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EL AUTOR IMPLÍCITO Y LA IDEOLOGÍA SUBYACENTE

2. EL TEXTO Y EL LECTOR

2.3. EL ESPACIO Y EL TIEMPO DE LA ESCRITURA Y DE LA LECTURA: DEL PROCESO DE CREACIÓN AL DE RECEPCIÓN

2.3.3. EL AUTOR IMPLÍCITO Y LA IDEOLOGÍA SUBYACENTE

La elaboración del concepto de “autor implícito” se debe a W. C. Booth y surge como una reacción ante los deseos de cierto tipo de corrientes de borrar la figura del autor, incluso la del narrador, abogando por un tipo de relato objetivista y aséptico en el que la historia parece contarse a sí misma, eludiendo cualquier tipo de instancia enunciativa. El autor implícito se distingue del autor real en la medida en que el primero permanece dentro de las coordenadas del propio texto como proyección o imagen del primero. Por ello no toma consistencia hasta que el texto es actualizado a través del proceso de la lectura. Según Booth234 lo más relevante es que del autor impícito parten las normas morales que articulan el relato y, consiguientemente, su interpretación.

A. Garrido Domínguez en torno a este concepto aclara:

Llámese alter ego o segundo yo, la misión principal del autor

implícito consiste en hacer partícipe al lector implícito de su sistema

de valores (morales). Así, pues, funciona como una realidad estrechamente asociada al sentido general, profundo, del texto. El planteamiento retórico subyacente a la doctrina de Booth no sólo implica un esfuerzo comunicativo sino que reclama explícitamente la presencia de un receptor en cuanto destinatario de la persuasio pretendida por el autor implícito (capaz, por tanto, de hacerse con el sentido global, siempre de orden ideológico, de la obra)235.

La cuestión del autor también ha sido abordada por Bajtín, para quien la novela es un “microcosmos de plurilingüismo” donde la palabra, de marcado carácter bivocal, representa al mismo tiempo las intenciones de los personajes, y a través de ellas y como resultado del fenómeno del dialogismo, las refractadas del autor. “De ahí que en la novela se encuentren representadas las voces ideológico-sociales de

234 BOOTH, W. C. (1961) La retórica de la ficción. Barcelona: Antoni Bosch, 1974, pp. 63 y ss.,

parte II.

la época” y la consecuencia, también apuntada por Bajtín de que “a la novela histórica le son características la modernización positiva, la supresión de las fronteras de los tiempos, el reconocimiento del eterno presente en el pasado”236. En esta modalidad literaria confluyen entonces el pasado y el presente debido a que se entrecruzan dos tiempos, el del autor –cuyas ideas se manifiestan en la obra de forma más o menos explícita– y el de la aventura relatada. El primero, al optar en este subgénero por un período histórico y unos hechos determinados, ya está llevando a cabo una selección que representa una visión particular del mundo. Según Leo Hickey el autor

no presenta nada sin incluir en su representación un juicio o una interpretación; presenta un aspecto, un ángulo de visión, una faceta, cosas ya procesadas, por así decirlo, invitando a cierta reacción por parte del lector237.

Y esa visión o presentación está directamente relacionada con las aspiraciones, ideas y valores de una sociedad concreta. Por ello resulta interesante destacar en las novelas del corpus aquellos aspectos ideológicos que corresponden al autor implícito y que dotan a la narración histórica de cierta modernidad, al hacerse presente la proyección del presente sobre el pasado. Ya hemos comentado que en la literatura infantil se hace más explícito el mensaje –entendido como la condición persuasiva o perlocutiva del texto, al presentar modelos de conducta al lector–, y por ello es necesario el análisis de la idología subyacente. En este sentido Teresa Colomer corrobora que

en los libros infantiles el poder de las relaciones entre autor y lector es más evidente que en la literatura producida y leída entre adultos, su función educativa es muy obvia y resulta también muy visible que los autores y editores están constreñidos por presiones sociales de

236 Cfr. BAJTÍN, M. Op. cit., pp. 142, 181, 225.

237 HICKEY, L. (1976) “Novela y sociedad”, Teoría de la novela. Ed. Santos Sanz Villanueva,

diversa índole. Todo ello provoca que el tema ideológico suponga un problema especialmente destacado en los libros para niños, niñas y adolescentes238.

Es evidente que la ideología aparece condicionada por el contexto de producción y que ésta puede constituir una de las líneas de investigación propias de un enfoque sociológico de la literatura239. En lo que respecta a las novelas del corpus interesa entonces destacar aquellos valores que encuentran su correspondencia en la evolución de la sociedad española desde la década de los sesenta a la de los noventa.

A la hora de trazar el contexto de producción que rodeaba al autor, ya se insistió en que a partir de los años cincuenta se produce una apertura ideológica en el país que afecta especialmente a las obras dirigidas a la infancia y la adolescencia, por ello aunque el sentimiento religioso cobre fuerza en tres de las novelas publicadas antes del establecimiento de la democracia, se trata de un cristianismo que podríamos calificar de “comprometido” –adjetivo utilizado por J. Gilabert Juan240– en El juglar del Cid, y tolerante hacia otras religiones en El moro cristiano. Así, en la primera novela, Martín y Gabriel deciden ayudar a un siervo huido dejándolo al cuidado de un ermitaño para que cure sus heridas y este último les replica:

–Es un hombre, un hermano tuyo. Ni siquiera te debe interesar su cara. Si sufre, haces bien en ayudarlo. Y si alguien te acusa de

238 COLOMER, T. (1998a) Op. cit., p. 106.

239 En este sentido remitimos a las obras de R. Escarpit (ESCARPIT, R. (1974) Hacia una

sociología del hecho literario. Madrid: Edicusa) y de Goldmann (GOLDMANN (1967) Para una sociología de la novela. Madrid: Ciencia Nueva. Sobre este último estudio Andrés Amorós (AMORÓS, A. (1976) Introducción a la novela contemporánea. Madrid: Cátedra, p. 209) alega que la sociología de la literatura se ocupaba tradicionalmente de relacionar el contenido de la obra literaria con la conciencia colectiva, mientras que Goldmann propone otro método: “relacionar las estructuras del universo de la obra con las estructuras mentales de ciertos grupos”, de manera que hace coincidir la estructura de la sociedad capitalista y la de la novela moderna.

240 GILABERT JUAN, J. (1998) Literatura infantil y juvenil: la novela histórica española ambientada

haberlo hecho, jamás bajes la frente ante ningún juez. Eso sería pecado. ¿Cómo te llamas?

–Martín. –¿Y tú? –Gabriel.

–Oyeme lo que te digo, Martín: nunca des a un niño escándalo de miedo. Porque enseñarle a temer estorba tu obligación, que es enseñarle a amar241.

Y en la segunda novela, aunque parece imponerse la religión cristiana sobre las demás, como demuestran las palabras de Omar Ben Hafsún: “Yo creo ahora que la religión cristiana es la verdadera, la que llevará nuestras almas por un camino de perfección”242, el emir no obliga a sus hijos a aceptar de inmediato la nueva fe, movido, por una parte, por el temor de abocarlos a la muerte destinada a los musulmanes que cambiaban de religión, pero también porque desea que ellos mismos decidan su conversión. Así su hijo, en respuesta a una pregunta de Tello –el muchacho cristiano– manifiesta:

–Mi padre dice que soy demasiado joven todavía; no tengo los suficientes conocimientos. Debo estudiar durante todo el verano y me bautizará en el otoño el sacerdote que mi padre traiga para nuestra Iglesia. Mi padre quiere que medite y que vea claro en mi interior. Por eso no me bautizarán ahora243.

En cuanto a El bordón y la estrella y El Camino de Santiago (2ª parte), de Aguirre bellver, sí se aprecia cierto fervor cristiano –a la par que una actitud maniquea que divide a los hombres en “malos” y “buenos”– al producirse al final de la primera parte dos milagros casi simutáneos: la ruptura de las cadenas de Geraud a causa de un rayo –hecho que provoca en el forzado una gratitud infinita hacia

241 AGUIRRE BELLVER, J. Op. cit., p. 73. 242 MOLINA, M. I. Op. cit., p. 27.

Dios– y el arrepentimiento del bandido Ansur Núñez, quien decide abandonar su delictiva vida tras oír las imprecaciones de un labrador al Señor:

–Estoy triste esta tarde, Señor. ¿Cómo puedes permitir que ocurran tales cosas? ¿Cómo no tocas el corazón de los malos? Puedes hacerlo y, sin embargo, consientes en que se haga daño y en que los inocentes sean tomados como culpables. ¿Por qué? ¿Por qué he de venir yo siempre con miedo a labrar mi campo? A nadie hago mal, pero a mí pueden hacérmelo. ¿Cuántas veces te he pedido que hagas ver su pecado a Ansur Núñez? Confiaba en que me escucharías, y hoy me entero de un crimen más que ha cometido...244.

No resulta fácil establecer una división tajante entre los valores difundidos en las obras publicadas antes y después de la democracia, pues, por una parte, al desarrollarse éstas en un período tan alejado en el tiempo como la Edad Media, las críticas al sistema feudal que lo caracteriza y la defensa del igualitarismo pueden aparecer en las producciones de ambos períodos245, y también el sentimiento religioso, de hondo arraigo en la época medieval. Sí cabría hacer una consideración, no obstante, acerca de la la opinión tradicionalista sobre la unidad del Estado español –según apuntaba Teresa Colomer– que Aguirre Bellver pone en boca de un anciano en el volumen El camino de Santiago, integrado en la edición de 1961 bajo el título El bordón y la estrella:

–Aquí, donde está Isidoro –dijo a los peregrinos un viejo que se sentaba a la sombra del pórtico–, está el corazón de España […]. –Las palabras de Isidoro –siguió diciendo– nos recuerdan que España fue entera y en ella cabían todos, desde los astures y los

244 AGUIRRE BELLVER, J. Op. cit., p. 87.

245 Cfr. especialmente en El juglar del Cid, p. 68, el alegato que hace Martín a favor de la igualdad

de todos los hombres a los ojos de Dios y su rechazo a la existencia de siervos, y también los continuos abusos por parte de los poderosos de los que tiene que escapar a lo largo de la novela el protagonista de La espada de Liuva.

cántabros hasta los béticos. Sois de otros países y quizá no comprendáis esto rectamente. Pero yo os pido que en medio de esta confusión de reinos y taifas, de religiones y lenguas que es hoy nuestra tierra, penséis que hubo una sola España. De ella habla tan bellamente san Isidoro, que a nosotros, leyéndole, se nos arrancan las lágrimas. Pero ahora él está aquí, en el corazón de España, y yo tengo la certeza de que, como hemos recobrado su cuerpo, recobraremos un día la entereza de la tierra. No os vayáis de este monasterio sin haber comprendido estas cosas, porque os habríais vuelto a vuestros países sin comprender el nuestro246.

Frente, quizás, a una postura más abierta ante las diferentes lenguas que se cruzaban en el camino mostrada en Endrina y el secreto del peregrino –publicada en 1987– a partir de las palabras de la protagonista:

–Catorce años de mi vida, los que ahora tengo, he pasado a orillas del camino que llaman Francés, porque, cruzando Francia, conduce a Compostela romeros de todos los países. A muchos escuché, con muchos platiqué, y de todos aprendí una palabra nueva. A cuatro lenguas de España yo las tengo por mías en la misma medida, pues gallego fue mi tras abuelo Xoan, leoneses mi padre y mi abuelo Gonzalvo; los cantos de Castilla los escuché en boca de mi madre cuando yo todavía no hablaba, y la lengua de vascos y navarros es la mía247.

No obstante, advertido ya el peligro de la generalización, hay que admitir que la mayor parte de obras de nuestro corpus se publican después de la democracia y en ellas encontramos una serie de valores cada vez más frecuentes en las producciones destinadas a niños y adolescentes, tales como el rechazo de la guerra y la violencia, la defensa de la interculturalidad o la igualdad entre los sexos.

246 AGUIRRE BELLVER, J. Op. cit., p. 37. 247 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., p. 38.

Sobre el primer valor, podemos acudir a dos ejemplos presentes en La

espada y la rosa y en Almogávar sin querer. En la primera novela en el relato de

Gilberto sobre su participación en las cruzadas se aprecia un cambio notable en su actitud, pues si al comienzo no le conmueven los degollamientos de mahometanos y judíos a manos de los cristianos, más tarde cuando yace convaleciente y es atendido por una mujer árabe expresa:

Fue entonces, mientras mi corazón agradecido se rendía a aquella mujer, cuando por primera vez pensé en aquellas otras mujeres que habíamos matado en Antioquia y en Maarat. Cuando pensé en aquellas doncellas, en aquellas madres a quienes degollábamos mientras protegían a sus pequeños, a los que estampábamos contra el suelo, y cuando pensé por primera vez que nada podía justificar aquellos actos248.

Mientras que en la segunda la voz del narrador omnisciente expone los sentimientos de Garcés tras la matanza llevada a cabo en Gallípoli por la Compañía almogávar:

Contemplar los efectos de la venganza de sus compañeros sobre los inocentes habitantes de la ciudad a punto está de hacerle perder el juicio […].

Y allí, olvidada por la fuerza de los hechos su aversión a las armas, combate durante meses como un diablo.

Pero ya no sabe por qué lo hace, falto como está de familia y de amigos verdaderos. Su propia vida carece por completo de sentido. Se defiende porque sí; porque el hombre, estúpidamente a veces, siempre intenta sobrevivir.

Así, alejado por la distancia o por la muerte de cuantas personas podían significar algo para él; codeándose con la peste, con el dolor, con el odio, Garcés vive, sin desear vivir, aquellos que deberían

haber sido los mejores años de su vida249.

En cuanto al valor de la interculturaridad y la ausencia de prejuicios hacia otras razas, en Endrina y el secreto del peregrino encontramos muestras muy significativas, ya que cuando la vieja Olalla justifica que los moros son malos por naturaleza basándose en que Santiago es su enemigo y por ello le llaman “Matamoros”, y su opinión es apoyada por la de otros romeros, Endrina indignada exclama:

–Vosotros sí que decís palabras sin sentido, pues necio es aquel que habla de lo que no conoce. Y ¿qué sabéis de los hombres de la morería si tienen sus fronteras en tierras aún más bajas de las que riega aquel gran río Duero? ¡Qué nadie me responda con algo diferente!, pues lo que estoy diciendo me lo dijo mi padre, que conoce mejor que la palma de su mano, de una punta a otra punta, todos los reinos de España... ¡Y mi padre nunca miente, sabedlo!... Y también dice Pedro Tabladillo, ¡oídlo!, que los moros no son malos por ser moros, ni los cristianos buenos por ser cristianos, sino que cada uno será tal cual sean sus hechos250.

En esta novela, al estar protagonizada por una adolescente, se pone de manifiesto el principio de igualdad entre los sexos, ya que en distintos estudios, como el llevado a cabo por Teresa Colomer y Gemma Lluch, se constata la supremacía en la literatura infantil y juvenil de protagonistas masculinos, hecho que se acentúa si nos remitimos al género de aventuras. Y lo mismo podríamos decir de las mujeres viajeras en la historia, aunque su presencia queda atestiguada en el libro

El camino de las damas, del bonaerense Christian Kupchik251. Lo importante es en

que Endrina, aparte de la condición andariega del personaje femenino, se hace hincapié en la igualdad de oportunidades a la hora de recibir una educación, pues la

249 LALANA, F.; PUENTE, L. A. Op. cit., pp. 142-143. 250 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., pp. 134-135.

protagonista manifiesta su contacto con los libros y el aprendizaje de la lectura a Fray Roderick, otro de los peregrinos:

–Fray Gonzalvo, a quien llaman el loco, en su vagar sin horas por senderos y montes, suele enseñarme cosas… Para los dos es el tiempo muy largo… Además de aquel libro, el monje me enseñó a entender las palabras escritas… Fray Gonzalvo dibujaba las formas de las letras en el polvo y yo las aprendía. Así pude leer después de algunos meses; no hay mal alguno en ello, aunque no sea yo varón de buena casa –exclamó, alterándose, Endrina.

–No hay mal alguno en ello, sino muy grande bien. Las cosas que se escriben se pueden recordar durante mucho tiempo; las cosas que se dicen, casi siempre se olvidan, son como hojas de otoño. ¿Lo entiendes?252.

Y otro tanto podríamos decir en relación al personaje de Catalina, en Viaje a

la Gascuña, ya que ésta también recibe enseñanza, al igual que sus hermanos

pequeños:

Asistía con otras jóvenes de su edad a las clases que impartía en su casa un antiguo fraile, excelente maestro de la lectura, la escritura y la aritmética, que es lo que Catalina necesitaba con más apremio para ayudar a su padre en las cuentas de su oficio253.

Y más adelante sus padres deciden “enviarla a algún monasterio para que alcanzara la cultura y la formación de las jóvenes de la nobleza”254. Durante su estancia en el convento de la Consolación la transmisión del autor implícito de su idea sobre la importancia de la lectura, a través del personaje de sor María Alfonsa, se hace todavía más nítida:

252 Ibid., pp. 77-78.

253 SANZ, B. Op. cit., p. 65. 254 Ibid., p. 66.

–La ignorancia es el principal obstáculo que deben vencer en su vida; es una gran desgracia no saber leer, no saber trabajar aplicando el entendimiento, no saber expresar las ideas ni los sentimientos, no saber decidir los propios actos, no saber enfrentarse con la realidad que les rodea, no saber desentrañar lo importante de lo secundario255.

Y esta idea vuelve a ser desarrollada por la voz narrativa de Catalina, aunque el foco sigue siendo sor María Alfonsa:

Para ella sumergirse en los hechizos de las letras, como dominaba la lectura, era un placer exquisito, pocas veces igualable a otros deleites […]. Afirmaba que la lectura era buena para aprender cosas, ocupar el ocio, mejorar los sentimientos, y para conocer los antiguos saberes de la ciencia y distanciarse de los problemas materiales y de las incomodidades cotidianas256.

Como se puede apreciar, bajo estas palabras late una concepción actual de la lectura en su finalidad puramente recreativa, de aprendizaje y de efectos terapéuticos. En la literatura infantil y juvenil actual las valoraciones del autor implícito a favor de la lectura son constantes, debido a las continuas campañas de promoción llevadas a cabo desde diferentes instancias educativas e institucionales, y adoptan distintos procedimientos a la hora de manifestarse. En los casos que acabamos de reseñar las alusiones se hacen explícitas a través de las opiniones de los propios personajes, y en otros remiten al proceso inverso de la escritura – recordemos el deseo de Gabriel en El juglar del Cid de escribir sus propias composiciones y no ser un simple difusor de escritos compuestos por otros–, de manera que se incide en lo que hemos llamado metaficción al ofrecerse en la novela una reflexión sobre su propia gestación. Este último procedimiento lo encontramos en La aventura de sir Karel de Nortumbria, cuando el narrador protagonista

255 Ibid., p. 81.

recapacita sobre la historia que está escribiendo: