Con todo el grandioso signifi cado que ha tenido y tiene para la humanidad, la Revolución de Octubre no signifi có el triunfo de la revolución socialista europea internacional, como habían vaticinado los marxistas. La Rusia proletaria quedó aislada y la revolución socialista siguió triunfando en países atrasados a partir de la segunda guerra mundial. Por eso dirá Trotsky, veinte años después de Octubre que “..la Unión Soviética no se ajusta a las normas de un estado obrero tal como
está expuesto en nuestro programa. ( ... ) Nuestro programa contaba con un desarrollo progresivo del estado obrero y por lo tanto con su gradual extinción. Pero la historia ( ... ) no siempre actúa de acuerdo a un programa...” (Trotsky,
1937)140. Y “el período que para Lenin y sus compañeros de armas debía ser una
corta “tregua”, se convirtió en toda una época de la historia”. (Trotsky, 1936)141.
Entonces, en lugar de una federación de estados obreros altamente industrializados que han derrotado al imperialismo, nos encontramos en la actualidad con estados obreros que, aislados, tienen que enfrentar a un enemigo mucho más poderoso que el capitalismo nacional, el imperialismo. Esos países son superiores al capitalismo en cuanto a las relaciones de propiedad y producción (la burguesía expropiada), pero son muy inferiores al imperialismo en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas. Esta aguda contradicción, esta combinación inesperada para los marxistas, tiene consecuencias mucho más graves que el mero hecho de arrastrar “las señales o marcas de nacimiento”.
Ese atraso en el desarrollo de las fuerzas productivas, combinado con la subsistencia de las fronteras nacionales, tuvo como consecuencia que la dictadura del proletariado se viera obligada a fortifi carse y a emplear instituciones y personal burgueses para defenderse del imperialismo y sus agentes nacionales. En lugar de “comenzar a debilitarse casi desde su nacimiento” tuvo que apelar a todo para fortalecerse.
140 “¿Ni un estado obrero ni un Estado burgués?”, Escritos, Tomo IX, Vol. 1, p.94. 141 La revolución traicionada, p. 58.
Pero la concepción de Marx y Engels partía del supuesto de que la revolución socialista triunfaría en los países capitalistas más avanzados, con un gran desarrollo de las fuerzas productivas y una clase obrera mayoritaria (Inglaterra, Francia, Alemania). El enemigo de clase eran las burguesías nacionales. Nunca creyó Marx en la posibilidad de que la revolución socialista se pudiera producir en países agrarios atrasados. Por lo tanto, para ellos, la etapa transicional iba a ser mucho más avanzada que la capitalista, porque combinaría desde un principio, el más alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por el capitalismo con un nuevo y superior régimen de producción y propiedad. Como consecuencia de ello, la tarea que enfrentaría el proletariado dominante sería “construir el socialismo” y por esa vía iría incorporando, sin mayores sobresaltos, a todos los habitantes a la producción socialista.
Lenin y Trotsky antes de 1917, y los marxistas ortodoxos al comienzo de la Revolución de Octubre, defendieron el esquema clásico de Marx con dos modifi caciones. Una, que el enemigo esencial ya no era la burguesía nacional sino el imperialismo, fase superior del capitalismo. La otra (¡genial modifi cación!) la posibilidad de que la revolución europea y mundial estallara y comenzara por el eslabón más débil de la cadena imperialista, un país atrasado como Rusia. Pero esto no hizo que Lenin y Trotsky cambiaran la concepción de Marx.
La mantuvieron porque creían inminente la extensión de la revolución socialista a los demás países europeos, fundamentalmente a los más adelantados. En pocos años Alemania, Francia y Europa harían la revolución, la clase obrera tomaría el poder, comenzaría la construcción socialista en Europa y la dictadura obrera empezaría a debilitarse. El que la revolución comenzara por Rusia era sólo un problema coyuntural, táctico, porque inmediatamente lo harían los países industrialmente más desarrollados.
Para el Lenín de antes e inmediatamente después de la Revolución de Octubre, ‘la quiebra del imperialismo europeo” podía producirse “cualquier día, incluso hoy o mañana”. “El estado proletario comenzaría a extinguirse inmediatamente después de su triunfo”. Para reprimir a los explotadores bastaría con “una máquina muy sencilla, casi sin máquina, sin aparato especial, por la simple organización de las masas armadas”. “Destruir de golpe la antigua máquina burocrática y comenzar a construir inmediatamente otra” no era entonces una “utopía”. Y no habría más que “derrocar a los capitalistas” “para organizar la economía nacional como lo está el correo” y dar paso así a la construcción inmediata del socialismo. En fi n, el estado, les clases y las fronteras nacionales comenzarían a desaparecer casi desde el principio y habría un proceso de ampliación ilimitada de las libertades para los ciudadanos y productores socialistas, prácticamente todos los habitantes del país. Por lo tanto, para Lenin, la construcción socialista y la derrota del imperialismo
mundial se darían juntas en el tiempo, en la misma etapa histórica de dos o tres
décadas. El pensaba que en diez años o a lo sumo en veinte, se estaría viviendo en
II. MESIANISMO EUROPEISTA:
LA CONTRARREVOLUCIÓN
SE ESFUMA.
1. Solo ventajas para Europa.
Como un moderno Moisés, Mandel cree que sus “países europeos” son los “elegidos” para avanzar hacia el socialismo. En lugar de un Mesías, irán en su ayuda una serie de condiciones excepcionales que los “salvarán” de la contrarrevolución imperialista con todas sus consecuencias.
El mesianismo, expresión típica de la pequeño burguesía impresionista, no sabe de matices ni de contradicciones. Siempre oscila entre el pesimismo más absoluto, como el de la inevitabilidad de la guerra mundial a plazo fi jo, y el optimismo total, como el de la ignorancia de difi cultades o el reino de las ventajas absolutas. Pero la realidad no es absolutamente negativa ni positiva. En ella, los elementos favorables o desfavorables a nuestros objetivos siempre están combinados en alguna proporción, lo que hace que en cada momento determinado haya más o menos facilidades para la revolución o la contrarrevolución.
En el caso del SU, su mesianismo se descubre por los silencios, por la falta de inconvenientes que ve para la revolución socialista y para la dictadura del proletariado que plantea su documento. En el caso de Mandel, esto se hace explícito. En la entrevista que concedió a Weber en mayo de 1976, explica por qué considera que los pueblos del occidente de Europa, deberán recorrer un camino distinto al que ha debido recorrer el resto de la humanidad en lo que va del siglo, para llegar a la revolución.
La primera ventaja es la remota posibilidad de una intervención contrarrevolucionaria imperialista. Veamos. “No he observado en Portugal la entrada en acción de
los ejércitos regulares de Francia, Alemania o Estados Unidos ni creo que una revolución victoriosa en España, Francia o Italia deba enfrentarse a ellos en los primeros tres o seis meses. El mundo de hoy es muy diferente al de 1917” .
(Mandel, 1976)25. y más adelante, refi riéndose a las posibilidades de permanencia
de un gobierno frentepopulista europeo, como el que se dio en Chile, agrega: “En
Chile ha durado tres años con una clase obrera infi nitamente más débil que la de Europa Occidental y con la posibilidad de intervención directa del imperialismo norteamericano, la que, a pesar de todo, es más reducida en Europa Occidental que en Chile” (Idem)26
Estas afi rmaciones de Mandel son totalmente irresponsables. En Portugal no hubo ninguna revolución triunfante que obligara a la contrarrevolución extranjera a intervenir militarmente. Como lo demostraron los hechos posteriores, la revolución portuguesa fue estrictamente controlada por el imperialismo. Sólo quienes creían, junto con los ultra izquierdistas de todo pelambre, que bajo el gobierno de Vasco Goncalvez se iba a llevar a cabo la revolución obrera, pueden barajar hoy día la necesidad imperialista de intervenir militarmente. ¿Por qué está Mandel tan seguro de que una revolución triunfante en el sur de Europa no será atacada militarmente por los ejércitos burgueses de ese subcontinente en los tres o seis primeros meses? ¿Sí lo será a los nueve? ¿Por qué esa diferencia con 1917 respecto a la guerra civil y los enfrentamientos armados? Sólo un irresponsable puede descartar de manera tan rotunda esa eventualidad. Veamos qué indican los propios hechos de la realidad europea. Las dos únicas revoluciones de carácter concejista en vías de triunfar, la húngara de 1956 y la checoslovaca de 1968, fueron invadidas en forma inmediata, antes de que se desarrollaran, por el ejército ruso con la aquiescencia del imperialismo. No ha habido otras experiencias ni otras posibilidades de triunfo de una revolución concejista en Europa en el último cuarto de siglo. Y estos hechos nos gritan que no hay ninguna razón para creer que la revolución europea va a ser mucho más pacífi ca que las otras, o que no será atacada por ejércitos burocráticos o imperialistas.
La segunda ventaja para Europa es que su “grado de autarquía”... “es infi nitamente
mayor que el de un país como Chile” (Idem)27. Esto es total y absolutamente
falso, ya que cuanto más adelantado menos autárquico es un país. Trotsky se cansó de destacar esto, y decía que creer (¡ya en 1928!) que un país adelantado
25 “Sur Quelques problémes de la stratégie revolutionnaire en Europe occidentale”, Critique Communiste, número especial, P. 137. Existe versión en español, publicada por Comu- nismo, No 1, diciembre 1977enero 1978.
26 Idem, p. 171. 27 Idem, p. 172.