El enemigo, el blanco de las fuerzas represivas, es la “clase marginada”. “Asimismo, está claro sus víctimas son tanto presuntos delincuentes como presos políticos, disidentes y marginados, individuos seleccionados por su identidad o por sus creencias306”. En Europa Occidental, en países como Alemania, Austria, Bélgica, España, Reino Unido o Suiza, las víctimas de la tortura son los extranjeros, los migrantes, los trabajadores migratorios y los solicitantes de asilo que abandonan o huyen de sus casas en busca de una vida con dignidad307; son los argelinos o marroquís en Francia; son los negros en Sudáfrica, en Nueva York, clientes preferenciales de la exitosa política de “tolerancia cero”, que viven en los guetos y en los suburbios, o dicho sea, en casi todo el mundo; son también los latinos en Estados Unidos, en el país de la “oportunidad para todos”, nación creada por migrantes que vencieron una “guerra de guerrillas” contra el Imperio británico; son los romaníes en Bulgaria, Eslovaquia y Hungría; son los aborígenes en Australia308; los indígenas en México, en Brasil, los mapuches en Chile; son los palestinos en Israel; los disidentes en Cuba, en Laos o en China; los chechenos en Moscú, los tutsis por los hutus y/o viceversa en Ruanda, en Burundi o mismo en el Congo; son los bosnios en la ex Yugoslavia; son los nordestinos en São Paulo, los moradores de las favelas en Rio de Janeiro, los campesinos en Colombia, los trabajadores rurales en el norte de Brasil, los peruanos en Santiago.
En efecto, apenas corroboramos la afirmación de Etxeberria: la existencia de seres humanos torturables, debido a son “menos humanos que otros, ya fuera a causa de su estatus de origen, ya fuera porque los delitos que habían cometido eran de tal magnitud que les rebajaban su humanidad309”. Las sociedades crean categorías para diferenciar y estratificar los individuos; al fin y 306 Ib., p. 14.
307 Cf. Ib., p. 50.
308 “Un alarmante número de aborígenes mueren bajo custodia tras afirmar que han sufrido malos
tratos; muchos mueren de enfermedades o se suicidan. Tres agentes de la policía que fueron filmados por una cámara de vídeo de seguridad mientras propinaban puñetazos y patadas a jóvenes aborígenes en Ipswich, Queensland, en marzo de 1.997, no sólo fueron absueltos de los cargos de agresión en septiembre de 1.999 sino que fueron elogiados por utilizar nuevas técnicas violentas de inmovilización”. Ib., p. 54.
309 ETXEBERRIA, X., “Sobre la tortura: perspectiva ética y propuesta pedagógica”, p. 7.
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al cabo, tales categorías sirven para designar y separar grupos sociales, atribuirles funciones sociales distintas, complementarias, opuestas, antagónicas. Como señala Etxeberria, la determinación de un “torturable” puede ser de origen (lugar de nacimiento, biológico, pertenecer a una tradición religiosa, etcétera) o por delitos cometidos (lesa majestad, lesa divinidad y, obviamente, atentar contra la propiedad privada). Sea como fuere, de igual manera, toda sociedad genera categorías de individuos “indeseables”, sea por el peligro que generan (peligro real o imaginado), sea por su condición de inadaptabilidad, por la imposibilidad de convivir juntos, por los intereses radicalmente opuestos, por la necesidad de la existencia de grupos humanos sometidos, para la mantención del orden, etcétera. Después de todo, por una u otra justificativa, encontramos los “torturables”.
Las víctimas de la violencia del Estado y de los métodos de tortura son los pobres económicamente hablando, que son, al mismo tiempo, los “peligrosos”, los que representan la amenaza, los indeseables, los envidiosos, los presuntos y “potenciales” delincuentes que proceden de los sectores más pobres, de las “clases marginadas” de la sociedad. “La discriminación que sufren estos grupos suele contribuir a que no se emprendan acciones para impedir que sus miembros se conviertan en víctimas de torturas o malos trato310”. Es la discriminación, según Amnistía Internacional, lo que separa y opone, dentro la sociedad, los campos adversarios. Y esa división no se hace apenas por la diferencia étnica sino y, a fortiori, por lo que representan en dicha sociedad. Investigaciones realizadas por Amnistía Internacional sobre las prácticas policiales en numerosos países han sugerido que muchos funcionarios encargados de “hacer cumplir la ley” consideran, por ejemplo, la etnia y la raza como indicadores de criminalidad311.
No obstante, ¿cómo podría la tortura – una práctica social tipificada como crimen, siempre ocultada, rechazada retóricamente – permanecer tan vivamente presente entre nosotros? La creencia, absolutamente actual en ciertos sectores de la sociedad (aunque sea inconfesable) es que la tortura 310 Ib., p. 23.
311 Cf. Ib., p. 51.
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tiene un bien interno y, desde ahí, formula un discurso auto explicativo. Más allá de existencia de haber personas torturables – lo que por sí sólo ya sería justificable – la tortura sirve para un fin juzgado muy conveniente: “en algunos casos, ser expresión de un castigo que se consideraba justo en el marco de la justicia correctiva; en la mayoría de ellos, el ser vía privilegiada para obtener una información valiosa para los poderes públicos y especialmente el ser vía para confesar el haber cometido determinados delitos; en todos ellos, el servir de intimidación para evitar que la población realizara los delitos por los que se torturaba312”.
La tortura contemporánea es, por un lado, clandestina y ocultada, en la medida que no siendo oficial, sirve de algún modo como medida correctiva a los individuos, sirve para obtener informaciones – especialmente en el contexto de la “guerra contra el terrorismo313” –. Por otro lado, la tortura, aunque no oficial, sirve también de propaganda de terror, con la función de intimidación y amenaza constante contra los marginales, una política de intimidación previa. El discurso que formula y define las clases desfavorecidas como peligrosas y deshumanizadas, también justifican las políticas represivas, aunque no de la tortura abiertamente.
“Toda tortura implica la deshumanización de la víctima, la eliminación de cualquier lazo de simpatía humana entre el torturador y el torturado. Ese proceso de deshumanización resulta más fácil si la víctima pertenece a un grupo social, político o étnico despreciado. La discriminación allana el camino a la tortura al permitir que no se vea a la víctima como a un ser humano sino como a un objeto que, como tal, puede ser tratado de forma inhumana314”. Más que eso, el simple hecho de atribuir el aumento de la criminalidad a los grupos sociales marginados, ha representado en muchos lugares una suerte de “licencia para torturar”315, puesto que la discriminación de ciertos grupos incrementa, de diferentes maneras, la vulnerabilidad de éstos ante la tortura a 312 ETXEBERRIA, X., “Sobre la tortura: perspectiva ética y propuesta pedagógica”, p. 8.
313 “(…) pero ahora, ante los embates del llamado ‘terrorismo global’, se está dando no sólo un
acrecentamiento de su práctica sino incluso su defensa teórica para lo que se consideran situaciones excepcionales de amenaza a nuestra seguridad”. Ídem, p. 4.
314 Ib., p. 47. 315 Cf. Ib., p. 47.
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manos de agentes del Estado316. Además, las víctimas, por ser procedentes de las “clases marginadas” suelen tener menor grado de instrucción y de redes sociales de apoyo, lo que genera menor acceso a recursos legales y al sistema de justicia. “La discriminación refuerza la impunidad, y reduce la probabilidad de que las autoridades tomen medidas en casos de tortura317”.