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En su libro Reparar el mundo, el filósofo judío E. Fackenheim se pregunta acerca de la posibilidad de una continuidad en el pensamiento —la filosofía, el pensamiento cristiano, el pensamiento judío— en el mundo post Shoá. Reflexionando acerca de la filosofía de diversos autores —entre ellos Rosenzweig y Heidegger—, va contrastando sus sistemas de pensamiento con la realidad de los crímenes contra la humanidad acontecidos en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Fackenheim sostiene y fundamenta, desde la filosofía misma, que la ruptura acontecida con la Shoá es, a primera vista, insalvable. Un mal que era demasiado pervertido como para ser pensado, siquiera imaginado, ha sido posible de pensar porque fue real.

Los fundamentos de este misterio son existencialmente aterradores, pero, desde un punto de vista lógico, de una asombrosa simplicidad. Explicar una acción o un acontecimiento

es mostrar cómo fueron posibles. Pero en el caso del Holocausto, la mente puede aceptar la posibilidad del cómo y el por qué fue llevado a cabo solo porque, en efecto, fue llevado a cabo; de modo que, a medida que el psicólogo, el historiador o el ‘psicohistoriador’ logran explicar el acontecimiento o la acción, más manifiestamente llegan a confrontar su inexplicabilidad última35.

Esto significa que la comprensión de la maleabilidad de lo humano cambia, pues lo posible/imposible ya no se define por un concepto estático de naturaleza humana, sino

por su realización en la historia. El recurso de algunos —que Fackenheim considera inauténtico— es considerar que los que cometieron tales atrocidades eran ‘inhumanos’: locos, sádicos, pervertidos36. Otros localizan todo el mal de la Shoá en un solo individuo demoníaco, lo que a juicio de este autor también es un escapismo inauténtico, pues sería dotarlo de una omnipotencia —para el mal— sobrehumana, y a aquellos que lo siguieron, de una susceptibilidad —para ser manipulados sostenidamente— subhumanas37. La verdad escalofriante, insiste el autor, es que la mayor parte de quienes perpetraron este mal fueron hombres y mujeres ordinarios que realizaban su trabajo de la misma manera que habían realizado el anterior38. Esta verdad que, según Fackenheim, aparece nueva en nuestra historia porque era impensable antes de que sucediera, conlleva otra que rompe el mundo, rompe el pensamiento, rompe la cristiandad y el judaísmo: la infinita maleabilidad del hombre para el mal39.

¿Es posible reparar lo irreparable? Fackenheim sostiene que la única manera de pensar la reparación del mundo roto por el holocausto es lo que denomina Tikkun Olam (reparar el mundo). Esta reparación no se puede entender como restitución de la realidad tal y como era previa a la Shoá, ni tampoco como superación del mal padecido.

Los gritos de los niños y el silencio de los Muselmdnner están en nuestro mundo. No nos atreveremos a olvidarlos; no podemos superarlos y dejarlos atrás; siguen sin redimir (.). Por ende, en nuestra búsqueda de un Tikkun post-Holocausto, debemos aceptar desde el inicio que, a lo más, solo es posible un Tikkun fragmentario. Y ello porque estamos situados en un mundo post-Holocausto. Debemos aceptar nuestro estar situados. Debemos vivir con ello40.

No se puede restituir ni olvidar. Pero “si el Tikkun imposible no fuera también necesario, y por ende, posible, no podríamos ciertamente vivir”41. Situado en este mundo post-Shoa, Fackenheim concibe la reparación necesaria para continuar viviendo desde dos perspectivas diferentes:

◆ El Tikkun (filosófico, cristiano, judío) es posible después del Holocausto, porque ya hubo Tikkun fragmentario, aunque genuino, en el actuar de algunos hombres y mujeres durante el Holocausto. El Tikkun filosófico fue realizado, por ejemplo, en la manera en que el profesor de filosofía Kurt Huber42 aborda su defensa ante los alemanes. Al citar a Fichte43 para dar razón de su actuar contra los nazis, repara la ruptura porque la desmiente como absoluto destructor del pensamiento.

La acción de Huber fue un Tikkun. Este hombre era lo suficientemente anticuado como para invocar la ley no escrita, supuestamente accesible en todo momento como si habitase en un cielo platónico, cuando, de hecho, en su propio presente se hallaba tan divorciada del mismo que únicamente un Tikkun podía hacerla accesible. Sin embargo, esta acción era en sí misma el Tikkun requerido. Al obedecer la ley no escrita, restauró esa ley —debe estar escrita en algún lugar—, inscribiéndola en su propio corazón44.

El cristianismo también sufre una ruptura devastadora, aparentemente irreparable. Pero porque hubo un cristiano —puede que fuesen más, pero lo que importa es que hubo al menos uno45— que realizó un Tikkun en el Holocausto, se puede concebir como posible la reparación entre cristianos y judíos después del Holocausto. Esto no es posible al menos que la ruptura sea reconocida, pero es posible porque hubo entonces quien realizó un Tikkun al precio de su vida. Pone el ejemplo de B. Lichtenberg, decano de la Catedral de Santa Eduvigis en Berlín, que a partir de la ‘noche de los cristales rotos’ rezó públicamente por los judíos en la Catedral. Como consecuencia fue detenido, encarcelado y luego deportado al campo de concentración en Dachau, muriendo en el camino.

Solo a través de la autoexposición al horror pueden la fe y el pensamiento cristianos preservar su dignidad; y hasta tener la esperanza de sentirse asombrados de nuevo por su antigua Buena Nueva. En nuestro tiempo, esta vieja-Buena-Nueva no es que todo está bien, que nada ha sucedido, que ahora como antes la Pascua viene tras el Viernes santo. Sucedió más bien que en un mundo en el que nada estaba bien, en el que todo estaba sucediendo, en el que un nuevo y terrible Viernes Santo avasallaba todos los días la antigua Pascua, la plegaria de Lichtenberg fue real, y por ende, posible. La plegaria está en la Palabra misma y en el Espíritu Santo que la habita. Este Tikkun es el Boden sobre el que la teología cristiana puede asumir la ‘recuperación destructiva’ de las Escrituras cristianas, de la tradición cristiana, de la fe cristiana. Es la roca sobre la cual la fe cristiana puede reconstruir su Iglesia rota46.

El Tikkun judío es posible porque hubo quienes —como aquellos judíos del gueto de Varsovia que se resistieron y lucharon contra las medidas de opresión que se les imponían47— fueron capaces de reparar ya entonces, en medio del horror que padecían. “El ‘Tikkun’, que para un judío post-Holocausto es una necesidad moral, es una posibilidad porque durante el Holocausto mismo un Tikkun’ judío fue real (…). Este

‘Tikkun es el fundamento último del nuestro”48.

El fundamento de la posibilidad del Tikkun Olam que porta cada uno de estos ejemplos es el mismo. Si es verdad que “un Holocausto, habiendo sucedido una vez, es posible para todo tiempo futuro”49, es también verdad que cada Tikkun que fue posible entonces, en medio del horror y cuando el precio era la vida, hace posible el Tikkun

Olam del hoy.

◆ Fackenheim no separa el segundo modo de entender la reparación, que expondremos a continuación, del primero. Sin embargo, nos parece que es ilustrativo hacerlo porque tiene relación con lo que venimos entendiendo por reparación desde los derechos humanos. El filósofo sostiene que para reparar el abismo que se ha producido entre judíos y gentiles, el Tikkun de entonces ha de ser actualizado en la reparación del hoy a través de garantías muy concretas. No se puede decir, afirma el autor, que no habrá otro Holocausto. Porque lo hubo de hecho, sigue siendo posible50. El mundo gentil solo podrá

reparar si otorga las condiciones concretas para que el pueblo judío pueda sobrevivir en caso de que se repitiese. Esta reparación simbólica está para Fackenheim simbolizada en un Estado judío51 que garantice a los judíos la seguridad de sus hijos y la voluntad gentil de un nunca más.