David J Greenwood
5. Los efectos culturales del turismo
En análisis de los efectos sociales del turismo ofrece una visión razonablemente clara de algunas de las ventajas y desventajas que ocasiona a Fuenterrabía su participación en la industria del turismo. Los efectos tienen, evidentemente, grandes consecuencias; pero la perspectiva social presenta solo un lado del problema. No nos dan una explicación suficientemente precisa de los patrones de identidad cultural, creencias y estilo de vida, que son parte tan importante en el proceso del turismo. Para enfrentarse con ellos es necesario emplear un diferente método analítico.
Quiero antes mencionar brevemente una perspectiva extraordinariamente popular de los cambios culturales generales que acompañan al turismo. Esta perspectiva considera al turismo como una vasta escuela de modernización. El turismo, se dice, “moderniza” los valores de la sociedad. Aunque no queda muy claro cuál es el significado
105 de “modernización”, esta perspectiva llama la atención sobre el advenimiento de una ideología de consumo que pone gran énfasis en la recreación-ocio, la educación y las actitudes cambiantes respecto al trabajo. Se supone que todo ello parte del contacto de la población local con los turistas afluyentes.
Hay, sin duda, un elemento de verdad a este respecto en el caso de Fuenterrabía, pero yo encuentro que esta perspectiva es muy limitada para enfrentarse con un problema tan complejo. Como ya he dicho en otra ocasión (Greenwood, 1976), la gente de Fuenterrabía ha tenido desde hace mucho tiempo una ideología de consumo muy arraigada y cree en la validez del trabajo como un medio perfecto para obtener los fines deseados. El turismo no ha cambiado esto; lo que ha cambiado ha sido la creencia en la agricultura y la pesca como ocupaciones viables. El turismo ha convencido a muchos jóvenes vascos de que las ocupaciones profesionales urbanas concuerdan mejor con los valores “tradicionales de la dignidad del trabajo”.
Esta no es una sorprendente conclusión. El trabajo en las fábricas es medio de escapar de la industria turística. Aunque el nivel de vida del casero y del pescador es hoy en día mucho mejor, se ven obligados a servir a los turistas y promotores de una manera que requiere diplomacia y subordinación a otras personas. Desde esta perspectiva, el turismo ha cambiado la estructura de la agricultura y de la pesca como ocupaciones, ya que las hace incompatibles con los valores que la cultura vasca les concedía. Sin embargo, nada de esto alcanza a lo esencial de los efectos que el turismo ha causado en Fuenterrabía, para llegar al centro de la cuestión es necesario volver al concepto antropológico de cultura.
Una de las definiciones más convincentes es la de Clifford Geertz. Según él, cultura es un integrado sistema de significados mediante el cual se establece y mantiene el concepto de realidad. Geertz subraya la autenticidad y tono moral que la cultura imparte a las experiencias vividas, y hace hincapié en la importancia fundamental de los sistemas de creencias, que ayudan a hacer la vida inteligible y tolerable. Va implícito en esto que cualquier cosa que falsifique, desorganice o amenace las
106 creencias de los participantes en la autenticidad de su cultura, amenaza efectivamente su supervivencia. (Geertz 1957, 1966,1972).
De acuerdo con este concepto, me atrevo a afirmar que la industria del turismo en Fuenterrabía ha considerado la cultura local no como un sistema de significados culturales, sino como una mercancía: como parte de algo comerciable para promover el turismo. La cultura local ha sido tratada como un servicio más prestado por los vecinos para beneficio de los turistas; y esta comercialización cultural ha destruido una serie de elementos importantes en la cultura local.
Para ilustrar esta aserción voy a presentar el análisis de un importante ritual que se celebra en Fuenterrabía, aunque podría incluir también otros aspectos rituales que servirían al mismo propósito.
En primer lugar es necesario apuntar porque la cultura local no puede ser considerada como servicios que se presta a cambio de un salario. Desde un punto de vista económico cualquier cosa que este a la venta tiene que haber sido producida combinando los básicos factores de producción (tierra, capital y mano de obra). Esto se ve claramente cuando el objeto son hojas de afeitar, transistores o alojamientos hoteleros; sin embargo es más difícil de definir cuando el comprador es atraído a un lugar por alguna característica de la cultura local, por ejemplo, “el encierro” de Pamplona, la aparición de una Virgen o un festival exótico.
Los economistas y los expertos en la planificación, al tratar del turismo, han soslayado esta dificultad de varias maneras; bien considerando la cultura local como uno de los “recursos naturales” (o sea, como el factor tierra de la economía), bien mirando la cultura local como un atractivo rentable más, y fijando su interés entonces en el número de camas hoteleras, la consumición de bebidas, disponibilidad de gasolina o venta de suvenires. Esta perspectiva no tiene ningún valor para mi análisis.
En un sistema capitalista, cualquier cosa que se puede tasar puede ser vendida y comprada como mercancía. Cuando los vecinos de una localidad reciben un salario por servicios prestados a los turistas, no se presenta ningún problema. Pero cuando las costumbres de una localidad
107 son tratadas como parte de una “atracción”, sin consultarles, y cuando los acontecimientos locales son invadidos por turistas que no les recompensan de manera fijada por sus “servicios”, la cultura local ha sido, en ese caso, efectivamente explotada por alguien, pero los participantes locales no reciben ninguna compensación ni beneficio. Es en circunstancias como estas cuando la cultura es tratada como mercancía, no siéndolo en realidad. Las consecuencias de este tipo de tratamiento son devastadoras para la cultura local, como ocurre en el caso del Alarde de Fuenterrabía.
6. El “Alarde”
El Alarde de Fuenterrabía es el ritual público par excellance. Es una representación dramática, un comentario y un compendio de las creencias culturales, que son básicas en la vida local ondarribitarra. Reafirma y expresa aspectos de la realidad cultural que desde hace mucho han mantenido unido al pueblo de Fuenterrabía.
En el Alarde participan casi todos los hombres, mujeres y niños del pueblo, especialmente durante los preparativos, e incluye un número realmente notable en el actual proceso de dramatización o representación.
El Alarde es esencialmente una recreación ritual de la victoria de Fuenterrabía fue el centro donde las Coronas francesa y española contendieron para establecer los derechos sobre el control del territorio que incluye todo el rincón noroeste de España. Como resultado de su posición geográfica, Fuenterrabía fue situada en innumerables ocasiones, siendo el más famoso el sitio de 1638, que duró sesenta y nueve días y en el que la población resistió con éxito, haciendo evacuar al ejército francés. Como resultado de su acción, la Corona española concedió a Fuenterrabía un número de privilegios, entre los cuales está el de añadir a su nombre oficial el título honorífico de Muy valerosa.
Pero el Alarde representa mucho más que la conmemoración de una batalla. Cada uno de los barrios que componen el total municipal forma una corporación y tiene diferentes responsabilidades. El casco de la ciudad y cada uno de los seis barrios aporta un contingente de niños que, al son de la flauta y tamboril, marchan en formación militar vestidos de
108 camisa y pantalón blancos, con cintas, boina y faja roja: Traje típico de los vascos. Añaden también una formación de hombres armados de carabina, y de entre las jóvenes de cada barrio eligen una cantinera que representa a lo más florido de su distrito. Esta joven viste también un traje que tiene cierto aire militar y lleva al cinto una cantina. Hay también una representación de varias profesiones; un grupo de hacheros aparece vestido de pieles de carnero, grandes barbas negras y unos sombreros altos de piel negra también. El alcalde y cabildo municipal visten uniforme militar y van a caballo encabezando la procesión.
Después de una misa matinal, los grupos presentan formación en una plaza que hay frente a la puerta principal de la ciudadela. Los niños abren la marcha hacia las puertas y suben por la calle Mayor hasta la plaza de Armas, frente al castillo de Carlos V, acompañados de los aplausos y ovaciones de los cientos de espectadores que llenan las calles y balcones de las casas. Todos los grupos ejecutan los aires marciales con gran fervor, y el paso de cada uno, al compás de los tambores, tiene un profundo efecto entre el público.
Aparece a continuación el alcalde y la corporación municipal a caballo, símbolos de autoridad, valor y nobleza. Pasan entre los “¡Hurras!” de la multitud y, luego de desmontar, se dirigen al balcón de ayuntamiento, desde donde siguen el proceso del desfile. Encabezados por la cantinera correspondiente, empiezan a desfilar los grupos de hombres armados, que representan a cada uno de los barrios, y al pasar bajo el balcón de la presidencia por un momento, saludan y disparan al unísono una salva que produce un estampido ensordecedor. La clave es el disparar de manera que parezca como si se hubiera hecho una sola y enorme detonación, y la concurrencia hace comentarios sobre lo bien o mal que ha actuado cada grupo. Una vez terminado el acto, los hombres marchan a la plaza y se quedan en formación.
Al fin de la parada, el alcalde y la corporación municipal se unen al resto en la plaza, y esta vez, todas a una, disparan una salva que efectivamente ensordece a la concurrencia. Los disparos continúan hasta
109 que se terminan las municiones, y entonces se dispersa la multitud y las familias bajan a la Marina en busca de comida y bebida.
Hay demasiados elementos en la ceremonia que acabo de describir para poder comentar aquí sobre todos ellos. Además el Alarde no es un ritual exclusivo de Fuenterrabía, sino que se celebra en otras muchas localidades, tanto vascas como no vascas, y en cada caso los detalles varían en gran manera (Caro Baroja, 1968). Para analizar el caso que nos ocupa debo fijarme en varios puntos básicos.
El sitio de Fuenterrabía fue un episodio en el que ricos, pobres, mujeres, niños, caseros, pescadores y artesanos, así como el resto de la población, huyeron juntos a un ataque feroz. El Alarde reproduce este acto de solidaridad al incluir en la representación a todos los vecinos, hombres, mujeres y niños, y a todos los miembros de las distintas profesiones y oficios. Los rifles, primero por barrios y luego en conjunto, hablan al unísono de la solidaridad que les permitió sobrevivir a todos. Es una declaración del calor colectivo y de la igualdad entre las gentes de Fuenterrabía. Es a la vez una afirmación de su existencia e identidad en unos tiempos en que la mayoría de ellos se gana la vida fuera de la localidad. Y es un pacto que les permite olvidar las heridas causadas por la mala fe y las habladurías que surgen a lo largo del año. El alcalde y los miembros del Ayuntamiento, que con frecuencia son considerados como manipulantes y rapaces que buenas personas, se transforman momentáneamente en la personificación de la virtud cívica y el valor. Los pescadores y caseros, que dedican una buena parte del día a olvidar la identidad de trabajadores rústicos que les da su oficio, son en el desfile la personificación de los modestos, pero nobles y libres vascos con los cuales establecen una identificación histórica. Todas estas gentes que a menudo aparecen divididas, vulnerables y confusas, forman un espíritu unido capaz de enfrentarse con las embestidas del exterior, como ya lo hicieron en el sitio de 1638.
Hay otros muchos detalles; esto sin embargo, hasta para dar una idea del sabor de la ceremonia. Lo más importante es apuntar para quién se representa el Alarde. Es claro que no se representa para los de afuera, sino
110 que es un ritual cuya importancia y significado se encuentra en la participación que en el tiene todo el pueblo y en la intimidad con la que los símbolos son comprendidos por todos los participantes y espectadores (muchos de estos participan en largos meses de preparación cosiendo indumentarias, dirigiendo las practicas del desfile y enseñando música a los niños). Es una función para los participantes, no un espectáculo; es la representación de la historia sacra de Fuenterrabía, historia que por su misma naturaleza es inaccesible a los forasteros.
Aunque sería necesario hacer una presentación extensiva de los datos históricos para situar al Alarde en el contexto cultural de Fuenterrabía, hay que destacar un punto: este ritual es el único que resalta de manera dramática la igualdad y la unidad de todos los vecinos de Fuenterrabía, en contraste con las diferencias de clase, status y poder que son evidentes entre ellos a lo largo del año.
Es mucho más que un mero e interesante símbolo de unidad. Según trato de demostrar en una investigación histórica acerca de los vascos, el peculiar concepto de “hidalguía colectiva” vasca tiene hondas raíces en esto. Según la tradición, todos los nacidos en Guipúzcoa y de padres guipuzcoanos tenían, por ese mero hecho, limpieza de sangre (no tenían mezcla de sangre mora ni judía), algo que no ocurría en ningún otro sitio fuera del País Vasco. Este hecho da lugar a una situación única: los vascos podían afirmar que un zapatero, un casero, un pescador, un alcalde o un conde, de riqueza y poder, podían afirmar una igualdad humana común en virtud de la limpieza de sangre (Greenwood, 1973).
A pesar de que la importancia de la limpieza ha desaparecido los valores igualitarios que se derivan de la idea siguen vivos en una nación de acusadas diferencias de clase. A mi modo de ver, parte de la importancia del Alarde reside en que su representación es la única ocasión en que esas ideas de igualdad y destino común reciben expresión general y publica. Así, la representación del Alarde es una declaración de su identidad histórica como vascos, a la vez que una actuación de un momento particular de la historia del pueblo. El ritual es, de este modo, algo de gran importancia.
111 Pero el Alarde tiene la mala fortuna de coincidir con la estación turística. En esos meses, la población de Fuenterrabía aumenta de diez a veinte o cuarenta mil personas, además de los innumerables turistas que llegan a pasar el día para ir a la playa, ver las regatas, a comer en los restaurantes típicos o sacar fotos de los caseríos, casas antiguas y murallas del casco.
El Alarde aparece en el calendario nacional de festivales que distribuye el Ministerio español de Información y Turismo, y que tiene gran circulación. Los promotores del turismo, grupo que incluye a políticos y contratistas de la localidad, además de las grandes compañías nacionales especializadas en industrias turísticas, han añadido el Alarde a su lista de características propagandísticas de Fuenterrabía. Por doquier carteles y toda forma de publicidad acerca del alarde, como pasa con cualquier cosa que pueda atraer al turista consumidor.
No quisiera dar la impresión de que el Alarde es algo exclusivo a este respecto; de hecho, como incentivo turístico, el Alarde tiene relativamente poca importancia. Es solo cosa de un día, y en comparación con las murallas, las frecuentes regatas, la playa y demás atracciones del pueblo, constituye algo de interés pasajero. El Alarde es simplemente parte de la lista de “color local” que se usa para atraer divisas turísticas, es una improvisada adición en el lote turístico, algo así como una figurilla de cromo en la capota de un coche nuevo.
Pero este tratamiento casual del Alarde no se refleja en los efectos que su incorporación al package turístico está causando a las gentes de Fuenterrabía. Aunque el Alarde es todavía un asunto importante, su situación es precaria, puesto que inesperadamente resulta cada vez más difícil el hacer que la gente vaya y participe en él.
El momento crucial ocurrió durante el verano de 1969, y fue así: Las calles del casco antiguo son estrechas, y los balcones que se inclinan sobre la calle pertenecen a casas privadas. La plaza debe quedar totalmente libre para que los grupos puedan presentar formación militar. Por ello, queda poquísimo sitio para los espectadores.
112 En 1969, el Ministerio de Información y Turismo completó la restauración del antiguo fuerte de Carlos V, en la plaza de Armas, y le abrió al público como parte de la conocida cadena de paradores de turismo. Fue inaugurado por Franco personalmente, lo cual fue conmemorado en Televisión Española, y se publicó en facsímil una copia de la relación histórica del famoso sitio escrita por el P. Moret (Moret, 1763) para añadir una nota “cultural” a la ocasión. Con este impulso de publicidad nacional el gobierno local se vio obligado a resolver el problema de los espectadores. Determinaron que la vista del Alarde no solo fuera asequible a los residentes del parador, sino también a todos los que quisieran subir a mirar. Asimismo, decidieron que el Alarde tuviera la oportunidad de ser visto dos veces en el mismo día.
Difícilmente podría imaginarse un acto más dramático. Por motivos meramente pecuniarios, el gobierno municipal, con un solo acto, definió el Alarde como un espectáculo público representado para extraños que, en virtud de la contribución económica al municipio, tiene el derecho de verlo. El efecto fue contundente. A la inicial consternación siguió un creciente sentimiento de malestar, que pronto se tornó en el tipo de cinismo con que usualmente reciben a todas las aventuras económicas en Fuenterrabía. Hubo pocos comentarios abiertos sin embargo, dos veranos más tarde supe que el municipio estaba encontrando dificultades en reunir voluntarios para participar en el Alarde. Nadie se resistió activamente, pero, siendo un ritual que depende enteramente de la participación voluntaria, la falta general de interés estaba causando serios problemas de organización. O sea, que, en el espacio de dos años, lo que había sido un ritual vital e interesante se había convertido en una obligación pesada que la mayoría trataba de evitar. Más recientemente aun he oído que el gobierno municipal está considerando la posibilidad de remunerar monetariamente a los participantes en el Alarde, y no me cabe duda de que últimamente tendrán que pagarles, lo mismo que se les paga a los gitanos por bailar y cantar flamenco y a la orquesta sinfónica por tocar.
Lo que acabo de describir es un pequeño episodio ocurrido en una pequeña localidad de la que pocos han oído u oirán hablar; sin embargo,
113 su caso puede tener implicaciones significativas. En aras del “color local” se incluyó un ritual importante que la gente representaba para sí misma. Su significado dependía de la compresión tácita de todo el sistema de significados, los cuales eran reafirmados mediante las repetidas representaciones dramáticas y los comentarios que los acompañaban. No era un espectáculo mercenario, sino una afirmación de su fe en un sistema de significados enteramente suyo; era una afirmación de su fe en su propia cultura. Era Fuenterrabía haciendo un comentario sobre si misma por motivos propios.
Al ordenar que el Alarde se convierta en un acto público para atraer