5 Hablemos de trasgos
EL TRASNO GALLEGO
El trasno y sus secuaces
Manuel Murguía, marido de la poetisa Rosalía de Castro, en su Historia de Galicia (1888), enumera a los seres fantásticos de su tierra, dividiéndolos en varias categorías, entre las cuales incluía a los «espíritus de la casa», en cuya lista relacionaba a las almas en pena, a los tardos y al Tangomango, siendo ésta, por otra parte, una clasificación incompleta, como iremos comprobando a lo largo de este libro.
Trasgo gallego
Enormemente parecidos a los trasgos asturianos, los trasnos no tienen agujero en la palma de la mano, lo que no es obstáculo alguno para que caigan en la misma trampa que sus parientes, ya tan limitados que sólo saben contar hasta cien, y
cuando llegan a esa cifra vuelven a empezar.
Es cierto que las «almas en pena», para la creencia gallega, rondan la casa, penetrando en su interior, produciendo ciertos fenómenos —hoy considerados parapsicológicos— y hablando, a veces, con los miembros de su familia para advertirles sobre algo o para que cumplan una última voluntad referente al entierro, misas o herencias. Cuando estas demandas no son satisfechas es cuando pueden ocurrir todo tipo de fenómenos extraños (ruidos, cambios de objetos de un lugar a otro, etc.), perturbando la paz del hogar y asimilándose, por consiguiente, en lo que a sus fecharías se refiere, a un vulgar duende.
El «Tangomango» al que hace alusión Murguía, parece referirse a la enfermedad en general y, en concreto, a una especie de baile de Sah Vito o a una enfermedad imaginaria sin demasiada importancia, y, en todo caso, si lo asociamos a un ser, sería de los minúsculos —malignos— que penetran en el interior del cuerpo humano para ocasionar dolencias, pero del que apenas hay datos importantes en toda la mitología gallega, aunque suponemos que no es otro que el «Tangaraño».
En cambio, el tardo sí pertenecería a la familia de los duendes, aunque, según nuestra apreciación, no entre los llamados «domésticos», sino entre los «vampirizantes», de los que hablaremos más adelante.
Lo cierto es que en estas tierras de meigas, el duende recibe varios apelativos según la ocupación a que se dedique. Así, por ejemplo, recibe el nombre de tardo si se dedica a absorber la energía vital de los que duermen; trasno, si se dedica a hacer los quehaceres propios de sus congéneres, o sea, a revolver la casa y hacer desaparecer objetos; Xas, si no hace ninguna de las cosas antes dichas, sino todo lo
contrario; Meniñeiro si protege y divierte a los niños, o diaño burlón, si hace trastadas por los caminos o los montes.
En algunos lugares de Galicia —según Rodríguez López— se sigue asociando el duende al demonio o demo, y piensan que éste corre por la noche en busca de ventanas mal que son cerradas para escapar. Para impedirle pasar, ponen junto a ellas platos de maíz, pues en el momento que lo derrama se va a otra parte y no vuelve a aparecer. El «demo» es tan popular que recibe en gallego varios nombres, según las zonas, culpándosele de los sucesos aparentemente inexplicables que ocurren «é cousa do demo», por eso no sólo el trasno sería un «demo», sino también elabelurio, cachano, demiño, democho, demóncaro, demontre, diaño, déngaro, perello, perete, rabeno, rabudo, demachiño, resalgario, zuncras, sucio, etcétera.
En Galicia, como también ocurre en Cantabria, el trasno no tiene en la mano agujero alguno que le impida reunir los granos de maíz que haya derramado, pues, según M. Murguía, «le gusta contar los granos uno a uno, pero en cuanto pasa de cien se equivoca, principia otra vez, se equivoca otra vez y acaba por aburrirse».
Nunca son malignos, aunque sí muy juguetones, pero no hay que confundidos con aquellos que infunden entre las gentes lo que llaman el «tangaraño» con su individualidad propia, ya que se trata de un duende vampirizante del que nos ocupamos en su momento oportuno, Respecto a su aspecto físico, parece ser que son muy similares a los asturianos y que les gusta transformarse con mucha frecuencia en animales, pero solo cuando actúan fuera de los límites de la casa.
Nos cuenta Antonio Fraguas que, una tarde de frío, llevaron a uno de ellos con forma de cordero blanco y, al entrar en la cuadra, los demás animales, ovejas y cabras, golpearon nerviosos con las patas en el suelo. Al día siguiente, al abrir la puerta de la cuadra, salió corriendo de las fincas con tal rapidez que se dieron cuenta entonces que habían cogido a un trasno (o a un «diaño», dirían otros).
La identificación del trasno con el «diaño burleiro», o diablillo burlón, como ya dijimos, es algo muy habitual, y de esta opinión es el folclorista Luis Mame, que le atribuye las mismas facultades transformistas que posee aquél y sus mismas anécdotas, como la de adoptar la forma de burro y alargarbe cuando alguien lo monta.
famosos los siguientes dichos:
«Anda faciendo trasnadas» o «E un trasno», cuando señalan a alguien que no para de hacer travesuras. Otras frases populares y de uso corriente son:
«Anda feito un trasno», aplicado a la persona que anda sola por los caminos. «Seica anda o trasno comigo», dicho por aquella persona a la que todo le sale al revés de como lo había planeado.
«Ter un o trasno no carpa», o el refrán: «Nunca se fasta o trasno de facer trasnadas».
Cuento del trasno y el zorro
Se sabe que el trasno tiene una entrada fija por la que penetra en la casa y, por esta razón, es fácil castigarle para que nunca más vuelva a molestar. El mejor sistema para cansarlo es ponerle en su entrada habitual una taza de mijo para que al entrar tropiece con ella y la derrame, obligándole entonces el dueño de la casa a que, como castigo por su «allanamiento de morada», cuente los granos derramados y los vuelva a echar en la taza. Pero el trasno, según esta versión, sólo sabe contar hasta dos, con lo que el cansancio es tanto que no es capaz de reunir los granos en toda la noche.
Dicho esto, a modo de preámbulo, se cuenta que una vez el trasno se hizo acompañar de un zorro para realizar sus «trasnadas» pero, en el último momento, el zorro no quiso entrar en la casa. El trasno, a pesar de todo, entró, tirando con sus pies el mijo que ya estaba colocado en el ventano por donde se suponía que iba a entrar.
Al tirarlo, alertó al dueño de la casa que le gritó: «¡Agora cólleo!».
El trasno, sorprendido y disgustado, empezó el recuento: un, dous.
Parece ser que el trasno le había dicho al raposo que en aquella casa existía un gran gallinero y por ello esperaba que, en justa recompensa por su compañía, pues anduvieron juntos muchas leguas, le había de traer, al salir, un par de pollos o, por lo menos, uno. Al oír el zorro, desde el exterior, cómo su compañero de aventuras pronunciaba unos números, se figuró que era una pregunta que le
estaba haciendo en relación a los pollos y así pasaron la noche con el siguiente diálogo:
Trasno: Un, dous. Zorro: Dous, dous. Trasno: Un, dous. Zorro: Dous, dous.
Al amanecer, y sin haber concluido de llenar la taza de mijo, salió el trasno descompuesto a la par que fatigadísimo. Y el zorro, al ver que no traía ningún pollo, a pesar de mantener tan intenso «diálogo de besugos», no modificó su manera de comunicarse con los demás y por eso dice, desde entonces, como una especie de tic o cantinela monocorde: «dous, dous».
El Xas
En Galicia no sólo tienen la prerrogativa de perturbar la paz del hogar los trasnos, las bruxas o las meigas. Existen otros seres, con características variopintas y heterogéneas, representados a veces con aspecto de fantasmas, llamados Xas, palabra ésta que generalmente se utiliza como sinónimo de duende pero que, a diferencia de éste, sus diabluras no las realiza en el interior de un hogar humano, sino en sus alrededores. En el Algarve portugués existe una voz idéntica: «ja», de la que probablemente se deriva «jano», convirtiéndose así, por derivación lingüística, en el diaño antes referido.
Estos seres tienen como «campo de operaciones» los molinos solitarios, donde se esconden y se encaraman para meterse así con las mozas despistadas que aciertan a pasar por allí (asemejándose de nuevo a los «diablos burlones»).
Xas. Este pintoresco habitante de los molinos gallegos reúne todas las malas costumbres de la totalidad de los duendes domésticos. Nuestro onsejo, si se encuentran con un Xas, es que se alejen de allí lo antes posible porque, de lo contrario, les hará la vida imposible.
De ellos se sabe que se introducían en las cuadras para trenzar los rabos de los pollinos (como hacen los follets), u ordeñar las vacas y derramar, acto seguido, la leche recogida (como ocurre con los trasgos), o robar las frutas, a ser posible las más maduras, de los terrenos del dueño al que están fastidiando o, cómo no, lanzar piedras sobre las chozas y caserones, sin que exista motivo aparente alguno (como suelen hacer algunos duendes traviesos y «poltergestianos»).
No olvidemos tampoco al «Perelló», que es una especie de trasno inofensivo y burlón, llamado también Perete y Perote, menos popular que el anterior y de actuaciones nocturnas.
En la zona de Rianxo (Pontevedra) recibe el nombre de «Porviso» que, por extensión, se refiere también al miedo creado por las apariciones de este tipo de duendes: «Era o medo que nos metian no corpo», exclaman algunos viejos del lugar.
Recordemos que al trasno en algunas ocasiones, se le llama «demo» (demonio), pues se asemejan sospechosamente tanto en los lugares que eligen para sus acciones como en ciertas perversas costumbres, si bien en el caso del demonio no se da el aspecto inofensivo de aquel, aunque sí su carácter burlón.
EL TRASGO CASTELLANO-LEONÉS