Los hombres no se conforman37 con esperar el ataque de los más fuertes, sino que a menudo dan el primer golpe para evitar que se produzca su ataque. Y no podemos determinar el momento en que el imperio se detendrá; hemos llegado a un punto en el que no debemos conformarnos con mantener, y debemos tratar de ampliarlo, pues, si dejamos de gobernar al resto, correremos el riesgo de acabar siendo gobernados.
TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso, siglo V a.C.
El inca [Pachacuti]38 atacó entonces la provincia de los soras, a cuarenta leguas de Cuzco. Los indios salieron a detenerle, preguntando a los invasores por qué querían sus tierras y pidiéndoles que marcharan o les harían marchar a la fuerza. Hubo una batalla por este asunto, y dos pueblos de los soras fueron sometidos… Fueron llevados presos a Cuzco, y finalmente se impusieron a ellos».
PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, Historia de los incas, 1572 Cuando en abril de 1532 Francisco Pizarro vio por primera vez la ciudad inca de Tumbez, dispuesto a acometer su intento de conquistar el reino de Perú, quedó conmocionado por cómo había cambiado la ciudad desde su última visita. Cuatro años antes, Tumbez era una ciudad bien organizada con un millar de viviendas y edificios construidos con piedra magníficamente labrada. Pero ahora era un lugar en ruinas. Los muros habían sido derruidos, las casas destruidas y gran parte de la población parecía haber desaparecido. ¿Qué había podido ocurrir?
Pizarro avanzaba por la ciudad arrasada e iba preguntando a sus aturdidos habitantes, con la ayuda de sus intérpretes, Felipillo y Martinillo, los niños indígenas a quienes había enseñado español. A través de ellos comenzó a encajar las piezas de lo que había sucedido, aunque muchos de los detalles de la historia tardarían años en descubrirse.
El cuerpo embalsamado del emperador Huayna Cápac, muerto a causa de la viruela introducida por los europeos, es transportado por
porteadores nativos en una litera real.
Cuando Pizarro llegó a Tumbez por primera vez, en 1528, el imperio inca estaba gobernado por un poderoso emperador llamado Huayna Cápac. En aquel momento de su historia, los incas acababan de conducir una campaña militar en lo que hoy es Ecuador para apaciguar el levantamiento de la población local contra su gobierno.39 Los incas eran una etnia
relativamente pequeña surgida de una región apartada del sur, en el valle de Cuzco. A lo largo de doscientos años, entre 1200 y 1400, habían ido consolidando su poder en su cuenca, ya fuera conquistando o casándose con sus vecinos y creando poco a poco un pequeño estado. Luego, a principios del siglo XV, lanzaron una serie de prolongadas campañas militares y conquistaron tribus de los Andes y el litoral. Sus habilidades marciales y organizativas eran incuestionablemente excepcionales: en un período de sesenta años, habían transformado su diminuto reino primitivo, de poco más de 160 kilómetros de diámetro, en un inmenso imperio de miles de kilómetros de extensión, cual supernova explosionando en los Andes.
Sin embargo, el imperio creado por los incas40 —un grupo tribal que nunca había contado con más de cien mil integrantes— era el más reciente de una larga sucesión de reinos e imperios que habían ascendido y caído en los Andes o en la costa a lo largo de más de mil años. Los primeros pobladores de América del Sur llegaron en algún momento hace entre 12.500 y 15.000 años. Sus antepasados probablemente cruzaran el puente de Beringia y fueron bajando a través de América del Norte y Central. En aquel momento, el continente aún se encontraba asolado por la última era glacial, y durante los siguientes tres o cuatro mil años, hombres y mujeres sobrevivieron cazando y recogiendo frutos mientras utilizaban una gama de herramientas de piedra. Conforme se fue retirando lentamente la era glacial, fauna y flora cambiaron, y de aquel momento (alrededor del 8000 a.C.) procederían los primeros testimonios de agricultura hallados en el continente —la arqueología moderna ha encontrado restos de cultivos de patata en la actual Bolivia septentrional—. Finalmente, a lo largo de un período de cinco mil años, entre el 8000 y el 3000 a.C., los pobladores de lo que hoy es Perú aprendieron a domesticar animales (llamas y alpacas) y a cultivar alimentos (patatas, maíz, quínoa, judías, pimientos, calabaza, guava, etcétera), abandonando la vida de caza y recolección para asentarse en aldeas y pueblos permanentes. Cuantos más alimentos producían, más crecía la población local. Mientras, en la costa se iba generando un fenómeno extraño.
La llanura litoral de Perú es una franja estrecha de tierra de unos 2.250 kilómetros de longitud por una anchura media de menos de ochenta kilómetros, limitada por el océano Pacífico al oeste y por los Andes al este. La región es extremadamente seca en su mayor parte, habiendo muchas
zonas en las que no se recoge lluvia durante años. Sin embargo, esta franja desértica está bordeada por más de treinta valles aluviales que llevan agua desde los Andes hasta el Pacífico. Estas zonas de tierra fértil y agua abundante ofrecieron bienes raíces de primera calidad para los primeros agricultores. Por otro lado, la corriente de Humboldt, que asciende junto a la costa en dirección norte, hace de estas aguas uno de los mares más ricos en pesca de todo el planeta. Alrededor del año 3200 a.C. —más o menos cuando los egipcios empezaban a levantar sus primeras pirámides—, las gentes que habitaban el norte del actual Perú comenzaron a construir túmulos en terrazas junto a grandes plazas, así como arquitectura ceremonial y asentamientos a gran escala. Lo más sorprendente de estos pueblos es que apenas cultivaban la tierra y dependían de la pesca procedente del mar. Mientras, en ciertos valles de las tierras bajas litorales, otros grupos que sí cultivaban la tierra empezaron a construir asentamientos y con ellos crearon una arquitectura urbana propia.
Haciendo un salto de tres mil años hacia adelante, el crecimiento demográfico gradual, la lucha por tierras cultivables, un clima errático, los avances en la producción de alimentos y la conquista de valles aluviales vecinos desembocaron en la formación del primer estado o reino, conocido como Moche (100-800 a.C.) en la costa septentrional de Perú.41 La vida del pueblo mochica era bastante distinta a la de los primeros agricultores, que llevaban miles de años cultivando la tierra peruana. Estos últimos, por ejemplo,42 originalmente sólo producían lo necesario para su alimentación y para sembrar la cosecha de la temporada siguiente. En general, no pagaban impuestos ni se debían a nadie. Pero al surgir este primer reino, los agricultores se vieron obligados a producir un excedente de alimentos, entregado para mantener al nuevo gobernante y a la clase alta emergente, y a trabajar más allá de su necesidad personal. A lo largo de miles de años,43 en distintas partes del litoral y de los Andes, los habitantes de Perú se habían convertido en campesinos y contribuyentes, una nueva clase de ser humano. De esta manera surgió la «civilización» que, en su forma incipiente, podría definirse como el desarrollo de un orden social complejo basado en la división del trabajo entre gobernantes y productores de alimentos. Aquí, en medio de los secos desiertos de Perú y en lo alto de los Andes, se produjo una revolución que pondría las bases de las siguientes civilizaciones que surgieron. Las élites minoritarias se habían hecho con el control de las grandes masas.
Con el tiempo, fueron surgiendo estructuras políticas complejas, como la del pueblo huari o el chimú. Hacia el 900 d.C., por ejemplo, la cultura tiahuanaco llevaba ya más de setecientos años creciendo, erigiendo monolitos y templos gigantes de piedra perfectamente labrada, y forjando herramientas de cobre en torno a una capital de entre 25.000 y 50.000 habitantes situada en las cimas del altiplano, a unos 3.800 metros de altura (por entonces, la población de Londres no pasaba de los 30.000 habitantes). En el año 1400, mucho después de que desapareciera el reino Tiahuanaco, en la costa noroccidental de Perú el imperio chimú vivía su auge, después de la conquista gradual de valles aluviales, y se extendía por el litoral casi 1.600 kilómetros de norte a sur, desde Tumbez hasta donde hoy se encuentra la capital peruana, Lima. Si los españoles hubieran llegado a Perú cien años antes, en 1432 en vez de 1532, no cabe duda de que sus cronistas habrían escrito entusiasmados sobre el imperio chimú y sus tesoros de oro; y el diminuto reino inca del remoto sur habría quedado eclipsado.
Mientras los señores de la cultura chimú administraban su imperio, construían canales de riego y cobraban impuestos en forma de mano de obra a los campesinos que vivían bajo su dominio, miles de kilómetros al sur el reino de los incas empezó a eclosionar. Según dicen las leyendas incas,44 el «Alejandro Magno» inca que inició este proceso fue un hombre llamado Cusi Yupanqui. En el momento de su ascenso al poder a principios del siglo XV, el reino de los incas abarcaba un territorio relativamente insignificante en torno al valle de Cuzco, situado a casi 3.500 metros de altura en la cordillera de los Andes. Pero el inca no era distinto a los otros reinos que existieron en Perú: los campesinos renunciaban a su poder en favor de reyes guerreros que, en este caso, mantenían su exaltada posición reivindicando descender de la máxima divinidad y fuente última de vida, el sol.
Dado que los recursos de la tierra eran finitos, los señores de los reinos montañosos diseminados por Perú siempre estaban alerta ante posibles ataques de los demás, cuando no preparaban su propia ofensiva. Si un gobernante quería que su reino sobreviviera, tenía que proteger tanto la tierra fértil que había heredado o arrebatado a otros, como a los campesinos que le mantenían y defendían. La única forma que gobernantes y élites nobles tenían para conservar su poder y mantener su privilegiado estilo de vida era guardando la integridad de su reino. Independientemente
de las peculiaridades de cada gobernante, la destreza en la guerra era una característica primordial. Y dado que vivían en un mundo en el que cualquier reino hostil en expansión podía resultar letal para el suyo propio, las élites eran conscientes de la necesidad de tener un reino tan extenso como fuera posible. Cuanto más grande, más guerreros podrían reunir para defender el reino, y menos vulnerable sería ante cualquier ataque.
Según la tradición oral inca, a principios del siglo XV, el reino de los chancas, que estaba situado en la región de Andahuayllas, al oeste de Cuzco, empezó a codiciar los fértiles valles que pertenecían al pequeño reino inca. Los chancas organizaron sus ejércitos y empezaron a avanzar hacia el este, determinados a anexionar el reino de los incas y con ello ampliar el suyo propio. La victoria parecía inminente, pues los incas eran pocos y débiles, y estaban políticamente divididos.
En aquella época, el trono inca estaba ocupado por el anciano Viracocha Inca, que en lugar de luchar, prefirió abandonar la capital y esconderse en una fortaleza, abandonando prácticamente a su reino. Sin embargo, uno de sus hijos, Cusi Yupanqui, tomó la iniciativa: formó alianzas rápidamente con tribus vecinas, reunió un ejército y se puso en marcha para desafiar a los chancas. En una fiera batalla librada con mazos de madera con piedras y puntas de cobre ensartados, los incas lograron una victoria decisiva, pues un acontecimiento que se avecinaba como un desastre inminente acabó convirtiéndose en una victoria aplastante.
Tras destronar a su padre, Cusi Yupanqui decidió adoptar el nombre de Pachacuti, que significa «agitador de la tierra» o «el que cambia el rumbo de la tierra». Resultó ser un nombre muy adecuado, pues nada más hacerse con el trono, emprendió una reestructuración a fondo del reino inca, creando nuevas vías en la capital, Cuzco, y ordenando la construcción de edificios y palacios de piedra cuidadosamente labrada en lo que ha acabado conociéndose como estilo imperial. Según Pedro Sarmiento de Gamboa, cronista español, Pachacuti después:
Centró su atención en el pueblo.45 Al ver que no había suficiente tierra de cultivo como para mantenerlo, recorrió los alrededores de la ciudad hasta una distancia de cuatro leguas, estudiando los valles, la ubicación y los ríos. Despobló todo lo que había a menos de dos leguas de la ciudad. Las tierras de las aldeas despobladas fueron entregadas a la ciudad y sus habitantes, y los expropiados fueron reubicados en otros lugares. Los ciudadanos de Cuzco quedaron muy
satisfechos con el acuerdo, pues les daban algo que costaba poco, y de esta manera se ganó su amistad, regalándoles lo que era de otros, y tomó el valle de Tambo para sí.
Llevado por el recuerdo del reciente ataque chanca y lo cerca que estuvo de desaparecer el reino inca, Pachacuti dirigió su mirada hacia las fronteras del territorio, la mayoría de las cuales podían alcanzarse en un par de días de marcha. Los reyes incas anteriores saqueaban de vez en cuando las aldeas vecinas y en ocasiones exigieron tributos a sus habitantes, pero Pachacuti fue el primer líder en apropiarse de tierras vecinas ocupándolas a gran escala. Sin duda creía que el saqueo era un acontecimiento aislado con el fin de controlar los medios de producción — a saber, la tierra y los campesinos—, que harían su poder prácticamente inagotable.
Al poco tiempo, apoyándose en un ejército de guerreros campesinos conscriptos, Pachacuti emprendió una serie de aventuras militares a una escala desconocida para cualquier rey inca anterior. Pronto avanzó casi mil kilómetros hacia el sur, marchando junto al lago Titicaca y lo que hoy conocemos como Bolivia y el norte de Chile conquistando todo cuanto encontraba a su paso. También dirigió su ambición hacia el noroeste, y anexionó una amalgama de tribus, reinos y ciudades-estado repartidos por todos los Andes. Las audaces incursiones de Pachacuti y su hijo, Tupac Inca, culminaron al derrocar al viejo imperio chimú, situado en la costa noroccidental. En apenas unas décadas, Pachacuti y su hijo se habían apropiado de más de dos mil kilómetros de tierras en los Andes, desde la actual Bolivia hasta el norte de Perú, además de gran parte de las costas vecinas. Atrás quedaban los tiempos en los que los incas eran un grupo pequeño y conquistable, expuesto a los caprichos de los ejércitos itinerantes de otros reinos. Pachacuti se había convertido en el primer rey inca en construir un verdadero imperio, un enorme conglomerado multiétnico creado a través de la conquista y ahora bajo el poder exclusivo del emperador y una pequeña élite.
Pachacuti llamó a su nuevo imperio Tahuantinsuyo, o «las cuatro partes unidas», pues lo dividió en cuatro regiones: Chinchaysuyu, Cuntisuyu, Collasuyu y Antusuyu.46 La capital, Cuzco, estaba en la intersección de los cuatro suyus. En cierto modo, Pachacuti y Tupac Inca habían iniciado una empresa de conquista. Por medio de amenazas, negociación y conquista sangrienta y real, fueron sometiendo a otras
provincias, luego decidían la cantidad de campesinos que pagarían tributos, instalaban a un gobernante inca local y dejaban una estructura administrativa establecida y con poder para supervisar y recaudar impuestos antes de que su ejército continuara la campaña de expansión. Si colaboraban, las élites locales podían conservar sus privilegios y eran recompensadas con generosidad por su ayuda. Si se negaban a colaborar, los incas los exterminaban y acababan con sus seguidores. Los campesinos eran como una cosecha, una cosecha que podía ser recogida a través de la recaudación periódica de impuestos. De hecho, cultivar trabajadores dóciles y obedientes que produjeran excedentes era mucho más valioso que los mil tipos de patatas que los incas cultivaban en los Andes, más incluso que las enormes manadas de llamas y alpacas que utilizaban periódicamente para obtener lana y carne. Lo que más codiciaban los incas era a los propios campesinos y sus tierras, y gracias a la imposición de un tributo sobre su trabajo, la élite inca no dejó de aumentar su riqueza, su prestigio y su poder.
Tras las exitosas campañas en el norte y en la costa, Tupac Inca también logró extender el imperio inca hacia el este, avanzando desde las llanuras glaciales elevadas de los Andes hasta la sofocante selva amazónica. Luego amplió el imperio más de mil kilómetros hacia el sur, más allá de donde hoy está la capital de Chile, Santiago.
Para cuando el hijo de Tupac Inca, Huayna Cápac, ascendió al trono, la supernova inca había alcanzado su cénit y su expansión estaba prácticamente completa. El territorio abarcaba desde lo que hoy conocemos como el sur de Colombia hasta el centro de Chile, y desde el océano Pacífico hasta la selva amazónica, pasando por la cordillera de los Andes y sus cumbres de seis mil metros. Sorprendentemente, lograron poner a una élite de unos cien mil integrantes de la tribu inca al mando de una población total que rondaba los diez millones de personas. Más allá de las fronteras del imperio no quedaban reinos ni campesinos por conquistar, sino sólo tribus sin estado e imposibles de controlar. En estas zonas, los incas marcaron las fronteras construyendo fortalezas para protegerse de posibles incursiones de los «bárbaros» sin estado. La conquista revolucionaria de los Andes por parte de los incas se produjo en apenas dos generaciones, durante los reinados de Pachacuti y Tupac Inca. Huayna Cápac, nieto de Pachacuti, dedicó sus campañas militares a proteger las fronteras del imperio y apaciguar a las últimas tribus rebeldes del norte.
Poco después de someter gran parte del actual Ecuador, Huayna Cápac empezó a recibir informes extraños sobre un posible peligro que acechaba a su imperio, una amenaza que acabaría resultando mucho más letal que cualquier rebelión provincial. Aparentemente, los chasquis o mensajeros locales llegaban sin aliento a la corte diciendo que había aparecido una terrible enfermedad en el norte que estaba acabando con todos los habitantes. Las personas afectadas primero desarrollaban una horrible erupción en la piel por todo el cuerpo, luego enfermaban y acababan muriendo. Y no sólo eso, según afirmaban los mensajeros, la enfermedad estaba propagándose y acercándose a Quito, residencia de Huayna Cápac y su séquito real. Las descripciones eran tan truculentas que el emperador se recluyó y comenzó un ayuno para evitar cualquier contacto con la misteriosa plaga. Pero era demasiado tarde, pues según el cronista Juan de Betanzos, Huayna Cápac pronto
cayó enfermo47 y la enfermedad se llevó su razón y su conocimiento y le produjo una irritación en la piel parecida a la lepra que le debilitó sobremanera. Cuando los nobles le vieron tan ido, se acercaron a él, y al ver que volvía un poco en sí, le pidieron que nombrara un sucesor dado que se acercaba al fin de sus días.
El moribundo emperador dijo a sus nobles que su hijo, Ninan Cuyoche, heredaría el imperio si los augurios eran propicios. De no ser así, su otro hijo, Huáscar, ascendería al trono. Los nobles incas sacrificaron una llama, la abrieron y extrajeron los pulmones, y observaron cuidadosamente las venas del animal en busca de algún presagio. Desgraciadamente, la forma de las venas parecía presagiar un futuro sombrío tanto para Ninan Cuyoche como para Huáscar. Cuando los nobles regresaron con las nuevas, el gran Huayna Cápac, gobernante del imperio más grande de las Américas, había muerto. Siguiendo sus deseos, los nobles fueron en busca