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El Espíritu, aliento de vida en situaciones de caos y de muerte

Relectura bíblica desde abajo

2. El Espíritu, aliento de vida en situaciones de caos y de muerte

El credo niceno-constantinopolitano (381) profesa la fe en el Espíritu Santo que es «Señor y dador de vida» (zoopoion). El himno medieval al Espíritu, Veni creator

Spiritus, que la Iglesia todavía hoy canta en su momentos más solemnes, llama al

Espíritu «Creador». Pertenece, pues, a la tradición eclesial el relacionar al Espíritu con la vida.

Lo que puede aportar la clave hermenéutica desde América Latina es el señalar que esta vida surge desde abajo, es decir, desde el caos inicial, desde el no-ser, desde la debilidad, en última instancia, desde la muerte. Esta dimensión vivificante del Espíritu añade al tema del Espíritu de justicia la explicitación de que esta justicia es creadora de vida, de vida plena y precisamente para los que la tienen cuestionada y amenazada.

Indudablemente, esta vida alcanza su plenitud en Cristo, concretamente en Cristo resucitado, pero esta plenitud de vida se inicia ya en el Antiguo Testamento, pues el Espíritu siempre prepara los caminos del Señor. El Espíritu precede a toda «cristofanía», a toda manifestación de Cristo.

El relato sacerdotal de la creación nos presenta en Gn 1,2 la ruaḥ que se cierne aleteando sobre las aguas primordiales en un mundo que era caos, confusión y oscuridad (tohu wabohu).

La tradición patrística y eclesial ha visto en esta misteriosa ruaḥ la presencia vivificadora del Espíritu que, junto con la Palabra, crea el mundo. Pero esta ruaḥ pertenece al pre-mundo, al todavía-no, al no-ser, a lo que la tradición escolástica llamará la nada (ex nihilo).

Una exégesis crítica moderna ve en esta ruaḥ no al Espíritu Santo sino al caos típico de los mitos del Oriente, a un fuerte viento y tempestad de Dios.

Hoy, sin embargo, se intenta buscar una exégesis más integral y se reconoce que esta ruaḥ es el aliento de Dios, el viento creador que, junto a la Palabra, desde el comienzo genera vida. Ruaḥ puede significar todo un conjunto de realidades conexas, como aliento, soplo, vida, respiración, jadeo, resuello o respirar fogoso del parto, brisa, tempestad, huracán, energía, ánimo... y se refiere al Espíritu divino que crea vida desde el caos, vivifica toda la creación, la encamina hacia la escatología definitiva en Cristo2. En términos teológicos y un tanto escolásticos, Cristo es la causa final pero el Espíritu es la causa eficiente3.

Este Espíritu que aleteaba sobre el caos inicial es el que envuelve todos los misteriosos procesos, desde el primer segundo, desde el big bang, desde los núcleos de hidrógeno y helio, desde los átomos primordiales, desde el nacimiento de estrellas y galaxias, desde el desarrollo del sistema solar, desde el origen de la vida y la evolución de organismos pluricelulares, hasta la aparición del cerebro humano, la hominización.

Gn 2,7 nos describe el soplo divino que da la vida al primer hombre y desde entonces el Espíritu vivificará a toda la humanidad hasta la plenitud escatológica.

Este aliento vital, que en hebreo es femenino (ruaḥ), en griego neutro (pneuma) y en latín masculino (spiritus), en la práctica se ha masculinizado totalmente, olvidando su raíz femenina original. La tradición cristiana siríaca ha afirmado esta dimensión femenina del Espíritu y hoy día son sobre todo las teólogas quienes reivindican la feminización del Espíritu como matriz cálida y amorosa de nueva vida4, que complementa otras dimensiones del Espíritu.

De hecho, en el libro de la Sabiduría encontramos una personificación femenina del Espíritu en la sophia5, que tiene relación con la justicia del buen gobierno, justicia que se identifica con el pneuma, el principio interno de la vida física y moral, con el que los gobernantes han de regir a su pueblo, especialmente haciendo justicia a los pobres (Sal 72,2-4).

Esta es la Sabiduría-Espíritu que descenderá sobre el futuro Mesías (Is 11,1-9). Esta sabiduría, que llena el universo (Sab 1,7) y que es amiga de la vida (Sab 11,26), es la que conduce a Israel para que sea un pueblo liberado de la muerte y pueda dar vida a los demás. Esta dimensión social de la sabiduría en Israel nos abre ya el camino hacia una comprensión más amplia del Espíritu.

Porque el Espíritu no solo engendra vida en el cosmos desde el caos primordial y en la persona humana desde la no existencia, sino que tiene una clara dimensión de alentar la vida del pueblo de Dios en situación de muerte. Posee, pues, una dimensión social y comunitaria; es un aliento que va más allá de la muerte.

El texto más clásico del Antiguo Testamento es Ez 37,1-14, cuando el profeta se dirige al pueblo exiliado en Babilonia (entre 593 y 571 a. C.) en una trágica situación de muerte: sin reyes, sin templo, sin sacerdotes, fuera de Jerusalén y de Palestina, cuando no quiere cantar cantos de su tierra en tierra extraña y se sienta junto a los canales de Babilonia llorando al acordarse de Sión (Sal 137).

El Espíritu se apodera de Ezequiel y lo lleva a un valle lleno de huesos humanos secos. El Señor hace entrar su Espíritu en estos huesos, que se juntan, se cubren de nervios y de carne y recobran la piel, mientras un nuevo soplo del Espíritu les confiere vida: es una multitud inmensa, como el pueblo de Israel, que, animado por el Espíritu del Señor, podrá dejar el exilio y retornar a Sión.

Este texto, que anticipa el tema de la resurrección de los muertos, leído desde la clave hermenéutica latinoamericana es especialmente significativo y confirma todo cuando vamos afirmando. No es simplemente que el Espíritu dé vida, aumente la vida, proteja la vida, acompañe la vida, sino que da la vida a los muertos, hace pasar de la muerte a la vida, genera esperanza cuando aparentemente todo es muerte y ya no hay esperanza.

Y no se trata solo de la esperanza de una vida eterna después de la muerte temporal, sino de una esperanza de vida histórica, colectiva, en este mundo, para quienes han perdido humanamente toda esperanza, como el Israel del exilio.

La exégesis tradicional tiende a espiritualizar estos textos, como también el texto del Éxodo, y reducirlos a una liberación espiritual para después de la muerte, cuando en realidad hablan de situaciones históricas, del paso de la esclavitud a la libertad, del paso del exilio a la patria.

Si pasamos al Nuevo Testamento, hemos de comenzar afirmando que Jesús nace de María virgen por obra del Espíritu, como afirma la más antigua profesión de fe fundándose en Lc 1,35. Por esto el niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.

Este nacimiento virginal de Jesús está en conexión estrecha con el nacimiento de héroes de Israel de madres estériles, desde Sara (Gn 11,30) a Isabel, la madre de Juan el Bautista (Lc 1,7.25), pasando por Rebeca (Gn 25,21), Raquel (Gn 29,31), la madre de Sansón (Jue 13,2-7) y Ana, la madre de Samuel (1 Sm 2,1-11).

En estos casos se muestra que para Dios nada es imposible (Gn 18,14; Lc 1,37), es decir, que el Espíritu es capaz de engendrar vida donde no hay sino un seno vacío y yermo. En el caso de María no se trata de esterilidad sino de virginidad, para que aparezca más claramente que Jesús es Hijo del Padre por obra del Espíritu, sin concurso de varón.

No deja de ser sintomático que muchos exegetas y teólogos del Primer Mundo cuestionen la virginidad de María y propongan el nacimiento de Jesús como el de los demás seres humanos, por la unión sexual de sus padres, pues podría interpretarse que la virginidad de María minusvalora la sexualidad humana.

Pero podemos preguntarnos si, más allá de esta razonable defensa de la sexualidad humana, no se oculta algo más profundo en esta postura moderna: no se acaba de aceptar desde el mundo del progreso, de la riqueza y de la ciencia moderna que el Espíritu actúe desde abajo, desde el no poder, desde una joven campesina galilea de Nazaret que no conoce varón.

No se acaba de aceptar que el Espíritu engendre vida no desde las razonables causas humanas sino desbordándolas, con un plus que va más allá de la causalidad inmanente, puramente humana. No se comprende que en la vida «todo es gracia», lo cual significa que todo es don del Espíritu, un Espíritu que insufla vida y novedad en las criaturas, un Espíritu que respeta la autonomía y auto-realización de las causas creadas, pero que misteriosamente las desborda, va más allá, las hace auto-trascenderse desde dentro, no desde fuera6.

Por esto en el Tercer Mundo, concretamente en América Latina, la virginidad de María no es problema, porque se vive diariamente el milagro de la vida desde la pobreza, desde la nada, desde la esterilidad de la impotencia. La encarnación de Jesús de María virgen es el paradigma neotestamentario de que el Espíritu engendra vida desde el no-ser;

que, como dice Pablo, es aquel que da vida a los muertos y llama a existir a lo que aún no existe (Rm 4,17).

Este Espíritu que engendra a Jesús de María es el mismo que le resucitará de entre los muertos, en ambos casos «sin causa precedente», de forma gratuita y amorosa. Aquí tenemos también el fundamento teológico de la «epíclesis» litúrgica por la cual, gracias a la invocación eclesial del Espíritu, se comunica la gracia y la salvación, el Espíritu, a través de los sacramentos.

Para Juan el Espíritu es Espíritu de vida, una vida que no es puramente biológica (bios), sino que nos hace participar de la vida divina (zoe) por el don pascual del Espíritu del Señor resucitado. Jesús ha venido para darnos vida en abundancia (Jn 10,10), sus palabras son Espíritu y vida, pues el Espíritu, no la carne, es quien da vida (Jn 6,63). Este Espíritu, que está estrechamente ligado a la Pascua, tanto que se llega a decir que antes de la Pascua no había Espíritu (Jn 7,39), se comunica a los discípulos la mañana de la Pascua, a través de un misterioso y simbólico soplo (Jn 20,22).

Pero lo que nos interesa destacar desde esta clave hermenéutica kenótica y desde abajo, propia de América Latina, es que, cuando se dice que Jesús en su muerte entregó el espíritu (Jn 19,30), hay una profunda alusión a algo que va más allá de la entrega de su alma al Padre: anuncia el don pascual del Espíritu.

En efecto, una lectura teológica del Evangelio de Juan nos muestra que «la hora» de Jesús es la hora de su exaltación (Jn 12,32), exaltación que incluye su muerte y resurrección, su vuelta al Padre y la efusión del don del Espíritu. Este Espíritu no es un don creado por Dios: es el Aliento que recoge el aliento expirado por Jesús para resucitarlo; es el que hace nacer la vida, madre de la vida en el parto de la creación de nuevos hijos de Dios7.

El don pascual del Espíritu, que Jesús había anunciado y prometido a los suyos como otro paráclito (Jn 14,16s), que les llevaría a la verdad plena (Jn 16,13-15), brota de un hombre ajusticiado, crucificado por los poderes religiosos y políticos de su tiempo: de Jesús de Nazaret, al que se le acusa de querer presentarse como rey de los judíos (Jn 19,19-22).

Formulado de otro modo, el don pascual del Espíritu nace de la cruz, de la impotencia de una vida pobre y entregada al servicio de los demás. Por eso Jesús, antes de conferir el Espíritu a sus discípulos, les enseña las llagas de las manos y el costado (Jn 20,20), para insinuar que el Resucitado es el Crucificado y que el Crucificado es Jesús de Nazaret8. El Espíritu que Jesús recibió y da sin medida (Jn 1,32; 3,34) está ligado a su misterio pascual, a su muerte y resurrección.

Así, también para el Evangelio de Juan, el Espíritu nace desde abajo, no desde el poder y el triunfo, sino desde la kenosis y la cruz. Cuando desde América Latina se diga que los crucificados de este mundo se han convertido en fuente de luz y de vida, de

Espíritu, no se dice nada extraño o nuevo: es prolongación del misterio del Espíritu de Jesús, que brota y se entrega desde la cruz.

En esta misma línea se puede entender la afirmación de Pablo de que la creación gime en dolores de parto y que nosotros mismos, que poseemos el Espíritu, gemimos en nuestro interior esperando la salvación plena (Rom 8,22-23). En el gemido de la creación y de la humanidad hemos de discernir la presencia clamorosa del Espíritu que busca salvación, liberación, justicia, plenitud escatológica, precisamente desde donde hay más dolor y aflicción.

Cuando los obispos latinoamericanos en Medellín y Puebla dicen que escuchan el clamor, no solo sordo sino tumultuoso y amenazante, del pueblo que sufre y que disciernen en este clamor un signo de los tiempos, no hacen más que descubrir la presencia clamorosa del Espíritu presente en los gemidos de los pobres del continente.

Pero el paradigma y fundamento bíblico de la acción del Espíritu que hace pasar de la muerte a la vida es la resurrección de Jesús. El Espíritu lo resucita de entre los muertos, y esta resurrección es el comienzo y primicia de la esperanza también de nuestra resurrección:

«Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

El Espíritu es capaz de hacer salir de los infiernos de la muerte, del dolor, de la soledad y de la pobreza a quienes confían en Él y conferirles vida.

Podemos resumir esta acción del Espíritu que da vida a los que no la tienen con la afirmación del salmo:

«Si escondes tu rostro, desaparecen, les retiras tu soplo y expiran, y retornan al polvo que son. Si envías tu aliento, son creados