puede ser también voz, vocablo, lema, lexía, forma y unidad léxica Un caso similar se da con la denominación PRÉSTAMO
1.3.2 El anglicismo: elemento alienante de la lengua
El mayor problema que tiene el español en estos momentos es la invasión de anglicismos del que no se salva ni uno de los pueblos hispanoamericanos. (Betanzos, 2001a; ¶ 1)
La postura categórica del presidente de la Academia norteamericana de la lengua española no es ajena a nuestros ojos. La suya refleja una alarma trepidante que siempre se observa en publicaciones relacionadas con la situación actual del español. Ya lo decía E. Lorenzo (1981):
Se parte en la formulación de un hecho no comprobado, pero insistentemente debatido por expertos y profanos, y que puede reducirse a estos términos: La lengua española está aquejada de múltiples dolencias que hacen temer por su integridad, que alarman a sus usuarios y que están pidiendo a gritos eficaz e inmediato tratamiento. Si no se adoptan medidas drásticas desde ahora mismo, se corre el peligro de asistir, cuando ya sea demasiado tarde, a la total desintegración del idioma. Aburriría al culto auditorio aquí congregado si me pusiera a hacer una enumeración exhaustiva de los peligros que según estas gentes alarmadas, si no alarmistas, nos acechan. Se habla de colonización cultural, de fragmentación geográfica del área lingüística hispánica, de empobrecimiento general de los recursos expresivos, de degradación y envilecimiento de la lengua, etc., etc. (¶ 1)
La “desintegración del idioma” que alega Lorenzo (1981) es precisamente el mayor de los temores ante la ‘invasión’ de los anglicismos que toca desde la morfología hasta los iconos empleados en programas computacionales y en la Internet (Blanco, 1999), o lo que es casi igual a
que la invasión de los anglicismos no es sino parte de la transculturización de valores norteamericanos e ingleses que se vive en los pueblos hispanoamericanos.
Entre los ámbitos de mayor recepción de anglicismos se encuentran la ciencia, la tecnología y la traducción. Con respecto a la ciencia y la tecnología, debemos destacar una aparente concentración de anglicismos en las denominadas
nuevas tecnologías
, entre las que se incluye la informática, la telemática, la biomedicina y la imagenología, entre muchas otras. Esta ‘concentración’ se debe principalmente al hecho de que estas nuevas disciplinas han sido gestadas y desarrolladas en inglés, independientemente del país de origen.En la sección anterior comentamos sobre la penetración del inglés sobre las denominaciones de los inventos y sobre las publicaciones internacionales. Pues bien, esta situación de colonialismo científico y técnico ante el inglés y su cultura (Cebrián, 1986) muestra algunos problemas que subyacen a esta situación harto denunciada.
El primer problema tiene que ver con un complejo de inferioridad evidente en la sociedad (Lorenzo, 1981). Hay, afirma Lorenzo (1981), “una peligrosa tendencia a achacar a limitaciones de la lengua lo que son limitaciones culturales del individuo” (¶1), por lo cual, ante los múltiples recursos propios que posee el español, no pocos se quedan conformes y pasivos por el trabajo que implica ahondar en el conocimiento de su propia lengua. Este complejo de inferioridad afecta no sólo a profesionales de la lengua sino a profesionales de los diferentes ámbitos del conocimiento especializado. Esta situación “hace pensar a los alarmistas en posibles carencias de la lengua receptora, que se doblega así ante la presión de la lengua impulsora sin ofrecer resistencia” (Lorenzo, 1981, en Aguado, 1994; p. x).
De esta manera, pasamos al segundo problema: Los expertos toman la denominación menos complicada o natural que les pueda representar mejor el concepto nuevo. “Por ello, los préstamos no adaptados, ni siquiera fónicamente, son tan frecuentes” (Cabré, 1999; 218). Esta actitud puede deberse a por lo menos dos razones:
a) En su proceso de formación, el experto no discrimina lo propio de lo impropio en la lengua porque su atención se centra en la adquisición de conocimientos sobre la materia. De hecho, en muchas ocasiones no llega a darse cuenta de la línea limítrofe – imaginaria, por supuesto- entre el uso que hace de la lengua para actividades profesionales y el uso para actividades no profesionales. Incluso, si se enfrenta ante la necesidad de reconocer un término de una palabra, puede que los resultados sean muy diferentes a los de un traductor o terminólogo enfrentados a la misma situación (Cfr. Estopà, 1999).
b) El experto necesita mantenerse identificado con sus colegas internacionales al punto que a “buena parte de los “tecnólogos” y “tecnócratas” de expresión hispana parece importarles muy poco el idioma en que se expresan, y algunos [hasta] muestran un servilismo total ante una lengua extranjera” (Alpízar, 1997; p. 115). En consecuencia, la autoridad que supone el léxico foráneo legitima su existencia en la lengua española sin necesidad de someterse a ningún proceso de filtración lingüística. Se sobreponen la fidelidad del significado y el prestigio del anglicismo a la integridad de la lengua y su potencial neológico.
El tercer problema implica la convivencia de neologismos vernáculos con anglicismos, con lo cual se crea en muchas ocasiones un paralelismo
innecesario que sólo contribuye a una gran confusión terminológica y a la existencia de términos polisémicos y cascarones denominativos que se convierten en una “carga indeseable en los vocabularios técnicos.” (Alpízar, 1999; ¶10). Por lo tanto, surge la necesidad de “una buena política de vigilancia y actuación [que] debería ir encaminada a que este tipo de términos no pudiera entrar en España [o los países hispanoamericanos]” (Gutiérrez, 1998; p. 191). Sin embargo, Betanzos (2001b) se muestra escéptico al afirmar que “el torrente diario de anglicismos asfixia a la esencia misma de nuestra lengua común y la deja sin título ni espacio para el recurso del rechazo” (¶4). En consecuencia, muchos anglicismos obtendrán, más temprano que tarde, su respectiva carta de ciudadanía (García Yebra, 1999; Lorenzo, 1981).
El cuarto problema está relacionado con el ámbito de la economía, comercialización y distribución de los bienes obtenidos de los avances en ciencia y tecnología. Esta realidad, nada ajena a las sociedades receptoras de tecnología, ha influido enormemente sobre la elevada frecuencia de aparición de anglicismos. La dependencia técnica supone también dependencia económica (Alpízar, 1997; Cebrián, 1986). No es trivial, entonces, repetir aquí la afirmación de Alpízar: “La lengua confiere poder” (1997; p. 115). Al asumir como propio el anglicismo innecesario y desdeñar la capacidad lexicogenésica de la lengua junto con la identidad nacional que le acompaña, “se estarían sentando las bases para una subordinación total al poder extranjero” (Alpízar 1997; p. 115). Asimismo, advierte sobre el problema de la muy baja representación que tienen las lenguas latinas, en especial el español y el portugués, sobre la comunicación científica y técnica en el ámbito internacional. Considera que de no actuar desde plataformas políticas, económicas y sociales por la defensa del uso de estas lenguas en la ciencia y la tecnología, se corre “el riesgo de quedar relegados a idiomas de segunda clase en el mundo
moderno, limitados en su uso al medio familiar y literario” (p. 9). De esta manera, la defensa por la permanencia del español en el concierto internacional de la comunicación especializada ya no se trata “de la evocación de glorias pasadas y el trasnochado alegato en pro de un estado de “pureza” lingüística” (p. 9), sino de una resistencia auténtica “a la imposición de patrones idiomáticos y culturales que entrañan asimilación y pérdida de poder” (p. 9).
El quinto problema, de reciente aparición, no es sino una consecuencia natural que sobre la
sociedad de la información
ha tenido el auge, sin precedentes en la historia, del desarrollo de las telecomunicaciones, en especial las comunicaciones por satélite, la telefonía móvil y las redes de computadores. Estas últimas, simbolizadas por la Internet, han experimentado un desarrollo cada vez más arrollador y expansionista y han permitido el influjo de anglicismos en prácticamente todas las lenguas que tienen cabida en esta superautopista de datos. Muchos de los términos nacidos en inglés en medios profesionales sumamente restringidos, como la computación de los años 60, han experimentado la banalización terminológica, al punto que ya es común que formen parte de nuestro vocabulario cotidiano. Hoy día cualquier persona alfabetizada puede conectarse al resto del mundo a través de la Internet, enterarse de noticias internacionales al momento de producirse, intercambiar en vivo datos con otras personas conectadas simultáneamente, realizar cursos especializados a distancia, leer publicaciones afines a una misma área de conocimiento y hasta comprar un pastel de cumpleaños (Cfr. Aguado, 1994; Belda, 2003). Todas estas actividades comunicativas implican el uso de la lengua, muchas veces ‘contaminada’ de anglicismos que muy pocos se percatan y muchos utilizan.La traducción puede que sea una de las disciplinas de mayor recepción de anglicismos, no en su terminología propia, sino en la actitud que se toma durante el proceso de traducción. No nos resulta ya extraño oír a algún experto en un área del conocimiento opinar sobre la fidelidad - tantas veces cuestionada- del texto traducido con respecto al contenido del texto en su lengua original. En los últimos tiempos es un hecho casi cotidiano el toparse con diferentes traducciones de un mismo texto original, producto de la competencia misma que las editoriales tienen entre sí, por ejemplo. Tampoco es anormal el hecho de que muchos expertos prefieran leer los textos en su lengua original por considerar que sus traducciones están plagadas de voces vernáculas que tergiversan el significado del original, máxime si en tales traducciones se encuentran con equivalentes como
bitio
porbit
oMMM
porWWW
, los cuales, ante los ojos del usuario más inexperto, no pasan de ser unos accidentes absurdos de la autoridad que busca imponer una norma no consensuada ni socialmente viable.La premura que origina la pugna de las agencias internacionales de noticias por llegar primero al público, produce, a juicio de Alfaro (1971) un “efecto devastador” sobre la lengua. Los traductores de las agencias se ven “compelidos a ejecutar de prisa, sin meditar, sin pulir, sin cotejar, la dificilísima labor de traducir bien” (p. 8). Como resultado de esta presión, los textos quedan muchas veces plagados de anglicismos léxicos y sintácticos. En lo que respecta a las revistas de divulgación científica y a los textos especializados propiamente dichos, este problema se multiplica puesto que las publicaciones van a la par del desarrollo vertiginoso de la ciencia y la tecnología, mientras que las obras de referencia lexicográfica y terminográfica no presentan lamentablemente la misma velocidad de actualización para registrar los anglicismos que entran masivamente en las lenguas de especialidad.
En resumen, el anglicismo puede afectar diferentes ámbitos en los lenguajes de especialidad, ya desde el propio experto, ya desde el traductor. Se hace necesario, entonces, “combatir las malformaciones” (García Yebra, 1999) o rechazar de plano “lo alienígena, porque nos desvirtúa” (Lázaro Carreter, 2002).
En la próxima sección trataremos el anglicismo como elemento enriquecedor de la lengua, el cual constituye una visión menos purista, con lo cual, se demuestra una vez más la afirmación de Lázaro Carreter (2002):
Es fácil predecir que esta pugna entre ambos extremos no acabará nunca, al menos, mientras no cambie, y va para lejos, todo aquello que la civilización grecolatina legó a nuestra civilización. Porque, en efecto, el problema ya se sentía en Roma, con el griego flanqueándola por todas sus orillas (¶3).