Conviniendo, pues, hablar de esta suerte,59 no queremos usar con vosotros frases artificiosas ni términos extraños, de cómo si por derecho y razón nos pertenece el mando y señorío sobre nuestro imperio, por causa de la victoria que en los tiempos pasados alcanzamos contra los medos, ni tampoco será menester hacer largo razonamiento para mostraros que tenemos justa causa de comenzar la guerra contra vosotros por injurias que de vosotros hemos recibido… Considerad que entre personas de entendimiento las cosas justas y razonables se debaten por derecho y razón, cuando la necesidad no obliga a una parte más que a la otra; pero cuando los débiles contienden sobre aquellas cosas que los más fuertes y poderosos demandan, conviene ponerse de acuerdo con éstos para conseguir el menor mal y daño posible.
TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso, siglo V a.C. Al pasear entre las ruinas de Tumbez, Pizarro descubrió la situación militar general de Perú en aquel momento. Le informaron de que acababa de desembarcar en los límites de un imperio por el cual se habían enfrentado dos hermanos reales. El gobernante del que oyó hablar durante su último viaje, Huayna Cápac, había muerto, y Tumbez había quedado reducida a escombros después de que sus habitantes —que no eran integrantes de la tribu inca sino ciudadanos del antiguo imperio chimú que aquéllos conquistaron— se habían aliado con uno de los hermanos, Huáscar. Por ello, la ciudad había sido atacada y arrasada por los ejércitos de Atahualpa, su hermano, que en aquel momento tenía un ejército reunido en las montañas, a apenas trescientos kilómetros o dos semanas de camino al suroeste de Tumbez.
El primer encuentro entre un emperador inca y un español: Hernando Pizarro y Atahualpa Inca. Atahualpa acudió al encuentro sentado sobre una pequeña litera de mano, mientras que Hernando Pizarro fue
acompañado por Hernando de Soto, en lugar de Sebastián de Benalcázar como aparece aquí representado.
Sin embargo, las crudas noticias de la guerra indígena, las enfermedades y tanta destrucción no hicieron sino animar a los conquistadores. Doce años antes, Hernán Cortés había aprovechado las divisiones políticas entre los indígenas para derrocar al poderoso imperio azteca en México. Y ahora, a juzgar por lo que oían, Pizarro había llegado al cabo de una guerra civil en toda regla. Indudablemente, el de Trujillo debió de pensar que, con un poco de suerte, podría aliarse con uno de los dos bandos —ya fuese con el vencedor o con el perdedor— con el objetivo de destruir a ambos en última instancia. Pero lo primero era ponerse en contacto con una de las facciones enfrentadas.
Pizarro y sus hombres fueron los primeros europeos en ascender los Andes, una cordillera de unos 6.500 kilómetros de longitud y con decenas de cimas rozando el cielo a más de 6.000 metros de altura.60 Durante el trayecto por unos caminos incas en excelente estado, los españoles entraron en una localidad donde encontraron muchos indígenas muertos y colgados de los pies. Al parecer, eran ciudadanos de una comunidad fiel a Huáscar que había sido arrasada por su hermano. Conscientes de que Atahualpa había sido informado de su presencia, y preocupados por la fuerza que pudiera emplear en su contra, los españoles apresaron y torturaron a un indígena con el objetivo de sacarle información. Finalmente, el hombre confesó que el emperador inca les esperaba con intenciones hostiles: Atahualpa había dicho que pretendía matar a los extranjeros barbudos.
Asustados ante esta información, aunque dudando si creerla o no, los conquistadores decidieron seguir su ascenso por la cordillera. De noche, «descansaban en las tiendas de algodón61 que llevaban consigo y hacían hogueras para protegerse del frío de las montañas, pues en las llanuras de Castilla no hace tanto frío como en estas llanuras, que carecen de árboles y están cubiertas de una hierba que parece esparto. Hay pocos árboles desperdigados y el agua está tan fría que no se puede beber sin antes calentarla».
Los españoles eran 168: 106 iban a pie y 62 a caballo. No sabían de cuántos guerreros disponía Atahualpa, pero los indígenas que iban interrogando y torturando decían que el emperador contaba con un ejército grande. Pizarro tenía cincuenta y cuatro años. Junto a él estaban sus cuatro hermanastros: Hernando, de treinta y uno, que era uno de sus capitanes;
Juan, de veintiuno; Gonzalo, de veinte, y su hermanastro por parte de madre, Francisco Martín, de diecinueve años. Ninguno de ellos tenía experiencia alguna en la conquista de territorios indígenas, más allá de lo que habían logrado en este viaje.
A la cabeza del grupo, montado en un caballo fuerte y hermoso, iba una de las últimas incorporaciones españolas, el gallardo Hernando de Soto, futuro explorador de Florida y descubridor del río Mississippi. A sus treinta y dos años, ya demostraba un gusto especial por lucir ropa llamativa y pendientes. Soto había llegado en otro barco, poco antes de que Pizarro saliera de Tumbez, acompañado de hombres de su propia elección, y Pizarro le había hecho capitán inmediatamente.
Junto al improvisado grupo de empresarios —todos ellos armados, autofinanciados, y por tanto valedores del derecho a parte del botín— había varios esclavos negros, doce notarios —cuatro de los cuales escribirían testimonios de la expedición más tarde—, un fraile dominico, al menos varias moriscas (esclavas de origen musulmán), esclavos indígenas de Nicaragua y varios comerciantes. Estos últimos no tenían interés alguno en luchar, sino en proveer sus productos a crédito a los conquistadores, es decir, iban con la esperanza de ser recompensados con oro u otros tesoros que pudieran encontrar. Evidentemente, actuaban llevados por el proverbio que afirma que «dinero llama a dinero», con la intención de hacer una fortuna con su inversión.
El 15 de noviembre, viernes, todo estaba dispuesto para el segundo mayor enfrentamiento entre dos civilizaciones de mundos completamente distintos. El primero se había dado con los aztecas, una cruenta lucha que se había prolongado durante tres años, incluida la captura de su emperador, y había culminado con una masacre dirigida por Hernán Cortés que arrasó la capital del imperio indígena. Ahora, mientras Pizarro y sus compatriotas avanzaban por un desfiladero y veían por primera vez el verde valle de Cajamarca, situado en una cumbre de 2.700 metros, dos imperios estaban a punto de chocar. Atahualpa había montado campamento con su ejército pocos kilómetros más allá de la ciudad inca, y esperaba en una ladera junto a una enorme armada de tiendas de campaña. Aquélla fue la primera imagen que los españoles tuvieron del ejército inca. Como el notario Miguel de Estete escribiría más tarde:
Se veían tantas tiendas62 que quedamos aterrados. Jamás pensamos que los indios pudieran mantener una tierra tan espléndida ni que tuvieran
tantas tiendas… hasta entonces no se había visto nada parecido en las Indias. Nos llenó a todos los españoles de estupor y miedo, pero no convenía mostrarlo ni dar la vuelta. Pues si hubieran notado cualquier debilidad, los mismos indios [porteadores] que llevábamos nos habrían matado. Por ello, simulando buen espíritu y después de observar detenidamente la ciudad y las tiendas… descendimos hacia el valle y entramos en la ciudad de Cajamarca.
Los españoles entraron en la ciudad a caballo y a pie, en columna de a tres y en formación militar, con los cascos de los caballos repicando contra el empedrado de las calles pavimentadas y bajo un cielo que amenazaba tormenta. La ciudad parecía desierta, como una escena de Solo ante el
peligro, pues la mayoría de sus habitantes estaban escondidos si no habían
huido. Otro notario, Francisco de Xerez, escribía:
Este pueblo,63 que es el principal de este valle, está asentado en la falda de una sierra; hay una legua de llanura abierta; dos ríos atraviesan el valle, que es llano y muy poblado, y está rodeado de montañas. El pueblo tiene dos mil vecinos […]. La plaza es mayor que ninguna de España: toda ella está cercada y tiene dos puertas, que salen a las calles del pueblo. Las casas son de más de doscientos pasos de largo, están muy bien hechas, cercadas con tapias fuertes y tres pisos de altura; las paredes y el techo cubierto de paja y madera asentada sobre los muros […]. Las paredes dellos son de piedra de cantería muy bien labradas.
Pizarro condujo a sus hombres directamente hasta la plaza mayor, donde podrían reunirse y decidir qué hacer. Rodeados por un muro con dos únicas puertas, la plaza parecía el lugar más seguro para esperar hasta recibir noticias del señor inca. De repente rompió a granizar, y las pequeñas balas de hielo empezaron a golpear contra la piedra del pavimento y los yelmos curvados y la armadura de acero de los españoles. Se resguardaron en los edificios de piedra labrada que flanqueaban la plaza, construidos en varias galerías y con puertas trapezoidales. Al ver que no llegaba ningún emisario de Atahualpa, un impaciente Pizarro decidió enviar a quince de sus mejores jinetes a las órdenes del capitán Hernando de Soto, para emplazar al emperador inca a un encuentro.
La elección de Soto fue una sabia decisión pues, aparte del propio Pizarro, probablemente era el conquistador con más experiencia entre los españoles. Pese a su corta estatura, Soto había llegado a Perú con una
reputación bastante imponente. Impetuoso, galante, valiente y excelente en el manejo de la lanza, era famoso por su habilidad como jinete, como explorador y en la lucha contra los indígenas. También oriundo de Extremadura, Soto llegó al Nuevo Mundo siendo adolescente aún, en 1513, el mismo año en que Núñez de Balboa y Pizarro descubrieron el Pacífico. A pesar de su juventud, el ascenso de Soto fue meteórico. A los diecisiete años, él y dos socios formaron una sociedad de pillaje y en 1520, cumplidos los veinte años, ya era capitán.
A los treinta, Hernando de Soto poseía enormes propiedades en la recién conquistada Nicaragua y podría haberse retirado cómodamente. Sin embargo, llevado como Cortés y Pizarro por una enorme ambición, quería su propia gobernación —es decir, un territorio indígena bajo su control—. Por ello, en 1530 él y su socio Hernán Ponce de León negociaron un acuerdo con Pizarro, por el cual Soto y su compañero aportarían dos barcos y un contingente de hombres a cambio de parte del mando y algunos de los frutos más atractivos de la conquista de Perú —cualesquiera que fueran esos frutos—. Dos años más tarde, en las cimas de la parte septentrional de los Andes peruanos, Soto encabezaba a sus treinta y dos años la partida de jinetes que marchó por las calles pavimentadas que unían Cajamarca con el campamento del señor indígena más poderoso de las Américas. Según Xerez:
[El campamento inca]64 estaba asentado en la falda de una serrezuela, y las tiendas, que eran de algodón, ocupaban una legua de largo; en medio estaba Atabilpa [Atahualpa]. Toda la gente estaba fuera de sus tiendas de pie, y las armas hincadas en el campo, que son unas lanzas largas como picas. Parecióles que había en el real [campamento] más de treinta mil hombres.
Soto y sus hombres avanzaron entre hordas de soldados incas que les contemplaban inmóviles y mudos. Aunque sus rostros no reflejaban emoción alguna, no cabe duda de que debían de estar asombrados al ver a estos hombres barbudos, muchos cubiertos de brillante metal y montados en algo parecido a una llama gigante. Los españoles cruzaron un río a caballo, evitando un puente y salpicando gotas de agua que brillaban a la luz del sol. Al dar con otro río, Soto ordenó a la mayoría de sus hombres que esperaran, y se llevó sólo a dos de ellos y al intérprete Felipillo, para reunirse con el emperador inca.
edificio que parecía una especie de casa de baños con un patio interior, en cuyo centro había una piscina artificial de piedra lisa para bañarse. Dos tuberías de piedra desembocaban en ella: una llevaba agua termal caliente y la otra agua helada. Allí, en la zona ajardinada justo delante de la entrada al patio, vieron a un hombre sentado en un asiento bajo con una larga túnica, muchas joyas y una borla de color escarlata colgando sobre la frente. Aunque no alzó la vista, por su actitud y la evidente deferencia de todas las personas que le rodeaban, Soto comprendió que no podía ser sino el mismo Atahualpa, el gran emperador inca. Después de tres expediciones, culminadas en más de cuatro años de arduo viaje, una avanzada de la última expedición de Pizarro por fin se encontraba cara a cara con «el gran señor Atahualpa,65 sobre el cual habían recibido tantos informes y oído tantas cosas… Estaba sentado en un asiento bajo, a poca distancia del suelo, como es costumbre entre turcos y moros. Proyectaba una majestuosidad y esplendor que jamás se ha visto». Otro testigo recordaba66 que «estaba sentado [en un asiento bajo]… con toda la majestuosidad del mundo, rodeado de todas sus mujeres y de muchos jefes… cada uno colocado según su rango».
Todos los nobles incas llevaban cintas en el pelo y ropa con símbolos bordados que representaban su rango y su lugar de origen, pero el gobernante inca era el único individuo en el imperio con derecho a lucir la corona imperial inca o mascaypacha. Cuidadosamente tejida por las mujeres que le servían, llamadas mamaconas, la corona inca consistía en una delicada cinta de la que colgaba una borla hecha «de lana muy fina de color grana,67 cortada muy igual, metida por unos canutitos de oro muy sutilmente hasta la mitad. Esta lana era hilada y, a partir los canutos, destorcida, que era lo que caía en la frente… Caíale esta borla hasta encima de las cejas, de un dedo de grosor, ocupándole toda la frente».
Con el descaro y la imprudencia que le daba el haber quitado la vida a un sinfín de indígenas en combate cuerpo a cuerpo, Hernando de Soto se acercó al emperador inca montado sobre su caballo, acercándose tanto que el aliento del animal hizo temblar por un momento la borla de la corona imperial. Sin embargo, a pesar de estar ante tan extraña bestia de media tonelada montada por un extranjero que le miraba condescendientemente desde una altura de casi tres metros, Atahualpa ni siquiera se inmutó. Por el contrario, el emperador inca mantuvo la mirada en el suelo, sin alzar los ojos hacia el español ni hacer un solo gesto para reconocer su presencia.
Ayudándose del intérprete Felipillo, Soto empezó a pronunciar el discurso que llevaba preparado, las primeras palabras jamás dichas por un europeo a un emperador inca:
Muy sereno Inca,68 sabréis que hay en el mundo dos príncipes más poderosos que los demás. Uno de ellos es el Sumo Pontífice que representa a Dios. Él administra y gobierna a quienes guardan su Divina Ley, y enseña Su sagrada Palabra. El otro es el emperador romano, Carlos V, rey de España. Estos dos monarcas, sabiendo la oscuridad que ciega a los habitantes de estos reinos, que no respetan al Dios verdadero, Creador del Cielo y de la tierra, y adoran… al mismo diablo que les tiene engañados, han enviado a nuestro gobernador y capitán general Francisco Pizarro junto a sus compañeros y varios sacerdotes, ministros de Dios, para enseñar a Su Alteza y a todos sus vasallos la verdad divina y la sagrada Ley de Dios, y por esta razón han venido a este país. Y habiendo disfrutado de la magnanimidad de su real mano de camino hacia aquí… entraron en Cajamarca, y nos hicieron… venir ante Su Alteza para sentar las bases de la concordia, la fraternidad y la paz perpetua que debería haber entre nosotros, de modo que Su Alteza nos reciba bajo su protección y atienda a la Palabra Divina que traemos, y toda su gente la aprenda y la reciba, pues será el mayor honor, provecho y salvación para ellos.
Soto y su pequeña delegación esperaron la respuesta de Atahualpa ante la corte imperial inca y rodeados por un inmenso ejército. El capitán asumió que sus palabras habían sido bien traducidas y que el emperador inca comprendería tanto el discurso como la información necesaria para entender sus argumentos. Sin embargo, al menos un cronista posterior que era bilingüe de español y runasimi (la lengua inca o «habla del pueblo»), puso en duda la habilidad del traductor a la hora de realizar una tarea tan difícil y trascendental.69
En relación a la versión70 [del discurso] que le llegó a Atahualpa… Es necesario decir que Felipe, el intérprete indio que iba traduciendo, era… un hombre de origen muy humilde, joven… y tan poco versado en el lenguaje general de los incas como en el español. De hecho, no había aprendido el idioma de los incas en Cuzco, sino en Tumbez y de indios que lo hablan de manera bárbara y corrupta cual extranjeros… para todos los indios que no son los cuzqueños, ésta [runasimi] es una lengua extranjera. También había aprendido español sin profesor,
escuchando hablar a los españoles, y lo que oía más a menudo eran las expresiones de soldados comunes, como «por el cielo» o «juro por el cielo» y otras iguales o peores que ésas. También conocía las palabras utilizadas con el servicio, pues era esclavo y sirviente de los españoles, y hablaba lo que sabía de manera muy corrupta, igual que hacen los negros recién capturados. Aunque fue bautizado, no recibió instrucción alguna en lo referente a la religión cristiana, ni sabía nada de Nuestro Señor Jesucristo ni del Credo de los Apóstoles. Tales eran los méritos del primer intérprete que hubo en Perú.
Independientemente de la capacidad de Felipillo como traductor simultáneo, y de lo que Atahualpa entendiera o dejara de entender del discurso de Soto, el emperador inca siguió con la mirada fija en el suelo, ignorando por completo a los españoles. Atahualpa había recibido informes regulares acerca de este grupo de misteriosos forasteros desde el momento en que desembarcaron por primera vez. Y había escuchado muchas cosas sorprendentes, como explica el cronista indígena Felipe Huamán Poma de Ayala:
Atahualpa y sus nobles71 quedaron asombrados ante lo que oían de la vida de los españoles. En lugar de dormir montaban guardia por la noche. Se suponía que tanto ellos como sus caballos debían nutrirse de oro y plata. Parecían llevar plata en los pies, y se decía que sus armas y las piezas de sus caballos también eran de plata, en lugar de hierro, que era de lo que en realidad estaban hechos. Ante todo, se decía que los españoles hablaban a sus libros y sus papeles día y noche.
Tras un largo silencio, uno de los jefes indígenas presentes informó a Soto de que Atahualpa estaba terminando el último día de un ayuno ceremonial, y por ello se encontraba indispuesto y no recibiría visitas. Sin embargo, en aquel mismo instante llegó a caballo Hernando Pizarro junto a dos de sus hombres, enviado por su hermano Francisco, que temía que la pequeña delegación hubiese sufrido algún ataque. Hernando escribiría más tarde:
Cuando llegué…72 encontré al resto de los jinetes cerca del campamento de Atahualpa, y que el capitán [Soto] había ido a hablar con él. Dejé allí a mis hombres y continué con dos jinetes… el capitán [Soto] anunció mi llegada explicándole quién era yo. Entonces expuse