u homosexual, son términos clínicos que implican alguna perturbación o trastorno mental. Y antes de la clínica y en ocasiones
simultáneamente con ella, fueron términos médico-legales y delitos tipificados en el Código Penal de casi todos los países civilizados. Algunas prácticas de este tipo todavía lo son y en el DSM-IV existe un capítulo diagnóstico al que se le ha suavizado el nombre. Las perversiones ya no son perversiones sino parafilias y allí comparten nosografía tanto el pederasta, como el masoquista "light". Naturalmente el influyente lobby gay, consiguió retirar de los manuales diagnósticos a la homosexualidad, suerte, que desgraciadamente no ha corrido ninguna otra "perversión".
Es verdad que la Psiquiatría supuso un avance en la concepción de estas conductas, que en cierto modo pasaron desde el sistema Penal a los manuales de clasificación médica durante el siglo XIX, pero la medicalización de los gustos sexuales, lejos de resolver el problema (si es que hay algo que resolver en
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el placer privado), lo que hizo fue categorizarlo, prologando nuevos abusos sobre los disidentes de lo sexual.
EL DOLOR Y EL PLACER
Estamos acostumbrados a pensarlos en pares de opuestos, en categorías cerradas, a partir de nuestra instrucción dual; sin embargo existe otra posibilidad conceptual: pensarlos en un continuo de
sensibilidad-insensibilidad o de placer-displacer, constelaciones cuyos destinos son el dolor o el goce según la vía en que deriven, o en estados de máxima indiferenciación.
Una tradición sufí, afirma:
Cosas antagónicas ejercen una acción común aunque nominalmente sean opuestas. (Rumi)
El estado de máxima sensibilidad consistiría en una percepción difusa y un estado de receptividad abierta frente a los estímulos. Todos los estímulos, tanto el dolor como el placer se encuentras maniatados biológicamente a través de los opioides endógenos. Una paciente mía Marta-, que más adelante seguiré citando como referencia obligada, una mujer de una gran inteligencia e intuición me confesó un día:
"El masoquismo es un problema de piel, de esquema corporal, yo no conozco mis límites, los límites de mi piel, necesito que alguien los marque, les ponga fronteras, algo que señale donde está el término municipal de mi cuerpo. De pequeña jugaba mucho con eso, me gustaba explorar mis orificios, mis límites, me abría los labios con hilos y con lana y me miraba al espejo, me sentía diferente así. Me apretaba los ojos hasta marearme porque quería ver las cosas más pequeñas y distantes como próximas y las cercanas como alejadas, siempre he tenido interés por marcar el límite de mi cuerpo, a veces haciéndome daño, poniéndome gomitas en las manos para que se me quedara la marca, un daño que siempre acepté porque me proporcionaba seguridad acerca de dónde acababa mi cuerpo. Sin embargo el dolor me da mucho miedo".
Los órganos sensoriales están diseñados para recoger toda la información externa, al menos la
percepción que se encuentra en el rango de lo perceptible. Desde un punto de vista neurofisiológico es obvio que en la piel no existen receptores para el placer sino para el dolor, quizá porque la percepción del dolor es más importante desde el punto de vista adaptativo para el ser humano, que el propio placer. En este sentido la adjudicación de una determinada sensación al registro del placer puede ser una cuestión idiosincrásica o de simple dosis de excitación o de disponibilidad psicológica. Por el contrario, en el cerebro existen múltiples sistemas de recompensa que dependen de varios subsistemas alimentados por diversos neurotransmisores. Parece como si en la marea evolutiva, el cerebro hubiera de haberse blindado intensamente para poder resistir las diversas calamidades que el cuerpo debería soportar a lo largo de su vida. Las endorfinas sobre todo, regulan un sistema antidolor en el cerebro, pero también la serotonina y sobre todo la dopamina, parece que forman parte de un metasistema de recompensa que regula a todos los demás. El dolor no sólo es percibido periféricamente, no sólo es estímulo o señal de peligro para la homeostasis, sino también respuesta, porque en parte debe de ser elaborado por el cerebro límbico. Podemos afirmar que el dolor es mitad percepción y mitad sensación. En ocasiones, como sucede con el dolor psicógeno, ni siquiera es necesaria la alteración funcional, basta con la sensación pura a nivel central. El dolor para ser reconocido debe ser comunicado, legitimado por alguien, es así como se transforma en queja. Sin queja, ningún dolor podría ser reconocido y perdería por tanto su carácter de señal comunicativa. Sin afecto límbico concomitante, el dolor quedaría en nada
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o poca cosa. El dolor es fundamentalmente una emoción, en contraposición al daño que es algo objetivo y visible. La polaridad daño/dolor, lo visible y lo invisible forman parte de la ritualización de cualquier "juego sadomasoquista" (utilizaré el término juego para referirme a cualquier interacción, gobernada por reglas), como más adelante tendremos ocasión de explorar.
En mi opinión el dilema que plantea el masoquismo es sólo aparentemente paradójico. ¿Puede el dolor erotizarse?
Si lo estamos pensando desde la perspectiva de los opuestos, es razonable que nos invada cierta perplejidad: dolor y placer parecen categorías alejadas y que se excluyen mutuamente, existe una incapacidad física de habituarse al dolor. Sin embargo si lo pensamos desde el punto de reglas que tienen como fin alejar la incertidumbre de cualquier interacción vista del umbral de sensibilidad no hay contradicción: o se reacciona o no se reacciona, la conocida "ley del todo o la nada". Desde este punto de vista puramente fisiológico, el masoquismo puede representar un estado de máxima sensibilidad. Muchos estados mentales psicopatológicos se caracterizan precisamente por su contrario, es decir, por un estado de insensibilidad crónica, piénsese en la "flemática narcotización" de algunas personalidades simbióticas o en la indiferencia del esquizofrénico o en la abulia del depresivo, no sólo al placer sino incluso al dolor físico. Este estado, conocido como anhedonia, insensibilidad al placer, nos oculta a veces que también es un estado de insensibilidad hacia el dolor. En mi opinión, estos estados representan el polo opuesto al estado de máxima sensibilidad, que representan determinados estados mentales vinculados a la creatividad y por supuesto al masoquismo.
Con todo, es probable que la teoría clásica esté equivocada al pensar que lo que sucede en el masoquismo es una erotización del dolor. Por qué no pensar, que cuando un organismo reacciona, lo hace a través de la sensibilidad extrema, dado que los órganos de los sentidos están construidos - como dice Bergson- para apresar "toda la realidad". Tenemos abundantes ejemplos para hacer este ejercicio: el proceso creador y el testimonio de poetas, novelistas, compositores, creadores en general así lo parecen indicar, con la conocida metáfora del "dolor de alumbramiento". El creador, a la llamada de una determinada "inspiración" se encierra durante meses, sintiendo sólo el peso de las horas, sacrificando -cómo no- partes de su goce y a veces de su comodidad o su equilibrio en función de esta persecución: las ideas, las imágenes, las melodías se niegan a ser capturadas sin resistencia, aunque el artista termina por dar con ellas al objeto de transformarlas. He evitado el verbo sublimar, como expresión verbal de este proceso, pero me parece pertinente emplearlo aquí.
La mayor parte de la gente (la gente común) se limita a disfrutar y consumir sensaciones de otros. Los artistas transforman esa sensación y alumbran algo distinto, original e idiosincrásico, destinado al consumo de los demás: de aquellos que son incapaces de crear nada nuevo, por muy inteligentes que sean, hábiles o talentosos. Ellos, las personas comunes se limitan a consumir bienes que proceden de la creación ajena, pero el artista es en tanto que transforma. Ese proceso de transformación desde lo amorfo hacia la obra terminada, es en esencia el proceso creador. Abundan las descripciones que nos hablan de que ese "alumbramiento" es doloroso y gozoso, puesto que ambas sensaciones aparecen amalgamadas constantemente en el proyecto. De otro modo ninguna obra podría ser terminada. ¿Es el artista un masoquista profesional tal y como sugiere A. Philips?
Es muy posible que el artista tenga alguna disfunción especifica en su aparato perceptivo que le impida filtrar las percepciones a fin de hacerlas tolerables. Eso es, al parecer, lo que hace todo el mundo, protegerse de la inundación de estímulos, mediante un filtro, una barrera a los estímulos que llamamos atención selectiva y también umbral de la conciencia. Y el masoquista, ¿qué hace? Mi impresión es que los masoquistas obtienen placer de forma muy fácil y sencilla. No es raro encontrar en la población
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masoquista femenina una mayoría de sujetos hiperrespondedores: son las llamadas multiorgásmicas. Mujeres que por la facilidad con que llegan al orgasmo, quizá precisen colocar una barrera ante su goce y la realidad.
Desde Freud sabemos que las barreras naturales al placer sexual son tres: el pudor, la repugnancia y el dolor. ¿Es posible pensar que el dolor actúe como un modulador ante la facilitación neurofisiológica del masoquista? En el placer hay algo de fastidioso, ciertamente. Tal y como dice Bataille: "el erotismo de
los cuerpos tiene algo de pesado, de siniestro".
Existe una tercera posibilidad en la etiología del masoquismo y es que el dolor no sea realmente sino un epifenómeno, algo que se llega a tolerar para complacer a la pareja o partenaire, algo que forma parte del ritual sado-masoquista, que se admite como mal menor a fin de acercarse al objeto y retenerlo. Naturalmente muchas veces se trata de reajustes imaginarios: las mujeres creen que los hombres disfrutan haciendo sufrir y los hombres suelen pensar que las mujeres disfrutan sufriendo. Este error cognitivo puede estar en la base del deseo de agradar, más allá del catálogo de los gestos razonables. Del deseo de agradar que llega hasta el sometimiento o el sacrificio.
Y por fin, creo que las tres teorías pueden ser ciertas: es posible que el dolor se erotice, como es posible que un determinado sufrimiento se medicalice, dado que la definición o el rotulado de los sucesos suele ser un consenso de opinión. Es posible también, que el dolor y el placer no sean opuestos, sino
dimensiones de una única categoría: el umbral de sensibilidad neurofisiológica. O que el dolor se acepte como mal menor a fin de evitar la separación, el abandono o el rechazo. Por último, es posible que el castigo se acepte para amortiguar el fácil placer, o como un impuesto "para el placer" ofrecido a la diosa Moral.
Nietzsche decía que la cristiandad había envenenado a Eros y que si bien esta no había muerto se había convertido en un vicio, condenando el masoquismo al repliegue intrapsíquico, en virtud de las
exigencias de la Moral, una instancia supraindividual que a través de las religiones monoteístas había logrado penetrar en el individuo a través de sus creencias. Una moral que no sólo condena la violencia, sino que trata de aparentar que no existe, tras la mascarada del masoquismo. A consecuencia de este cambio de ubicación hoy diríamos que ya no es un vicio, sino una categoría psicológica, lo que es lo mismo que decir que sigue morando en el interior del cerebro humano.
Sin embargo, creo que el paradigma del masoquismo, con todo, no es el dolor, sino la humillación y el sometimiento a una autoridad atávica, impersonal, que opera desde algún remoto lugar del
inconsciente colectivo en forma de padre (o madre) severo, punitivo y castrador. La tía Zenobia de Sacher-Masoch es el paradigma universal, en este caso representado por la madre-fálica, dominante e imaginada con atributos casi divinos.
¿Qué necesidad puede tener alguien de someterse a una figura así? ¿Qué juego de roles siniestro se recompone o descompone con este ritual?
Esta pregunta tiene algo de trampa, porque se supone que es deseable socialmente, lograr ser autónomo, asertivo, dominante y competitivo. Delegar soberanía en otro parece una claudicación intolerable para nuestros ideales opulentos. Sin embargo, tenemos que admitir que hay algo en la autoridad que nos resulta fascinante, y que delegar nuestra voluntad en ella, puede tener un efecto tranquilizador para gran parte de la población. En este sentido el masoquismo o al menos los juegos de dominación-sumisión serían fenómenos naturales, que se dan en todos y en cada uno de nosotros en diversos grados y condiciones. Si es un fenómeno natural, desde luego no puede ser patológico, más que cuando se hace inadaptativo. En mi opinión, el sadomasoquismo no es una enfermedad sino el representante vicario de la Moral, entendida como el protocolo de prohibiciones que los humanos
16 hemos inventado para oponer a las tendencias naturales de codicia, lujuria y agresión, que son
socialmente inaceptables. También puede ser considerado en su vertiente práctica, como una forma de obtener control, predictibilidad sobre nuestra situación en la pirámide de poder, una forma de explorar nuestro narcisismo y nuestra pasividad y eventualmente una forma de reparar duelos o identificaciones deterioradas o fragmentadas.
El masoquista no es una víctima, porque nadie es masoquista de manera pura e ineluctable, sino que el sadomasoquismo se presenta en bloque, como representante del erotismo ligado al placer de dar muerte. Esta pulsión relegada al inconsciente por la humanización y posteriormente sacralizada por las religiones monoteístas, es la responsable de las actitudes de sumisión propias del masoquismo. Lo primario es la agresión, lo secundario el sometimiento y la autopunición, aunque se trata de
mecanismos bidireccionales y centrífugos que suponen versiones distintas sobre la manera en que el ente individual afronta la agresión intraespecífica.
El masoquismo del que estoy hablando de momento, es decir, el masoquismo consentido, no tiene nada que ver con el problema del maltrato, que representa una lacra social, donde las mujeres viven
atormentadas por maridos celosos o acosadores.
El maltrato supone un caso extremo de sadomasoquismo, donde se pierde el aspecto consensuado de las relaciones de dominación-sumisión, traspasando las fronteras del goce y la alteridad. Se trata más de un fenómeno pasional que sadomasoquista. Son pues, fenómenos distintos que mantienen un cierto parentesco anclado en el mito de que la mujer es la esclava del hombre. Ya veremos como precisamente el masoquismo -clásicamente- ha venido asociándose más con el sexo masculino que el femenino. Frecuentemente, el masoquista es un manipulador, pero nunca una víctima, a no ser que no sepa que disfruta con el sometimiento (o que al menos le resulta más fácil de aplicar que la agresión directa), cuestión que merecerá un capítulo entero. De esta misma opinión es T. Reik quien en 1941 ya hablaba de la tendencia manipulativa de estas personas. La novedad que introduce Reik en la concepción clásica de masoquismo, es su idea de que el origen de estas conductas está en la fantasía, entendida como ensoñación consciente, un lugar desde donde el sujeto podría contener sus impulsos destructivos, merced a una serie de mecanismos de inversión. Para Reik, los rasgos diferenciales del masoquismo serían, primero: el factor suspensivo, el retraso. Segundo: el factor demostrativo, hacer ver, y tercero: el factor provocador, una tendencia a confundir al testigo: un testigo necesario para que la queja sea reconocida por el otro.
La idea de que el masoquista no busca sino el placer, está contenida en todas las descripciones de los psicoanalistas. El propio H. S. Sullivan afirmaba en 1947:
Muchas personas aceptan abusos y humillaciones y cuando las observas, descubres que casi siempre obtienen lo que desean. Y las cosas que desean son: satisfacción y sentirse a salvo de la ansiedad.
Se refiere naturalmente al masoquista perverso, a aquella persona que obtiene un goce sexual directo a partir de una escena más o menos sofisticada, una dramatización que incluye fetiches y objetos "ad hoc". Una escena que no tiene nada de improvisada o peligrosa, antes al contrario, se trata de un escenario pactado, cómodo y seguro, no exento de humor y a veces de esperpento. Una escena ritualizada y consensuada. Un ritual es una combinación de conductas perfectamente predecibles, que son repetitivas y están frecuentemente incluidas en una ceremonia, una liturgia, que tiene como objetivo limitar la difusión de la conducta y del pensamiento. Un ritual es un atajo al albedrío, podría decirse que un ritual es todo lo contrario del libre albedrío. La vida está llena de rituales que tienen que ver con los "fenómenos de pase", los estados de transición, los tránsitos de un lugar a otro. El efecto catártico del ritual, es tal que no es necesario que sea comprendido por el propio iniciado para que surja su efecto, generalmente normalizador y tranquilizador.
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Es tranquilizador, porque permite al sujeto mantenerse al margen y no pensar, dejarse llevar en un tránsito difícil y ser conducido por el peso de los símbolos. Lenguaje como somos, no podemos vivir ajenos a él. En este sentido los rituales abrevian la complejidad del mundo, al permitirnos sentirnos como partes de una comunidad humana en contacto con lo sagrado o con la totalidad.
A pesar de que la conducta sadomasoquista está perfectamente ritualizada, con un lenguaje propio, unos mitos propios y fetiches y jerarquías perfectamente definidos, nada hay tan inestable como la pareja sadomasoquista.
LA PAREJA SADOMASOQUISTA
Estamos acostumbrados a pensar el sado-masoquismo, mediante una polaridad de individuos. Uno que somete y otro que es sometido, a veces también, en uno que maltrata y otro que es maltratado. Sin embargo KraftEbing, ya intuyó que el sadomasoquismo era una entidad única y no son estas tendencias -necesariamente- antinómicas. Pueden de hecho convivir bajo una misma piel, como sucede siempre con los opuestos. La sexualidad improductiva, no reproductiva, se caracteriza por un mecanismo de doble impulso: placer y poder. En este sentido nos recuerda Foucault que:
Ejercer un poder que pregunta, vigila, acecha, espía, excava, palpa y de otro lado el placer de huir, engañar o desnaturalizar. Poder que se deja invadir por el placer al que da caza y frente a él, placer que se afirma en el poder de mostrarse, escandalizar o resistir.
La pareja sado-masoquista, como extremos donde confluyen las sexualidades fugitivas de la represión informe, aquella que procede de instancias irreconocibles y a veces invisibles, no son más que los actores que se refuerzan recíprocamente en las espirales del juego de placer y poder. Categorías, que como señala el propio Foucault, no se anulan sino que se persiguen, se cabalgan, se reactivan, se encadenan según procesos de excitación e incitación.
El sádico (o dominante) no es, pues, el contrario del masoquista, su oponente o adversario, sino el actor que le sirve de soporte, para explorar corporalmente la función categorial del poder y del placer que de él se prolonga. No quiero decir que en todo masoquista (o sumiso) haya un sádico “reprimido”, sino que la dominancia y la sumisión son instancias reversibles y permeables, como ser vago o trabajador, enfermo o sano. No es rara la inversión de roles entre sus miembros o la convivencia de la dualidad en un individuo (switch). Roles que se eligen en función de los gustos (del carácter de cada cual) y también del sexo o de la posición social, en realidad se eligen en función de una mitología: la mitología del género. Una mitología que adjudica el papel dominante al hombre y el sumiso a la mujer (en cada especie animal este reparto de roles cambia. Por ejemplo: en los leones los miembros dominantes son los machos y entre las hienas al contrario, son las hembras).
En realidad, la pareja sado-masoquista no hace sino dramatizar, esperpentizar la relación de poder entre los sexos. Se trata, sin embargo de una simulación: no pueden existir parejas sadomasoquistas estables, quiero decir oficiales.
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Las que existen se vinculan con un contrato que les obliga a ambos miembros y por un tiempo determinado: un consenso a plazo fijo y frecuentemente reversible. Hay algo en la pareja
sadomasoquista que es, al parecer, insoportable, como en cualquier pareja perversa. Sin embargo, estoy lejos de pensar a la pareja sado-masoquista como una entidad entomológica, tal y como
acostumbramos a pensar en Psiquiatría. Tampoco al perverso lo considero así. Aunque la
homosexualidad, por ejemplo, se haya constituido a lo largo de las últimas décadas como una identidad, no hay que olvidar que esta identidad se sustenta en la creencia de que la perversión es una especie, cuando sólo hace un siglo era una categoría jurídica y el homosexual, un pederasta reincidente. La naturaleza médica o psicológica de la homosexualidad (como paradigma de la sexualidad periférica), nace en 1870, en el famoso artículo de Wesphal sobre las “sensaciones sexuales contrarias”. No tanto supone el comienzo de un tipo de relación sexual, como una cierta cualidad de invertir lo masculino y lo femenino. La homosexualidad aparece a partir de este momento como una figura de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía y redefinida como una especie de androginia interior, de hermafrotidismo del alma. (M. Foucault, “Historia de la sexualidad”, tomo 1, pág. 57). La pareja estable y convencional, la pareja reproductora, se caracteriza por la tensión, la discusión, la negociación, el cambio de roles, el viraje brusco, la fricción y la ambigüedad, dado que tienen que lidiar con las contradicciones y colisiones sociales internalizadas y asociadas a su sexo, género y posición de poder: ningún miembro puede ser dominador o dominado de manera explícita o por mucho tiempo, a pesar de que la dominación o la subordinación se halle omnipresente en cualquier decisión. La dominación es una instancia supraindividual que no puede ignorarse, es así que usualmente, esta tensión se resuelve con un reparto de territorios entre ambos miembros, lo que lleva constantemente a una renegociación de los roles y del reparto del poder en la familia o pareja. La negociación constante del poder es el "leit motiv" que anima a una pareja durante toda su vida, un engorro que impregna de una forma casi permanente los conflictos con la prole. La familia podría definirse como aquel lugar donde se dan las mayores pugnas por el poder de cualquier institución social conocida, con excepción hecha quizá de la política o las guerras tribales. Los hermanos se jerarquizan según la edad y sus habilidades de seducción. Los padres que originalmente poseen y delegan el poder, se convierten en los proveedores naturales de prebendas y distribuidores oficiales entre sí y hacia sus hijos. Y además, estas alianzas cambian con el tiempo, de modo que la distribución de poder entre ellos no es algo inmutable, sino que se modifica con el crecimiento y los logros de habilidades de sus componentes, aunque no sin lucha o cesión de
soberanía de una u otra parte.
La pareja sadomasoquista, sin embargo, opera desde un lugar mucho más cómodo y predecible. La distribución de roles rígidos amortigua y ritualiza la lucha por el poder que aparece en cada esquina de cualquier decisión, al margen de resultar protectora, en tanto en cuanto fragmenta la idealización de la consiguiente devaluación que sigue inevitablemente con el paso del tiempo a cualquier relación. Todo está pactado de antemano, un Amo que ordena y un esclavo que obedece. Mediante un movimiento mágico, el poder es transformado, defragmentado en placer, proceso que invierte la dirección causal de la represión sexual, que tiende a internalizar en los individuos la culpa derivada de la transgresión de su prohibición. A condición -claro- de que se sigan inexcusablemente determinadas condiciones: que se ponga fin a la exigencia de mutualidad, por ejemplo, una demanda que impregna cualquier relación, digamos, convencional. Aquí sólo importará el placer de uno, el otro parece rendirse a una especie de fascinación o altruismo sexual extraordinario: el de subordinarse a un estereotipo de objeto sexual absoluto. Se profundiza pues, llevando hasta el paroxismo la distinción objeto-sujeto, una distinción que, paradójicamente, subyace en cualquier búsqueda de placer erótico, que en definitiva no es, sino una búsqueda de completud. Una completud que sólo se contenta con la aniquilación del otro en su "mismidad".
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El resultado de este ejercicio, es que entre la pareja que lo practica, al menos en teoría, no aparecerán jamás tensiones por el control de la situación, que como he dicho antes, suele ser un control ligado a la mutualidad. En este sentido la pareja sado-masoquista es una pareja sin mutualidad aparente. El esclavo se cosifica, se animaliza, se niega o se anula. El amo se idealiza, se convierte en un arquetipo de Dios, lo que secundariamente permite a este no idealizar y al esclavo no devaluar. Esto es naturalmente la teoría, porque en la práctica sucede una cosa muy distinta y es la rebelión natural del masoquista o el cansancio del amo extenuado. Es por eso por lo que la pareja masoquista de tan estable, se convierte en inestable, y entonces como sucede siempre en las relaciones vicariantes, se impone el cambio de pareja - de estímulo- con objeto de que el juego pueda jugarse sin fin.
No existe complementariedad alguna en la pareja sadomasoquista, sino un juego metacomplementario donde el esclavo está continuamente "obligando" al amo a hacerse cargo de él. Se dice -en broma- que la mejor manera de obtener control sobre un masoquista es negarse a darle ninguna orden, pero es precisamente este, el juego paradójico que ambos miembros de la pareja parecen realizar. Cuando el juego va demasiado en serio nos encontramos con un orden dialéctico, que gobierna cualquier relación de poder y que Losey indagó de manera magistral en el filme El sirviente. Una indagación que se adentra en los múltiples niveles, pragmáticos y semánticos donde la dominación y la sumisión se articulan, a veces en simulacros y a veces en la brutalidad gratuita. Las más de las veces nos quedaremos sin llegar a discriminar ¿quién tiene más poder, el que manda o el que obliga a otro a que le manden? Es obvio que la relación sadomasoquista no es complementaria, sino ambigua en cuanto al poder de un miembro sobre otro. Es cierto que, formalmente, parece que haya un dominio real (auténtico, no ficticio), pero en un orden jerárquico superior de realidades, la observación se complica mucho más, al no poder definirse -desde dentro de la propia relación- qué miembro es el que realmente está
sometiendo a control al otro. En una observación externa parecería que el fiel de la balanza se decantara hacia el miembro supuestamente más débil, el subordinado en la relación, el masoquista. Pero sabemos que se puede llegar a tener mucho poder desde la debilidad o el victimismo, así como poco o ningún control desde la dominancia.
¿Alguien puede creer que cuando un masoquista paga a una prostituta para que le humille o le cabalgue, ha perdido totalmente el control? En absoluto, porque "quien paga manda", es decir, el control viene definido por la cualidad de la relación que en este caso es puramente una transacción comercial. Dicho de otra forma, en la dominación-sumisión existe una ambigüedad constante acerca de quién controla a quién en la relación, a pesar de que los roles sean estereotipados y repetitivos. Una ambigüedad que lleva a veces a los dominantes a plantearse la relación en términos de "posesión" y a los sumisos en términos de "contrato", tal y como ha señalado acertadamente Deleuze y que de alguna manera marcan las fronteras entre los niveles comunicacionales donde la dominación/sumisión vira hacia sado/masoquismo.
En este orden de cosas el masoquista que pide a su Amo que le castigue, está de alguna manera imponiendo un nuevo control sobre la situación y convirtiendo la relación en metacomplementaria, de ahí la dificultad de definir la relación desde dentro. Esta imposibilidad es la que genera el continuo cambio de pareja, es decir, el inicio de una nueva partida.
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Al contrario de Freud, que pensaba que el masoquismo era el representante del instinto de muerte, algunos autores como Berliner y Menaker, piensan que el masoquismo deriva de las primeras experiencias infantiles. No consideran al sadomasoquismo como una fuerza instintiva, sino como una forma patológica de amar.
En su opinión, el niño premasoquista desarrolla una especie de ceguera que le hace interpretar el sufrimiento o el abuso como amor, pervirtiendo de ese modo las elecciones objetales posteriores. La vinculación a la figura punitiva es un enigma psicobiológico, porque pareciera que los mecanismos de aversión fueran suficientes para mantener a distancia -en el vínculo- al objeto punitivo, sin embargo Millon afirma que:
El peligro de ser totalmente abandonado genera más ansiedad que el vincularse a otro, aunque se haya experimentado que de tal vinculación derivan consecuencias negativas. (Trastornos de la personalidad: Más allá del DSM-IV, pág. 621)
Lo que explicaría la vinculación al objeto punitivo o en palabras de Bowlby, el apego ansioso, una forma de protegerse de un mal mayor. Mal mayor que hace referencia a la pérdida del objeto, a la separación. En este sentido, muchas personas preferirán un vínculo tormentoso perverso, y aun de abuso, antes que perder, definitivamente, al objeto de su dependencia. En un orden de cosas más terrenal, es obvio que pueden existir amores masoquistas, ese tipo de relación donde "mis males, ni contigo ni sin ti, tienen remedio". Todos hemos tenido la experiencia de ser amados por personas que detestábamos o por el contrario habernos enamorado de personas que nunca atendieron nuestros ardores o de otras poco recomendables. Esta situación también es masoquista, y tan frecuente que no merece ningún comentario suplementario, salvo señalar que cualquier cosa es aceptable para el enamorado, salvo la pérdida de la propia relación, aun siendo humillante o insatisfactoria. En este sentido nos puede servir de fuente de información, el propio arte de este homenaje a Billy Holiday, por parte de Mª del Mar Bonet.:
Jim no me trae nunca las flores que prefiero no reímos nunca juntos, porque no lo merezco No sé porqué estoy tan loca por Jim.
Jim no me dice nunca que soy su ardiente deseo El fuego del amor con que se enciende
A pesar del tiempo que hace que le conozco Cuando me siento enferma de amor por Jim Hago como si me vengara de él
Lo dejo ir, pero mi corazón Se desgarra aún más
21 Sé que el día en que me ame me dejará
Podéis creerme, será hoy o mañana
Siempre llevaré conmigo alguna cosa de Jim.
Dicho de otro modo cualquier cosa es aceptable, antes que la pérdida del objeto amado, aun a costa de que no nos ame o nos humille con su indiferencia. Es más, existe la sospecha razonable de que el vínculo pueda perderse definitivamente con la llegada del amor, cuestión que no por paradójica deja de ser verosímil.
Algunas personas que he conocido en la clínica y que traían consigo una cierta cultura "psi", y también un cierto adoctrinamiento psicoanalítico, solían definirse "como personas que siempre se enamoran de personas no idóneas". Esta definición es propia de mujeres cultas que casi siempre tienen algún prejuicio sobre su supuesto masoquismo inconsciente, etiqueta abusada por los analistas de todo el mundo. Es cierto que muchas mujeres parecen siempre "repetir un mismo patrón de elección de hombres incompetentes" para la vida familiar y práctica, a la que parecen aspirar. Pero se trata simplemente de una trampa de la propia mujer, una trampa hacia sí misma. A veces amamos sin tener ninguna esperanza de ser correspondidos, simplemente por buen juicio estético. Otras veces porque necesitamos desembarazarnos de "cadáveres" anteriores y la mejor manera de olvidar a un amante es a través de otro que haga de puente entre el olvido y la realidad. Otras veces, porque no queremos compartir nuestra vida con nadie, aunque no nos atrevamos a reconocerlo.
Las mujeres pueden ser víctimas de una mitología del amor, que en cierto modo las mantiene apresadas en un ideal romántico al que no consiguen capturar, ni desenredar. Lo que ignoran (o niegan), es que tal vez no les interesa para nada. Otras se sienten frustradas, por no poder reeditar una familia similar a la suya de origen, sin caer en la cuenta de que no tienen fuerza ni vocación suficiente para llevarla a cabo. En mi opinión, las mujeres están tan identificadas con el arquetipo materno, que se sienten totalmente fracasadas si no consiguen, en un tiempo razonable, reeditar su familia perfecta.
Por otra parte ¿qué significa una pareja no idónea? ¿Cómo detectar la idoneidad de una persona, antes de someterla a la prueba de la convivencia? Una convivencia que no se regala a nadie y que todos tienen que sufrir con las preceptivas contradicciones, renuncias y adversidades.
¿Por qué estas mujeres suponen que no tienen más remedio que someterse a ella?
La influencia del psicoanálisis sobre las verdades compartidas por la población es tal, que en determinados ambientes las propias mujeres consideran masoquista el hecho de no haber podido consolidar una relación estable con una pareja "idónea" y arrastran su supuesto masoquismo por el diván de más de un psicoanalista, para caer -quizá- con el tiempo en la cuenta de que no necesitan para nada ese nicho ecológico que los románticos llamaban amor y los menos románticos, hogar.
Es verdad que en determinados casos, la repetición de la pauta fallida es la expresión de una
identificación vicariante más o menos patológica. Es el caso de la hija del abusador que se empareja con otro abusador, o la hija del alcohólico que repite su elección paterna en su pareja. Pero estos casos no necesitan de comentario alguno porque la identidad vicaria está en primer plano y se constituye como un significante con el suficiente peso para impedir la permeabilidad en la elección de otras identidades alternativas. Se trata de identidades rigidificadas, aprendizajes anómalos y estilos de vida
estereotipados que se instalan en la conciencia obturando el paso a cualquier otra posibilidad, por eso hablamos entonces de identidades patológicas, que tienden a preservar, a hacer inconsciente la rabia, el
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miedo o la repugnancia extremas a la figura original de dependencia. En la medida en que nos
identificamos con alguien, nos hacemos invulnerables contra él, dado que nos hemos convertido en una especie de clon del sujeto temido, que pasa así a un lejano lugar inaccesible a la conciencia. El amor romántico es un sentimiento muy curioso que aún opera como un ideal, al que las mujeres
universalmente parecen aspirar, no así los hombres, constantemente acusados por las féminas de escasa sensibilidad y de tener poco contacto con sus emociones. Estas mujeres parecen olvidar que el amor es un correlato psicológico del sexo, un sentimiento que lo puede trascender, pero no anular. Que el impulso sexual es el que hay que preservar por encima de todo. Que no sabemos por qué, pero la tendencia reproductiva es precisamente "el quid" de la cuestión. Que nos enamoramos para reproducirnos, pero que también y gracias al funcionamiento de nuestro cerebro podemos
enamorarnos sin reproducirnos y aún más: que podemos reproducirnos sin enamorarnos en absoluto, porque la biología - desnuda de cultura- no precisa de subterfugios.
El amor como concepto y también como sentimiento individual, cambia en función de las necesidades sociales, no es lo mismo el amor medieval que el amor en el romanticismo y no es ni será lo mismo en el próximo siglo. Algunos dicen que el amor nació con el siglo XIX y la revolución industrial, cuando dejó de ser una cuestión meramente patrimonial. En la España postfranquista era usual que las mujeres
abominaran del sexo sin amor. De adolescente viví la revolución sexual de los sesenta con estupor, presenciando como las mujeres seguían víctimas de la mitología anterior y que a pesar de la supuesta revolución formal, que sin duda se vivió durante los sesenta, seguían tratando al amor como un salvoconducto moral frente al sexo. Una especie de coartada que el cerebro humano erigía para justificar de alguna manera sus urgencias sexuales, que terminaron por liberarse gracias a los métodos anticonceptivos. Una vez más, el cambio de actitudes vino de la mano de la ciencia y no de la
contracultura.
Uno sólo se enamora cuando existe una predisposición para ello, es decir, cuando se cansa de estar solo, como decía Pessoa. Otra cosa es la pasión amorosa, algo que pone patas arriba al amor y a la
conveniencia, un sentimiento sólo al alcance de personas especiales e inalcanzables para la mayoría, fascinada por lo práctico. Estas personas especiales se reconocen por su facilidad por apasionarse por otras cosas (generalmente ideales éticos o estéticos) más allá de limitarse a hacer lo que se espera de ellas. La mayor parte de la gente común no tiene pasiones sino deseos prácticos, no dispendia sino que ahorra, no se apasiona sino que se enamora y por eso se construyen nidos de seguridad donde hibernar una larga temporada, sacrificando quizá para siempre su potencial erótico: estoy hablando de la normalidad.
Así, no es infrecuente que muchas parejas se planteen después de muchos años de convivencia y exhaustos por la crianza de los hijos, si todavía siguen enamorados y se quedan consternados si uno de sus miembros responde negativamente a esta pregunta o quedan perplejos si son abandonados en mitad del camino reproductor, viéndose reemplazados por una pareja más joven, atractiva y por supuesto más apetecible, peor si no tiene aún compromisos reproductivos.
El vínculo afectivo de la pareja está diseñado para durar mucho tiempo en función de la necesaria crianza de los hijos. No hay en toda la escala animal un mamífero tan inepto como el bebé humano. Su periodo de crianza, aprendizaje y tutela va más allá de lo que sucede en cualquier otro mamífero. La complejidad de las sociedades postindustriales no hace sino prolongar más y más este periodo de transición. Es obvio que el ser humano, la pareja humana, precisa de anclajes y soportes biológicos, psicológicos y sociales para sortear los obstáculos que se oponen a la durabilidad. En cualquier caso lo que necesita explicación es ¿por qué las parejas permanecen juntas tanto tiempo?
La pareja necesita un código, una química para elegirse mutuamente. Una química que según las últimas investigaciones de antropólogos como Fischer, tiene que ver con el atractivo físico, la simetría de la cara,
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el aspecto saludable y otros aspectos individuales. El amor se consume rápidamente, porque su función es la de asegurar el acoplamiento de la pareja. Una vez consumada la unión, la alquimia placentera del sexo toma el mando en el vínculo y una extraña armonía, un misterioso cóctel de endorfinas, oxitocina, noradrenalina y serotonina propiciará a medio plazo que la pareja siga unida, logrando la suficiente complicidad para afrontar la próxima prueba: el alumbramiento y la crianza de los hijos. He aquí el periodo más delicado para la pareja humana, el periodo de cuarentenas, ayunos sexuales y la presencia de intrusos en la familia que descomponen y vienen a interferir de una manera u otra en la luna de miel inicial. Decía Oscar Wilde que el problema de la mujer es que se convierte en madre y el núcleo fóbico en cualquier perversión es precisamente la negativa a reproducirse, dado que sólo el sexo (o la muerte), superan la información que puede reunirse sobre un cuerpo (El cuerpo no es solo una suma de células, por eso ninguna parte del cuerpo contiene en símisma información total sobre él. Solo las células germinales contienen la matriz total de información sobre ese ser, en su carga genética y sólo a través del sexo podemos trascender el propio cuerpo, asumiendo que sexo y muerte son la misma cosa…). En este sentido nos aclara Garcia-Lorca:
Es justo que el hombre no busque su deleite en la selva de sangre de la mañana próxima. El cielo tiene playas donde evitar la vida
Y hay cuerpos que no deben repartirse en la aurora.
No conozco ninguna descripción más exacta del narcisismo que anima cualquier perversión, en este caso la confesión de un poeta genial y homosexual, acerca de su predisposición a eludir cualquier compromiso reproductivo, al mismo tiempo que vincula el placer reproductivo con la muerte (la sangre de la mañana próxima).
Pero donde falla la biología, interviene el censor social. Ninguna sociedad civilizada admite el abandono de bebés, o la incompetencia del hombre en este proceso. Todas las sociedades avanzadas protegen a los niños de las idas y venidas hormonales de sus padres, sobre todos de los papás. Obligados, no por la urgencia bioquímica sino por las leyes civiles y penales y también, es cierto, por una cierta identificación femenina, lograda en los múltiples coitos anteriores (y a partir de la identificación original con la propia madre), los hombres, por lo general, permanecen unidos a sus parejas, algunos de por vida. Pero ¿qué pierde el hombre y la mujer en este proceso?
Es obvio que el hombre ha perdido el paraíso, ha sido expulsado, por un vínculo mucho más poderoso que el que lo sostuvo unido sexualmente a su pareja. Ha sido desplazado por el vínculo madre-hijo, mucho más poderoso que cualquier otro, mucho más profundo y atávico que el propio sexo consentido. La mujer por su parte ya no es una mujer, es una madre, también ha perdido en el proceso su delicadeza adolescente, su atractivo núbil y tímido, aquello que la hacía deseable para los hombres. Se ha caído del mercado del sexo, que no es más que el mercado de la reproducción.
¿Es esto masoquismo?
Cuando Freud se refería al masoquismo femenino, lo hacía con una frase que se ha divulgado hasta la saciedad. Hablaba de un masoquismo "guardián de la vida". La vida sexual de la mujer discurre paralela a un cierto grado de dolor y sufrimiento. Las reglas y el acto sexual son dolorosos, al menos al principio.
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El embarazo es cuanto menos, incómodo. El parto es siempre cruento y lleno de peligros hasta hace recientemente poco. La crianza deforma el cuerpo y hace a la mujer menos apetecible, por no hablar más que de los aspectos puramente físicos, vinculados a la tarea reproductiva. Y aun así, las mujeres siguen quedando embarazadas y los hombres siguen cuidando de ellas ¿por qué?
Se podrá decir que es un mandato biológico y natural, como sucede en el resto de las especies, pero este argumento se contradice con el potencial autoreflexivo que el ser humano alcanzó en su evolución. No, las mujeres quieren quedar embarazadas, es parte de su deseo, no se limitan a seguir pasivamente un proyecto divino o teleológico. Un deseo fluctuante que tiene idas y venidas, contradictorio,
ininterpretable, como todo deseo. Son ellas, las mujeres, las que quedan embarazadas y lo hacen a partir de un acto repetitivo, hostil a su propio cuerpo que es el acto sexual. Un acto sexual que no es placentero de forma universal, un acto que tiene que haber sido a lo largo de la evolución de la especie, un acto no necesariamente consentido, un acto que con toda probabilidad ha sido intrusivo, incluso brutal. Un acto que -con seguridad- sirvió de moneda de cambio en transacciones mercantiles entre machos, un acto que fue premio para los machos dominantes de la horda, un don como dice Levy-Strauss, que fundó el comercio y el intercambio. Un premio para los ganadores casi con seguridad, homicidas. Un acto que venía de fuera y que muy probablemente no requería de la mujer más que una participación pasiva o subordinada. Ni siquiera precisaba de su consentimiento. Según Levy-Strauss la prohibición del incesto tuvo como origen la regulación del "problema del reparto de las mujeres a través del don”. Ya veremos más adelante como la regulación de la violencia y del sexo forma parte del repertorio de estrategias que los humanos tuvieron que inventar para equilibrar las comunidades y hacerlas laboriosas y productivas. Lograr un equilibrio entre las prohibiciones y las transgresiones es el objetivo principal de toda comunidad, la política se dedica precisamente a eso, asumiendo que tanto la prohibición como la transgresión son inevitables. Aun así ningún gobierno ha resuelto de manera eficaz el problema. Un pacto desigual y no pacífico, que se ha llamado "contrato sexual", es decir, un pacto entre hombres, sobre el cuerpo de las mujeres (Carol Pateman) acceso sexual a las mujeres, como no ha resuelto tampoco el problema del reparto de los bienes económicos entre sus miembros.
Sin embargo, no todos están de acuerdo con esta hipótesis, o al menos no del todo. Para los pensadores de la Escuela de Frankfurt, como H.Marcuse, la civilización ha alcanzado un grado tal de desarrollo tecnológico, que la alienación del trabajo podría neutralizarse a poco que alguien quisiera hacer algo para ello:
El progreso de la civilización ha atendido el nivel de producción en el que las demandas sociales de energía instintiva para desprender en el trabajo alienado pueden ser considerablemente reducidas. En consecuencia la continua organización represiva de los instintos parece impuesta menos por la lucha por la existencia que por el interés de prolongar esta lucha, por el interés en la dominación (H. Marcuse . Eros y civilización, pág. 137).
No se le puede negar a Marcuse parte de razón, sin embargo, sea como fuere, parece aceptado que de ese tipo de escenario sexual descendemos todos. Un escenario violento, machista y brutal que seguramente operó cambios en la alimentación y en las reglas de la hembra humana, haciéndola disponible todo el tiempo; un acto que con toda probabilidad no resultó placentero para las mujeres hasta muy avanzadas etapas de la interacción entre los sexos. Una adaptación inteligente y eficaz, pero no olvidemos que propiciada desde la violencia del macho hacia la hembra.