Teniendo yo preso104 al cacique señor de la isla, lo dejé porque de ahí en adelante fuese bueno; y lo mismo hice con los caciques señores de Tumbez y Chilimasa y con otros, que teniéndolos en mi poder, siendo merecedores de muerte, los perdoné.
FRANCISCO PIZARRO a Atahualpa
La promesa dada105 era una necesidad del pasado; la palabra rota es
una necesidad del presente.
NICOLÁS MAQUIAVELO, El príncipe, 1511 Cuando sonó la trompeta que daba orden a los españoles de regresar a la plaza, mientras los últimos incas morían ensartados en la punta de alguna lanza, Pizarro ya estaba atendiendo a su prisionero, Atahualpa, que tras ser capturado había sido trasladado al templo del sol situado en un extremo de la ciudad, donde quedó bajo estricta vigilancia. Viendo que las vestiduras del emperador estaban hechas jirones, Pizarro ordenó que le trajeran otra ropa y esperó a que Atahualpa se cambiara. A continuación, hizo que le prepararan alimento y dispuso que el emperador se sentara a su lado a la hora de comer.
Atahualpa nunca había visto a Pizarro antes de aquella tarde en la que observó desde su litera cómo el avezado conquistador se abría paso a espadazos hacia él hasta agarrarle y llevarle preso. Aquel brusco y profético tirón fue su presentación además de un gesto muy simbólico de la futura relación entre ambos, pues en aquel agarrón desesperado, el bastardo analfabeto de la clase baja española había logrado destronar de improviso a la flor y nata del imperio inca.
Un inspector inca revisa uno de los numerosos puentes colgantes de Tawantisuyu.
En un sentido más metafórico, Pizarro y sus duros guerreros habían escalado la faz desnuda de la gigantesca pirámide social del imperio inca hasta alcanzar la cima, y ahora se encontraban en su cénit, con un puñal amenazante al cuello del emperador y retando a cualquiera que osara
echarles. Pizarro tenía la esperanza de utilizar a Atahualpa como instrumento para manipular el aparato del estado inca, convencido de que podría paralizar los movimientos de los ejércitos indígenas y prevenir contraataques por control remoto, y en última instancia tomar las riendas del imperio.
Pero para conseguirlo, Pizarro tenía que establecer una relación con su rehén. El emperador inca debía comprender claramente lo que él y el resto de españoles querían. A cambio de prolongar la vida de Atahualpa, Pizarro quería el poder y el control absoluto. Si lograba gobernar a la élite inca asentada en lo más alto de la pirámide social, él y sus españoles impondrían su control sobre todo lo que hubiera debajo —desde las tierras, hasta el trabajo, pasando por el oro, la plata y las mujeres—, todo cuanto este imperio ostentosamente rico podía ofrecer. Si este grupo de empresarios armados de Pizarro conseguía mantener su actual situación por los medios que fuera, se podría nutrir cual parásitos del cuerpo político inca —el trabajo de las masas—, y con ello iniciarían vida de lujos por la que tanto habían arriesgado.
En cierto sentido, la conquista del Nuevo Mundo fue la historia de un grupo de hombres que intentaron zafarse de uno de los principios básicos en la vida de cualquier ser humano, a saber, la necesidad de trabajar para vivir, igual que el resto del mundo animal. Al ir a Perú, o a cualquier parte de las Américas, los españoles no buscaban tierras fértiles para cultivar, sino dejar de tener que realizar trabajo físico. Para ello, debían encontrar comunidades lo suficientemente grandes a las que obligar a ejercer las laboriosas tareas necesarias para proveerse de todo lo esencial para vivir: alimentos, refugio, ropa y, a poder ser, riqueza efectiva. En aquel momento, la conquista tenía poco que ver con la aventura, y era un asunto de gente que haría cualquier cosa por evitar trabajar para vivir. Si se reduce a lo esencial, podría decirse que la conquista de Perú fue la búsqueda de un retiro cómodo.
De este modo, mientras servían la cena a apenas unos metros de los cientos de soldados indígenas muertos en medio del frío entumecedor de la noche andina, Pizarro intentó explicar a Atahualpa lo que sus compañeros y él tenían en mente: «No tengas por afrenta106 haber sido así preso y desbaratado», comenzó mientras cortaba un pedazo de carne de llama y su intérprete traducía, «porque los cristianos que yo traigo, aunque son pocos en número, han conseguido apoderarse de más tierra que la tuya y han
derrocado a otros señores mayores que tú, poniéndolos por debajo de la autoridad del emperador, cuyo vasallo soy, el cual es señor de España y del universo mundo, y por su mandado venimos a conquistar esta tierra».
Evidentemente, Pizarro exageraba bastante las escaramuzas que él y sus hombres tuvieron antes de llegar a Perú, atribuyéndose la captura del lejano imperio azteca de Cortés. Sin embargo, su mensaje era claro: el desastre que se cernía ahora sobre Atahualpa era tan inevitable como el movimiento de las estrellas en los cielos y, en el futuro, cualquier resistencia sería tan inútil como espantosa. «Y debes tener a buena ventura107 que no has sido derrocado por gente cruel como vosotros sois», decía Pizarro mientras sus hombres limpiaban la sangre de sus dagas y sus espadas. «Nosotros tratamos con piedad a nuestros enemigos vencidos, y no hacemos guerra sino a los que nos la hacen, y pudiéndolos destruir, no lo hacemos, antes los perdonamos».
Pizarro jugaba con la baza de que Atahualpa ignoraba las sangrientas atrocidades cometidas por los españoles en el Caribe, en México o en Centroamérica, y que tampoco había oído hablar de Colón, de la trata de esclavos, ni del asesinato de Moctezuma, el emperador azteca. Atahualpa escuchaba en silencio, y Pizarro continuó para llegar al punto más importante de su mensaje: «Teniendo yo preso al cacique108 señor de la isla, lo dejé porque de ahí en adelante fuese bueno; y lo mismo hice con los caciques señores de Tumbez y Chilimasa y con otros, que teniéndolos en mi poder, siendo merecedores de muerte, los perdoné».
Pizarro hizo una pausa para cortar otro trozo de carne mientras su intérprete traducía lo que acababa de decir, y prosiguió: «Y si tú fuiste preso,109 y tu gente desbaratada y muerta, fue porque venías con tan gran ejército contra nosotros, [aun] enviándote a rogar que vinieses de paz, y echaste por tierra el libro donde estaban las palabras de Dios; por esto permitió nuestro Señor que fuese sometida tu soberbia, y que ningún indio pudiese ofender a ningún cristiano».
Atahualpa, conocido por todos como un hombre inteligente, comprendió inmediatamente la importancia de la oferta de Pizarro. Según un testimonio:
Respondió Atabilpa110 que había sido engañado por sus capitanes, que le dijeron que no hiciese caso de los españoles; que él de paz quería venir, y los suyos no le dejaron, y que todos los que le aconsejaron eran muertos.
El emperador inca, que apenas unas horas antes se veía como gobernante del mayor imperio que las Américas hubieran conocido, pidió entonces permiso a Pizarro para hablar con algunos de sus hombres. Según otro testimonio:
El gobernador les ordenó111 traer inmediatamente a dos indios principales que habían sido apresados durante la batalla. El… [emperador Atahualpa] les preguntó si había muchos hombres muertos. Ellos respondieron que el campo entero estaba cubierto de ellos. Entonces, dio orden a las tropas [incas] que habían quedado de no huir y venir a servirle, pues no estaba muerto sino cautivo de los cristianos.
Cuando los dos nobles incas salieron para transmitir las órdenes de Atahualpa, los españoles que estaban presentes debieron respirar tranquilos. Habían estado entre la espalda y la pared, corriendo un enorme riesgo al intentar capturar al emperador sin garantía alguna de salir exitosos en su empresa. Muchas cosas podían haber salido mal, empezando por la propia reacción de los incas ante su ataque. Si no hubiera cundido el pánico entre los soldados de Atahualpa, y en lugar de huir hubieran respondido contraatacando directamente, probablemente habrían sido los españoles quienes hubieran acabado masacrados, y no al revés. Aun así, Pizarro sabía perfectamente que, a pesar de tener preso a Atahualpa, no podía predecir la reacción del emperador ni de sus hombres a partir de aquel momento. ¿Cooperaría? Y, de ser así, ¿seguirían obedeciéndole sus súbditos? ¿O ignorarían su captura y se lanzarían al ataque?
No cabe duda de que, al ver marchar a los dos señores incas, Pizarro haría la señal de la cruz. Líder militar, estratega, diplomático, empresario, terrorista y ahora raptor, Pizarro era también un cristiano de gran devoción. A sus cincuenta y cuatro años, creía firmemente en la Divina Providencia, y estaría convencido de que Dios había intervenido aquella tarde a favor de los cristianos cubiertos de sangre que luchaban a espadazos en la plaza. La propia captura de Atahualpa y el hecho de que hubieran muerto tantos incas a manos de tan pocos españoles eran buena prueba de ello. Después de todo, el emperador indígena y sus súbditos eran «infieles» cuya alma estaba destinada a arder en el infierno si no se convertían. A pesar del derramamiento de sangre, Pizarro estaba convencido de que, al final, él y sus conquistadores conducirían a la gran masa de infieles hacia el sagrado redil del Señor, aunque fuera con las espadas ensangrentadas.
Muchos de los españoles se entregaron entonces al sueño, el primero en más de cuarenta y ocho horas para la mayoría. Pizarro dispuso a unos cuantos patrullando la ciudad durante la noche. Poco a poco, los habitantes de Cajamarca, que habían permanecido escondidos en sus casas durante el día, empezaron a oír el sonido metálico de las herraduras de aquellos animales gigantes que montaban los invasores barbudos al caminar sobre el pavimento de las calles desiertas, entre cuerpos apilados en oscuras esquinas. Mientras tanto, dentro del templo del sol, Pizarro mandó preparar una cama para Atahualpa en su mismo dormitorio. De este modo, los líderes de los dos mundos se recostaron sobre sus camas —construidas al estilo inca, con varias mantas ricamente tejidas dispuestas sobre una estera —, entregado cada uno a pensamientos completamente distintos en su lenta caída al sueño. Y así, entre los muros de un edificio cuyas piedras habían sido dispuestas con riguroso cuidado por albañiles incas mucho antes de que su pueblo supiera nada de los españoles, durmieron dos hombres sobre quienes recaería el destino de un imperio entero: Pizarro y Atahualpa, el conquistador y el rey indígena.
A la mañana siguiente, Pizarro envió a Hernando de Soto con treinta hombres para inspeccionar el viejo campamento de Atahualpa, el mismo en el que Soto había tenido su primer encuentro con el emperador inca dos días antes. Al galopar por el camino —ya algo más conocido— y cruzando los dos ríos hasta llegar al campamento, Soto comprobó que todo estaba prácticamente igual. Las tiendas seguían montadas sobre la extensa ladera y parecía haber la misma cantidad de soldados incas que el día anterior, como si la hazaña de los españoles no hubiera hecho mella alguna en sus filas. A pesar de la tensión, nadie entre los guerreros incas hizo movimiento alguno contra los españoles. Por el momento, parecían seguir las órdenes de sus superiores, que a su vez cumplían con órdenes del emperador cautivo. Soto y sus hombres, que ahora tenían la venia para saquear todo cuanto habían visto unos días antes, registraron el campamento real de arriba abajo, cogieron todo el oro, la plata y cuantas joyas encontraron, y regresaron al galope por las llanuras, donde recogieron aún más objetos de oro, pues allí habían ido soltando artículos de servicio y decoración los sirvientes de Atahualpa al huir. Antes del mediodía, Soto y sus hombres regresaron al campamento...
Con una cabalgada112 [botín] de hombres y mujeres, y ovejas y oro y plata y ropa; en esta cabalgada hubo ochenta mil pesos y siete mil
marcos de plata y catorce esmeraldas; el oro y plata en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños, y cántaros y ollas y braseros y copones grandes, y otras piezas diversas. Atabilpa dijo que todo esto era vajilla de su servicio, y que sus indios que habían huido habían llevado otra mucha cantidad.
La mayoría de los españoles apenas habían cumplido los veinte años y ésta era su primera expedición, de modo que no daban crédito a su suerte. De la noche a la mañana, parecían haber roto el cascarón de un imperio y ahora empezaban a caer a sus pies oro, plata y piedras preciosas como si de una piñata gigante se tratara. Mientras sus hombres contemplaban maravillados el botín, Pizarro vio que las llamas —unas criaturas extrañas y parecidas al camello por tener jorobada la espalda, los ojos grandes y dientes amarillos y muy cortantes— estaban ensuciando la plaza, después de haber hecho que varios indígenas cautivos la limpiaran de cadáveres. Así que ordenó que las pusieran en libertad, pues temía que entorpecieran los movimientos de sus tropas en caso de producirse un ataque inca. Además, había tantas que los españoles podían matar cuantas quisieran para alimentarse. A continuación, Pizarro mandó reunir a los indígenas que habían sido capturados en la plaza, escogió a unos cuantos para servir a los españoles y dejó que el resto volviera a su casa. Luego ordenó a Atahualpa que disolviera su ejército, desestimando la sugerencia de varios de sus capitanes, que pidieron que se cortara la mano derecha a todos los soldados nativos antes de dejarles libres. Evidentemente Pizarro confiaba en que la sangrienta batalla del día anterior hubiera mandado un mensaje suficientemente claro al adversario, a saber, que Perú tenía nuevo dueño y éste debía ser obedecido.
Hasta aquel momento, el comportamiento de Pizarro y su séquito seguía el procedimiento habitual de una conquista. Primero se debía encontrar evidencia de un imperio indígena lo suficientemente civilizado como para tener una comunidad de habitantes acostumbrados a pagar tributos a una élite. De nada servía encontrar indios «salvajes» sin granjas ni experiencia alguna con la civilización. Después de todo, los españoles habían venido a crear una sociedad feudal a la que gobernar, y por norma, una sociedad feudal necesitaba de un campesinado que pagara tributos.
En segundo lugar, debían tomarse ciertas medidas legales, como obtener una licencia de los reyes de España. A ello seguiría un espejismo legal, que en el caso de Atahualpa consistió en la lectura del
Requerimiento y con ello los derechos legales del emperador. Aunque probablemente mal traducido, el Requerimiento explicaba a Atahualpa que tenía derecho a aceptar la nueva estructura de poder, y que si él o cualquiera de los suyos se negaba a acatarla, no tardarían en ser pasados a cuchillo. De acuerdo con la lógica de la jurisprudencia española en el siglo XVI, con su negativa a someterse a los españoles y al arrojar al suelo un libro negro lleno de finos garabatos que no tenía manera de entender, Atahualpa había perdido automáticamente sus derechos sobre el imperio inca.
El cuarto paso en el procedimiento habitual era emprender la conquista propiamente dicha, que solía ir acompañada de una impresionante exhibición de terror, la típica campaña de dominación rápida o blitzkrieg (guerra relámpago). Lanzaban salvajes ataques para aplastar cualquier resistencia indígena y aterrorizar a los habitantes locales para que obedecieran a sus nuevos señores. Cortés ya lo había hecho en México, al llegar a la localidad de Cholula, donde se calcula que él y sus hombres mataron a tres mil indígenas en menos de dos horas. De hecho, en sus campañas por las Indias, los españoles a menudo cortaban brazos o piernas a cualquiera que osase oponer resistencia a sus exigencias, y quemaron vivos a muchos jefes indígenas, pretendiendo con ello infundir terror en toda la población local. Pizarro y sus hombres habían logrado un nuevo hito de violencia en el Nuevo Mundo con la matanza de cerca de siete mil indígenas en apenas unas horas. Ahora bien, cada líder español debía decidir cuánta violencia era necesaria para conseguir los resultados deseados. El objetivo de Pizarro no era exterminar a los incas, sino controlarlos. Y sabía perfectamente que siempre podría infligir más terror si fuera necesario.
Uno de los pasos finales en el típico protocolo español de conquista era apresar al líder indígena, si fuera posible. En la mayoría de los casos, esto daba a los españoles la oportunidad de utilizar los vínculos de lealtad entre los súbditos y su líder para hacerse con el control político. A pesar de ser un contingente relativamente reducido, el hecho de tener preso a Atahualpa equivalía a un despliegue de miles de soldados españoles sobre el campo de batalla, algo de lo que ninguna expedición de conquista dispuso en el Nuevo Mundo.
Por tanto, vista en términos de procedimientos operativos habituales, la conquista de Perú marchaba muy bien. Pizarro había descubierto una civilización muy grande y rica basada en las contribuciones del
campesinado, había conseguido las licencias adecuadas para saquearla, había informado al gobernante local de la nueva estructura de poder y de su obligación a someterse a ella, había llevado a cabo una exitosa campaña de dominación rápida tras la negativa del gobernante, y ahora le tenía cautivo como rehén, y los habitantes del imperio parecían seguir obedeciéndole. Pizarro sabía que, a partir de ese momento, los pasos finales del proceso debían ser consolidar y ampliar sus ya considerables ganancias, saquear el imperio y empezar a canalizar el enorme flujo de rentas tributarias, hasta entonces destinadas a la élite inca, hacia el bolsillo de los nuevos gobernantes de Perú.
Poco después de que Pizarro y Atahualpa disolvieran el ejército inca, el inmenso campamento indígena que Soto había visitado se empezó a recoger y a dispersarse. Los guerreros de Atahualpa, eximidos de su misión repentinamente, comenzaron a desperdigarse en todas direcciones, muchos de ellos para volver a las localidades remotas donde habían sido reclutados. Cancelada la marcha triunfal hacia Cuzco, la confusión y los rumores empezaron a extenderse desde Cajamarca a todos los rincones de Perú. En su camino a casa, los guerreros se paraban a relatar la historia de la reciente matanza a grupos de oyentes fascinados. En términos modernos, su historia era muy sencilla: un grupo terrorista extranjero había capturado a su líder y lo tenía secuestrado. Quienes escuchaban estupefactos no podían sino preguntarse quiénes eran esos extranjeros, qué querían y cuánto tiempo pretendían quedarse.
Al contemplar a los hombres de Pizarro exclamando maravillados ante los platos y las copas de oro saqueadas de su campamento, Atahualpa debió pensar que el comportamiento de los invasores sólo podía significar una cosa: estos extranjeros barbudos estaban aquí únicamente para merodear y robar. Eran demasiado pocos como para constituir un ejército de conquista y por tanto no debían tener intención de quedarse. Por el contrario, su único objetivo parecía ser saquear todo cuanto pudieran. Una vez reunido todo, pensaría Atahualpa mirándoles con el ceño fruncido, cogerían el botín y se largarían. Al fin y al cabo, los extranjeros ni siquiera intentaban ocultar lo que más parecía ilusionarles. Cualquier objeto que estuviera hecho de oro, qori para los incas, o plata, llamada qullqi, parecía fascinarles más que ninguna otra cosa.
De hecho, no cabe duda de que el comportamiento de los españoles