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EL PADRE BENITO FEIJOO Teatro crítico universal

Sin olvidamos aún del capuchino, entresacamos ahora algunos jugosos párrafos de esta célebre obra que el benedictino Feijoo escribió entre 1726 y 1740 en forma de discursos, llegando a publicar nueve gruesos tomos que forman en su conjunto el famoso «Teatro», dirigido a un amplio público en tono coloquial. En ellos toca muchas materias, de lo más variopintas, entre las que no podía faltar el mundo sobrenatural y las supersticiones vulgares, a las que se refiere de modo muy escéptico, dedicando su tomo nI mono gráficamente a los «Duendes y Espíritus familiares». En esta celebérrima obra se mete con todo bicho viviente, y nunca mejor dicho (pues habla de basiliscos, dragones, unicornios, sirenas…), con su estilo socarrón, no dejando de lado, por supuesto, la creencia en los duendes que tan extendida estaba en su época, atacando a colegas suyos, como el padre Fuentelapeña, y a todo aquel que hablara de estos pequeños personajes como seres reales, pues para Feijoo no existían, y aquellos de los que la gente hablaba no eran otros que humanos que se querían hacer pasar por duendes, a veces con fines criminales. «¡Oh, cuántos hurtos, cuántos estupros y adulterios se han cometido cubriéndose, o los agresores o los medianeros, con la capa de duendes!», escribía en la citada obra.

Veamos ahora un párrafo, ya clásico, de su Teatro crítico:

El padre Fuentelapeña, en su libro del Ente dilucidado, prueba muy bien que los duendes ni son ángeles buenos, ni ángeles malos, ni almas separadas de los cuerpos (…).

Puesto y aprobado que los duendes ni son ángeles buenos, ni demonios, ni almas separadas, infiere el citado autor que son cierta especie de animales aéreos, engendrados por putrefacción del aire y vapores corrompidos. Extraña consecuencia y desnuda de toda verosimilitud. Mucho mejor se arguyera por orden contrario, diciendo: los duendes no son animales aéreos, luego sólo resta que sean o ángeles o almas separadas. La razón es porque para probar que los duendes no son ángeles ni almas separadas sólo se proponen argumentos fundados en repugnancia moral; pero el que no son animales aéreos se puede probar con argumentos fundados en repugnancia física. Por mil capítulos visibles son repugnantes la producción y conservación de estos animales invisibles; por otra parte, las acciones que frecuentemente se refieren de los duendes, o son propias de espíritus inteligentes, o por lo menos de animales racionales, lo que este autor no pretende, pues sólo los deja en la esfera de irracionales. Ellos hablan, ríen, conversan, disputan. Así nos lo dicen los que hablan de duendes, con que, o hemos de creer que no hay tales duendes, y que es ficción cuanto nos dicen de ellos, o que si los hay, son verdaderos espíritus.

Realmente es así, que puesta la conclusión negativa de que los duendes sean espíritus angélicos o humanos, el consiguiente que más natural e inmediatamente puede inferirse es, que no hay duendes. A la carencia de duendes no puede oponerse repugnancia alguna, ni física ni moral. A la existencia de aquellos animales aéreos, concretada a la circunstancia de acciones que se refieren de los duendes, se oponen mil repugnancias físicas.

El argumento, pues, es fortísimo, formado de ésta: los duendes, ni son ángeles, ni almas separadas, ni animales aéreos, no resta otra cosa que puedan ser. Luego no hay duendes.

Lo cierto es que este tono sarcástico y demoledor se fue haciendo más tolerante en su otra obra Cartas eruditas, escritas entre 1742 y 1760, aunque sin seguir creyendo en tales seres, a los que dedica algún que otro ensayo epistolar.

Tanta referencia a estos seres diminutos por parte de los teólogos y jurisconsultos de la época, explica que el teatro, la novela y la poesía del Siglo de Oro se interesase también por ellos e hicieran constantes alusiones a los duendes, sin que por ello éstos quedaran bien parados, pues el mayor hincapié se hacía en las obras de teatro de enredo y de capa y espada, donde era frecuente simular acciones de un duende o trasgo para cometer una fechoría. La obra que posiblemente contribuyó a desacreditar más la idea de los duendes, antes que aparecieran las obras de Fuentelapeña y Feijoo, fue la famosa comedia de Calderón La dama duende.

Todo esto demuestra que, se creyera o no en ellos, lo cierto es que los duendes estaban muy presentes en la vida popular, literaria y religiosa de la España de los siglos XVII y XVIII.

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Casas encantadas, encantadas y poltergeist

Y tiene el duende, en efecto, para ti mano de lana,

para mí mano de hierro.

CALDERÓN DE LA BARCA:

La burgalesa de Lerma

«Todo el mundo ha oído hablar de los Poltergeist, pero pocos saben que sus ruidos característicos no son debidos a fantasmas ocultistas, sino a una clase concreta de genios domésticos llamados “poltersprites”».

«Son descendientes de los Kobold, y son, como ellos, protecos o cambiantes de forma».

Con esta frase tan tajante y dogmática comienza la investigadora Nancy Arrowsmith el capítulo que dedica en su libro a estos seres. Nosotros no nos atrevemos a tanto pues sabemos que el asunto es más complejo de lo que a simple vista parece, sin ocultar que nuestra teoría sigue en cierto modo esos cauces.

Las casas encantadas, a las que también se les suele llamar «casas infestadas» o «casas afectadas», como definición general, serían aquellas donde, sin causa física

aparente, se producen fenómenos de diferente naturaleza. Pueden ser sitios donde ocurren apariciones de fantasmas (ideoplastias), chasquidos, ruidos y golpes (raps), extrañas voces (metafonía), caída inexplicable de piedras (paralitergia o litotergia) u otros fenómenos, a cual más sobrecogedor, como ruidos de cadenas, pisadas siniestras, campanillas que suenan solas (thorbismo), malos olores, (osmogénesis), formaciones luminosas (paraóptica), sonidos musicales (paramelofonía), manchas de sangre (parahematosis), muebles, sillas y puertas que se mueven (telequinesis).

Genéricamente, tres han sido los intentos de explicación de este fenómeno: Se deben a causas naturales, como la presencia de ratas y otros animales en los techos, paredes, muebles… o bien son provocados por seres humanos bromistas y con un sentido del humor excesivamente molesto.

La interpretación espiritista, que los atribuye a personas muertas de forma violenta que prolongan su abreviada existencia terrena en forma, según Paracelso, de «caballos, lemures, espíritus estrepitosos o ruidosos». Serían almas en pena, fantasmas, espectros, ectoplasmas, o cualquier otra manifestación relacionada con el mundo de los muertos.

La investigación moderna considera que los fenómenos poltergeist tienen como origen a un ser humano viviente, con frecuencia una muchacha durante el período de pubertad, con tensiones instintivas reprimidas, tendencias agresivas y demás circunstancias psíquicas, que es la causante involuntaria de los mismos al rechazar el ambiente que le rodea mediante mecanismos de telequinesis. Esta teoría es la más aceptada hoy en día por los parapsicólogos actuales, como el conocido Hans Bender, de la Universidad de Friburgo.

No obstante, hecha esta consideración, existen varios términos que se suelen utilizar como sinónimos para designar los extraños fenómenos, no ordinarios y sin causa aparente, que se producen en algunas casas o edificios: poltergeist, casas encantadas, casas del miedo o casas enduendadas. Pero, desde un punto de vista parapsicológico, las mismas sí tienen una clara diferenciación, y así serán empleadas en este libro.

Como hemos comentado anteriormente, para la doctrina hoy imperante, el poltergeist, palabra alemana que traducida significa duendes burlones, y más literalmente, un espíritu (geist) que produce ruidos (polter), es una manifestación física producida por un ser vivo, es decir, un humano, generalmente por un joven,

con claros síntomas de desarreglos emocionales que desencadena y exterioriza una psicorragia o desplazamiento de objetos, casi siempre de forma inconsciente, aunque se conoce algún caso, pocos, en que el fenómeno se puede desencadenar de manera consciente por el sujeto cuando éste ha asumido un gran potencial mental que le permite ejecutar tan extraños prodigios. Al poltergeist se le suele denominar también como «psicokinesia espontánea recurrente»…

En las casas encantadas ocurrían y ocurren similares fenómenos pero cuya autoría no se puede endosar a un adolescente habitante de la casa, sino a otros seres, por lo general no visibles y no vivos, es decir, a apariciones fantasma1es, a extrañas condensaciones de energía, a espíritus, a impregnaciones psíquicas de un suceso violento, etc., que ocasionan el desplazamiento de objetos, la aparición o desaparición de los mismos, fenómenos eléctricos y cosas parecidas. Cuando la autoría es achacable a los duendes o seres similares —normalmente porque hay testigos oculares que les han visto—, a estas casas se las denomina enduendadas, término éste muchas veces difícil de otorgar, participando a la vez del calificativo de encantadas.

Para la doctrina espiritista, teosófica o rosacruz, estos fenómenos producidos en los hogares humanos obedecen a varios factores:

Algunas de estas manifestaciones están producidas intencionadamente por los difuntos, con propósito de ahuyentar al nuevo inquilino de la casa, y ello porque aún no han perdido el sentimiento de propiedad de la que fue su casa y les disgusta enormemente veda ocupada por un extraño.

Otras veces son efecto de deliberados propósitos de venganza de estos difuntos hacia personas concretas de su familia o amistades que les hicieron algún mal cuando estaban vivos o que les asesinaron.

Hay casos en que el difunto desea vivamente llamar la atención y no acierta con el medio más adecuado de expresión, porque desconoce todavía las posibilidades del plano astral, y aunque no le animan malas intenciones, provoca incidentes por su torpeza involuntaria. Se podría aplicar aquí el segundo significado de la palabra duende: el de fantasma, como así lo han mantenido algunos autores. Un duende, de acuerdo con la terminología del investigador y especialista en casas encantadas Hans Holzer, «es el recuerdo emocional superviviente de una persona que ha fallecido trágicamente y que no logra liberarse del trastorno emocional que le ata al lugar de su óbito». Para él, duende equivale a fantasma como ser desencarnado que aún no suele saber que ha

fallecido.

En otras ocasiones —y aquí entramos de lleno en el campo de este libro— suele suceder que algún socarrón espíritu de la naturaleza —dotados como están estos seres de facultades imitativas y juerguistas, al estilo de los monos— presencie cualquier manifestación de esta índole y se apresure a reproducida por su cuenta, aunque lo más normal es que el espíritu de la naturaleza esté resentido por los vandálicos actos de algunos seres humanos y de los estragos que producen en su medio ambiente o en su entorno familiar y se vengue de sus malas acciones con estas manifestaciones o apariciones duendísticas.

Es importante darnos cuenta que el fenómeno de las «casas encantadas» se ha producido, y se está produciendo en nuestros días, como hecho innegable, y que para la explicación sobre su posible origen debemos estar receptivos a aquellas teorías que lo entroncan con el denominado «más allá», porque, de lo contrario, si nos atenemos tan sólo a la explicación de que todo esto lo provoca una mente juvenil trastornada, caemos en un error similar a considerar, por ejemplo, que lo provocan única y exclusivamente los duendes o los extraterrestres, pongamos por caso. El mundo visible e invisible es más complejo de lo que tal vez nos imaginamos, y mientras no tengamos más datos fidedignos, todo es cuestionable y posible. Lo que sí parece cierto es que los poltergeist siguen un patrón de comportamiento muy homogéneo en todos los casos: son burlones pero inofensivos, en el sentido de que no lesionan a las personas, sino a los objetos, y suelen asediar a sujetos determinados más que a lugares concretos.