Su potencialidad para desbordar y recrear la realidad inicial
E L RÍB COMO MODELO BÍBLICO DE REPARACIÓN
La estructura del ríb puede sintetizarse en tres momentos que median entre un estado inicial de acuerdo o paz entre dos partes, que se ve afectado por un episodio que daña o rompe la relación entre ambos, y un estado final de restablecimiento de la justicia o de fracaso de este intento. Estos momentos son: la acusación del ofendido al ofensor, la respuesta del acusado, la petición de perdón y fin de la controversia14.
La acusación
Lo que da al ríb inicio y dinamismo interno es la acusación que surge como iniciativa de quien ha sido ofendido y demanda justicia. Esta contiene tres condiciones fundamentales: ◆ Es necesario que alguien se haga consciente de la injusticia o del crimen cometido
por otro. Puede parecer, a primera vista, que difícilmente alguien puede ser víctima de
una injusticia sin ser consciente de ello, pero en realidad la afirmación conlleva una serie de requisitos vinculados entre sí. Un delito es tal cuando una persona —o grupo— en particular es responsable de un acto trasgresor y puede ser imputado por él15. Esto requiere de un sistema de normas que regulen los deberes y derechos de las personas, y del conocimiento de dichas normas. Sobre todo, requiere de la capacidad del afectado de reconocer que aquello que anuncia la ley en abstracto es lo que ha sido violentado en la vida de hecho. Cuando la violación de esta es evidente, no hay mayor problema, pero cuando tenemos en cuenta que en el malhechor suele haber una tendencia a legitimar sus acciones, se entiende mejor la importancia de reconocer que un delito lo es, tanto para el individuo que lo padece como para la comunidad16.
Esta primera condición evoca lo que hemos señalado en la primera parte de la investigación acerca del reconocimiento, el falso reconocimiento (Taylor) y el desprecio (Honneth). La víctima debe hacer un proceso de interpretación auténtica y veraz de lo que le ha ocurrido, de manera que llegue a formular que las acciones que le dañan son en realidad consecuencia de la libertad de otro que la vulnera.
El libro de Job nos proporciona un ejemplo de lo anterior. Aunque Job era un hombre justo, “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Jb 1,1), se desencadenan sobre él múltiples males que sus amigos interpretan como castigo de Dios, consecuencia de alguna injusticia que no ha confesado. En un primer momento, Job recibe los males afirmando la justicia de Dios y bendiciéndolo (Jb 1,21). Pero al crecer la fuerza devastadora que lo aflige, y al ver que es interpretada como señal de que ha pecado, Job finalmente toma consciencia de que lo que le ocurre no es justo y refuta a sus amigos17. Ahora bien, lo que realmente está haciendo Job es abrir un ríb hacia Dios porque reconoce que la manera en que este le está retribuyendo rompe la relación de justicia entre ambos.
◆ Es necesario que esa persona hable, confrontando al culpable. La acusación misma tiene tanto peso en el procedimiento que muchas veces se ha identificado el ríb con el discurso acusatorio18. La palabra —en su más amplio sentido— tiene un rol central en el restablecimiento de la justicia, tanto por parte de la víctima como por parte del acusado.
Hemos hablado, tanto en relación con el reconocimiento y la reparación como con la tríada ética en sí, de la centralidad del lenguaje y el símbolo en el movimiento hacia la verdad, la reconstrucción de la historia común y la posibilidad del perdón. La víctima, al poner en palabras la consciencia de su realidad vulnerada, da un primer paso hacia la
redefinición de las relaciones, ya no solo como víctima, sino como justo que pone de manifiesto la verdad de lo acontecido. Ahora bien, verbalizar la acusación de alguna manera vuelve a hacer vulnerable a la víctima, pues lo que dice podría ser negado, o podría recibir una contraacusación, aumentando así el daño inicial. Por eso, los medios que utiliza quien hace la acusación son variados, ya que su finalidad no es un esclarecimiento forense de la verdad, sino la confesión de la culpa que permita un proceso de conversión. Generalmente son discursos acusatorios más o menos extensos, pero pueden ser también preguntas retóricas, parábolas, gestos simbólicos, o amenazas19. En la manera en que Dios, a través de Natán, se acerca a David para ayudarle a tomar consciencia de su pecado (2 Sam 1 2,1-1 5) encontramos un bello ejemplo de la acusación que se formula de manera que pueda ser acogida por el culpable. Natán no acusa al rey directamente, pues se puede endurecer su corazón al intentar defenderse. Lo que hace el profeta es narrar una sencilla parábola que toca los afectos de David y su rol de gobernante y juez del pueblo. Él, “encendido en gran cólera” contra quien haya actuado así, invoca el nombre de Yahvé y sentencia “merece la muerte el hombre que tal hizo” (1 Sam 1 2,5). Es entonces cuando Natán puede afirmar directamente: “Tú eres ese hombre” (1 Sam 12,7).
◆ La acusación conlleva un castigo posible, explícita o implícitamente. Como hemos dicho, el rib no busca el castigo, sino la recta relación con el otro, pues el deseo es que el acusado reforme su vida y viva en una relación justa, no que sea aniquilado en nombre de una abstracta justicia retributiva. Acusar significa actuar para que el otro escape de una situación de injusticia por un acto de verdad y justicia, no condenar ni terminar la relación entre ambos por la eliminación (simbólica o real) del culpable20. La amenaza de castigo es entonces un recurso más para mover al acusado al arrepentimiento, vista las consecuencias posibles de su injusticia. Como hemos dicho, el castigo tiene una función pedagógica, pues indica también la gravedad del daño.
Así, las amenazas que Dios profiere contra David son tremendas, pues quiere que David tome todo el peso de la gravedad con que ha traicionado su confianza y pecado contra el prójimo por medio del adulterio y el asesinato: “Haré que en tu casa se alce el mal contra ti. Tomaré a tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus mujeres a la luz de este sol” (2 Sam 12,11). Solo entonces, expuesta su culpa y calibrado el tenor de sus actos, David puede decir “He pecado contra Yahvé” (2 Sam 12,13). El reconocimiento de la verdad, y del otro, como hemos dicho, conlleva una dimensión de lucha que en el ríb se expresa también por medio de las amenazas.