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1 Dos conceptos de la democracia y libertades obreras.

Las libertades democráticas que, según el SU, serán ampliadas ad infi nitum cuando triunfe la dictadura del proletariado, son, en realidad, las libertades formales, políticas individuales; las democrático burguesas correspondientes al librecambismo capitalista. Este sistema era el que debía imperar en una supuesta sociedad que la burguesía describía como formada por individuos, vendedores de mercancías, que tenían una serie de derechos y algunas obligaciones; entre ellas, la de respetar la propiedad privada de los medios de producción. De ahí surgía para todos la libertad de expresarse por medio de la prensa, de reunirse, de hacer propaganda y de organizarse políticamente.

El marxismo siempre criticó esta concepción de la libertad. Señalaba que, en los hechos, ésta era sólo para los burgueses, los únicos que podían tener imprentas, papel, edifi cios para reunirse, medios publicitarios y posibilidad de organizarse en partidos para la contienda política. Es decir, libertades para los ricos, de la misma manera que la democracia antigua había sido para los esclavistas. Bajando más a tierra, esto lo sabe cualquier obrero que no tiene la libertad de dejar de trabajar ocho horas; que tiene “permitido” descansar el domingo, pero no los otros días de la semana; que no puede mandar a sus hijos a la universidad, aunque ninguna ley se lo prohíbe. Lo sabe cualquier miembro de la clase media, como por ejemplo un profesional que se tiene que “asalariar” para comer, aunque tenga una profesión que lo habilita para trabajar “libremente”. Lo sabe un estudiante que “elige” carrera y no encuentra cupos en ninguna universidad Y lo saben, en fi n, todos los desocupados que quieren trabajar y no consiguen trabajo.

Por eso la crítica marxista a la ideología burguesa en este punto, se resumía en la frase: “la verdadera libertad que se les da a los trabajadores es la de morirse de hambre”.

Pero el marxismo no se queda ahí, sino que además, aporta la única verdadera explicación teórica sobre este asunto. Mientras la ideología burguesa sostiene que la sociedad está formada por individuos, el marxismo demuestra que está formada esencialmente por clases.

Los individuos se relacionan con la sociedad por medio de las clases; están mediados por ellas. No todos los individuos tienen las mismas posibilidades. Del hecho fundamental de que uno es burgués y el otro proletario surge el margen de sus posibilidades, de su desarrollo y de su libertad. Por eso mientras los ideólogos burgueses se preguntan por el margen de libertad de los individuos en una sociedad determinada, los marxistas empiezan por preguntarse por el margen de libertades alcanzado en ella por la clase obrera.

Cuando hablamos de libertades obreras, distinguimos dos niveles: uno, el de la clase obrera en su conjunto dentro de la sociedad; otro, el de los obreros como individuos dentro de su clase. No hay que confundir esos dos niveles, ya que su relación es dialéctica y muchas veces entran en contradicción. Por ejemplo, cuando un sindicato compra o expropia una imprenta, hay un avance en la libertad de expresión del proletariado. Lo mismo ocurre si esa organización compra o expropia edifi cios en distintas ciudades: el derecho de reunión para ese gremio se expande por todo el país. Si los sindicatos logran su legalidad, después de haber tenido que vivir en la clandestinidad, la expansión de la democracia -comparándola con la anterior - da un salto importante. Aumenta la libertad de la clase dentro de la sociedad.

Si ese mismo sindicato, en su estatuto, señala que los obreros pueden hacer asambleas de fábrica para elegir sus delegados libremente, o si hay reuniones sindicales mensuales donde todo trabajador puede hablar libremente, aumenta la libertad de los obreros como individuos dentro de su clase. En este caso, los intereses de clase y los individuales no entran en contradicción.

Supongamos ahora que estos sindicatos se burocratizan y niegan a sus afi liados y a los distintos sectores gremiales el derecho a defender democráticamente sus ideas o a cuestionar la dirección sindical. En este caso, lo obtenido como clase se contrapone a lo obtenido individualmente. Pero, ese hecho, muy grave y que repudiamos, no debe hacernos olvidar la conquista que signifi có el logro de los sindicatos legales y, por lo tanto, no puede llevarnos a la equivocada posición de quitarles importancia o verlos, solamente, como los que coartan la libertad de expresión de los obreros.

“El partido revolucionario (vanguardia) que renuncia a su propia dictadura

entrega a las masas a la contrarrevolución. Esta es la enseñanza de toda la historia moderna. En términos abstractos, sería muy bueno si la dictadura del partido pudiera ser reemplazada por la dictadura de todo el pueblo trabajador sin ningún partido, pero esto supone tan alto nivel de desarrollo político entre las masas que nunca puede ser logrado bajo las condiciones del capitalismo. La

razón de la revolución viene de la circunstancia que el capitalismo no permite el desarrollo material y moral de las masas” (Trotsky, 1937)128.

La dictadura revolucionaria de un partido proletario -no del pluripartidismo soviético ni de los soviets- es una necesidad objetiva impuesta por la realidad social: la existencia de distintos sectores obreros y trabajadores, como del bajo nivel político y cultural de la mayor parte de esos sectores. Por eso es imposible la dictadura de “todo el pueblo trabajador”.