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9. Aproximaciones a los conceptos de educación y política

9.1. Educación

Antes de abordar el concepto de «educación política» como tal, es necesario comenzar por definir primero lo que es educación para luego pasar a reflexionar sobre lo que significa política. Tener claridad sobre estos conceptos por separado permite visualizar con mayor precisión la problemática que se presenta al momento de definir ambos conceptos. Lo mismo se hará en su momento en lo concerniente al término «cultura política».

Particularmente, en lo referido a la educación, retomando la idea de Bárcena (1997, p. 56), no es deseable la neutralidad, excepto cuando se amerita cierta imparcialidad con respecto a la enseñanza de valores controvertidos en donde la noción de neutralidad estaría orientada a no comprometerse explícitamente y de manera negativa contra alguno de esos valores. Lo anterior es importante por cuanto quienes estén interesados en la educación deben reconocer en la escuela, —como señala Bernstein (1996) citando a Dewey (1897, pp. 15-16) — “el instrumento primario y más efectivo para el progreso social y para la reforma, a fin de abrir los ojos de la sociedad para que lleve a cabo aquello en pos de lo cual trabaja la escuela,” (p. 82) o sea, un cambio significativo al interior de las comunidades que les facilite su crecimiento, desarrollo, y en contra de los prejuicios, que en muchos casos como ocurre con la política, dificultan la curiosidad y el interés por aprender los distintos saberes, limitando con ello el crecimiento intelectual y la imaginación.

Pero estos cambios al interior de las comunidades, y este “abrir los ojos” planteado por Bernstein (1996) en la cita anterior solo son pertinentes si se llevan a cabo desde actividades que no sean ajenas al contexto en que ocurren. Los puntos de vista asépticos que desconocen la realidad en que se pretende insertar cualquier cambio desvían los fines de la educación que puedan posibilitar dichos cambios, sobre todo, en comunidades en la que las relaciones sociales no son equitativamente equilibradas.

Siguiendo con la idea anterior, en lo que respecta a los fines de la educación, es oportuno aclarar que en la propuesta deweyana los fines no se entienden como fines últimos, por lo tanto, en lo concerniente al proyecto educativo los fines se construyen entre la sociedad y los maestros, actores que usualmente son marginados de dichas discusiones; aunque “en términos generales la educación para Dewey no tiene un fin determinado de antemano, sino que éste debe ser reconstruido y modificado las veces que sea necesario” (Paredes, 2010, p. 202). Para el pragmatista norteamericano los fines son al mismo tiempo medios, es decir, que una vez alcanzado un fin éste se convierte en medio para el próximo fin, —fin a la vista correspondiente a la terminación de algún proceso— en este sentido cobra especial importancia el concepto de inteligencia, pues para el pragmatista norteamericano, “La previsión de las consecuencias posibles lleva a una observación más

cuidadosa y externa de la naturaleza y la actuación de las cosas con las que ha de tratar, y a establecer un plan, esto es, un cierto orden en los actos que han de realizarse” (Dewey, 1997, p. 97).

No es acertado pensar en una educación sin un proceso organizado de etapas en la que cada etapa es el resultado de las anteriores y al mismo tiempo es posibilitadora de las siguientes. De acuerdo con Dewey (1997), las acciones dispersas son denominadas “acciones caprichosas o discontinuas en nombre de la autoexpresión espontánea”14 (p. 93). Por otro lado, cuando hay unas directrices claras a seguir, cada paso representa un avance significativo de acuerdo al fin que previamente se ha establecido, por ello es importante que desde un principio, por ejemplo, se entregue a los profesores de educación política los Lineamientos Curriculares correspondientes a la materia ya que como se había señalado antes, dichos Lineamientos son de gran ayuda y orientación para los profesores.

Se debe resaltar que a pesar de que se establezcan unos fines, en el caso de la educación, ello no implica que el proceso que une las etapas se tenga que llevar a cabo de manera acrítica y desconociendo el contexto en el cual se desarrolla éste, porque ni todas las personas aprenden de igual manera ni todos los procesos se dan en un mismo contexto, es allí donde cobra especial importancia el concepto de inteligencia15 relacionado por Dewey como una condición importante tanto para la educación como para la democracia.

Para Dewey (1996, p. 202), inteligencia es concomitante a la democracia pues aunque la democracia en términos políticos es mucho más que la elección de un gobernante, esta requiere de personas con la capacidad suficiente para hacer buenas elecciones, de esta manera, como lo indica Paredes (2010):

La inteligencia y la democracia tienen una conexión única en la propuesta deweyana. La primera garantiza, a través de la educación,

14 En la version en inglés, la idea completa señala que “It is equally fatal to an aim to permit capricious or

discontinuous action in the name of spontaneous self-expression.” (Dewey: 1916:109)

15 “La inteligencia consiste en la observación rigurosa, en la habilidad de descartar prejuicios privados a favor de un sesgo objetivo, en la capacidad de vislumbrar ideales por los cuales podamos resolver satisfactoriamente situaciones en las que emerjan conflictos, La capacidad de formular hipótesis relevantes y la disposición a revisarlas a la luz de nuevas experiencias.” (Bernstein, 2010, p. 161).

que contemos con individuos que han logrado formas de libre expresión […] La segunda les permite a los individuos tener fe en las capacidades propias y ajenas, gracias a las cuales se hace posible una vida en comunidad que tienda hacia el progreso y tenga como único fin en sí mismo el crecimiento. (p. 130)

Los fines, en tanto que medios, son acciones previsibles que nos permiten anticipar los resultados y por lo tanto evitar o corregir aquellas acciones que son ajenas al contexto en el cual se están planteando dichos fines y que por venir de manera externa a los procesos los obstaculizan o los llevan a lugares no deseados o contradictorios con los procesos que se había venido desarrollando. Para Bernstein (2010) “el divorcio entre fines y medios que Dewey atacó se ha vuelto predominante en el pensamiento actual sobre educación. Queremos que nuestros hijos aprendan ciencias y matemáticas de modos mejores y más efectivos, y estamos descubriendo formas más perfeccionadas de hacerlo.” (p. 216) pero Bernstein señala lo inadecuado de utilizar este conocimiento o inteligencia científica por fuera de los problemas de la vida, porque ello significa estar frente a un conocimiento descontextualizado y abstracto que lo único que consigue es predisponer a los estudiantes frente a dicho conocimiento y alejarlos de la posibilidad de observar diferentes alternativas, limitando así su inteligencia y con esta los procesos en curso. Cuando los fines son externos carecen de una relación directa con los contextos, terminan siendo impuestos y desconociendo las capacidades de los que se educan; obviamente lo anterior dificulta cualquier posibilidad de prever los resultados futuros, por ello para Dewey (1997) “La conclusión neta de esto es que actuar con un fin equivale a actuar inteligentemente. Prever el término de un acto es tener una base sobre la cual observar, seleccionar y ordenar los objetos y nuestras propias capacidades”. (p. 94)

Finalmente, la educación como tal no puede poseer fines por ser una idea abstracta, pero los fines que persiguen las personas con respecto a la educación deben dirigirse a crear personas críticas, reflexivas, autónomas y por lo tanto más inteligentes, porque, una de las funciones más importantes que tiene la educación es la de instruir a las personas para hacerlas más inteligentes o racionales, no para sí mismas exclusivamente sino para crear, a

su vez, comunidades más inteligentes. (Bernstein, 2010, p. 159) Esto necesariamente contribuye a la construcción de democracias cada vez más fuertes.