La pneumatología patrística y los pobres
2. Las dos manos del Padre
Ya antes de Constatinopla I, Ireneo (fallecido hacia el 202) afirmaba, en controversia con los gnósticos, que Dios nos ha creado con sus dos manos, que son Cristo y el Espíritu:
«El Padre no tenía necesidad de los ángeles para hacer el mundo y modelar al hombre, en vista de quien fue hecho el mundo, y no estaba desprovisto de ayuda para la ordenación de las criaturas y la economía de los asuntos humanos. Al contrario, él poseía un ministerio de una riqueza inexpresable, asistido en todas las cosas por aquellos que son a la vez su progenitura y sus manos, a saber, el Hijo y el Espíritu, el Verbo y la Sabiduría»6.
Este simbolismo de las dos manos del Padre, Cristo y el Espíritu, que otros Padres de la Iglesia retomarán7, expresa bien las dos misiones del Padre, la del Hijo y la del Espíritu, diferentes entre sí, pero que se ordenan a la realización del proyecto único del Padre. Desarrollemos brevemente las implicaciones de esta simbología de las dos manos de Ireneo.
El Hijo se hace visible, se encarna en Jesús de Nazaret, en un lugar de la geografía y en un momento de la historia, en una cultura, en una lengua y en un dialecto, se revela como Palabra y mensaje, pasa haciendo el bien, muere y resucita, y después de Pascua derrama el Espíritu sobre la Iglesia y el mundo. En Jesús se fundamenta una Iglesia visible, con instituciones y estructuras de gobierno, dogmáticas, rituales, misioneras...
El Espíritu, por el contrario, es invisible, interior a nosotros; no tiene nombre, es anónimo, lo nombramos con diversos símbolos (viento, soplo, agua, fuego, paloma...); no se encarna en nadie, no está vinculado a ningún individuo ni a un espacio geográfico, ni a un tiempo cronológico concreto, sino que es enviado a todos los pueblos, a todos los lugares y a todos los tiempos. Está presente y activo en toda la humanidad, en todas las culturas y religiones, asume la diversidad y desde dentro mueve a las personas, los grupos, las comunidades y los pueblos hacia el reino, hacia una humanidad nueva.
El Espíritu no tiene palabra ni mensaje propio, sino que ayuda a que la palabra de Jesús sea conocida y asimilada, ayuda a que la Iglesia vaya adelante a través de la historia y a que la humanidad camine hacia el reino. El Espíritu genera vida, es dinamismo, es más verbo que sustantivo, es acción, aliento vital, desde la creación hasta la consumación final de la historia, hasta la parusía.
Y, sin embargo, estas dos manos tan diferentes, aparentemente casi opuestas, están en perfecta armonía: no hay dos Iglesias, ni dos religiones, ni dos historias de la humanidad, ni dos proyectos de salvación, ni dos «economías» de salvación. El Padre crea y salva con estas dos manos, con la misión del Hijo y la del Espíritu; ambas manos convergen hacia un fin común: la vida plena, la felicidad, la transfiguración del mundo y de la historia, el reino definitivo de Dios.
El Espíritu prepara la venida de Jesús desde la creación, desde Israel, desde el Antiguo Testamento; le precede, actúa en su encarnación, desciende copiosamente sobre él en el bautismo ungiéndolo como Mesías, le guía a través de su vida, le resucita de
entre los muertos, le constituye Señor y continúa su misión en la Iglesia, a la que acompaña y guía hasta el final de los tiempos.
De san Basilio, el gran teólogo del Espíritu, tenemos este conocido texto en el que aparece la íntima relación existente entre Cristo y el Espíritu:
«La venida de Cristo, el Espíritu la precede. La encarnación: de ella es inseparable el Espíritu. Las acciones milagrosas, los carismas de curación: se dan por medio del Espíritu. El diablo es rechazado ante la presencia del Espíritu. La redención de los pecados se da en la gracia del Espíritu»8.
El Espíritu, enviado a Cristo y a toda la humanidad, encamina a todos hacia Cristo; incorpora al cuerpo de Cristo a toda la creación, la dinamiza hacia la plenitud de Cristo, hasta que Cristo sea uno en todos. El Espíritu conduce hacia Jesús, no tiene otra orientación; nadie puede decir que Jesús es Señor si no es por el Espíritu (1 Cor 12,3).
El mismo Basilio distingue dos caminos diferentes, uno ligado a la «teología» o misterio trinitario inmanente, y otro que corresponde a la «economía» o acción de la Trinidad en la historia de salvación:
«Por tanto, el camino del conocimiento de Dios va del único Espíritu, pero por medio del único Hijo, hasta el Padre único. Y al revés, la bondad nativa, la santidad natural y la regia dignidad fluyen del Padre, por medio del Hijo, hasta el Espíritu»9.
Por esto mismo, el Espíritu es el don pascual prometido a los discípulos, el que les llevará al pleno conocimiento de la verdad, su abogado defensor, el que les dará vida abundante y eterna. Por esto, el criterio y el test para discernir si un espíritu es el Espíritu Santo es ver si está en coherencia con la vida y muerte de Jesús, con su evangelio, con sus opciones mesiánicas, con su opción por los pobres y, en última instancia, con su muerte en cruz: en la cruz se disciernen los espíritus.
De ahí que tanto la cristología como la eclesiología hayan de ser «pneumáticas», en el Espíritu; de lo contrario, caerían en «juridicismo», moralismo, triunfalismo y arqueología de museo.
Insinuemos brevemente algunas consecuencias de esta visión de Ireneo de las dos manos, de las dos misiones. De aquí surge ya la cuestión que luego abordaremos más extensamente: si en la Iglesia occidental latina hemos mantenido la armonía entre ambas manos o si, por el contrario, hemos hecho prevalecer la mano del Hijo y ocultado y olvidado un tanto la del Espíritu.
Pero, en un sentido positivo y constructivo, esta formulación de las dos manos del Padre tiene grandes consecuencias y oportunidades para la Iglesia y, en concreto, para la teología latinoamericana, pues fundamenta tanto el diálogo entre las culturas y religiones como la teoría y la práctica de los signos de los tiempos, que el Vaticano II establece y que han inspirado la pastoral y teología latinoamericanas.
Lamentablemente, la primera evangelización del continente no tuvo en cuenta esta teología patrística de las dos manos y creyó que debía ante todo civilizar desde la cultura
europea a las culturas originarias y extirpar las religiones autóctonas por ser consideradas fruto del demonio. La mayor parte de los evangelizadores no supo comprender que el Espíritu había llegado antes que ellos. Los misioneros siempre llegan tarde...
Esta precedencia del Espíritu a la venida de Jesús, esta orientación de la pneumatología a la «cristofanía», tiene también consecuencias pastorales importantes10. No se puede evangelizar, catequizar, anunciar el kerigma, misionar si no hay una apertura previa, una preparación evangélica y espiritual, una iniciación, una mistagogía que lleve al encuentro personal con el Señor, a una experiencia de apertura al Misterio, o, en términos populares latinoamericanos, una apertura al Diosito que siempre nos acompaña11.