• No se han encontrado resultados

LOS DUENDES PROTECTORES DE LOS NIÑOS

5 Hablemos de trasgos

LOS DUENDES PROTECTORES DE LOS NIÑOS

Se sabe que ciertos niños, en una edad comprendida aproximadamente entre los cuatro y siete años pueden ver a este tipo de seres, sobre todo cuando concurren estas dos circunstancias:

Que el niño o niña sea especialmente sensible, pues es conocido que a esas edades suelen ver cosas que a los adultos les pasan desapercibidas, lo que, sumado a otros factores como la educación recibida y una especial receptividad mediúmnica a todo lo que ve y siente, hace que luego vayan contando a sus padres que juegan con un «amiguito invisible», que incluso les hace regalos.

Que el niño o niña viva en el ambiente adecuado, es decir, en contacto con la Naturaleza, en lugares idóneos para que estos pequeños duendecillos se presenten. También se sabe que no sólo los más tiernos infantes pueden verlos, sino también algunos animales domésticos, como los perros y los gatos, pues tanto unos como otros son mucho más sensibles a las interferencias producidas con esa dimensión paralela, psíquica e invisible. A la mayoría de los duendes domésticos les gusta la cercanía de los niños, y, una vez que ganan su confianza, y se hacen sus cómplices, les empiezan a sugerir juegos, bailes, canciones, lugares donde esconder sus juguetes, y un sinfín de actividades veladas para los adultos que, sencillamente, ignoran su existencia, y mucho menos que su hijo esté en tratos con alguno de ellos.

A este respecto se pueden citar varios casos, tanto en España como fuera de ella, pero pensamos que como muestra sirve un botón, sea éste de ancla o sea del pijama de niño de Fernando Sánchez Dragó (o a su alter ego Dionisio), pues a él y a su duende particular nos referimos, cuya experiencia relata en su novela autobiográfica Lasfuentes del Nilo (1986):

El sarampión empezaba a ceder. Dionisio pasó el resto de la enfermedad, convalecencia incluida, platicando y discutiendo una hora tras otra, y un día tras otro, con su mejor amigo, que se llamaba Jay y era persona —o duende— notable por muchos motivos: por su edad indefinida e indefinible, por lo diminuto de su tamaño o de su falta de tamaño (residía habitualmente debajo de la lengua de Dionisio), por su invisibilidad o transparencia (que lo era —tajante— para todo el mundo menos para el niño, capaz de vedo a veces —sólo a veces— en forma de chiribitas o burbujas de colores), por su sabiduría prácticamente universal y algo socrática (otro paso en el camino), por su voz inextinguible e inaudible (que sólo Dionisio percibía)…

Algunas veces los niños no sólo ven a uno, sino a varios insólitos e invisibles compañeros de juego, como le ocurrió a la que más tarde sería la médium inglesa Eileen Garret, quien contaba que veía a dos niñas y un niño muy pequeños. Jugaban, se contaban secretos, se reían… La médium dijo que esos amiguitos «estaban hechos de luz» y además se entendía con ellos sin necesidad de palabras, de pensamiento a pensamiento.

El investigador toledano Fernando Ruiz de la Puerta dice que el 70 por 100 de los niños con los que ha charlado terminan hablando de manera natural y voluntaria de sus amigos los duendes, y cuenta, en una entrevista,[*] que el hijo de

unos amigos suyos tenía un duende que llegaba por las noches y jugaba con él. Sus padres oyeron las risas del niño y le preguntaron qué era lo que pasaba, a lo que el niño respondió que era Meyeye, un amigo suyo muy bajito, con gorro verde, que entraba por la ventana y jugaba con él. Dejó de vedo cuando la familia se trasladó a Madrid, pues, como ya hemos dicho, las grandes ciudades, con sus ruidos estridentes, su gentío, su falta de espacios verdes y su contaminación, son enemigos de estos simpáticos, curiosos y singulares especímenes de nuestra fauna fantástica.

Lo cierto es que los niños dejan de vedas sencillamente porque van creciendo, y a partir de una determinada edad, alrededor de los siete años, se pierde esa capacidad de percepción del mundo de lo invisible y de lo ultrasensible, para entrar de lleno, de golpe y de sopetón, en el mundo encorsetado de los mayores.

Vamos a referirnos a tres tipos de duendes domésticos, en tres zonas concretas de España, que han demostrado una especial querencia con los más pequeños de la casa, incluso bebés, pues este comportamiento, que en un principio se podría pensar que es lógico, no lo es tanto debido a su naturaleza traviesa y porque sabemos que hay duendes que se encargan de hacerles llorar para molestar y castigar así a sus padres, o que incluso les pueden raptar (sobre todo algunos elfos y hadas).

Los Cuines (Cantabria)

Estos enanillos, de carácter legendario, aparecen mencionados por Adriano García - Lomas, quien, a su vez, recogió la historia de su existencia del doctor Elías Saínz Martínez, el cual contaba que una paisana suya, natural del pueblo de Silió (Cantabria), daba el nombre de Cuines a sus duendecillos familiares. Decía que en su niñez le hablaban de ellos, y los describía como pequeños de tamaño, de gran

edad y dedicados a la bonita tarea de servir de custodios de los niños de la casa. Además eran bondadosos, simpáticos, fácilmente domesticables y muy cuidadosos. Jugaban con los niños, que podían vedas sin dificultad, y por su aspecto eran de minúsculo tamaño, regordetes y vestidos con capucha rojiza y botas blancas.

Como consecuencia de esta actitud hacia los humanos, García-Lomas entiende que son una excepción entre los enanos, gnomos o genios de la tierra de Cantabria, grupo en el que los clasifica, a nuestro juicio erróneamente. La razón del equívoco está quizás en el hecho de que fueran de reducido tamaño, si bien en modo alguno pueden ser asimilados a los enanos o a los gnomos, los cuales jamás han sido vistos conviviendo con los humanos en su hogar. Se trata sin duda de un grupo aislado de duendes domésticos vinculados a una familia de una sola localidad, similares a los Meniñeiros de Orense.

Cuines

Si existen duendes buenos y pacíficos, éstos son los Cuines, que comparten con los Meniñeiros el honor de ser los más agradables y bondadosos de todos los de su especie. Es una lástima que sólo los hayamos encontrado en una localidad, y además sin referencias en

la actualidad.

La descripción que tenemos de ellos es suficiente como para saber que actuaban generalmente por parejas y que, a veces, cariñosamente, asustaban a los niños que se portaban mal mencionándoles a las Ojáncanas y al Coco, seres éstos muy alejados del mundo de los elementales.

En cuanto a su denominación, la palabra Cuines no está relacionada con ningún vocablo usual en Cantabria; no obstante, en Extremadura, cuin significa popularmente persona o animal pequeño y endeble.

Los Meniñeiros (Galicia)

Duende simpático donde los haya, nada molesto, y que tiene una muy especial predilección por los niños, tal y como sucede con sus parientes cántabros, los Cuines.

Manifiestan de forma ostentosa su cariño hacia los humanos de su mismo tamaño y seguramente a ellos se refiere el padre Fuentelapeña cuando, recogiendo datos de distintas fuentes del siglo XVII, escribió lo siguiente:

Los duendes, por una parte se alegran con los niños y no con los grandes, pues aunque éstos los han visto algunas veces, no los han visto con aquel semblante regocijado y alegre con que lo suelen ver los niños, según ellos lo refieren.

Nos cuenta José A. Sánchez Pérez, en su libro Supersticiones Españolas (1948), que en Orense es general creencia que el Meniñeiro es el duende familiar que hace

sonreír a los niños recién nacidos. Por esa razón, si el pequeño está triste y no se ríe es señal inequívoca, para ellos, de que el duendecillo no está en la casa. Por extensión, se aplica esta palabra para describir a una persona muy amiga de los niños que goza viéndolos retozar y divertirse.

Los ratones coloraos (Murcia)

Ratones coloraos. Prácticamente invisibles en todo momento a los ojos de los humanos, los ratones coloraos gustan de presentarse así ante nosotros por estas tierras levantinas, a sabiendas de que solamente los pequeños de la casa pueden verlos.

Al parecer, son especialmente listos, lo que no deja de ser una rareza dentro de la familia de los duendes, gustándoles sobremanera la música y la danza. Prácticamente no hay noticias sobre ellos, y su propio nombre indica que les gusta manifestarse a los hombres en forma de ratones, vistiendo probablemente una blusa o bayeta de color rojo, a semejanza de los Trasgos.

De las pocas cosas que se sabe de ellos es su cariño hacia los tiernos infantes, haciendo con sus juegos y movimientos las delicias de los mismos, entreteniéndolos cuando éstos están llorosos y cuando no hay presencia de mayores por los alrededores de la cuna, aunque, de todas formas, sólo los ojos de los niños pueden ver sus piruetas.

Creemos que son duendes genuinos que por estas latitudes gustan de transformarse en ratones para pasar más desapercibidos y, tal vez, para adecuarse más a un medio que de otra manera no les sería tan propicio. Algo similar ocurre, por ejemplo, con las transformaciones en animales que efectúan los duendes vasco- navarros, más acordes a la fauna doméstica del lugar y siempre buscando ese factor mimético que tanto les divierte.

8

Los diablillos familiares

(Las brujas y sus duendes)

Que me dais que sospechar que sois duende o familiar.

ROJAS ZORRILLA:

Don Gil de las calzas verdes