En el Antiguo Testamento los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías prometido y esperado, para guiarlo y fortalecerlo en la realización de su misión salvadora:
“Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor de Yahvé..." (Isaías 11, 1-2).
Cuando Jesús fue bautizado por Juan, en el río Jordán, el Espíritu de Dios descendió sobre Él, en forma de paloma. Este fue el signo de que Jesús era quien había de venir, el Ungido de Dios, el Salvador de Israel:
“Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz que salía de los cielos, decía: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco”” (Mateo 3, 16-17)
Jesús fue concebido en el seno de María por obra del Espíritu Santo, según las palabras del ángel Gabriel en la anunciación:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo, y será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1, 35)
Y toda su vida, toda su misión, estuvo siempre bajo la acción del Espíritu Santo, en íntima comunión con Él; así lo reconocían quienes lo veían actuar y lo escuchaban hablar:
“Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él” (Juan 3, 2) Jesús fue consciente de esta presencia del Espíritu de Dios en su corazón y en su vida, y lo proclamó con total claridad, para que quienes lo oían creyeran en sus palabras y en sus obras. El Evangelio de San Lucas nos lo refiere:
"Vino Jesús a Nazaret donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollándolo, halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, para dar la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor’. Enrollando el volumen, lo devolvió al ministro, y dijo: ‘Esta Escritura que acaban de oír, se ha cumplido hoy’" (Lucas 4, 16-21).
Pero esta plenitud del Espíritu de Dios no debía permanecer sólo en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico, el pueblo de la alianza. Lo había prometido y anunciado Yahvé Dios, por boca del profeta Ezequiel:
"Les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes, y haré que se conduzcan según mis preceptos, y observen y practiquen mis normas" (Ezequiel 36, 26-27). También Jesús, en repetidas ocasiones, hablando con
sus discípulos más cercanos, prometió enviarles el Espíritu Santo, su Espíritu, y así lo cumplió primero el mismo día de Pascua, cuando se les apareció resucitado y glorioso, y de un modo más manifiesto el día de Pentecostés, tal como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles:
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (Hechos de los Apóstoles 2, 1-4) Llenos del Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús resucitado, los apóstoles comenzaron a proclamar la Resurrección de su Maestro, y a anunciar a todos los que los escuchaban, la necesidad de convertirse y de recibir el Bautismo para el perdón de los pecados. Después – por el poder que Jesús mismo les había conferido - comunicaban a los convertidos bautizados el don del Espíritu Santo, mediante la imposición de las manos, para “completar” así la gracia del Bautismo:
"Al enterarse los Apóstoles que estaban en Jerusalén, de que Samaria había aceptado la
Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo" (Hechos de los Apóstoles 8, 14-17).
Esta imposición de las manos que hacían los apóstoles sobre quienes ya habían sido bautizados, es, precisamente, el origen del Sacramento de la Confirmación. La Confirmación perpetúa en la Iglesia y en cada uno de quienes la formamos, las gracias de Pentecostés.
Para significar mejor el don del Espíritu Santo a los bautizados, muy pronto se unió al rito de la imposición de las manos, una unción con óleo perfumado, bendecido especialmente por el obispo, y que recibe el nombre de Óleo de los cristianos o Crisma. Esta unción ilustra el nombre de "cristiano", que tiene su origen en el mismo nombre de Cristo, que significa, precisamente, "ungido". LOS SIGNOS Y EL RITO DE LA CONFIRMACIÓN Dos son los elementos simbólicos que se destacan en la celebración del Sacramento de la Confirmación, por los cuales el Seños nos comunica su gracia: la Unción con el Crisma y la Imposición de las manos.