Quizás porque a partir del verano de 1937 el número de nacionalistas vascos detenidos y presos comenzó a reducirse notoriamente –aunque continuara la represión en forma de multas y sanciones varias-, o porque desde 1940 muchos empezaron a regresar del exilio y engrosaron el número de sus partidarios, fue el PNV el que antes logró reorganizar cierta resistencia en la provincia. Lo hizo de manera eficaz a través del llamado “Servicio Interior”, que dirigía desde finales de 1937 Pepe Michelena, a instancias del lehendakari Aguirre, y cuya función era la aten- ción a los presos de su partido y el establecimiento de líneas de fuga a Francia; luego, durante la inmediata guerra mundial, se les sumó la recogida y trasvase de información a los aliados sobre los movimientos de fuerzas y la situación de la España franquista y de los países del Eje. En el interior dirigía esta red el ingeniero vitoriano Luis Álava Sautu, anterior presidente del PNV local18. Además de otros miembros en las otras provincias vascas, en Álava contaba con
la colaboración de antiguos afiliados o simpatizantes, como Ceferino Polo, Andrés Silva (de Salvatierra), Víctor González de Herrero, Francisco Madinaveitia, Víctor Ruiz de Gauna y el excapitán del ejército José María Sanz Eguren. Su labor fue extraordinaria: más de setecientas 17 Desde 1940 se estableció en cada capital una Comisión de examen de penas en relación a los fallos dictados por los Tribunales Mili-
tares. Desde entonces, también, se sucedieron diversos decretos que concedían la libertad condicional y vigilada a quienes hubieran cumplido ya parte de las condenas, sobrepasaran cierta edad, observaran buena conducta o tuvieran penas menores a seis años y un día (y pronto a doce y un día). El indulto de octubre de 1945 propició el regreso de muchos exiliados; antes, en 1940, la ocupación alemana de Francia también animó la vuelta.
18 Álava ya actuaba anteriormente a la constitución de la red. Fue él quien hizo llegar, atravesando las líneas en julio de 1936, la carta de Ibarrondo y Landáburu a Aguirre donde se le animaba a negociar con los sublevados; en septiembre de 1937 sacó de Vitoria hacia el exilio a Francisco Javier de Landáburu, futuro vicelehendakari del Gobierno Vasco. Aparentemente no realizaba labor alguna, por lo que no era molestado ni vigilado. Una reciente y completa investigación sobre ese entorno es la de J.C. Jiménez de Aberásturi y R. Moreno Izquierdo, Al servicio del extranjero. Historia del Servicio Vasco de Información (1936-1943), Madrid, 2008 (sobre Álava y su red, especialmente las páginas 122-129 y 214-235).
notas informativas pasaron al Gobierno Vasco (y de éste, buena parte a los franceses), con inten- ciones tanto de propaganda como de inteligencia militar. Pero la ocupación de París por parte de las tropas alemanas desmanteló en junio de 1940 la sede del Gobierno Vasco en esa ciudad y puso al descubierto la Red Álava, con la consiguiente posterior detención en España de casi todos sus integrantes, en la navidad de ese año. La acusación principal recayó sobre Álava Sautu, final- mente condenado a muerte él solo en la revisión del juicio, en septiembre de 1942; los demás lo fueron a penas entre veinte y treinta años de prisión. Luis Álava fue ejecutado en Madrid en mayo de 194319. Después, trató de sustituir esa red un proyecto de organización de resistencia
denominada Euzko Naia, concebida como embrión de una fuerza armada de los nacionalistas. A su frente se puso Jesús Solaun y su delegado en Álava era José Miguel Sarasola.
En todo caso, esas redes de nacionalistas actuaban en paralelo al proceso formal de reor- ganización que intentó el partido en Álava, ya en octubre de 1936, desde el territorio leal a la República. En esa fecha, los representantes de las juntas jelkides alavesas que se encontraban en Bilbao nombraron una dirección provisional (Araba Buru Batzar) presidida por Ignacio Unceta, y confirmaron para el Euzkadi Buru Batzar a Lázaro Gancedo, alcalde de Ayala y el único nacio- nalista que había formado parte de una Gestora Provincial republicana, aunque fuera por poco tiempo. Éste había sido elegido en 1935 por las juntas municipales para ese puesto, pero dos semanas después de su confirmación fue sustituido por Unceta, Evaristo Martínez de Aguirre y Antonio Gamarra, lo que provocó bastante confusión y duplicidad de cargos20. Confusión
que se incrementó cuando en junio de 1937 se nombró además para el EBB al también alavés Ángel Urraza. Tras la instalación de la dirección exilada en Anglet (Departamento francés de los Pirineos Occidentales), en mayo de 1938 trató de aclararse todo este panorama con el nom- bramiento por Álava del empleado del partido, Antonio Gamarra, pero tal decisión no puso fin a los enfrentamientos internos. Disputaba de nuevo, según De Pablo, una concepción confederal del partido, representada por Gancedo (y Urraza), frente a otra centralizada y dirigida desde el EBB (la que designó a Gamarra). Finalmente, fue esta segunda la que se impuso, de manera que Gamarra representó a los alaveses en el órgano de dirección partidaria del nacionalismo vasco, aunque enseguida, cuando la guerra desarticuló todo este organigrama al dispersar a sus miembros, este embrollo orgánico perdió importancia21.
Lo determinante era lo que ocurría con las bases relacionadas y con los militantes “a pie de calle”. La caída de la Red Álava y el desengaño producido por la nueva situación a que dio lugar el final de la guerra mundial aminoraron todavía más una presencia nacionalista testimo- nial en Álava, que seguía sufriendo cada poco la represión cuando se localizaba alguna reunión clandestina de alguno de los suyos, cuando se detectaban movimientos para propiciar la salida
19 Este proceso y el que a continuación se relata, el acto de junio de 1946 ante la estatua de Fray Francisco de Vitoria, han sido expuestos por S. de Pablo, El nacionalismo vasco en la posguerra. Álava, 1939-1955, Bilbao, 1991, pp. 22 y ss.
20 Al margen de ese oficialismo, en Vitoria quedó clandestina al principio de la guerra una dirección de la que formarían parte Julián Aguirre y Gumersindo de Miguel. Está confirmado que este segundo actuaba de secretario de la misma (Archivo General de la Admi- nistración (en adelante AGA). Dirección General de la Guardia Civil, Expediente de Gumersindo de Miguel Caicedo (48542)), aunque los dos fueron encarcelados muy pronto y luego enviados al destierro en Vigo.
21 S. de Pablo, En tierra de nadie…, pp. 267-269.
a Francia de algún perseguido o cuando se confirmaban manifestaciones contrarias al régimen. Hechos de esta naturaleza se sancionaron entre 1942 y 1946. Uno de los más sorprendentes –y que reitera esa convivencia del temor a la represión con la despreocupación ante la misma- es el informe emitido por la Jefatura Provincial del Movimiento, en noviembre de 1942, donde se da cuenta de la instalación en Vitoria del dirigente nacionalista Alejandro de la Sota, después de su regreso del exilio. Con ese motivo, en torno suyo se reunían en privado, en la calle o en algún centro de recreo los nacionalistas del lugar, haciendo ostentación de su condición partidaria. Ello dio lugar a diversas sanciones gubernativas, así como al disgusto del elemento adicto al régimen, que instó a un destierro del citado personaje fuera de la ciudad. Lo cierto es que si ya en 1940 la policía advertía movimientos por parte de los nacionalistas, la detención del grupo de Luis Álava propició una crisis de la que no se recuperaron hasta octubre de 1945, cuando consiguieron componer una dirección clandestina formada por Julián Aguirre y Pablo Julián Olabarría, a los que acompañarían Santiago Pagalday, Juan Ruiz, Gumersindo de Miguel y Secundino Urrutia22. En ese momento, si hacemos caso de los informes del partido único (FET
y de las JONS) y si tenemos en cuenta que comunistas y cenetistas acababan de ser nuevamente desarticulados, la única preocupación del régimen en Álava era la disidencia de amplios sectores carlistas por los derroteros que tomaba éste y la única oposición efectiva era la poca que supo- nían los nacionalistas vascos, más difícil de atajar por cuanto no era manifiesta o concreta sino que se caracterizaba “por su sinuosidad y extensión”.
Sin embargo, no fue precisamente de naturaleza ubicua o evanescente la operación de pro- paganda llevada a cabo por los nacionalistas en el verano de 1946. Aprovechando la visita de una veintena larga de universitarios y juristas españoles y extranjeros con motivo del Congreso de Pax Romana en Salamanca y de un homenaje en la capital alavesa a Fray Francisco de Vitoria, en su cuarto centenario, varios jóvenes nacionalistas hicieron pintadas –“Gora Euzkadi Azkatuta”- en el busto del dominico y colgaron ikurriñas por los alrededores, dejando octavillas en el suelo y en el autobús de los expedicionarios. Esto ocurrió a primera hora de la mañana del 19 de junio. La víspera, Antonio Urrestarazu había tratado de entregar en el Hotel Frontón, donde se hospedaban los profesores, un pequeño documento informándoles de la situación polí- tica vasca. De resultas de los hechos fueron detenidos inmediatamente hasta casi medio centenar de nacionalistas, y encausados al final dieciséis de ellos: el citado Urrestarazu, los dirigentes locales Julián Aguirre y Pablo Julián Olabarría, y los jóvenes Manuel Pagalday, José Miguel Sarasola, Eduardo Beiztegui, Ramón Azpiazu, Luis Fernández de Trocóniz, Blas Quintana Calzada, José Prudencio Eizaguirre, Eduardo Carrión, Martín Cortázar, Ignacio Olano, Manuel García de Andoin, Félix Fernández Romarategui y Eugenio Sáenz. Toda esta organización había sido animada desde 1944 por Sarasola, aquel frustrado delegado alavés del imposible Euzko
Naia, junto con parte de los detenidos, hasta llegar a la veintena de directamente comprometi-
dos. Su función seguía siendo la tradicional de apoyo a presos y propaganda, y aunque habían intentado alguna acción con motivo del Aberri Eguna de aquel año23, solo con el acto de junio 22 Ibid, p. 286. Al solo existir esta dirección en el interior, se acabó definitivamente el problema causado por los nombramientos para el
ABB (affaire Gamarra).
23 El fracaso de esta acción coincidió con la marcha de Sarasola a Bilbao y su sustitución al frente del grupo por Beiztegui, al que apo- yaba Trocóniz.
tuvieron un éxito sonado. El ruido de tanta detención, la inicial repercusión internacional, las gestiones de autoridades locales y religiosas en favor de los detenidos, las denuncias de malos tratos y, sobre todo, la celebración del juicio siete años después, en abril de 1953, con asisten- cia de diplomáticos y periodistas extranjeros, proporcionó una importancia a aquella acción que nunca hubieran soñado sus promotores. Los acusados, defendidos además con empeño y profesionalidad por abogados derechistas como Guillermo Elío, Ramiro Gómez Casas, Zabala, Velasco y José Martín Municio (anterior jefe del Frente de Juventudes y de la Guardia de Franco), junto con el nacionalista Manuel Ibarrondo, fueron condenados a penas que no entraña- ran más cárcel de la ya sufrida, salvo en el caso de dos reincidentes (Sarasola y Quintana) o en el de Urrestarazu, que prefirió antes el exilio. Como consecuencia de su impericia, el régimen, a nivel local, quedó más tocado de lo que exigía la cuestión: su falta de previsión había facili- tado el acto y, luego, se enfrentó a los mismos abogados instándoles a actuaciones concretas o cobrándose al no conseguirlo venganzas innecesarias24. Al final, apareció como derrotado ante
los medios internacionales y los grupos de oposición25.
No muy distintos fueron el proceso y el desenlace de la primera gran huelga obrera que tuvo por escenario la ciudad después de la guerra, la de los primeros días de mayo de 1951. Ya con anterioridad había habido algunos conflictos de empresa. El 27 de mayo de 1946 para- ron los obreros de la metalúrgica “Aránguiz” por demandas de salario. Demandas que vieron satisfechas a instancias del gobernador civil, Luis Martín-Ballestero, que procedió a igualar los sueldos del sector, aunque dejando claro que ello no tenía que ver con la huelga26. En agosto
de ese año pararon los obreros de “Ajuria”, la factoría vitoriana por excelencia, también por demandas de salario y para denunciar los problemas del racionamiento de alimentos básicos. La prensa comunista del exilio, seguro que con exageración, habló de la existencia de un Comité de enlace de UGT que agruparía a obreros socialistas y comunistas, y que estaría detrás de éste y de otros movimientos27. Un año después, en 1947, en la tarde del 23 de mayo y hasta el día 28,
ochocientos trabajadores de “Ajuria” se declararon en huelga de brazos caídos exigiendo una gratificación salarial de una semana para hacer frente al coste de la vida. La fábrica fue desalo- jada por la policía y los huelguistas obligados a solicitar su readmisión por escrito. No lograron éxito alguno, fueron a la cárcel casi medio centenar de ellos y perdieron incluso el plus de anti- güedad de que disfrutaban, aunque luego, en julio, el gobernador Martín-Ballestero, haciendo gala de paternalismo y para ganar partidarios entre los trabajadores en el referéndum de la Ley
24 El presidente de la Audiencia, Ricardo Sánchez Movellán, fue destituido por el Consejo de Ministros, algunos letrados –tenidos por “falangistas” en su mayoría- fueron expedientados por el sindicato vertical y el Colegio de Abogados, presidido por el conservador Elío, emitió una nota de protesta que fue ocultada a la opinión pública.
25 S. de Pablo, El nacionalismo vasco en la posguerra…, pp. 35-54 y En tierra de nadie…, pp. 288-295. 26 Pensamiento Alavés, 31 de mayo y 8 de junio de 1946.
27 Euzkadi Roja (1 de agosto de 1946) aseguraba que las dos huelgas y hasta la demostración ante los congresistas de Pax Romana eran “consecuencia directa de la unidad de acción de socialistas y comunistas”. Era la estrategia comunista de ese momento.
de Sucesión de ese año, logró del Ministerio el levantamiento de esa sanción28. El argumento
para ello fue que los trabajadores no se habían sumado a la huelga del 1 de mayo, convocada por el Gobierno Vasco en el exilio y por los sindicatos UGT, STV y CNT, y que tanta repercusión tuvo en Vizcaya y en el costado occidental guipuzcoano. Era cierto, puesto que aunque la prensa comunista decía que los obreros vitorianos habían salido “animados por el ejemplo y la com- batividad de las recientes luchas de Euzkadi”, la inspección policial sobre las fábricas en esos días no registró perturbación alguna, más allá de la aparición de algún letrero o pasquín contra el régimen29. La huelga se producía teniendo conocimiento de aquellos hechos, pero surgía de
manera espontánea y se justificaba por la dureza de las condiciones de vida.
Algo similar ocurrió en 195130. El movimiento huelguístico que afectó a Vizcaya y Guipúzcoa,
de clara intención política –llamar la atención de las democracias occidentales sobre la situación del país- aunque animado por demandas laborales –la carestía de la vida-, fue el telón de fondo, pero no la causa que sacó a los obreros vitorianos a la calle. Aquella exitosa huelga de los días 23 y 24 de abril se tradujo en Vitoria en un cúmulo de rumores y en un progresivo desasosiego. Algunos nacionalistas de STV implicados en el movimiento con sus correligionarios vizcaínos no lograron traer a Vitoria la propaganda que hiciera coincidir el paro en toda la región. Pero no fue ésa, ni mucho menos, la razón de que éste no prosperase. Lo cierto es que en abril no hubo nada, pero que desde esos días se fue haciendo patente el descontento por “la estrechez de los racionamientos de alimentos de productos de primera necesidad, así como la baja del precio de los mismos”, e incluso se llegaron a propalar rumores sobre una ración extra de aceite que podría llegar también a Vitoria. La inquietud obrera en los primeros días de mayo obligó al Delegado local de Trabajo, Laudelino León, a mostrarse especialmente conciliador y activo; a cambio, el gobernador civil Ballestero estuvo tan resuelto como de costumbre31. El 2 ya se
habían producido los primeros escarceos, paros y declaraciones de brazos caídos en “Aránguiz”,
28 OPE (Oficina de Prensa de Euzkadi) (13 de mayo) y Euzko Deya (16 de junio de 1947). Euzkadi Roja (5 de junio) apuntaba que la prima de 150 pesetas pedida por los huelguistas ya había sido satisfecha a los falangistas de la fábrica y que aquéllos demandaban también los jornales de un año para las viudas de obreros fallecidos. También daba cuenta de que el sindicato oficial había despedido a sus directivos por su ineficacia para evitar el conflicto. La condonación de las sanciones, en Pensamiento Alavés, 9 y 12 de julio de 1947. A partir del día 23 de mayo ingresaron en la Cárcel Provincial cuarenta y dos obreros, que permanecieron un par de días dete- nidos. Solo los últimos ingresados estuvieron hasta el 3 de junio. De todos ellos, solo ocho habían sido detenidos antes; alguno como Manuel Naya en la huelga de 1917. Del listado de nombres se desprende su mayoritario origen alavés y su escasa implicación política o sindical anterior (AHPA, Fondo Nanclares, cajas 106-108. Agradezco la información a Javier Gómez Calvo).
29 Veinticinco números de la Brigada de Investigación Político-social fueron traídos a la ciudad para la ocasión y la Comisaría emitió una nota obligando a los dueños de los inmuebles a quitar inmediatamente de sus fachadas los pasquines pegados (Euzkadi Roja, 22 de mayo de 1947). Sobre la huelga, J.C. Jiménez de Aberasturi y K. San Sebastián, La huelga general del 1º de Mayo de 1947 (artículos
y documentos), San Sebastián, 1991.
30 S. de Pablo, El nacionalismo vasco en la posguerra…, pp. 73 y ss.; también M. González Portilla y J. Mª Garmendia, La posguerra
en el País Vasco. Política, acumulación y miseria, San Sebastián, 1988, pp. 259-291.
31 Informe que remite el Delegado de Trabajo de Álava al Excmo. Sr. Ministro de Trabajo sobre el conflicto colectivo ocurrido en Vitoria
durante los días 4, 5, 7 y 8 de mayo de 1.951 (AHPA. Sección Trabajo. Caja 76). El gobernador civil, ante los paros producidos ya el
día 2, resolvió cerrar el taller de Aguirre para evitar la extensión del conflicto. A primeras horas del día 4 detuvo a cinco huelguistas de “Armentia y Corres”, y a la tarde amenazó con tomar medidas mediante notas radiadas y a través de reuniones con los empresarios locales.
que se extendieron a la tarde a “Armentia y Corres”, “Echauri” y a la carpintería de los Aguirre32.
Ello animó a algunos nacionalistas a preparar un paro para el lunes 7 de mayo, pero la iniciativa fue arrollada por la espontaneidad de los trabajadores. El 3, día de la Ascensión, fiesta laboral, sirvió de paréntesis, pero el 4, viernes, el paro no solucionado en “Armentia y Corres”, junto a las intervenciones policiales del día 2 para sofocar los descontentos, alguna detención y el cierre de la fábrica de los Aguirre, fueron argumentos para que la huelga se oficializara, se extendiera rápidamente y acabara sumando en esa jornada a tres cuartas partes de los en torno a diez mil obreros de la capital alavesa. A pesar de las amenazas del gobernador de que se suspendían los contratos de los huelguistas, el día 5 el movimiento continuó y alcanzó a los asalariados del comercio. El lunes 7 su contundencia se rebajó y facilitó, tras una reunión con los empresarios convocada por la Cámara de Comercio e Industria, que los obreros recobraran sus puestos sin tener que hacer su petición por escrito, con su simple presencia, aunque sí que perdían los dere- chos de antigüedad adquiridos antes. El procedimiento coactivo y de respuesta a una huelga no era muy distinto de los de 1946 y 194733. Lo que parecía antes del mediodía una solución pro-
visional al conflicto se complicó involuntariamente con una nota del sindicato oficial (y único) que animaba al regreso al trabajo asumiendo que los contratos anteriores estaban rotos; esto es, que se perdía la antigüedad. Ello sacó de nuevo a la calle a muchos de los regresados y alargó el conflicto al martes 834. Solo el miércoles 9 se pudo recobrar cierta normalidad, después de casi
una decena de cierres de empresas, multas a media docena de empresarios (Aranzábal, Aguirre, Casiano Amigo, José Armentia, José Goya e Imprenta Egaña), ciento diecinueve detenciones de obreros y de algún patrón, y cargas policiales frente a los talleres y factorías. Hasta el 14 no