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EL TIEMPO: ELEMENTO SINTÁCTICO Y SEMÁNTICO

2. EL TEXTO Y EL LECTOR

2.2. EL ESPACIO Y EL TIEMPO DE LA AVENTURA

2.2.2. EL TIEMPO: ELEMENTO SINTÁCTICO Y SEMÁNTICO

Al igual que ocurría con el espacio, el tiempo se presta a distintos tipos de análisis, ya que también se puede convertir en elemento organizador –y por tanto estructural–, al mismo tiempo que semántico –al alumbrar la significación global de la novela– y, por otro lado, ser medido en relación con el tiempo del mundo objetivo.

En este sentido A. Garrido Domínguez apunta diferentes concepciones. En primer lugar se encontraría el “tiempo físico” o de la experiencia, que se desdobla en dos: un “tiempo crónico” organizado por el ser humano a partir de instrumentos de medición como el reloj o el calendario y un “tiempo psicológico”, tamizado por el filtro de la subjetividad y las emociones, presente en las teorías de filósofos como H. Bergson, E. Husserl y M. Heidegger. Y en segundo lugar, ya dentro del objeto de estudio que nos interesa, se encontraría el “tiempo figurado” propio de la ficción literaria, tiempo que contiene o alude al primero –al igual que ocurría en el caso del espacio, porque la literatura constituye un simulacro de la realidad–, pero que adquiere unas connotaciones especiales, pues puede convertirse en principio constructivo y semiotizarse de acuerdo a unas convenciones artísticas y condiciones ideológicas específicas. Este tiempo figurado o literario se encuentra en estrecha relación con el “tiempo lingüístico”, ya que la lengua constituye el código primario en que se apoya la literatura, y ésta es la causa –ya fue apuntado al tratar el espacio– de su constitución como arte temporal, al exigir una descodificación sucesiva146.

Por su parte, R. Ouellet y R. Bourneuf establecen una división tripartita basándose en las teorías de M. Butor, quien, ciñéndose al ámbito de la novela, estipula tres tiempos: el de la aventura, el de la escritura y el de la lectura147. Esta división nos va a resultar muy útil a la hora de analizar las novelas de nuestro corpus, ya que se trata de novelas históricas juveniles en las que el tiempo de la aventura –la época en la que se desarrolla la historia– dista bastante del de la escritura –determinado por las circunstancias sociales, ideológicas y culturales que rodean al autor– y del de la lectura –que remite al lector modelo que proponen

146 Cfr. GARRIDO DOMÍNGUEZ, A. Op. cit., pp. 157-162.

147 Cfr. OUELLET, R; BOURNEUF, R. Op. cit., pp. 148-170. Vid. también BUTOR, M. (1964) Sobre

dichas novelas–. Así el primer tiempo queda condicionado por el segundo, porque el escritor no puede evitar su visión sobre unos hechos pretéritos, y a su vez los condicionamientos que impone su lector modelo y su particular tiempo de lectura. De los tiempos que articulan la escritura y la lectura trataremos más tarde en el capítulo titulado “El espacio y el tiempo de la escritura y de la lectura: del proceso de creación al de recepción”, para centrarnos a continuación en el tiempo de la aventura de la propia obra literaria.

Según K. Spang la esencia de la novela histórica es la configuración de una determinada época del pasado:

Esta época del pasado es la de un pasado concreto, documentado que se re-presenta –en el sentido estricto de la palabra– a través de la narración. Por ello es imprescindible que el autor ubique el tiempo narrado en el calendario; en este aspecto está sometido a unas exigencias de verosimilitud notablemente mayores que los novelistas que cultivan otros subgéneros novelescos148.

En cuanto a las novelas de nuestro corpus, todas se desarrollan en un período histórico concreto, la Edad Media, aunque la precisión y los procedimientos utilizados para su datación varía de unas a otras. Así en Endrina y el secreto del

peregrino se especifica, cuando se alude a la recolección de piedras en Triacastela

para la construcción de la catedral compostelana: “Pero ahora corría el año del Señor de mil ciento y ochenta y ocho, y el templo del Apóstol ya estaba terminado”149. Y el mismo procedimiento se utiliza en La espada y la rosa cuando en el segundo nivel de la fábula que supone el relato del cruzado Gilberto éste especifica: “Corrían los últimos días del año 1101 cuando pedí permiso a mi señor para incorporarme al séquito del duque de Aquitania y entrar con él en Jerusalén”150. Mientras que El moro cristiano termina con la siguiente referencia temporal: “Finalizaba el verano del año 899”151. En Viaje a la Gascuña la datación de la

148 SPANG, K. Op. cit., p. 104.

149 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., p. 236. 150 MARTÍNEZ MENCHÉN, A. Op. cit., p. 37. 151 MOLINA, M. I. Op. cit., p. 32.

aventura se produce también al final, cuando en el capítulo V Catalina relata su experiencia en la cruzada emprendida por San Luis a través de las páginas de un diario, lo cual lleva a secuenciar la narración en torno a referencias de carácter espacio-temporal del tipo “Mar de Chipre. Septiembre de 1248”, “Acre, 1251”152. Y lo mismo ocurre en Almogávar sin querer, al tomar como medida estructural intermedia entre la parte y la secuencia una especie de secuencia más amplia en la que se aprecian el mismo tipo de referencias, aunque en este caso la forma discursiva no sea la de un diario; valgan como ejemplos: “Baronía de Goreia. Mayo de 1302”, “Constantinopla. Octubre de 1302”153.

Respecto a las otras novelas del corpus hay que decir que la ubicación temporal no resulta tan exacta. En El juglar del Cid, hemos de consultar las fuentes historiográficas y literarias para aventurar el tiempo crónico de la historia; y lo mismo ocurre con El bordón y la estrella y El Camino de Santiago, donde aparte de la ambientación general de la historia, un personaje secundario como el padre Domingo –futuro Santo Domingo– puede ayudar a fijar una fecha; aunque en este caso no resultaría necesario por la función autentificadora que crean en la novela los enclaves y otros detalles realistas. En Amarintia las referencias históricas aparecen en el primer capítulo y afectan al itinerario emprendido por los cruzados hacia Tierra Santa: “La flor y nata del imperio germánico había respondido a la llamada del pontífice”154; por lo cual se podría aventurar que éstos tienen como objetivo participar en la cruzada emprendida por Federico I Barbarroja, emperador de Alemania, en 1188. Y aunque no se mencionan enclaves reales concretos –no olvidemos que el espacio constituye, según hemos apuntado en páginas precedentes, un elemento esencial para fijar el tiempo crónico– otros elementos contribuyen a constituir una imagen de la Edad Media como una época de guerra y pestilencias, señores feudales y una sociedad divida en tres grandes grupos: los guerreros, los monjes y el pueblo trabajador.

En esta novela no importa tanto el tiempo organizado, sujeto a medición por el hombre, como el tiempo psicológico representado en la conciencia de Annón,

152 SANZ, B. Op. cit., pp. 120, 126.

153 LALANA, F.; PUENTE, L. A. Op. cit., pp. 47, 85. 154 MARTÍNEZ GIL, F. Op. cit., p. 8.

quien tras su incursión en el Bosque Impenetrable que le conduce a la ciudad de Amarintia y su reincorporación al grupo de los cruzados exlama: “–¡Dieciséis días! Permanecí once en la abadía. Eso quiere decir que apenas empleé cinco días en atravesar el bosque. Y, sin embargo, fueron siglos...”155. Amarintia constituye un símbolo del Paraíso perdido, meta anhelada por el hombre en su deseo de romper la horizontalidad inexorable del tiempo en su camino por la vida y proyectarse en un movimiento vertical hacia la eternidad. En este sentido Bajtín apunta lo siguiente:

Para dotar a un cierto ideal del atributo de veracidad, se le concibe como si ya hubiera existido alguna vez en la Edad de Oro en `estado natural´, o como existente en el presente, en algún lugar situado `más allá de los treinta y nueve reinados, más allá de los mares oceános´: si no sobre la tierra, bajo tierra; si no bajo tierra en el cielo. Se prefiere sobreedificar la realidad, el presente, en lo vertical, hacia arriba y hacia abajo, antes que avanzar horizontalmente en el tiempo. Aunque esas sobreedificaciones verticales se anuncian como ideales, del otro mundo, eternas, atemporales, tal atemporalidad y eternidad están concebidas como simultáneas con el momento dado, con el presente, es decir, [...] como algo que es futuro que todavía no existe y que no ha existido aún156.

Esta misma concepción del tiempo y su abolición en la ciudad perdida- Paraíso también se encuentra presente en La espada y la rosa y será estudiada con mayor profundidad en la segunda parte de este trabajo de investigación con objeto de perfilar las fuentes, los textos precedentes que hacen patente la fuerte intertextualidad de estas novelas juveniles. Haciéndonos eco de las palabras de R. Gullón habría que añadir que

el paso del tiempo real al simbólico implica trastueque en la temporalidad, y no sólo en la cronología sino en el modo del

155 Ibid., p. 101.

transcuso, las narraciones en que tal desplazamiento se registra tienden, en estructura y consistencia, a lo brumoso157.

Por ello, el desenlace de Amarintia, ya comentado, queda un tanto desdibujado; al apuntar al ámbito de la metaficción el tiempo literario –el mismo efecto se constataba con respecto al espacio– se superpone al de la propia aventura, que queda en este caso eclipsada por el tiempo de la escritura y el de la lectura, pues la historia puede nuevamente comenzar si el lector así lo desea.

En último lugar, hemos de detenernos en otras dos novelas donde se produce un cruce de tiempos crónicos. Este hecho se aprecia sobre todo en La

aventura de sir Karel de Nortumbria, ya que el protagonista se desplaza en varias

ocasiones desde la época actual hasta la del rey Arturo y los míticos caballeros de la Tabla Redonda, aunque el tiempo de la aventura predominante en la narración remita a esta última. El recurso del viaje en el tiempo puede responder a distintas intenciones por parte de un autor: en el caso que nos ocupa está claro el objetivo de acortar las distancias entre el tiempo de la aventura y el tiempo de la lectura en el que se encuentra implicado el lector –el mismo procedimiento aparece en una novela de amplia repercusión entre los adolescentes, Cruzada en “jeans”, de Thea Beckman–, pero también puede obedecer a una intención paródica, como muestra la novela Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, basada en la misma materia de Bretaña.

En La espada de Liuva –ya hemos aludido que en el epílogo final el narrador se ubica en la época actual, pues la mención a la computadora es lo suficientemente explícita–, este mismo recurso es utilizado, para destacar los respectivos tiempos de la aventura y la escritura. En la novela de Farias el tiempo crónico de la historia no parece importar mucho –de hecho la alusión temporal del comienzo remite a los “tiempos de Maricastaña”–, aunque sí se insiste en mostrar la opresión de la sociedad medieval a través de los caminos de supervivencia que tienen que emprender los más pobres –no se cita tampoco ningún enclave concreto–, como el propio Liuva y el bandido abocado a una vida dura y solitaria que se convierte en su amigo. El tiempo figurado vuelve a sobresalir entonces sobre todos los demás. Y el

157 GULLÓN, R. Op. cit., p. 38.

artífice de ello es el narrador, quien declarándose escudero de Amadís de Gaula hace intervenir a este famoso personaje de las novelas caballerías medievales en la trama. El autor contrasta así dos facetas que se oponen a la hora de caracterizar la Edad Media: por una parte, la opresión de los señores feudales y los abusos sobre los más desfavorecidos, y por otra el idealismo que guiaba a los caballeros andantes en pos de la justicia y la defensa de los más débiles. El mundo real se opone, pues, al ficticio, pero ambos formaban parte de la Edad Media, una época en la que el tiempo de la experiencia adopta como modelo el tiempo figurado.

Respecto a la aventura, aparte del tiempo crónico, la época en que se desarrolla la novela –su relación con el tiempo de la escritura determina la configuración de dos subgéneros, la novela histórica y la de ciencia ficción, según se proyecten los hechos hacia el pasado o el futuro–, debe ser considerada su duración, ya que ésta constituye un elemento importante de semiotización. M. Bal plantea una distinción entre las fábulas que presentan una crisis y las que remiten a un desarrollo: “el primer término indica un corto espacio de tiempo en el que se han condensado los acontecimientos; el segundo, un período mayor que presenta un desarrollo”. El crítico hace depender cierto tipo de novelas, como aquellas que plantean la estructura del Bildungsroman o el viaje de la modalidad del desarrollo, puesto que necesitan una mayor extensión temporal: “las novelas de viajes precisan de un período de tiempo bastante extendido: el tópico de mayor importancia de entre los que se presentan es precisamente el tiempo y su paso”158.

Si analizamos las novelas del corpus, al igual que ocurría con la cronología, la duración de la aventura no es la misma en todas ellas, ni aparece marcada de la misma manera. En Endrina y el secreto del peregrino vamos econtrando a lo largo de la narración indicaciones precisas sobre el paso del tiempo; los peregrinos parten pasadas “ya diez jornadas de abril”, por tanto en primavera, y su itinerario finaliza llegado ya el verano:

¡Qué bullicio solía haber en la catedral de Santiago a cualquier hora! Pero aquella mañana de finales de julio, la multitud calló de pronto, porque un anciano duque con traje de peregrino estaba penetrando

158 BAL, M. Op. cit., pp. 46, 47.

en el templo, y el arzobispo, revestido con la solemnidad de los días de fiesta, lo esperaba al pie del altar de Sant Yago159.

En esta novela, la duración del viaje se mide en relación con el tiempo natural y el de los trabajos agrícolas160. Por ello los peregrinos suelen iniciar la ruta al “Alba, cuando cantan los gallos por tercera vez, según tradición popular”, indica en el paratexto la autora161. Esta misma indicación temporal aparece en El juglar del

Cid, parafraseada del poema medieval que le sirve de base, cuando el Cid se

dispone a abandonar Vivar con sus hombres: “De pronto escucharon todos el clarinazo animoso, como una arenga, de los gallos reclamando el alba. Se encendieron las caras y tomó la tropa un paso más vivo”162. Pero, volviendo a

Endrina, otro elemento, en este caso creado por el hombre, como las horas

destinadas a la oración, sirve para medir la duración del día; valga como referencia el diálogo que mantienen un buhonero y un juez cuando, una vez que los peregrinos han llegado a León, se cuestiona el paradero de Diago de Tabladiello, hermano de Endrina:

–¿Y dónde está ese hombre?

–Hace más de dos días que debiera estar en la ciudad. Viniendo desde tierras de Flandes su caballo ya tendrá los cascos alterados, ante tanto retraso. Quizá no canten los freires de San Marco la hora nona sin que él se encuentre nuevamente en León –añadió el buhonero.

159 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., p. 262. El historiador Vázquez de Parga señala que, debido a

los peligros de los caminos, los peregrinos solían viajar en grupos en fechas fijas; documentos de la iglesia compostelana aluden a la peregrinación de la Pascua y de San Miguel. Cfr. VÁZQUEZ DE PARGA, L.; LACARRA, J. M.; URIA RIU, J. (1992) Las peregrinaciones a Santiago de Compostela. Pamplona: Gobierno de Navarra, Vol. 1, p. 144 (ed. facsímil de la ed. de Madrid: CSIC, 1948, 3 vols.).

160 Bajtín explica que la literatura antigua sólo conocía el tiempo cíclico de los trabajos agrícolas,

combinado con el natural y el mitológico; se trataba de un tiempo más idealizado que real, y las principales etapas de su evolución se encuentran en Hesiodo, Teócrito y Virgilio (Cfr. BAJTÍN, M. Op.

cit., p. 280)

161 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., p. 133. 162 AGUIRRE BELLVER, J. Op. cit., p. 30.

–Sin embargo, ahora tocan a tercia y ese hombre no llegó a su morada [...]163.

La autora especifica en el paratexto de pie de página que la hora nona comprende “desde media tarde hasta la puesta del sol” y la tercia “desde media mañana hasta mediodía”. La influencia de la religión en el tiempo crónico también se pone de manifiesto, como es natural, en el convento en el que Catalina pasa catorce meses, como ella misma atestigua; así, cuando ésta llega a su nueva morada la madre abadesa le explica los horarios de sus nuevos deberes:

Pronto sonará la campana para los rezos de sexta y a continuación, la comida en el refectorio. Después de un corto recreo, acudirás a la sala contigua de lectura, escritura y dibujo. De los rezos de nona estáis dispensadas las educandas164.

En esta novela no existen referencias temporales precisas sobre la duración del viaje de los Oienart hasta el próspero destino que les espera en Bayona; sólo encontramos la breve alusión de Catalina al período de estancia en el convento. En el capítulo final, centrado en la peripecia de la protagonista y su marido en tierras orientales, ya se ha mencionado que el paso del tiempo se indica con precisión: la travesía comienza en agosto de 1248 en un puerto el Mediterráneo y se interrumpe en el mismo mar, en un punto cercano a las costas de Chipre, en abril de 1254.

Asimismo en Almogávar sin querer la narración del tiempo vivido en Oriente resulta más condensada, pues buena parte de la misma, desde la partida de Garcés de Santa María de Carcabiello hasta su participación, ya en Bizancio, en importantes batallas contra los turcos, como la de Filadelfia, transcurre en el año de 1302. El resto de los años vividos en estas tierras es relatado de forma más breve; se destaca el año de 1304 en el que Roger de Flor es nombrado César del imperio y, posteriormente, los sucesos acaecidos desde 1305 a 1307, cuando tras la muerte de su caudillo, los almogáraves continúan su empresa guerrera en Bizancio, pero

163 LÓPEZ NARVÁEZ, C. Op. cit., p. 192. 164 SANZ, B. Op. cit., p. 73.

Garcés, hastiado de tanto odio y tantas muertes, decide volver a su patria. Entonces se produce una elipsis de tres años, ya que la siguiente referencia temporal sitúa al protagonista en la Baronía de Goreia en agosto de 1311. El autor de novelas históricas efectúa la selección de los hechos históricos que más le interesan, y en este caso las pruebas sufridas por Miguel en los años más significativos de la gesta almogávar son suficientes para probar su valía y hacerle madurar; por ello el viaje de vuelta no importa tanto como el de ida, y después de un salto brusco en el tiempo, la narración vuelve a remansarse en tierras aragonesas para cumplirse así la estructura de conflicto-solución que, como ya hemos indicado, también caracteriza la novela.

En otras novelas, como el El juglar del Cid no se especifica la duración del itinerario, aunque ésta prodría ser deducida acudiendo a fuentes históricas, pues la narración comienza con el destierro del Cid y termina con la toma de Valencia. En