EL CATOLICISMO SOCIAL COMO PRAXIS DE FE
E DUCACIÓN Y CARIDAD: LAS H IJAS DE M ARÍA
En el contexto enunciado, las nuevas congregaciones de vida activa europeas a través de la educación impartida, de su piedad romántica y de su caridad misionera generaron un espacio social utilizado por el catolicismo y, sobre todo, por las mujeres de los sectores altos de la sociedad para desarrollar sus roles privados y públicos. Los primeros, como madres y esposas al desempeñar con mayor preparación su papel educador en la familia, y los segundos, como consocias al extender su función moralizadora entre los sectores populares4.
A fines de la década de 1840, coincidente con las primeras olas migratorias a la ciudad, la carencia de un personal adecuado para la atención de los establecimientos de beneficencia y educación obligó al Estado y a la Iglesia a negociar conjuntamente la llegada al país de congregaciones hospitalarias y educacionistas europeas. El prestigio de la educación francesa había motivado al ministro Portales a gestionar personalmente la traída de la congregación de los Sagrados Corazones para entregarle la educación de las mujeres de elite. Las religiosas llegaron en 1838 rápidamente abrieron pensionados y también escuelas de primeras letras para niñas pobres. A partir de 1853 se sumó la acción de la Sociedad del Sagrado Corazón, consagrando a la educación francesa como el modelo de formación entre la clase dirigente5. Solo en la década de 1870 se logró el
arribo de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y más tarde la orden de los Salesianos y la de los Episcolapios, a cuyo cargo quedó la educación popular. Las Hermanas de la Providencia (1853) se preocuparon de los huérfanos y niños abandonados, y los enfermos y hospitales quedaron en manos de las Hermanas de la Caridad (1854). En 1855 se unía a la labor de estas congregaciones la del Buen Pastor de Angers, también de origen francés, fundando una misión en la ciudad de San Felipe, al norte de la capital. Dos años después nuevos contingentes llegaron a Santiago y, en 1864, a petición del gobierno, tomaron en sus manos el cuidado de la antigua Casa de Corrección de mujeres6.
Durante la década de 1840, las señoras de elite se aglutinaban en torno a la Hermandad de Dolores y la Sección de Beneficencia de la Sociedad de Agricultura y Beneficencia creada en 1838. La primera visitaba a los enfermos en sus habitaciones, y la segunda era una asociación dedicada a la educación técnica de los pobres y a la
asistencia de los asilos, hospitales y prisiones. Antecedente directo de la Sociedad de Señoras para la Caridad Cristiana, reconocida legalmente por el gobierno en 18517. Un
año después, probablemente esta misma asociación haya adoptado el nombre de Sociedad de Beneficencia de Señoras, con el que se le conoció por el resto del siglo. Por lo tanto, cuando estas congregaciones comenzaron a desarrollar sus prácticas asociativas y caritativas, las mujeres de Santiago ya estaban preparadas para ingresar a ellas.
La novedad de sus prácticas era evidente frente a las antiguas cofradías o hermandades porque hacían del socorro a los pobres una forma de relacionarse con el mundo exterior, transformando el trabajo en un medio de santificación personal. Las cofradías ayudaban a sus propios cofrades o administraban los asilos, pero no se proyectaban más allá de su círculo de referencia. Estas religiosas junto con las señoras comenzaron a salir de sus conventos, de los asilos, de sus casas y penetraron en las habitaciones de los pobres. La visita domiciliaria era parte de su trabajo apostólico, como también de sus prácticas piadosas, porque en las visitas semanales, o al menos regulares a la misma familia, se intentaba brindar una ayuda espiritual más allá de la material. La visita a una familia la realizaban dos o tres mujeres, a veces acompañadas de una religiosa, en las que entregaban medicamentos gratuitos, bonos de comida, vestuario, platos de las Ollas de Pobres, incluso dinero, pero todo ello con el fin de inculcar en los niños y las madres el apego a los sacramentos, el trabajo honrado, la educación, las buenas entretenciones, el valor del trabajo y de la disciplina individual.
Desde la década de 1860 en adelante estas sociabilidades florecieron, haciendo de la caridad no solo una nueva forma de salvación personal para estas mujeres, sino también una manera novedosa de relacionarse con la pobreza urbana, así como de participar activamente de un espacio público que se hacía crecientemente masculino y socialmente segregado8.
La caridad activa formó parte de la educación femenina entregada por las religiosas del Sagrado Corazón. La llegada de la congregación a Chile sin duda marcó un hito en la historia de las mujeres y de la educación femenina nacional al abrirles la posibilidad de ir al colegio y recibir una formación exigente. No menos importante fue la preparación de las primeras preceptoras entre sus alumnas, una vez que el gobierno dejase en manos de las religiosas la Escuela Normal de Preceptoras en 1854. En los años centrales del siglo, el paulatino crecimiento del alumnado se debió no solo a los planes de estudios y el establecimiento de metodologías sistemáticas, sino también al hecho de formar parte de una elite educacional y un sistema educativo de reconocimiento mundial.
La Sociedad del Sagrado Corazón fue una de las tantas congregaciones femeninas activas fundadas en el siglo XIX como respuesta a la voluntad de reconquista espiritual
que se vivió en la Francia post revolucionaria. Fueron congregaciones misioneras, educacionistas y hospitalarias distinguidas de las órdenes contemplativas por ofrecer una ayuda caritativa organizada para solucionar necesidades concretas de la sociedad, pero sin por ello abandonar las prácticas de piedad heredadas de los antiguos conventos. Aunque no fueron todas idénticas, su sociabilidad tuvo rasgos comunes, definidos principalmente por el hecho de contar con una estructura jerárquica y centralizada de
organización bajo la tutela de una fundadora, figura central que imponía un sello a la nueva comunidad. La Casa Madre llevaba la administración general de la congregación, dependiendo de ella todas las demás casas. A diferencia de las antiguas cofradías y hermandades, generaron estrechos lazos con la jerarquía eclesiástica estando bajo el control directo del obispo o su representante. En cuanto a su piedad y caridad, lo fundamental fue su vinculación con el mundo exterior. Se trató de órdenes activas porque estaban presentes en el mundo a través de la misión, la escuela, el hospital, la obra de piedad. Todo esto fue un reflejo de la renovación del catolicismo europeo en el que las mujeres pasaron a ser la figura central9.
En cuanto a las congregaciones dedicadas específicamente a la enseñanza, estas fueron favorecidas por la aceleración de la alfabetización femenina, el interés creciente del Estado por la educación primaria y el establecimiento de colegios exclusivos para niñas. Por esta misma coyuntura, las educacionistas tuvieron la posibilidad, en ciertos casos, de lucrar con el apostolado que ofrecían. Crearon distintos tipos de colegios según la educación que necesitasen los diferentes grupos sociales, adaptando sus capacidades a las características de la demanda social por educación. Incluso lograron dejar bajo su influencia a sectores rurales y urbanos hasta ese entonces alejados de la enseñanza católica. El éxito que alcanzaron se explica no solo por la excelencia de su educación, como ya se ha dicho, sino por el rol que jugó la educación en la formación de una mujer mejor preparada para servir en el espacio público de la sociedad civil así como en el privado de la familia. En ello radica la enorme contribución de la Iglesia católica a la educación primaria en la Francia decimonónica10.
La Sociedad del Sagrado Corazón, fundada en 1800 por Magdalena Sofía Barat y aprobada oficialmente por el Papa León XII en 1826, rápidamente alcanzó un gran
prestigio, expandiéndose mundialmente11. El hecho hizo de sus religiosas mujeres
modernas, íconos de la religiosa misionera decimonónica12.
En los colegios del Sagrado Corazón, las niñas recibían la mejor educación para su sexo y condición, sin ser interrumpidas ni distraídas por los afanes del exterior. Es por esto que el gran objetivo educador consistía en preparar a las jóvenes para asumir su rol social femenino a la hora de volver al mundo como verdaderas mujeres cristianas, a tal punto de que su condición de “hijas del Sagrado Corazón” fuera siempre reconocida. Se trataba de una “educación integral”, cuyo primer objetivo estaba en la formación personal, comprendida como formación religiosa. Todas las áreas de la educación impartida estaban supeditadas a la trascendencia del rol social de la mujer como instrumento de transmisión de los valores cristianos a sus hijos y a los sectores populares. Detrás de los planes de estudios y reglamentos había una enorme confianza en la inteligencia y discernimiento femeninos, valorando a la mujer como una pieza clave para la sociedad. Dentro de este esquema, la verdadera audacia de Sofía Barat y las suyas fue poner en manos de las mujeres conocimientos que hasta ese momento estaban reservados a los hombres. Cabe destacar el valor atribuido a las labores manuales y, en general, al vínculo con el trabajo en sí como un medio de salvación, dándole también un sentido trascendente. Ni la fuerza de la oración ni la vida conventual fueron desdeñadas,
pero la práctica de la caridad extramuros constituyó un nuevo vínculo material con la sociedad.
Un pilar fundamental de la educación del Sagrado Corazón apuntaba al desempeño de la mujer en el mundo, según sus “deberes de estado”, entendiéndose por esta expresión la debida ocupación de cada cual, según su rol en la sociedad, ya sea como religiosa o como madre y esposa. Por lo mismo, Barat a pocos años de la fundación —en 1818— formó dentro del colegio de París una asociación llamada las “Hijas de María”13.
Era una minoría espiritual que debía desempeñarse en el terreno social más allá de las paredes del pensionado. Las reglas fueron escritas por uno de los jesuitas vinculados a los orígenes de la Sociedad del Sagrado Corazón14. Las Hijas de María era una
asociación de laicas, vinculadas a las religiosas, pero independientes. Ellas recibían una formación vigorosa para su misión y, como símbolo de su compromiso, llevaban una medalla que tenía por un lado al Sagrado Corazón y por el otro la Inmaculada Concepción, con la leyenda ‘Cor meum jungator vobis’.
A los pocos años (1832), las Hijas de María contaron entre sus filas también a señoras “del mundo”, mujeres católicas comprometidas con los servicios apostólicos, pero que no eran obligatoriamente ex alumnas de los colegios del Sagrado Corazón15. El
fin de la asociación era “ayudar a las jóvenes y a las señoras del mundo a perseverar en la fe, en la piedad, en la caridad y en la modestia: estimularlas en el cumplimiento de los deberes de su estado; procurarles ayudas espirituales en medio de sus dificultades y consuelo en las penas de la vida”. Decía Sofía Barat a las Hijas de María: “Lo que nosotras no podemos hacer, encerradas en nuestra clausura, a vosotras os pertenece realizarlo. Os hemos reunido como una falange que nos reemplace en medio del mundo”16.
El modelo educativo importado a Chile por Anna du Rousier debía ajustarse al ideal de la fundadora, por lo mismo, siendo una educación integral era necesario inculcar la disciplina en todas las áreas, utilizando la caridad para contactarse con el mundo exterior.
La tarea no parecía fácil. A medida que Anna y las suyas conocían a los chilenos se impresionaban por su vida “desordenada y bulliciosa”, no solo en el trabajo y los estudios, sino también a la hora de practicar la piedad. Era necesario, entonces, no solo expandir el culto, sino organizarlo a la usanza propia del siglo en Europa, pues la ayuda al prójimo se vinculaba estrechamente con la piedad17. En dicha labor, las Hijas de María
constituyeron una herramienta fundamental.
Para el caso particular del culto al Sagrado Corazón de Jesús, Anna du Rousier publicó un folleto y un libro para celebrar debidamente el mes que se le dedicaba18. Sin
embargo, sus intenciones iban más allá de despertar una devoción interior, pues el amor al Corazón de Cristo también debía manifestarse según su ejemplo en el amor al prójimo19. Por ello era necesario inculcar las virtudes de la piedad y la caridad en las
suyas para que fuesen a socorrer a los desvalidos en sus propios centros de referencia. Con este propósito, formando parte de la tendencia imperante en Europa20 y siguiendo
los pasos de Barat, Anna estableció una serie de asociaciones características de los establecimientos de la congregación, que se distinguían por el origen de sus miembros y
su labor social. Las más significativas fueron las Consoladoras de María, la de Santa Ana y las Hijas de María. Para lograr constituirlas fue necesario transmitir, junto a la devoción al Sagrado Corazón, la propia de las advocaciones de la Virgen María. Anna du Rousier y las suyas influyeron en sus alumnas y familiares con el fin de que fuesen verdaderos apóstoles de la Madre de Cristo. Un gran apoyo para esta misión fue la celebración del Mes de María, iniciada en Chile junto con la llegada de las religiosas en 1853, gracias a la iniciativa de Joaquín Larraín Gandarillas, cercano discípulo del Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso y protector de la congregación. Las asociaciones laicas de mujeres constituyeron un medio muy eficaz para difundir su veneración en todas las capas sociales21.
Así como las Consoladoras de María y la congregación de Santa Ana estaban orientadas a personas de origen modesto, las Hijas de María debían tener en sus filas a mujeres de elite22. Dirigidas por un sacerdote y con un reglamento concreto ratificado
por el Arzobispo, las Hijas de María reclutaron a sus miembros entre las alumnas del pensionado. Una vez egresadas del colegio, al volver al mundo, las socias conservaban “sus privilegios y deberes”, y seguían agrupadas bajo el título de “Hijas de María de afuera”. La participación continua en la asociación permitía la permanencia del vínculo con el colegio y la congregación, reprobando de manera visible que la formación recibida en el Sagrado Corazón no terminaba al salir del pensionado.
Tan delicado título se acompañaba de símbolos y ritos que representaban externamente su significado. Al ingresar en la congregación, las jóvenes renovaban la “resolución de fidelidad a sus ejercicios de piedad” y recibían la medalla —la misma usada en todo el mundo—, el “objeto más caro a su devoción” y “signo de su devoción a María”23.
En Chile, la asociación replicó la misma sociabilidad jerárquica y centralizada que poseía en Europa. Era un modelo organizacional que le permitía estar en contacto con su Casa Madre, sostener relaciones cercanas con la jerarquía eclesiástica nacional, pero mostrando una independencia efectiva en sus acciones. Un sacerdote tenía las funciones de capellán, asumiendo su dirección el mismo Joaquín Larraín Gandarillas, mientras los distintos cargos eran ocupados por voluntarias elegidas en forma democrática por “escrutinio secreto a pluralidad de votos”24.
Una serie de prácticas espirituales y un apostolado concreto de ayuda al prójimo distinguían a las Hijas de María. Con respecto a lo primero, ellas contaban con el auxilio espiritual de la Sociedad del Sagrado Corazón. Sus obligaciones piadosas consistían en el estudio del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, la recepción de la Comunión los primeros viernes del mes; las frecuentes visitas al Santísimo Sacramento; la celebración de las fiestas marianas acercándose a la Eucaristía; la oración, “fuerza fundamental para vencer las tentaciones”. Si bien los retiros no figuraban en el reglamento, era habitual que asistieran a los Ejercicios Espirituales una vez al año y se retiraran durante un día de cada mes25. Asimismo, debían renunciar a “las conversaciones, lecturas y diversiones” que
ocasionaran el pecado; a la vanidad, representada por los lujos, la frivolidad, los “adornos costosos”, “los vestidos poco decentes y los indecorosos bailes de las hijas del siglo
corrompido”. Incluso eran motivo de exclusión la asistencia a dichos bailes contrarios al “pudor” y “vestir esos trajes inmodestos que a la par reprueban el decoro y la religión”26.
Además de estas virtudes, se reunían una vez al mes con el director y asistían a una misa anual ofrecida por las almas de las Hijas de María difuntas. Después de las reuniones ordinarias se recolectaba el dinero recogido por ellas en distintas circunstancias, el aporte de cada cual y las ofrendas particulares propias de las admisiones. Así se formaba el pequeño “tesoro” de la orden, destinado al socorro de los pobres27.
La ayuda al prójimo se concretaba en dos planos. Dentro de la asociación, las prácticas de caridad se efectuaban hacia sus propios necesitados: lo primero era prodigar un trato cordial mutuo entre los miembros, la visita en caso de enfermedad, la ayuda en la necesidad y el envío de circulares. Hacia afuera, o extramuros, debía ejercitarse “un apostolado de fe y de piedad”, primero, en el interior de sus familias y entre las personas de su entorno social, pero también “con sus domésticos” y con los pobres. Su caridad debía extenderse a “las miserias y padecimientos corporales”28.
En Chile, la respuesta al tipo de asociación laica y caridad activa representada por las Hijas de María fue exitosa en sus obras, constituyéndose en un referente para las religiosas del Sagrado Corazón más allá de su labor pedagógica. Solo algunas de sus socias eran el resultado de su educación. En Santiago, por ejemplo, el 11% de las alumnas que pasaron por el internado de La Maestranza en el siglo XIX llevaron la
medalla de Hija de María. El resto, las de afuera, se vincularon a las Hijas de María, y con ello a la congregación, a través de la adopción de su espiritualidad y sus prácticas asociativas, piadosas y caritativas. De hecho, muy temprano ya en 1859 las Cartas anuales daban cuenta de los comienzos de la obra de las “Hijas de María de afuera”, quienes tenían sus reuniones mensuales los días sábado29. En las provincias sucedió lo
mismo, con distintos matices. Por ejemplo, así como en Talca tardó unos años en consolidarse, en Concepción el proceso fue más rápido30.
Las Hijas de María se caracterizaron por un apostolado social muy concreto, a saber, la visita a domicilio de un número acotado de familias pobres que les eran confiadas a cada una de las socias. En esa instancia debían entregar no solo ayuda material, sino principalmente socorro espiritual. Lo material era solo una contraseña, como ellas mismas lo señalaban, para acceder a las habitaciones de la miseria. Las Cartas anuales de 1878-1879 de las religiosas destacaban la labor de Victoria Prieto de Larraín —hija del Presidente Joaquín Prieto y esposa de Rafael Larraín Moxó, político conservador y activo promotor de las religiosas en el país— por reflejar plenamente los ideales de la asociación31:
Sin descuidar los deberes de su alta posición, formó una familia numerosa y se convirtió en apóstol de los pobres.
Salía temprano en la mañana, dirigiéndose a los barrios más pobres, con su coche lleno de ropa para repartirla; lo mismo, alimentos y remedios. Cuidaba a las almas y los cuerpos en nombre del Sagrado Corazón32.
Interesante fue la reacción de las Hijas de María de Concepción frente a la Guerra