Los apolíticos “ligueros”
E L DEBER SOCIAL Y POLÍTICO COMO EXPRESIÓN DE UNA N UEVA C RISTIANDAD EN C HILE
Solo para darle un mayor sentido a lo que venimos diciendo, queremos recordar aquí lo que planteaba la Iglesia chilena, en el contexto de los años sesenta, que marcará el inicio de una etapa de profunda crisis en la democracia chilena, pero también en América Latina. Ni Chile ni América Latina habían podido acceder a modelos democráticos más justos ni a modelos económicos que contemplaran una mejor distribución de la riqueza con un proyecto social incluido. Debemos mencionar aquí lo relevante que resulta el pensamiento de la Iglesia en ese momento de nuestra historia y del sentido que tiene el catolicismo social como compromiso para contribuir a producir los cambios que el país necesitaba. Queremos hacer alusión al documento El Deber Social y Político, de la Conferencia Episcopal de Chile, para una mejor ilustración de estos contenidos12.
El documento El Deber Social y Político es a la vez un punto de llegada y un punto de partida. De llegada, porque es el resultado de todo un proceso de la vida nacional y de la Iglesia, que en la década de los cincuenta estaba configurando una etapa muy específica de la historia del país. Pero por otra parte decimos que es un punto de partida, que será coincidente con el Concilio Vaticano II en sus propósitos. La Iglesia se
comprometerá con una participación más activa en la vida nacional, no desde el compromiso político y partidario contingente, sino principalmente en una nueva visión de su misión evangelizadora e iluminadora, en todos los ámbitos del quehacer nacional.
A partir de 1962, el compromiso de la Iglesia, que se expresa a través de la Conferencia Episcopal, se hace cada vez más profundo y va generando algunas grietas con determinados sectores políticos y económicos del país, que pretenden ver en esta actitud de la Jerarquía chilena una intromisión en política activa, al mismo tiempo que estaría favoreciendo a sectores de tendencias centristas comprometidos con los cambios, como la Democracia Cristiana (en la óptica de la Nueva Cristiandad) o partidos políticos
tradicionales de izquierda. La Iglesia siente la necesidad de decir que los cambios en el país deben realizarse, porque no es posible ocultar los hechos que revelan las injusticias; y que, por otra parte, se corre el peligro de que estos cambios sean impulsados por otros, quienes podrían imponer modalidades y formas contrarias a los principios e intereses de la Iglesia y los cristianos13.
Chile necesita transformaciones profundas, que solo pueden hacerse con la solidaridad y el compromiso de todos. Los obispos han venido sosteniendo que la crisis de la sociedad chilena, en gran medida, se explica por la falta de solidaridad, y esta solidaridad se manifiesta en un sentimiento que une a los miembros de un grupo social, impidiendo que este se desintegre en situaciones de crisis y conflicto. La solidaridad funciona como amortiguador en la solución de los conflictos inevitables: “el conflicto, decía Marx, es el motor de la historia. Olvidaba que la historia es un vehículo de dos motores. El otro es la solidaridad. Hay insuficiente solidaridad si no es posible movilizar los esfuerzos comunes del grupo para realizar tareas que son importantes para la vida de él. En Chile no hay suficiente solidaridad para las tareas de eliminar la inflación, para crear ahorro, para proteger la infancia desvalida. Posiblemente no hay solidaridad porque esta se crea participando en tareas comunes, compartiendo ideales comunes”14. Es el
mismo sentido en el que se están expresando los obispos. Buscando y estimulando la solidaridad entre los chilenos; la solidaridad como fundamento profundo del cristianismo que se expresa en el prójimo:
Hablamos a todos los hombres patriotas; hablamos a quienes ven con amargura la situación del presente; a aquellos que estimulados por los ejemplos de los grandes que nos dieron patria, se sintieran capaces de cualquier sacrificio por la causa de Chile. Edifiquemos la grandeza y la libertad de nuestra tierra con la contribución generosa de todos sus hijos15.
Lo novedoso se encuentra, sin duda, en que la convocatoria de la Iglesia se amplía más allá del mundo cristiano. Incorpora en su invitación a todos los “patriotas”, entendiendo por tal a aquellos que están dispuestos, por solidaridad, a enfrentar los problemas y efectos perniciosos del subdesarrollo y de las limitaciones de nuestra democracia. En esta búsqueda de una democracia con la participación de todos, con intentos de pluralismo y diversidad, es notable la actitud de los obispos frente a los partidos de izquierda y concretamente los comunistas. De alguna manera los quiere a todos sin exclusiones en la transformación de Chile:
Esta transformación debe ser sincera y mirar a una auténtica y real elevación y promoción económica, social y cultural, política y espiritual, del mundo del trabajo y no orientarse hacia un anticomunismo negativo, tendiente a la derrota y eliminación del adversario, con el fin de conservar mejor y por más tiempo el orden económico y social presente, ni limitarse a un “paternalismo”, más inclinado a la beneficencia que a la justicia16.
Lo fundamental es transformar la realidad y no tener como objetivo de la acción la lucha anticomunista. Se entiende con claridad que hay grupos interesados en defender el “orden” existente y que utilizan la lucha anticomunista como un elemento distractor de la cuestión de fondo. Actitud que se generaliza no solo en el país, sino en toda América
Latina, donde se comienzan a desvirtuar los cambios necesarios por los sectores más conservadores y reaccionarios, calificándolos como acciones comunistas o pro marxistas. Así la lucha por la democracia se vuelve peligrosa, porque toda legítima idea de cambios se descalifica con los argumentos anteriores.
Se comprende claramente en ese momento que el sistema liberal, basado solo en el lucro y en una organización social en función de la empresa y la ganancia, ha producido profundas inequidades:
el miserable abandono religioso y moral y la gran miseria material a que ha reducido a grandes masas de la población trabajadora, la práctica de un liberalismo ateo y sin entrañas en la escuela, en la fábrica y en la sociedad toda, ha sido la causa de que gran número de personas acepten, sin mayor examen, el comunismo17.
Esto fundamenta el planteamiento que ellos hacen, en el sentido que
la debilidad e inoperancia de los gobiernos democráticos, la falta de una acción decidida para solucionar los graves problemas de la hora presente y la prolongación indebida de una situación injusta e intolerable han llevado a gran parte de nuestro pueblo, aun en contra de su voluntad, a buscar la solución de su triste estado en la doctrina comunista18.
Los textos y reflexiones de estos documentos nos presentan una dimensión del catolicismo social que amplía su convocatoria, más allá del reclamo por ciertas transformaciones necesarias. Es un catolicismo social que entiende, según expresiones de la Iglesia chilena, que hay que trasformar la realidad y no tener como objetivo esa lucha anticomunista que la había marcado. Se trata, por lo tanto, de optar por cambios estructurales reales en nuestra sociedad, y no por transformaciones paliativas. Se trata de renovar la democracia como un sistema de derechos, por un reconocimiento que la satisfacción de ellos es la tarea de toda la comunidad; que es una nueva forma de estructurar y sentir la sociedad. Es sentir que ser comunidad nos obliga en el plano de la igualdad, superando la idea de asistencia social o una mera reivindicación de derechos.
Esta Nueva Cristiandad y esta nueva acción de sectores laicos y religiosos hay que entenderla en el contexto propio de una modernidad que ha conducido al mundo hacia una bipolaridad, en la que cada uno de estos polos representaba una visión unilineal y excluyente de la historia: o era la sociedad liberal capitalista, con todas sus injusticias y limitaciones; o la sociedad marxista pro soviética, con todas las limitaciones a los derechos fundamentales, propias de los totalitarismos. En el caso de América Latina y Chile en particular, esta bipolaridad, traducida en los efectos de la Guerra Fría, va a conducir al oscuro período de las dictaduras militares. Esta compleja situación, en el caso de Chile, nos mostrará la importancia del vínculo entre la Jerarquía de la Iglesia y los laicos, creyentes y no creyentes, para la creación de un espacio para la defensa de los derechos humanos y de participación y acogida para la inmensa mayoría de chilenos afectados.
En ese sentido, esta Nueva Cristiandad va a ser atrapada por una bipolaridad, que terminará en una sola versión de la historia —aparentemente— dominante. Por esto, comienza a emerger una sociedad socialmente diversa, con distintas opciones en lo
valórico, con expresiones religiosas múltiples, etc. Una sociedad en que siendo determinante el concepto de justicia social y el reclamo por los derechos sociales, políticos y económicos, ha introducido la variante de la diversidad, por lo tanto con otras concepciones e ideas de lo social, ámbitos en los cuales el catolicismo social no había incursionado. Como proposición histórica, había llegado significativamente hasta la década de los sesenta, con el Concilio Vaticano II, con el crecimiento de las revoluciones
en América Latina, con el auge y caída de las dictaduras. En definitiva, con la crisis de la modernidad y con la aparición y emergencia de nuevas realidades sociales, sin duda el catolicismo social se ve hoy enfrentado a la necesidad de generar respuestas. Debemos considerar aquí que la globalización, y su amenaza de fundirnos como una gota más en el océano, ha terminado, de manera sorprendente, por fortalecer las identidades nacionales, culturales y de diversa índole, así como los valores del humanismo; pero, por sobre todo, nos ha señalado la necesidad de articularnos en la defensa de estos valores. Desde una perspectiva histórica, el catolicismo social ha tenido un desarrollo complejo en medio de fuertes tensiones, razones de contexto, que valoran mejor su potencialidad y aporte.