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La liturgia, la casa encendida de la Palabra

VI. Lectura de la Biblia en comunión con la Iglesia

1. La liturgia, la casa encendida de la Palabra

Durante nuestra peregrinación por esta tierra de destierro, añoramos una casa habitada, en donde podamos, como hermanos reunidos, escuchar no los ecos sino la misma voz de Dios: «Hay un lugar en donde la palabra salvadora resuena con eficacia excepcional: la sagrada liturgia»32. En esta casa, encendida por la fe y habitada por la presencia del Señor, la Iglesia celebra la liturgia. A esta reunión, nuestros hermanos cristianos han sido fieles a pesar de sangrientas persecuciones. Rememoramos uno de los testimonios más emotivos que conocemos. Se halla recogido en las actas de los mártires de Bitinia.

29 Enchiridiun Biblicum, 19. En J. Díaz, Enquiridion Bíblico Bilingüe, Segovia 1954, 46. 30 Catequesis IV; PG 33, 497.

31 Utilizamos esta imagen rememorando un texto muy simbólico –y por ende, muy rico– del Apocalipsis, en donde aparece Cristo caminando en medio de siete candelabros de oro o encendidos (1,13; 2,1). Y también en recuerdo del poeta granadino L. Rosales, que escribió un muy sugerente libro, instaurador de una nueva poética en España, titulado: La casa encendida (Madrid 1949), es decir, iluminada por una presencia. En nuestro caso, la casa de la Iglesia está encendida y habitada por la presencia de Cristo y de los cristianos.

32 C. Mª Martini, En el principio la Palabra. La Palabra de Dios en la liturgia y en la vida, Santa Fe de Bogotá, 1991, 49.

Llevados ante el procurador romano, éste pregunta a Emérito:

–¿Es verdad que en tu casa celebráis la reunión contra el edicto del Emperador? La respuesta es rápida y contundente: –Sí, hemos celebrado la liturgia del Señor. El procurador insiste: –Y, ¿por qué dejaste entrar a tanta gente?

–Porque son mis hermanos y no puedo rechazarlos –responde Emérito. –Pues tenías que rechazarlos –le increpa el procónsul.

Y el mártir Emérito contesta: –No, no podía hacerlo, porque los cristianos no podemos vivir sin celebrar la liturgia del Señor, que tiene lugar en la casa del Señor33.

Arribamos, por fin, a la ansiada meta de nuestro peregrinar y a las fuentes de vida que nos nutren. Así lo afirma el mismo Concilio:

La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios, por la fe y el bautismo todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor (Sacrosanctum Concilium, 10).

La Biblia relata la historia de salvación. Cuando se proclama durante la liturgia, realiza eficazmente su mensaje de salvación. En la liturgia los cristianos no sólo evocamos, sino que celebramos y actualizamos los misterios de nuestra fe. De esta manera nos lo recuerdan cabalmente algunos documentos de la Iglesia, plenos de fructíferas sugerencias:

33 D. Ruiz Bueno, Actas de los mártires, Madrid 1951, 933-984. Pasaje citado por J. A. Abad Ibáñez–M. Garrido Bonaño, Iniciación a la liturgia de la Iglesia, Madrid 21988, 80-81.

La Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres34.

En la celebración de la liturgia, en especial durante la santa Misa, se actualiza el misterio de nuestra redención y se hace de nuevo presente la victoria y el triunfo de su muerte, y se alaba la gloria de Dios por la fuerza del Espíritu Santo (Sacrosanctum

Concilium, 6).

En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (Sacrosanctum

Concilium, 7).

La Iglesia, congregada en la celebración de la liturgia, representa el lugar idóneo, en donde reina la Palabra Dios. Ésta tiene siempre como destinatario un grupo. Así empezó con Abrahán, padre de multitudes (Gén 12,3; 15,6). Así culminó con Cristo, mediante la constitución de un gran pueblo, formado de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9). Este nuevo e ingente pueblo es la Iglesia, la asamblea cristiana, familia de los hijos de Dios.

A veces nos soprendemos buscando nuevos acercamientos de lectura de la Palabra de Dios, cuando tenemos a nuestra disposicion el camino más fecundo y seguro: el que Dios ha elegido y del que la Iglesia vive: la liturgia. Nos extraña su sencillez, hasta nos

escandaliza su extrema sobriedad35. Todos necesitamos sumergirnos, como en un bautismo, en las humildes aguas de la liturgia, que corren llenas de vida, y quedar así sanos y limpios (cf. 2 Re 5,14).

34 Introducción del Leccionario de la Misa, nº 4. En A. Pardo, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion.

De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos 2006, 394. No iremos repitiendo esta cita para no ser reiterativos.

35 Tal vez nos gustaría más la aparatosa complejidad, el difícil rebuscamiento, las rarezas de unos rezos insólitos. ¡Y es el pan de cada día, lo que la Iglesia nos pone encima de la mesa. Esto es lo que verdaderamente alimenta, no las tartas de cumpleaños o los productos exóticos! Nos parecemos a Naamán, aquel general sirio leproso, a quien le resultaba demasiado poco convincente lavarse en las aguas del río Jordán. Ansiamos otros ríos, como el Abaná y el Farfar. Nos convendría atender a la sabia recomendación de sus servidores: Padre mío,

si el profeta te hubiera mandado una cosa difícil ¿es que no la hubieras hecho? ¡Cuánto más habiéndote dicho: lávate y quedarás limpio! (2 Re 5,13).

En la celebración de la liturgia, la Palabra rompe su silencio, viene y acampa entre nosotros. Nace un nuevo pueblo: la Iglesia. Se desarrolla con el germen vivo de la Palabra de Dios:

La Iglesia se edifica y va creciendo por la escucha de la Palabra de Dios. Las maravillas que, de muchas maneras, realizó Dios, en otro tiempo, en la historia de la salvación se hacen de nuevo presentes, de un modo misterioso pero real, a través de los signos de la celebración litúrgica. Dios, a su vez, se vale de la comunidad de fieles que celebran la liturgia para que su Palabra siga un avance glorioso y su nombre sea glorificado entre los pueblos36.

Es legítimo afirmar lo siguiente:

La Biblia llega a la vida sobre todo mediante la liturgia. La Biblia, no se olvide, es un libro, libro de la Palabra de Dios ciertamente, pero siempre un libro y como tal letra muerta, si no hubiese uno que la leyera y, en nuestro caso, una comunidad viviente que, creyendo, la interpreta para su vida. La liturgia es la mediación privilegiada de la Palabra37.

Puede delinearse el despliegue dinámico de la Palabra. Primero, la Palabra fue enviada al pueblo de Dios, predicada, escuchada y vivida en la celebración de la liturgia. Más adelante, fue escrita, «cristalizada».

Ahora se parte del resultado final, en un proceso inverso, a fin de que la Palabra escrita prosiga su recorrido y llegue a su lugar primigenio: el pueblo creyente que celebra la liturgia. Si una comunidad de fe la dio a luz; ahora esta Palabra da a luz a la comunidad. En la liturgia la Palabra se «des-cristaliza» y se vivifica.

La Palabra de Dios recibe un nuevo contexto, que no es simple ornato de oraciones. Los textos se seleccionan en otro orden y configuración; se integran ahora en la vida de la Iglesia y se revisten de una fuerza que no poseían en su hábitat oriundo. Los cantos del siervo de Yahveh son interpretados con la nueva luz de Cristo paciente. Las hermosas profecías de la consolación de Isaías (40-55) se llenan de esperanza cierta al ser leídas en el tiempo del Adviento. Cuántos pasajes de los profetas, que hablan misteriosamente de un futuro Mesías que iba a venir, se ven cumplidos cuando se proclaman en tiempo de Navidad y de Pascua. Muchas páginas del Antiguo Testamento, sombrías y enigmáticas, reciben claridad y expresividad al ser desveladas por la imagen del Señor. Lo que era, en

fin, prefiguración y tipo, se engrandece cuando sobre ellos proyecta su luz la definitiva presencia de Cristo38.

36 Introducción del leccionario de la Misa, nº 7.

37 G. Saldarini, Dinamismo della spiritualità liturgica: dalla Bibbia alla Vita attraverso la Liturgia, en: AA.VV.,

Liturgia: spirito e vita. XXXII Settimana liturgica nazionale, Roma 1982, 42-56.

No se trata de mera repetición, sino de nueva actualización. Conviene comprobar las razones de esta primacía. El reconocimiento de un texto de la Escritura como canónico tuvo un criterio práctico: «Su lectura en la asamblea liturgica». Significaba la liturgia la comprobación fehaciente de que aquellos libros pertenecían a su más honda esencia, pues nutrían su vida.

La Escritura es la palabra por medio de la que Dios nos habla y se nos revela. Los designios eternos de Dios relativos a nuestra salvación se expresan en ella con palabras humanas y fijadas por escrito, de modo que, en la palabra, es a Dios mismo a quien encontramos. La relación entre la liturgia y la Escritura santa está, así pues, en conexión con la relación entre el misterio y el Logos. Tanto en una como en otra, es la voluntad de Dios la que está presente y obra: en la liturgia, a través de la acción sagrada que la Palabra comenta y cumple; en la Escritura, a través sólo de la Palabra39.

La operatividad de la Biblia en la liturgia se realiza de manera eminente. En primer lugar, la Biblia concede toda su fuerza divina a la celebración. En segundo lugar, la misma liturgia transmite a la Escritura proclamada una nueva energía realizando la actualización completa de los textos bíblicos.

En la lectura solemne de los pasajes bíblicos, Dios habla al pueblo reunido recordando su obrar pasado, glorioso y misericordioso. De la evocación se pasa a la invocación, mientras el presente aparece como el lugar en el que, de nuevo, el Señor obra la salvación y llama a los creyentes a la libertad y a la responsabilidad40.

38 Los ejemplos bíblicos podrían multiplicarse. El valle de los huesos calcinados de Ezequiel 37, que se refería a la esperanza marchita del pueblo en el destierro, se aplica ahora a la fuerza del Espíritu Santo, capaz de suscitar un nuevo pueblo, como es la Iglesia. La fuente del templo de Ezequiel 47 se interpreta desde Cristo en la Cruz, convertido en manantial de vida para toda la humanidad...

39 I. Herwegen: La Maison Dieu 5 (1946) 8, citado en Associazione Proffessori di Liturgia, La parola di Dio tra

Scrittura e Rito, Roma 2001, 5.

En principio, la liturgia, y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos alrededor de Cristo para aproximarse a Dios... (SC, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez más, palabra viva41.

La Palabra de Cristo durante la celebración es privilegiada respecto a toda otra lectura de la Biblia. El Concilio y toda la tradición de los Padres reafirma esta supremacía. Lo certifica también el gran liturgista C. Vagaggini:

La lectura litúrgica de la Biblia es la lectura específicamente cristiana de la Escritura, es la única lectura que rescata el sentido que ella tiene para los ojos del autor principal. Es la lectura teológica de la Biblia. La lectura filológica, crítica, que por definición busca

quedarse en el sentido de los contemporáneos es legítima, útil, necesaria, porque toda lectura ulterior debe tomar impulso de esto; pero resulta parcial e incompleta42.