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Estudio del principio de lectura creyente:

Nuestra expresión fue al fin aceptada, aun a pesar de la reticencia de algunos padres conciliares, quienes, para evitar el riesgo de una libre interpretación de la Biblia, de sello protestante, sugerían la inclusión explícita en el texto de la mediación de la Iglesia60.

En este contexto polémico, otros propusieron una aclaración de las palabras «en el mismo Espíritu en que fue inspirada», que parecía un tanto lacónica. La expresión significa que «debe hacerse bajo la luz de la fe –nam facienda est sub lumine fidei–»61.

Constatamos que la frase entera se configura como una oración pasiva –Sacra

gramatical se refiere a la Sagrada Escritura, esto es: un libro, una realidad objetiva. Pero los tres verbos se aplican a asuntos típicamente humanos: al hecho de escribir, leer e interpretar.

Existe en el texto, conforme a su específica construcción gramatical-sintáctica, una paradoja que, bien considerada y analizada, nos conduce a un enigma, que representa el umbral de un misterio. En efecto, quien escribe, o lee, o interpreta, es un hombre, trátese del creyente, del autor sagrado o del exegeta. Esta observación raya en la más evidente obviedad, e incluso ramplonería. ¿Quién puede escribir, leer o interpretar sino alguien dotado de entendimiento y capacidad, a saber, un sujeto humano? La aparente trivialidad de esta constatación nos depara una sorpresa. No afirma el texto conciliar que el hagiógrafo escribe, que el creyente lee, o que el exegeta interpreta, tal como en lógica coherencia debería mostrar. Algo extraño acontece. Y esta anomalía es fuente de un fértil hallazgo.

59 Ha sido estudiado con clarividencia por T. J. McGovern, The Interpretation of Scripture ‘in the Spirit’: the

Edelby Intervention at Vatican II: Irish Theological Quarterly 64 (1993/3) 245-259.

60 Cf. G. Gil Hellin, Dei Verbum (Concilii Vaticani II Synopsis), Libreria Editrice Vaticana, 1993, 385, 468. 61 Entre la III y la IV sesión se introduce esta anotación. Cf. Acta Synodalia Sacri Concilii Oecumenici Vaticani

II, IV/2, Typis poliglotis Vaticanis 1974, 996.

En nuestro pasaje los verbos no están construidos en activa, sino en pasiva. Quiere esto significar que el texto ha sido escrito, que debe ser leído, y que debe ser interpretado. Se opera un cambio de perspectiva: de la voz activa se pasa a la voz pasiva. El verdadero sujeto de la frase no es el ser humano, sino el que viene señalado de manera explícita por el mismo texto: El Espíritu Santo.

Sigamos atentos a lo que este fecundo principio de interpretación nos sugiere. En la expresión «eodem spiritu», la palabra «spiritu» se refiere claramente al Espíritu Santo. No hace alusión al espíritu humano o condición espiritual del hagiógrafo o lector. Recogemos de la constitución Dei Verbum las menciones explícitas, que señalan su presencia:

La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece, ha sido puesta por escrito –consignata– bajo la inspiración del Espíritu Santo (DV, 11).

La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo (Jn 20,31; 2 Tim 3,16; 2 Pe 1,19- 21), tienen a Dios como autor (DV, 11).

Será preciso proceder a un esclarecimiento ponderado. No es que la acción del Espíritu anule la capacidad humana. La actividad del Espíritu, de ninguna manera, suprime ni siquiera merma, sino que la transforma y potencia. Pero hay que convenir que ante la acción del Espíritu el hombre no es sujeto protagonista, sino pasivo o receptivo. Su trabajo consiste en acoger con plena atención el despliegue de la actividad del Espíritu.

Continuemos indagando. ¿Cuál es el papel protagonista del Espíritu? No reemplaza al hombre, ni sustituye su capacidad. El Espíritu no lee ni interpreta, ni tan siquiera escribe.

El papel del Espíritu viene señalado por la frase latina del Concilio: eodem Spiritu quo. La formulación gramatical indica que se trata de un ablativo de modo, con valor causal.

El texto alude a la verdadera causalidad de estas acciones. El Espíritu ejerce una verdadera influencia sobre el autor sagrado, sobre el lector y sobre el intérprete. Esta constatación permite una consideración de alto alcance. La presencia del Espíritu no queda reservada al pasado, al texto ya fijo, y que nosotros aceptamos como libro revelado. No se limita a la acción inspirada de la Escritura, sino que se ejercita sobre el creyente que lee e interpreta la Palabra.

Estas tres personas –hagiógrafo, lector e intérprete– pertenecen a ámbitos diferentes; pero poseen en común algo o alguien que los congrega e identifica: están inhabitados por el mismo Espíritu –eodem Spiritu–.

El hagiógrafo y el lector –o intérprete– se sitúan en épocas muy lejanas, incluso pueden ser considerados extraños y remotos el uno para el otro. Ha surgido una distancia secular, se ha cavado entre ellos una fosa de años y de siglos, y, sin embargo, a todos ellos les une un lazo profundo, que los anima y que hace posible su tarea: el mismo Espíritu. Este Espíritu posee poder divino, traspasa barreras de siglos, acerca las infranqueables distancias de culturas diferentes. El Espíritu crea en ellos una íntima comunión ante la Palabra de Dios.

Por tanto, el Espíritu actúa en el presente. Su «presencia»

–remachemos esta enseñanza hasta con redundancia martilleante– es un don presente perdurable, perpetuo. Su acción resulta actual. Es necesario insistir en esta fecunda idea que el Concilio, eco de la mejor tradición de los santos Padres, nos enseña.

Conclusión

a) Tener en cuenta tres normas interpretativas

La Dei Verbum señala luego tres reglas de esta lectura en el Espíritu. Invocar la asistencia del Espíritu exige también tener en cuenta estas tres recomendaciones y atenerse a ellas: hay que considerar la unidad de la Escritura, la Tradición viva de la Iglesia y la analogía de la fe.

a) La unidad de la Escritura se alcanza con la plenitud de Cristo. Así lo señala nuestra Constitución:

Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo (Dei Verbum, 6).

Los santos Padres encontraban una profunda unidad en el designio del amor de Dios. Así deja constancia un gran conocedor de esta tradición patrística: «Los Padres buscaban una lectura unificante de las escrituras múltiples, reunidas en una Biblia única, para descubrir en ella al Cristo uno y único»62.

En el capítulo que versaba sobre la lectura de la Biblia en Cristo, encontramos testimonios abundantes y pruebas que avalan esta plenitud que concede la presencia del

Señor Jesús a todos los libros revelados.

Muy certeramente ha sido descrita esta profunda unidad de la Escritura, desde Cristo. Con toda la tradición interpretativa de la Iglesia afirmamos esta profunda equivalencia. Toda la Biblia es el Verbo de Dios, Jesucristo. Se trata de descubrir en la Escritura el

Verbum abbreviatum: Eloquium Dei, Verbum Dei; Verbum Dei, Filius Dei 63.

b) La tradición viva de toda la Iglesia no se refiere a una serie informe de documentos, sino a la misma vida de fe de los cristianos. Dentro de esta tradición viva de la Iglesia, hay que apreciar y seguir la interpretación de los santos Padres, quienes procuraban ante todo la inteligencia espiritual de la Escritura64.

62 B. de Margerie, Introduction à l´histoire de l´exégèse I, París 1990, 282.

63 Cf. H. de Lubac, Exégèse médiévale II, París 1961, 189. Cita a Adam de Perseigne, Fragmenta mariana; PL 211, 750D.

Asimismo, también se trata con amplitud de esta cuestión en el capítulo sobre la lectura de la Biblia en la Iglesia.

c) La expresión «analogía de la fe» es de origen paolino (Rom 12,6). Aparece como síntesis de las dos anteriores. La tarea del lector-intérprete ha de integrarse en la comunión con el pueblo de Dios. El lector no está solo al leer la Biblia, no es una isla, se encuentra inmerso dentro de una comunidad que es la Iglesia65.

El lector de la Biblia no debe situarse al margen de la corriente viva de la Escritura, sino tal como ésta ha sido leída e interpretada por la comunidad eclesial. Hay que llegar a «la inteligencia espiritual de la Escritura, tal como los siglos cristianos la han comprendido»66.

b) La Biblia, el libro del misterio de Dios

Hay lugar para la adoración de la Palabra; pues al leer la Biblia, nos encontramos con un texto, que es tierra sagrada en donde Dios habita. Ante la santidad de la Biblia debe el lector creyente quitarse las sandalias, como Moisés delante del misterio de la zarza ardiente.

Resulta sumamente importante subrayar el sentido del misterio. Así lo presentó Mons. N. Edelby:

5. Mencionemos un último principio, que no es el menor: el sentido del misterio. El Dios que se revela es ‘el Dios escondido’. La revelación no nos debe hacer perder de vista el abismo de vida del Dios trinitario, vivida por su pueblo, pero siempre inagotable. El Oriente dice que la revelación es, ante todo, apofática, es decir, vivida en el misterio antes de ser expresada en palabras. Este dato apofático de la revelación es para la Iglesia el fundamento de la riqueza siempre viva de la Tradición. Una de las causas de los atolladeros teológicos en los últimos siglos ha sido la pretensión de encerrar el misterio en un encasillado de fórmulas. Ahora bien, la plenitud del misterio desborda no sólo la formulación teológica sino aun los límites de la escritura. Aunque el concilio no haya de decidirse sobre la cuestión del sentido plenior de la Escritura, debería afirmar la necesidad de la lectura ‘espiritual’, o sea, en el ‘Espíritu’ de las Sagradas Escrituras. Se trata, más que de una analogía de la fe, del sentido de la totalidad de Cristo resucitado, cuyo testimonio y parusía realiza progresivamente en la Iglesia el Espíritu Santo.

64 I. De la Potterie, a.c., 184.

65 Cf. J. de Finance, De l´indicible à l`Indicible: Gregorianum 65 (1984) 657-694. 66 H. de Lubac, L´Écriture dans la Tradition, París 1966, 7.

La revelación de Dios no puede quedar prisionera de las palabras, como si fuesen éstas cárceles que la dejan cautiva e inoperante. No puede ser reducida a fórmulas, gastadas, exangües. La revelación es realidad divina que nos supera y desborda. No es algo que el lector-intérprete objetiva y que eventualmente resuelve –como hábil relojero ante las piezas desgajadas de un reloj–. No es algo, sino Alguien. Alguien que sale a nuestro encuentro y envuelve.

La Palabra de Dios no se queda fosilizada en la Biblia. No está muerta. ¿Podríamos buscar un símil inteligible? La Palabra de Dios descansa en la Biblia. No es mineral. No es animal disecado. No está necrosada. Hemos dicho antes que «duerme». Espera que la fuerza de Dios la haga despertar. Precisa de una epíclesis

–o invocación del Espíritu Santo–, que le dé vida y transforme. Sin dicha epíclesis, la palabra permanece dormida, yace, pero no surge con vida.

Siguiendo el último de los signos del evangelio de san Juan, Lázaro estaba dormido. «Voy a despertarlo», dice el Señor. Sin el grito de Jesús: «Lázaro, ven aquí» (Jn 11,43), Lázaro seguiría en el sepulcro, ya de «cuatro días», esto es, muerto sin remedio. El Señor, asimismo, realiza su acción prodigiosa sobre la letra dormida de la Biblia por medio del grito vivificante del Espíritu Santo.

Las palabras de un maestro de la exégesis y de la significación literaria de la Biblia, L. Alonso Schökel, nos confirman en el papel absolutamente protagonista del Espíritu en todo lo concerniente a la lectura e interpretación creyente de la Palabra de Dios:

Sin el Espíritu es inútil repasar las narraciones bíblicas, no hacen sentido su sentido verdadero; no se entienden; sin el Espíritu, la palabra es letra muerta; a lo sumo, palabra de otro orden. La Iglesia invoca al Espíritu para que venga sobre el pan, sobre la letra escrita, repitiendo perpetuamente la consagración, haciendo que los hechos vuelvan a revelar, conduciendo así a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad67.

La Biblia, mientras narra el texto transmite un misterio: Scriptura sacra... uno

eodemque sermone, dum narrat textum prodit mysterium 68: el misterio de nuestra salvación.

Es menester, por tanto, indagar «la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para nuestra salvación» (Dei Verbum, 12).

Esta verdad no se limita a un enunciado de hechos históricos, sino a la «verdad de nuestra salvación». Recogemos dicha expresión, conforme al uso que el Concilio ha señalado, para inferir su significado. Habla en dos ocasiones de la veritas salutaris (LG 17; GS 28): «lo que Dios había revelado para salvación de todos los pueblos» (DV, 7).

Esta verdad «resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (DV, 2). El misterio o la verdad es Cristo, en donde definitivamente reside nuestro destino y salvación (DV, 15)69.

Pero el Espíritu permanece despierto. Vela y aguarda expectante, para hacerse presente y desvelar la plenitud de sentido al lector, que se acerca con hambre de entender y con fe para vivir. Interpretar es descubrir la verdad que está oculta, captar su sentido; consiste en desvelar el misterio escondido en la letra. Se descubre el misterio cuando en la Escritura aparece el resplandor de Cristo, merced a la luz que nos concede el Espíritu.

c) Pedir con constancia y confianza el don del Espíritu Santo

Si tan necesaria se torna la presencia del Espíritu, una consecuencia parece obvia. Se trata, ni más ni menos, que de cumplir el ruego de Jesús en el evangelio: pedir el don del Espíritu. Invocarlo y suplicarlo para que venga. Jesús nos lo ha asegurado: «pedid y se os dará» (Mt 7,7).

67 L. Alonso Schökel–A. Mª Artola, La Palabra de Dios en la historia de los hombres. Comentario temático

a la Constitución Dei Verbum, Bilbao 1991, 424.

68 San Gregorio Magno, Moralia XX, 1, 1; PL 35, 1458.

69 Un ejemplo lo podemos encontrar en san Agustín al exponer el relato joánico de las bodas de Caná. Explica, en primer lugar, el sentido literal; después expone lo que pertenece al misterio de este hecho. Y el misterio consiste en que las bodas de Caná son el signo de la alianza, el símbolo de las bodas mesiánicas: Cristo inaugura con la Iglesia, su esposa, el tiempo feliz de las nupcias. Cf. Tract. In Ioann., 8, 13; PL 35, 1.548.

Para ello, Jesús, modelo y maestro de oración, nos propone una parábola:

Y les dijo: Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle. Y desde dentro, el otro le responde: No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo yo: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, halla; y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una serpiente? ¿O si le pide un pez, le dará un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden! (Lc 11,5-13).

Sin pretender realizar una pormenorizada explicación, sí anotamos algunas enseñanzas evidentes. Existen impedimentos en el tiempo y el espacio para que la petición sea aceptada. Es medianoche. Si se levanta el amigo, toda la familia se verá obligada a despertarse. Hay que saber que había una única habitación donde dormían todos los miembros de la familia sobre una estera que, enrollada durante el día y puesta a un lado, todas las noches era desplegada para que cada uno ocupara su puesto encima de ella.

La razón de la amistad es el motivo literario dominante de la parábola. Un amigo no puede dejar a otro amigo en la estacada. Un amigo es el que puede decir a otro: «aunque sea al filo de la medianoche, yo te necesito».

El mensaje de la parábola hace hincapié en su aplicación a Dios. Va de menos a más: Dios no negará lo que se le pida; él ayuda sin condiciones. ¡Dios es el amigo que nunca falla!

anaideia. Esta densa palabra posee toda una plural gama de registros significativos:

perseverancia, constancia; osadía, descaro, atrevimiento, desfachatez. Hay que rezar con la certeza de que nuestra petición será atendida (Mc 11,24). Se trata de la parresía, la franqueza propia de la amistad.

Por tanto, la parábola insiste en la seguridad y confianza de ser escuchados; puesto que a este atrevimiento Dios no se resiste.

Es bastante probable que estos imperativos del pedir muestren la experiencia de un mendigo. Rescata escenas de vida familiar y vocablos domésticos: pez-serpiente; huevo- escorpión. El acento se pone en la peligrosidad de estos animales, que son referidos a Satanás y a los espíritus malos (Lc 10,19) ¿Acaso –pregunta el Señor–, cuando vuestros hijos estén hambrientos les vais a dar algo dañino, un animal venenoso? ¡Por descontado que no!

«A falta de pan, buenas son tortas», solemos decir ante la emergencia del hambre, que no admite tardanza. Pero, ¿cómo dar a un hijo algo tan mortal como una serpiente o un escorpión? La conclusión es a fortiori. Jesús espera de sus oyentes esta respuesta contundente: ¡Por supuesto que no vamos a darles algo que les perjudique!

Si un padre terreno, imperfecto, da cosas buenas a sus hijos, cuánto más las concederá Dios Padre. Por tanto, Jesús anima a aumentar la confianza en el Padre que regala generosamente.

El acento está puesto en lo específico del tercer evangelista. El cristiano no debe anhelar otros bienes, sino la plenitud y suma de todos ellos: el Espíritu Santo. Así lo contempla el evangelista Lucas, que especifica, concentrando, la petición según Mateo:

Si, pues vosotros, siendo malos sabéis dar cosas buenas

–domata agatha– a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden! (Lc 11,13).

El verso 13 determina lo que hemos de pedir y esperar en la oración: el Espíritu Santo. Es el don salvífico en el tiempo de la Iglesia, quien nos abre de par en par las puertas de la Palabra de Dios.