“No existe terror en el estruendo. Apenas en su anticipación”. (Alfred Hitchcock)
La tortura, como la definió Glauco Mattoso231, es antes de todo un shock. Nadie está realmente preparado para verse involucrado en ella. Centenas de relatos y testimonios, incluidos los militantes políticos que tenían supuestamente la formación necesaria para resistir a los suplicios, nos confirman la experiencia de ese shock. Un primer elemento esencial de toda tortura, es el miedo del dolor – en algunos casos, tan fuerte cuanto el mismo dolor: es la anticipación 231 MATTOSO, G., p. 11.
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del dolor. “El miedo es tan fundamental que, en la Inquisición, los primeros grados de la tortura era amenazarlo de ser torturado y llevarlo hasta la cámara de la tortura. El simple hecho de mostrar todo el aparato y herramientas era llamado territio, es decir, atemorizamiento232”. Además, la tortura es potenciada por los recursos psicológicos que intencionadamente emplea el torturador en todos los casos, como la ansiedad, el temor, la desesperanza, el cansancio, etc., es decir, todos los recursos hábilmente empleados para exagerar el “stress” emocional y facilitar la claudicación biológica y psicológica del torturado233. El shock de la tortura no sería posible sin la anticipación del miedo y del terror provocado.
Según Joan Masana234, el terror no es más que el extremo de un continuum que podría iniciarse en los sentimientos de aprensión, ansiedad y que pasando por el miedo llegaría a culminar en el concepto de terror. De ese modo, ubica el miedo en el extremo de una escala emocional relativamente bien conocida. El miedo, como un impulso emocional, puede dar lugar a respuestas agresivas y de defensa o de huida y mimetización para pasar desapercibido. Sin embargo, mirando la enorme abundancia de ejemplos de terror a nivel individual y colectivo en la historia, Burzaco235 cuestiona los limitados alcances del concepto “terror”, debido a la variada complejidad semántica del termo y de su uso. Aún así, define el terror como un “miedo intensísimo”. “Miedo es el estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa de padecimiento o de molestia para él. El miedo es uno de los estados afectivos o sentimientos de la conducta humana y animal. Una parte importante de ese sentimiento entra en la categoría de los instintos, entendiendo como tales aquellos modelos de comportamiento determinados genéticamente. Tiene por tanto gran importancia biológica, esencial para la supervivencia del individuo y de la especie236”. En situaciones hostiles y distintas circunstancias, el miedo puede provocar comportamientos inhibitorios o de huida; en otras, estimula una actitud de alerta y cautela, muy eficaz en caso de peligro; en otros, finalmente, el miedo
232 Ídem, p. 13-14
233 ESPADALER, J. “Tortura y stress. Correlato fisiopatológico”, p. 61. 234 MASANA, J. “Psicofisiología del terror”, p. 20.
235 BURZACO, J. “Bases neurofuncionales del terror”, p. 46. 236 Ídem, p. 47
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induce a comportamientos agresivos muy intensos237. Al final, el autor concluye que el miedo puede en muchas circunstancias actuar como factor de perfeccionamiento de la conducta; el terror, por el contrario sería una sensación que implica una alteración profunda de los patrones de comportamiento normal, individuales y colectivos, en los que sufren. El sentimiento de terror puede darse en condiciones del miedo intenso, siendo que actúa muchas veces como sentimiento casi imperceptible para lo que sufre, pudiendo actuar al nivel subconsciente; en otros casos, la sensación de terror y sus consecuencias pueden ser mucho más duraderas que la causa que lo provocó. Más aún, Burzaco apunta un elemento de fundamental importancia, a nuestro juicio, para la comprensión de los efectos de la tortura: la alteración de las relaciones y de los vínculos sociales, llevando muchas veces a producir cambios profundos y permanentes de la personalidad de la víctima. No obstante de la existencia de una larga tradición de autores que han investigado sobre el tema, lo que es menester poner de manifiesto está en el hecho que la capacidad de aterrorizar se vincula a la amenaza de muerte percibida o imaginada y a la angustia que eso genera238.
237 Ídem, p. 49.
Burzaco define tres niveles de los mecanismos y sistemas neurofuncionales del miedo en la integración del sistema nervioso. En el primer nivel, el miedo es entendido como instinto primario, esencial para la supervivencia y desarrollo del individuo ante situaciones de peligro. El miedo a ese nivel actúa como modulador de otros instintos primarios, como alimentación, sexo, territorialidad, y relaciones con otras especies (víctimas o predadoras), que aseguran la supervivencia al individuo. Un segundo nivel demuestra el sentimiento de miedo relacionado con el instinto de conservación de la especie y con los vínculos intraespecíficos que van enriqueciendo las relaciones sociales. El miedo se produce al ver el peligro que amenaza a otros individuos. En ese nivel, Burzaco afirma la importancia de la complejización de los instintos primarios destinados a la supervivencia de la especie: emparejamientos duraderos, protección de las crías propias y de las otras parejas del grupo, actividades comunes (ataque, defensa) jerarquización. Hay infinidad de ejemplos de cómo, en el hombre, y otras especies, esta nueva forma de miedo, ante el peligro ajeno, adquieren una enorme fuerza, hasta el punto de inhibir el miedo primario y permitir el sacrificio del individuo en beneficio de la comunidad u otro individuo. En el tercero nivel, el autor hace referencia al proceso de telencefalización de los mamíferos que alcanza su máxima complejidad en el hombre, dando una nueva dimensión al ser vivo. Los procesos de integración se enriquecen con una mejor capacidad de análisis de la información del presente, al mismo tiempo que se desarrolla una nueva función: la capacidad de proyectar la información hacia el futuro, utilizándola en función del tiempo, de forma que el presente puede quedar supeditado a un porvenir incierto, para mejor supervivencia del individuo y de la especie. En el hombre esta capacidad de proyección hacia el futuro adquiere a veces un significado transcendental. El miedo, a este nivel de actividad de la mente humana, ofrece una fascinante y a veces incomprensible complejidad. Gran parte de nuestra conducta individual y colectiva está profundamente influenciada por el miedo “al futuro”: destino individual, de los hijos, del grupo ideológico, de la nación, incluso de la humanidad. Ídem, p. 47 – 50.
238 La obra “Inhibición, síntoma y angustia”, de Sigmund Freud sirve, todavía, de referencia para el tema.
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Por eso, el Burzaco cuestiona si el sentimiento de terror debe ser considerado dentro de la patología del instinto del miedo, o si se trataría simplemente de una forma extrema del mismo. Para él, en realidad, muchos ejemplos confirman ambas posibilidades, cuyos límites entre uno y otro son extremadamente imprecisos239. Como ejemplo de la primera posibilidad de terror como acción directa y amenazante sobre el individuo, relata el caso de una joven de 19 años, detenida por participar en una manifestación a favor de los presos políticos que hubo, en Vallecas (Madrid), en 1940. Según nos cuenta, ella sometida a diversas formas de tortura, como insomnio, aislamiento, palizas, focos luminosos – que la hizo perder la vista de un ojo. Ella fue obligada a presenciar los interrogatorios y torturas de otros compañeros (a uno de los cuales le sacaron un ojo con un golpe, a otro compañero le tuvieron colgado cabeza abajo en el hueco de una escalera durante tres días, delante de los otros prisioneros, que acompañaron su deformación, hasta ser irreconocibles sus facciones. Después, mantuvieron el muerto colgado algunos días más como símbolo amedrentador). “La muchacha fue además violada sistemáticamente, al igual que otras compañeras, por las tropas africanas. Varias veces fue llevada a las tapias del cementerio para sufrir el simulacro de fusilamiento, mientras otros presos eran fusilados de verdad. Así estuvo varios meses. A pesar de todo, la joven nunca dijo nada. Según ella era tan grande el miedo, el terror, que sentía que quedaba totalmente inhibida, incapaz de coordinar las palabras. Permaneció casi 20 años en prisión y muchos años después todavía experimentaba intensa angustia y malestar al recordar aquellas vivencias240”. En muchos casos – que obviamente no puede ser extendida a la totalidad –, de acuerdo con el relato que reproducimos, la tremenda carga sufrida por la experiencia, produce un bloqueo de toda actividad mental, incluso en los sistemas primarios de supervivencia del individuo, sin que los sistemas mentales superiores puedan controlar el intenso miedo producido.
Para el caso de terror que se produce por la incomprensibilidad del estímulo amedrentador, el autor cita el ejemplo de un método empleado en un “cierto 239 Ídem, p. 51.
240 Ídem, p. 50.
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país” del sureste asiático en la lucha antiguerrillera. “A los guerrilleros capturados se les ejecutaba y se les extraía toda la sangre sin dejar otra señal de violencia que unas pequeñas heridas en la región yugular del cuello, simulando la mordedura del vampiro. Los cuerpos eran abandonados sigilosamente, con sus pertrechos de guerra, cerca de las aldeas para que sus habitantes los encontraran. De esta forma se trataba de aterrorizar a los campesinos haciéndoles creer que estas muertes misteriosas y mágicas recaían sobre los que se oponían al gobierno241”.
Ese último relato, Burzaco califica como forma de terror de gran actualidad: el terror aplicado a la colectividad, con el objeto de manipularla, es decir, técnicas que permiten alterar profundamente el comportamiento de los individuos, de manera que sus acciones, que normalmente son apreciadas y estimuladas por el grupo, bajo la acción del terror pueden provocar una reacción contraria (de odio o de condena), haciendo con que tales acciones sean reinterpretadas como dañinas y peligrosas para la colectividad. El autor ilustra tales casos con el ejemplo adoptado por campos de concentración que, para castigar los intentos de fuga, de modo a evitarlos entre los propios detenidos, toda vez que se constataba alguna baja entre ellos, los guardianes no reaccionaban de manera explícita o violenta. Sin embargo, de forma paulatina, disminuían las raciones de comida hasta los límites del hambre, prolongando tales condiciones en el tiempo. Nos es necesario relatar las manifestaciones de odio, rechazo y hostilidad que se producía sobre los intentos y planes de fuga cuando eran conocidas por los otros prisioneros.
En realidad, los casos de tortura pública siempre tenían también el propósito de aterrorizar y destruir intentos de oposición, de disidencia, de reivindicaciones particulares ante ideas universalistas, hegemónicas y autoritarias. “Cuando se repasa la larga lista de métodos de tortura ideados por el hombre, es difícil saber cuál es la más cruel y espectacular: el empalamiento, la crucifixión, el enterramiento en cal viva, ser devorado vivo por ratas o insectos, la desmembración, etc. Un largo y doloroso capítulo en la historia de la humanidad. Todas las torturas públicas de magnicidas, adúlteros, herejes, etc., tienen como objeto fundamental la ‘ejemplaridad’. Dado que este acto de 241 Ídem, p. 51.
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tortura a realizar, por ser su propio fin, muy raramente, se procura que su efecto quede profundamente grabado en la memoria del pueblo. Para ello se buscan las más variadas formas de resaltar la importancia del ritual punitivo y circunstancias que lo rodean para que cumpla su cometido242”.
Burzaco subraya en su texto que el terror puede ser producido cuando el estimulo amedrentador actúa de forma disyuntiva sobre dos de los sistemas emocionales señalados por él, atingiendo niveles insoportables por las víctimas, al ponerlas alternativas contrapuestas, ante un dilema de imposible resolución. Con efecto, al individuo le cabe tres posibilidades: la primera, más frecuente entre los casos de tortura por motivos religiosos, políticos o sociales, se produce cuando es forzado a elegir entre su supervivencia (que nuestro autor denomina primer sistema emocional) y sus ideales, como parte constitutiva y esencial de su identidad (tercer sistema emocional). En general, como consecuencia de la segunda opción, fatalmente se producen profundas alteraciones de su personalidad y, en muchas ocasiones, conduce, posteriormente, al suicidio. Por otro lado, el terror también puede ser producido por la acción entre el segundo sistema emocional (como el amor filial, por ejemplo) y el tercero sistema. En este caso, entre las alternativas contrapuestas, no existe la opción de la víctima elegir su propio sacrificio. En esta situación, el autor ilustra con un caso ocurrido en Chile en los meses siguientes al golpe militar, tomada del libro de Oscar Waiss, “Chile, ni siquiera una tumba, relatos de la prisión y del exilio”, que aquí reproducimos.
“Un activista es sometido durante tres días consecutivos a intensas torturas para que revele el lugar donde se ocultan unas armas. La víctima no cede. Un día le trasladan a una habitación donde tienen su esposa. Le amenazan con violarla si no confiesa; ante su negativa uno tras otro, los cinco torturadores, violan la mujer, al mismo tiempo que injurian verbalmente al marido. En vista de este fracaso los torturadores hacen entrar al hijo del matrimonio, un chico de 5 años. Con unas tenazas le arrancan las uñas ante la presencia de los padres, sin que el padre delate el escondite de las armas. Finalmente, uno de los torturadores pone un cuchillo junto al ojo del niño y amenaza con saltárselo si el padre no confiesa. El pobre padre cede finalmente. Más tarde, chantajeado 242 Ídem, p. 52.
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por las amenazas sobre su hijo, el sentimiento de de culpabilidad por la delación realizada, los torturadores le obligan a ser delator de refugiados políticos en Europa. El final de este hombre, al ser descubierto por sus compañeros de exilio, fue el desmantelamiento de una personalidad que desapareció sin dejar rastro243”. La psicología ha manifestado ese tipo de situación como “opciones imposibles”, es decir, una situación de doble vínculo: no hay sino una opción ilusoria: cualquiera sea la elección, el sujeto elige su propia destrucción.
La opción de pagar con la propia vida no se presenta en ese escenario. La víctima debe elegir entre valores de su dimensión afectiva, de su rol de padre y sus ideales políticos en los cuales, en ese caso, también estaba la vida de sus compañeros. La situación no presenta salidas. O mejor, presenta una salida exclusiva que tiene un resultado único y cierto: la forzada elección – independiente de cuál sea – es la quiebra de su personalidad.
Todos estos elementos hacen de la tortura un fenómeno altamente complejo que exige una mirada de distintos ámbitos. Por ejemplo, no se puede analizar los efectos de ella separando las dimensiones físicas de las sicológicas. “la tortura representa, por definición, una situación intencionada, por parte del torturador, de provocación de daño físico como medio para conseguir el anonadamiento psicológico del torturado al que se considera reticente y resistente a proporcionar la información que aquél desea y persigue244”.
En resumen, la tortura actúa en el individuo de doble manera: física y psicológicamente. Con todo, si al respecto del primer aspecto no se hace tan difícil identificar las secuelas, en el aspecto sicológico245 la complejidad es interminable. “Todos sabemos que el dolor es concienciado como una sensación desagradable, molesta, anormal e impertinente, cuya agudización o reaparición se teme. En otras palabras, la vivencia dolorosa comporta todo un contexto emocional en el que se entremezclan el sufrimiento, la tensión y la ansiedad, elementos todos suficientes para condicionar un ‘stress’ somático y 243 Ídem, p.54.
244 ESPADALER, J. M. “Tortura y stress. Correlato fisiopatológico”, p. 62
245 Corominas, analizando el papel de la tortura sicológica – que él denomina tortura blanca, es decir,
que no deja huellas aparentes en el sujeto, afirma que ella tiene efectos más transcendentes y de mayor importancia que la propia tortura física. Conforme “Segundo sistema de señales; estado de terror y dolor moral”, p. 78.
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psíquico de la tortura. (…) La tortura es causa de ‘stress’ de carácter complejo, puesto que lleva implícita una triste agresión sobre el individuo: por una parte, la tortura física; por otra, la tortura psicológica; y, finalmente, la tensión afectiva comporta de alerta que subjetivamente experimenta el propio torturado246”.
2.6EL TORTURADOR
“Déspota, omnipotente, no se acuerda de que ha sido un hombre y se considera un látigo o un fusil”
(Sartre). “Mientras escribo, seres humanos muy civilizados vuelan sobre mi cabeza con la intención de matarme. No sienten ninguna enemistad hacia mí como persona ni yo tampoco hacia ellos. Simplemente “cumplen con su deber” como suele decirse. La mayoría de ellos, no me cabe ninguna duda, son hombres de buen corazón y temerosos de la ley, que nunca sonarían con cometer un asesinato en su vida privada. Por otro lado, si uno de ellos consigue volarme en pedazos con una bomba certera, tampoco le quitará el sueño. Está al servicio de su país, que tiene poder para absolverle del mal”. (George Orwell).
“¿Quién es este personaje, este técnico del sufrimiento; distribuidor del dolor, que según las costumbres, las épocas y las motivaciones y necesidades históricas y sociales ha sido encuadrado en un rol ‘mitificado aceptado o rechazado’ “?247
Los investigadores que han buscado comprender el universo mental y las características psicopatológicas de ese personaje, suelen acercarse a través de rasgos comunes y perfiles generales. Para Blanca Sarró, el torturador es aquel que actúa por creer que es “deber”, en nombre de la justicia, del Estado o de su religión. Un ejemplo que ilustra ese primero perfil, según Sarró, es del belga Delfanne (Masuy), condenado a la muerte en 1.947, por delitos y atrocidades contra los miembros de la Resistencia, y que consideraba que sus métodos de tortura eran psicología experimental, aunque se consideraba “el teorizador de la tortura248”. Un segundo perfil apuntado por nuestra autora,
246 Ídem, p. 62, 63.
247 SARRÓ, B. “Violencia”, en “Contra la tortura”, p. 83. 248 Ídem, p. 83.
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considera la actuación del verdugo a través de un comportamiento claramente patológico o perverso a nivel individual, citando los casos de la Condesa Erzsébeth Bathory, Gilles de Rays, Jack el Destripador, etc. Para un tercero perfil, relaciona la participación “secundaria”, como los médicos, que después de hacer participado a sesiones de tortura, negaban la existencia de tales prácticas o que por sus conocimientos fisiológicos, hacían de ellos torturadores oficiales, pues importaba que la víctima no muriese antes de haber hablado249. En este perfil, se añade las investigaciones pretendidamente científicas250, como el hecho citado por el Dr. J. Regnault, 1.947, en su libro “La douleur”: “celosos de los conocimientos anatómicos de los colegas europeos, médicos nipones torturaban a los condenados para conocer mejor sus reacciones fisiológicas251”. Sarró relaciona un cuarto perfil, desde hombres y mujeres “corrientes”, cuya práctica de la violencia se ha visto reforzada por el ejemplo y el marco de la institución a que pertenecen y lo utilizan como un patrón de 249 En noviembre de 1.973, en conmemoración del 25° aniversario de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, la Asamblea General de la ONU adoptó la resolución 3.059, para examinar específicamente el problema de la tortura. Pocos días después, en París fue realizada la Conferencia Internacional para la abolición de la tortura, dividida en cuatro ejes:
a) Identificación de torturadores e instituciones que los amparan; b) Factores políticos y económicos
c) Cuestiones legales de ámbito internacional y nacional
d) Efectos físicos y psicológicos de la tortura y modos de involucrar a los médicos.
Referente a este último tema, dos años después, en el año 1.975, la Asociación Médica Mundial, publicó la declaración de Tokio, preocupada con la públicamente conocida participación de los médicos en