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Los apolíticos “ligueros”

E L PROBLEMA DE LOS VALORES

Pareciera ser que el tema de los valores es el que podría (y de hecho ha sido así) ofrecer mayores dificultades para una convivencia relativamente armónica en una comunidad. Y decimos esto porque nos parece que hasta el día de hoy es uno de los temas de mayor

complicación para las democracias contemporáneas, para el magisterio de la Iglesia y para la vida cotidiana de los católicos. Más todavía si pensamos no solo en las diferencias ideológicas de corte político y filosófico, sino también en aquellas que constituyen las diferencias de opciones religiosas o no religiosas, que han significado y significan profundos puntos de desencuentro. Para nuestros propósitos, pensamos que hay dos formas de acercarse al problema del valor. La primera tiene que ver con el valor como deber ser, la segunda, el valor como máximo posible histórico. Estas dos categorías, sin duda, son un desafío para el catolicismo social24.

El valor como deber ser, nos ubica en la situación de aquellas definiciones rotundas de carácter ético, religioso, filosófico e incluso de presunto carácter científico, las que aparentemente son muy difíciles de transar, aunque la historia nos enseña que muchos supuestos valores temporales, son superados con la marcha de los tiempos. Pero en todo caso, el deber ser del valor es aquello que está en las definiciones más intimas de las opciones de las personas, fundamentadas en su propio sistema de creencias o de concepciones con que se mira al mundo. Por esto es que situándonos en la esfera del valor, en cuanto es una definición integral, como pudieran ser los supuestos de una fe, es muy difícil (aunque quizás no imposible) establecer un diálogo que permita cambiar o modificar los contenidos de un valor. No obstante, reconocemos que a pesar de esta dificultad, puede haber una posibilidad, aunque muy baja, de un acuerdo.

Sin embargo, vemos una segunda dimensión del valor, que es aquella que denominamos máximo posible histórico del valor, y que tiene que ver con el reconocimiento de que siempre habrá limitaciones para el ejercicio pleno de los valores en cuanto el deber ser en las diversas situaciones históricas. Por lo tanto, lo que manejamos a la hora de la verdad es la realización de un máximo posible para el ejercicio de estos principios, de acuerdo a las circunstancias históricas y al derecho de los demás. En otras palabras, estamos diciendo que en una comunidad donde hay una diversidad de valores, estos coexisten necesariamente de acuerdo a lo que las posibilidades históricas permiten. En este nivel es donde creemos que se dan las mayores posibilidades para un diálogo fructífero en materias que tienen que ver con supuestos valóricos. Tenemos el derecho (cada cual, cada grupo) a vivir nuestros valores de acuerdo a las mejores posibilidades que ofrece el tiempo histórico. Es como pensamos el momento del diálogo y el momento del encuentro.

No obstante, reconocemos que en una sociedad puede haber valores con mucha fuerza que representan intereses de grupos, que a veces la comunidad no acepta o cree que no debiera aceptar. La pregunta que se nos viene es precisamente ¿qué valores, por antagónicos que sean, tienen derecho a convivir y desarrollarse en una sociedad democrática? Y una segunda pregunta: ¿cuál es la medida o cuál es el referente universal aceptado por todos, o mayoritariamente aceptado por todos, que nos permitiría con alguna propiedad rechazar a un grupo y sus valores o supuestos determinados?

Las preguntas anteriores, nos llevan a concluir que de acuerdo a la experiencia del mundo contemporáneo, en todas las latitudes (sobre todo en las valoraciones que se han hecho en el transcurso del siglo XX), aparece el valor de la dignidad humana, igual en

todos y para todos, como el elemento que nos permite pensar, con cierto grado de esperanza, que es posible un encuentro entre los seres humanos y que este encuentro solo es posible con mayor propiedad en un sistema democrático. Pareciera ser que si mencionamos el tema de la dignidad humana como el concepto aglutinador, no estamos haciendo un aporte muy significativo. Pero si pensamos en la historia reciente, vemos que la ausencia del reconocimiento de la dignidad humana, igual en todos, es lo que ha permitido en Occidente, por ejemplo, una democracia sin plenos derechos para minorías raciales o culturales. Es decir, democracias sin reconocimiento de derechos humanos básicos. Pero también tendríamos que referirnos a muchos otros ejemplos que ilustran esto, como una democracia sin voto femenino, durante muchas décadas, y sobre todo una democracia sin garantías para el desarrollo integral de las personas. Por lo tanto, estamos frente a un tema antiguo, cuya praxis histórica ha sido limitada y muchas veces suprimida. Hablar de dignidad humana es algo que recién está apareciendo como un tema de consenso y de mayor reconocimiento. Pero aun así, es necesario avanzar en la reflexión, porque hay grados de dificultad difíciles de superar. En todo caso, la Iglesia chilena ha liderado la causa de los Derechos Humanos, sobre todo en los difíciles tiempos de la dictadura militar, como ya hemos señalado25.

La dignidad humana, para mejor abordarla (y solo en una explicación muy breve), parte de la idea de que el elemento básico que permite acercarse a una definición es el derecho a la vida. Y que, por lo tanto, cualquier atentando contra la vida, cualquier indignidad contra la vida, cualquier violación de derechos, políticos, sociales, morales, culturales, económicos y otros, constituye una violación a la vida o una violación a la posibilidad de una vida plena. Por lo tanto, el reconocimiento a la vida y a las condiciones para ella, con todo lo que implica, es la base del acuerdo de los hombres diversos para la constitución de una sociedad diversa, en la cual el pluralismo, en todas sus dimensiones, se encuentra respaldado, junto a esta diversidad, en el respeto a esa dignidad humana. En consecuencia, cualquier doctrina que proponga el sometimiento del otro, la segregación o marginación del otro, que excluya por razones diversas al otro, con alguna forma de violencia explícita o implícita, necesariamente debiera estar por fuera de una democracia, que reconoce la pluralidad, la diversidad y la dignidad. Por lo tanto, la validez innegable que en la historia contemporánea ha tenido, en diversos momentos, el catolicismo social, les debe permitir a los laicos y a la Iglesia toda renovar y revalidar tesis y propuestas en el contexto de los nuevos desafíos de una modernidad que para algunos hizo crisis y para otros inicia una nueva etapa. Debe generar respuestas, pero no para sociedades homogéneas, ni para pretensiones de homogeneidad, sino para sociedades con expresiones de múltiples significaciones culturales, que legitiman una diversidad natural que debe encontrar cauces en un proyecto histórico común.

Tales conceptos no son opuestos a la idea de identidad; por el contrario, la identidad solo es posible en medio de la diversidad, y esta forma de entenderla es contraria, con toda seguridad, a la pretensión de muchos de tener sociedades homogéneas como un factor para el progreso. Estamos en la dimensión y en la posibilidad de construir también una nueva democracia. Una democracia que es

fundamentalmente, como ya dijimos, un sistema de derechos, sin los cuales, o con estos limitados, no hay plena garantía de reconocimiento de la dignidad humana. Una democracia económica, social, política, cultural, integral, pero a partir del reconocimiento de la diversidad y de la plena vigencia del reconocimiento de esta dignidad humana en permanente construcción y desarrollo. Una democracia nunca perfecta. Una democracia siempre perfectible, en cada tiempo de la historia, en cada generación de los pueblos.

Notas:

1 El presente artículo forma parte del trabajo de los autores, en preparación y en vías de publicación,

Democracia y Humanización en Chile Contemporáneo: Política, Sociedad y Valores. Con la colaboración del

profesor Sebastián Sánchez González.

2 Sobre este tema véase: M. A. Huerta y L. Pacheco, La Iglesia chilena y los cambios sociopolíticos, Editorial Pehuén, Santiago 1988.

3 J. Maritain, Humanismo Integral, Editorial Carlo Lohlé, Buenos Aires 1966, 125.

4 Id., El hombre y el Estado, Instituto de Estudios Políticos (IDEP), Santiago 1974, 45-46.

5 Id., Cristianismo y Democracia, Biblioteca Nueva, Buenos Aires 1944, 47.

6 Ibid., 31.

7 Id., Humanismo integral, 121-123.

8 Id., Cristianismo y Democracia, 35.

9 Id., Humanismo integral, 127-129.

10 Id., Cristianismo y Democracia, 95-97. Cuando el autor habla de “frente único” se está refiriendo a la trayectoria europea, principalmente a la teoría de frente único expuesta por Dimitrov en el VII Congreso de la Internacional Comunista, y concretamente a las posteriores experiencias de los Frentes Populares. Esta obra se escribe en el verano de 1942.

11 Id., Humanismo integral, 73-74.

12 Esta temática hace parte de: L. Pacheco, El pensamiento sociopolítico de los Obispos chilenos, Editorial Salesiana, Santiago 1985. También en: Huerta y Pacheco P., op. cit.

13 Cfr. Conferencia Episcopal de Chile, “El Deber Social y Político”, en F. Aliaga. et al. Documentos de la

Conferencia Episcopal de Chile, Tomo II. ESEJ, Santiago 1979, 15 (2). El número final entre paréntesis

corresponde al numeral del documento de los Obispos. Usaremos esta especificación en todas las citas de documentos de la Iglesia que estén subdivididos de esa manera. También en: L. Pacheco P., op. cit.

14 J. Ahumada, “La Crisis Integral de Chile”, extracto incluido como documento en H. Godoy, Estructura Social

de Chile, Editorial Universitaria, Santiago 1971, 516-517. 15 Conferencia Episcopal de Chile, op. cit., 24 (17).

16 Ibid, 32 (27).

17 En: Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, Edición BAC, Doc. Sociales. n° 9, 843.

19 Constitución Lumen gentium, Concilio Vaticano II, 17.

20 Ibid…, 13.

21 Ibid., 16.

22 G. Vattimo, “Posmodernidad: ‘Una sociedad transparente”‘, en F. Giraldo — F. Viviescas (Comp.), Colombia:

el despertar de la modernidad, Foro Nacional por Colombia, Bogotá 1991. Señalar página de la cita 23 Gaudium et spes, Concilio Vaticano II, n. 2.

24 Este concepto ya fue propuesto en: M. A. Huerta y L. Pacheco P., “Reflexiones sobre democratización y democracia participativa”, Persona y Sociedad, Vol. VIII, 1-2 (1994) 86-114.

25 Este tema fue parcialmente abordado en: M. A. Huerta y L. Pacheco P., Historia, democracia y valores, Editorial El Cid-CEPADE, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá 1990.

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