• No se han encontrado resultados

Dos panes en la mesa de la Iglesia (n 21)

Se recuerda enseguida una imagen que ayuda a captar tan alta estima: «No dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios

como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia» (n. 21). Podemos preguntar: ¿Qué clase de veneración experimenta la Iglesia por la Sagrada Escritura? Y respondemos con palabras del Concilio: la misma que se le tributa al Cuerpo de Cristo.

Tan elemental comparación se encuentra dotada de una asombrosa fecundidad que apenas si alcanzamos a vislumbrar. Insiste el Concilio en que toda vida auténtica en la Iglesia debe estar cimentada por igual en dos pilares fundamentales: la Eucaristía y la Palabra de Dios.

Esta comparación hunde sus raíces en la Biblia y en la historia de la Iglesia. Acudimos a dos citas de autoridad. Una pertenece a la antigua Alianza y otra a la nueva.

En el Antiguo Testamento el prodigio del maná se relaciona con la Palabra de Dios: «Te hizo pasar hambre y te alimentó con maná, manjar desconocido para ti y para tus padres, a fin de enseñarte que el hombre no vive sólo de pan, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

La relación aparece también subrayada en el capítulo seis del evangelio de san Juan (el capítulo más largo de todo el Nuevo Testamento). Podemos señalar sus aportaciones más llamativas en esta mutua clarificación entre el pan y la Palabra. Jesús se llama a sí mismo «pan de vida» (6,35.48), «pan vivo» (41), «pan de Dios» (33), «pan del cielo» (32). Pero asimismo todo el discurso está enmarcado por la presencia soberana de la Palabra, patentizada al inicio, el medio y conclusión. Así comienza el célebre discurso: «En verdad, en verdad os digo...» (26). En el centro: «El que escucha al Padre viene a mí» (46). Y al final: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» (63).

Esta interconexión entre pan y Palabra es desarrollada con frecuencia entre los santos Padres. Recojamos algunas de sus loables sentencias. San Jerónimo y Orígenes escribían con todo realismo:

• Comemos su carne y bebemos su sangre no sólo en el sacramento, sino también leyendo la Escritura11.

• Los cristianos comen todos los días la carne del Cordero, esto es, comen cada día la carne de la Palabra de Dios12. Igualmente san Agustín13.

La imagen ha sido divulgada en la historia de la Iglesia:

• Éstas (la Palabra de Dios y la Eucaristía) se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y otro lado en el tesoro de la santa Iglesia. Una es la mesa del sagrado altar, donde está el pan santificado, esto es, el precioso Cuerpo de Cristo. Otra es la mesa de la Ley divina, que contiene la doctrina sagrada, enseña la verdadera fe y nos conduce con seguridad hasta lo más interior del velo donde está el Santo de los Santos14.

• Ninguna otra cosa dejó Cristo a su Iglesia con mayor misterio que el sacramento de la Eucaristía y el Bautismo, y las Sagradas Escrituras, en todos los cuales el Espíritu Santo obra interiormente el misterio de nuestra salvación. Pero la Sagrada Escritura es también sacramento cuantas veces el Espíritu Santo obra algo interiormente por medio de ella15.

San Francisco de Asís es sensible a esta tradición en la Iglesia. Escribe:

por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran16.

11 San Jerónimo, Commentarius in Ecclesiasten; PL 23, 1.092. 12 Orígenes, Hom. Gen. 10,3; PG 12, 217.

13 Sermo 56,10; 57,7; 58,5; 59,3; PL 38, 381. 389. 395. 400. 14 Imitación de Cristo IV, 11, 4.

15 Pascasio Radverto, De corpore et sanguine I, 4; PL 120, 1.271-6.

• Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida17.

Esta imagen bíblica y patrística se hace realidad viviente, sobre todo durante la celebración de la Eucaristía en donde los dos panes (el pan vivo del Cuerpo de Cristo y el de su Palabra) vienen ofrecidos a los cristianos y repartidos desde una sola mesa.

Acudiendo a nuestra historia aún reciente, podemos recordar dos visiones, que no se hallan distorsionadas, ni representan una burda caricatura. Reflejan épocas distintas, que acontecen en un período que abarca poco tiempo. La línea divisoria la marca la celebración del Concilio Vaticano II.

Antes del Concilio no se percibía entre los fieles este aprecio por el pan de la Palabra durante la celebración de la santa Misa. Para cumplir el precepto dominical se pensaba que era suficiente con llegar antes del ofertorio. Tampoco los sacerdotes, oficiando en latín, hacían mucho por la labor de hacer comprender la Palabra. Incluso algunos fieles se marchaban de la Iglesia durante la homilía, dada la poca importancia que ésta representaba en sus vidas.

Después del Concilio, la recepción eclesial ha cambiado sustancialmente. Existe estima por la Palabra de Dios. Incluso en la disposición ambiental se ha resaltado el ambón donde se expone y proclama la Palabra. Y ésta, sobre todo, adquiere la esencial función de ser alimento que nutre vigorosamente al pueblo de Dios.

También se destaca la conexión entre la mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo en dos pasajes del Concilio:

16 2 Ct F 34. Carta a todos los fieles (2ª redacción). En San Francisco de Asís. Escritos. Biografías.

Documentos de la época (edición preparada pro J. A. Guerra) Madrid 1978, 56.

17 Cta Cle 3. Carta a los clérigos. En San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época..., 62. Pueden aportarse más citas. Profundiza en la visión de san Francisco sobre la equiparación de las dos mesas, en contexto de salvación, K. Esser, La Palabra de Dios en san Francisco: Sel Franciscanismo 23 (1979) 191- 204.

• Entre todas las ayudas espirituales destacan aquellos actos por los que se nutren los fieles de Cristo con la Palabra de Dios y de la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía (Presbiterorum Ordinis, 18).

• Alimentados así en la mesa de la ley divina y del altar sagrado, amen fraternalmente a los miembros de Cristo (Perfectae caritatis, 6).

El vínculo entre la Palabra de Dios y la Eucaristía se cimenta en una sólida tradición. No podemos dejar de referirnos ahora a una inolvidable relación, establecida hace

algunos años. El beato Juan XXIII, cuando era patriarca de Venecia, en la carta pastoral sobre la Palabra de Dios dirigida a los fieles para la Cuaresma del 1952, escribía:

Enseñar la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio, al pueblo y familiarizarlos con el libro sagrado, es como el alfa de las actividades de un obispo y de sus sacerdotes. La omega –permitidme esta imagen del Apocalipsis– está representada por el cáliz bendito de nuestro altar cotidiano. Las dos realidades van unidas: la Palabra de Jesús y la sangre de Jesús. Entre una y otra se suceden todas las letras del alfabeto: todos los eventos de la vida personal, doméstica, social; también todo lo que es importante pero es secundario en orden al destino eterno de los hijos de Dios, y que no vale si no es en cuanto se apoya en las dos letras terminales: es decir la Palabra de Jesús que siempre resuena en todos sus tonos en la santa Iglesia desde el libro sagrado y la sangre de Jesús en el sacrificio divino, fuente perenne de gracia y bendición.

Estas palabras del Papa subrayan, en continuidad con la tradición de la Iglesia, cómo la Palabra y el Cáliz, la Biblia y la Eucaristía son –expresadas en enumeración polar– Alfa y Omega: la plenitud de vida de la Iglesia y de cada creyente18.