• No se han encontrado resultados

EL VIAJE COMO ELEMENTO CONFIGURADOR DE LA ESTRUCTURA

2. EL TEXTO Y EL LECTOR

2.1. EL VIAJE COMO ELEMENTO CONFIGURADOR DE LA ESTRUCTURA

La palabra estructura es habitual en los análisis narratológicos, el término es antiguo y está presente en diferentes ciencias, desde la anatomía a la lingüística. Recordemos que en esta última disciplina, en tanto que entra más dentro del ámbito de nuestra competencia pues en ella se apoyan algunas de las líneas de investigación que sustentan la teoría literaria, estructura es sinónimo de sistema, y en este sentido se habla del sistema de la lengua como un conjunto de unidades interdependientes que se relacionan entre sí. Por tanto, cuando se habla de estructura en literatura hay que pensar en el principio organizador que ordena las diferentes partes de una obra literaria en un todo coherente dotado de sentido. Pero a pesar de que los conceptos de organización y composición pretenden explicarlo, el término parece estar cargado de ambigüedad. Por ello muchas veces se confunde o es intercambiable con otros conceptos como forma, estilo o técnica.

Mariano Baquero Goyanes69 apunta que en determinadas ocasiones una técnica, como por ejemplo el monólogo interior –en el sentido de recurso o instrumento manejable por el novelista– puede convertirse en estructura narrativa, ya que se convierte en principio organizador del material narrativo. Para Marina Forni Mizzau ambos ítem serían intercambiables, de ahí la atención prestada a las

strutture tecniche en su libro Tecniche narrative e romanzo contemporaneo70. Lo

cierto es que, al igual que ocurre en lingüística con la compartimentación en niveles o planos, se hace necesario delimitar, por razones descriptivas y metodológicas, diferentes campos de acercamiento a las obras literarias, y uno de ellos es la estructura; su relación, o a veces carácter inseparable de las técnicas elegidas por el narrador para contar la historia o el estilo, resulta entonces obvia, ya que todos constituyen recursos o instrumentos que el autor tiene a mano cuando se le plantea el reto de dar forma a la materia, de configurar, componer un contenido, unas experiencias que, como la vida misma, se presentan muchas veces sin orden aparente.

Para la delimitación del corpus de novelas en este trabajo de investigación se ha tomado como referencia la aparición, por un lado de un viaje, no solamente

69 Cfr. BAQUERO GOYANES (1989) Estructuras de la novela actual. Madrid: Castalia, pp. 15-21. 70 Cfr. FORNI MIZZAU, M. (1965) Tecniche narrative e romanzo contemporaneo. Milán: Mursia,

como tema o motivo secundario, sino como elemento organizador y por tanto estructural; y por otro, se ha considerado su carácter histórico, su realización en un pasado que resulta remoto desde la perspectiva actual. En relación con estas dos premisas, la configuración de los formantes de la novela en torno a un desplazamiento físico y la época histórica que le sirve como marco, M. Victoria Sotomayor habla de un tipo de estructura concreta, la del viaje, frente a otro tipo, que se decanta más por el conflicto-solución, en un intento por caracterizar y encontrar elementos recurrentes dentro de la novela histórica juvenil española:

En la primera, el relato se organiza en torno a un viaje que realiza el protagonista y la realidad histórica se da a conocer mediante los encuentros, peripecias y experiencias diversas que tiene este personaje a lo largo de su periplo (lo que propicia la técnica del relato intercalado); la segunda arranca del planteamiento de un problema o conflicto, que afecta sobre todo al protagonista, pero que puede extenderse a todo un grupo social: este conflicto se desarrolla e intensifica a lo largo de la novela hasta llegar a una resolución final que no siempre es positiva71.

La mayor parte de las novelas de nuestro corpus se adaptan al esquema del viaje, aunque ello no es óbice para que aparezcan conflictos que más tarde han de encontrar una solución. La propia Mª Victoria Sotomayor aclara:

Cuando el viaje es el gran argumento narrativo, cabría pensar en la inexistencia de un auténtico conflicto, pero esto no es del todo cierto. El adolescente o joven que emprende el viaje lo hace por un deseo de aventura y conocimiento de otros lugares; algo que forma parte de su aprendizaje de la vida. En su transcurso, conoce gentes diversas, encuentra situaciones imprevistas, debe superar

71 SOTOMAYOR, M. V. (1995) “Lo diferente como elemento estructural de la novela histórica

juvenil española”, 24º Congreso Internacional del IBBY de Literatura Infantil y Juvenil: Memoria, Op.

obstáculos y resolver problemas, se ve obligado a tomar decisiones...72.

Ya incideremos en las motivaciones de los jóvenes protagonistas de las novelas del corpus a la hora de configurar, en otro capítulo, las marcas de identificación del lector modelo adolescente.

Del viaje como elemento estructural ya había hablado M. Baquero Goyanes para referirse a la literatura en general y, en concreto, poniendo ejemplos de obras paradigmáticas, como el Quijote, Tom Jones o el Pickwick. Y para este crítico el viaje implica una organización fundamentalmente episódica, ya que los personajes

según van haciendo su camino, van entrando en contacto con nuevas gentes, con nuevas posibilidades novelescas, con seres que suponen otras tantas historias; bien porque las contengan sus pespectivas peripecias vitales, bien simplemente porque sean capaces de contar cuentos o de poseer manuscritos que los contienen 73.

El carácter intertextual, que más tarde analizaremos en novelas concretas del corpus trazado, queda patente o es susceptible de aparecer en la narrativa estructura en torno a un viaje. Sofía Carrizo apunta asimismo a propósito de los relatos de viaje medievales:

La inclusión en sí de relatos es una exigencia del tipo de discurso que tiene como objeto un viaje. La construcción de la imagen del mundo recorrido implica, necesariamente la función adjetivadora que cumplen algunas historias que le sucedieron al propio viajero o que le fueron narradas74.

72 Ibid.

73 BAQUERO GOYANES, M. Op. cit. p. 32.

En el caso de las novelas de nuestro corpus encontramos diversos ejemplos de narraciones introducidas por los personajes a lo largo del camino. En Endrina y el

secreto del peregrino y El bordón y la estrella y El Camino de Santiago destacan los

milagros llevados a cabo por intercesión del Apóstol puestos en boca de los peregrinos, así como las alusiones a la leyenda de Carlomagno en su calidad de liberador del Camino de manos de los sarracenos; aparte, claro está, de la inclusión de las historias de los propios caminantes. En El viaje a la Gascuña la familia compuesta por un matrimonio y sus dos hijos, que parte desde Castilla a las tierras del norte, también tendrá ocasión de oír en una posada la historia de un peregrino que sigue la ruta compostelana. Los caminos, al igual que los relatos que configuran diferentes niveles narrativos, se cruzan formando una tupida red donde el viajero adquiere la condición de oyente y narratario, a la vez que narrador.

En La espada y la rosa la complejidad narrativa es todavía mayor, pues el relato de la peripecia vital del cruzado Gilberto, que en su camino hacia Compostela se refugia en el monasterio en ruinas donde moran el hermano Martín y el joven huérfano Moisés, ocupa tres capítulos de la novela y configura otros de los itinerarios medievales establecidos como modelo en la segunda parte de este trabajo de investigación: las cruzadas y los caminos transitados por maravillas. En esta narración también sobresalen los relatos introducidos por distintos personajes en el paso de Gilberto y Moisés por el Camino de Santiago. El viaje da pie a la inclusión de nuevas historias de carácter maravilloso, como la relatada por Gilberto, a propósito de su encuentro con unos leprosos, sobre la leyenda de que esta mortal enfermedad se curaba con la sangre de una doncella; o también la fábula representada por unos juglares andariegos que remite al célebre Roman de

Renart75. La realidad vuelve a confundirse con la ficción en ese entramado de piezas

heterogéneas, de summa que responde al recurso clásico de la amplificatio, que caracteriza el mosaico medieval.

Y en Amarintia, otra de las novelas en las que el itinerario hacia Tierra Santa de un grupo de cruzados queda interrumpido por el que emprende el caballero

75 El Roman de Renart está constituido por un conjunto de narraciones medievales francesas en

verso protagonizadas por un zorro y de intención paródica; las más antiguas se remontan al siglo XII. Cfr. RIQUER, M.; VALVERDE, J.M. Historia de la literatura universal. Barcelona: Planeta, 1994, 3ª ed., Vol. 3, pp. 306-313.

Annón de Waldburg al internarse en un bosque plagado de maravillas, se hace explícita esa necesidad de escuchar relatos que caracteriza al viajero para mitigar la fatiga del camino, pues el príncipe germánico Alberto el Prudente –al mando de la expedición– manifiesta al comienzo de la narración a sus acompañantes: “Hagamos agradable el viaje contando historias. Así se nos hará más corta esta fatigosa jornada”76. De esta manera él mismo relatará la proeza guerrera que le supuso el sobrenombre de El Prudente, y a ésta le sigue la triste historia del juglar que ha emprendido la cruzada para olvidar un mal de amores –de sangre noble y encerrado en una fortaleza para ser preservado de un hado fatal, su peripecia recuerda un poco a la del solitario Segismundo, apartado también del mundo debido a un funesto vaticinio–; por último, le llega el turno a Annón, apodado El Temerario precisamente por haber tenido un encuentro con la muerte y haberla vencido. En esta novela la complejidad no reside tanto en las referencias intertextuales –que también son patentes– como en la intromisión de la ficción dentro de la realidad, de manera que los propios personajes llegan a dudar de su condición real. Cuando Annón se reincorpora al grupo después de su aventura en el bosque y su llegada a la ciudad perdida de Amarintia, recela en contar a los demás todo lo sucedido, por ello le sorprende el relato del juglar de la peripecia que él mismo ha vivido; pero todavía resulta más impactante la afirmación del primero de que la historia no puede ser verdad porque ha sido sólo un producto de su invención.

En los itinerarios medievales lo maravilloso o lo milagroso convive en armonía con las peripecias reales experimentadas por los viajeros, por ello no importa tanto la veracidad de las historias que se cuentan sino su función pragmática de entretener al oyente y por extensión al lector, que también emprende un viaje por el espacio textual, espacio que, en definitiva, es ficticio, pero puede convertirse mediante el acto de la lectura en un simulacro de realidad.

Por otro lado, Teresa Colomer analiza la relación entre las posibles líneas narrativas que pueden aparecer en una misma obra como uno de los procedimientos que contribuyen en la literatura infantil y juvenil a hacer la estructura más compleja. Así apunta que la mayoría de las narraciones del corpus elegido para su tesis (70,22 %) dirigidas al bloque de edad comprendido entre los 12 y los 15 años –el intervalo

76 MARTÍNEZ GIL, F. Op. cit., p.10.

que interesa desde la perspectiva de esta investigación– “presentan una estructura narrativa compleja en la que se interrelacionan distintas líneas argumentales”77. Para determinar la simplicidad o complejidad de una narración toma en cuenta la clasificación ya clásica realizada por Todorov en “Las categorías del relato literario”78 sobre la relación que se establece entre diferentes historias dentro de un mismo relato; en ella nos vamos a detener por considerar que su presentación es útil para la profundización en las novelas de nuestro corpus:

a) la técnica del encadenamiento consiste en la yuxtaposición de distintas historias: una vez acabada la primera comienza la segunda. En este caso la unidad viene dada por cierta similitud en los procedimientos de construcción de las historias; en el cuento tradicional tenemos el ejemplo de cada uno de los viajes que realizan tres hermanos en busca de un objeto precioso;

b) la intercalación supone la inclusión de una historia dentro de otra, así los relatos de Las mil y una noches tienen como marco global la propia historia de Sherezade;

c) y finalmente, la alternancia, que consiste en contar dos historias simultáneamente, interrumpiendo ya la una ya la otra para retomarla en la interrupción siguiente.

Ante esta propuesta, cabe hacer algunas consideraciones, como el hecho de que las dos primeras formas se relacionan más con el relato folklórico, piénsese también en las compilaciones medievales de Chaucer, Bocaccio y el propio Don Juan Manuel –quien bebió de las fuentes orientales del Panchatantra y el Calila e

Dimna–, y por supuesto con la estructura de viaje, ya que precisamente ésta es la

que da sentido a las novelas intercaladas –puestas en boca de los personajes que encuentra el protagonista en el trayecto– en el Quijote. Mientras que el tercer procedimiento recuerda la simultaneidad y el montaje de diferentes planos y secuencias que caracteriza tanto al cine como a la novela moderna. Por ello su uso queda desvinculado de la literatura oral y todas las formas asimiladas.

77 COLOMER, T. (1998a) Op. cit. p. 267.

78 Cfr. TODOROV , T. (1966) “Las categorías del relato literario”, Análisis estructural del relato.

En las novelas de nuestro corpus predomina la técnica de la intercalación de historias, ya que la estructura del viaje facilita el intercambio de relatos entre los viajeros. Aunque a veces la narración de segundo nivel no se cuenta de forma completa, sino que se ve interrumpida por el tiempo narrativo que afecta al primer nivel de la fábula. Así en La espada y la rosa el cruzado Gilberto detiene a veces su relato para ceder la voz a Moisés, narrador-oyente responsable de la narración de primer nivel. No se trata, por tanto, de dos historias simultáneas o paralelas, pues entre ellas media una distancia temporal y los nexos entre ambas vienen dados por la recurrencia del personaje de Gilberto. Sin embargo, en Viaje a la Gascuña, sí se podría hablar de cierta simultaneidad, pues el relato del viaje de la familia hacia las tierras del norte se interrumpe para dejar paso a la historia de Catalina, la hija, que transcurre dentro de un convento en Burgos. El trasvase se produce por medio de un cambio en la voz narrativa, que ahora pasa a ser la de la propia joven. En este caso no se trata de una historia intercalada, porque la estancia de Catalina en el convento de la Consolación no tiene como destinatario a ningún personaje de la novela, sino al lector, que retoma el hilo narrativo del viaje de los Oienart en el siguiente capítulo. La familia, sin la hija, ha avanzado desde Oraiola a Bayona, pero la peripecia del viaje, que podría resultar simultánea a la de Catalina en el convento, es omitida; tal vez porque la autora ha concebido como una dificultad el hecho de ofrecer dos historias paralelas sin nexos aparentes de transición. Por ello la carta que recibe la joven, todavía en el convento, funciona a modo de enlace con el siguiente capítulo, ya que en ella sus padres le anuncian que, al fin, se han establecido en Bayona.

Aparte de la intercalación de historias, Baquero Goyanes señala que el motivo del viaje aparece relacionado muchas veces con el de la búsqueda. Este hermanamiento queda atestiguado en ejemplos narrativos muy diversos en la narrativa infantil y juvenil, desde el cuento tradicional, en el que la partida del héroe supone la búsqueda de algo que consiga llenar la carencia inicial que le obliga a abandonar el hogar, a novelas de aventuras más del gusto de los adolescentes; el propio Baquero Goyanes cita como ejemplo de novela típica de búsqueda La isla del

tesoro79, junto a otra obra mucho más compleja que para el constituye una versión

moderna del tema: el Ulises de Joyce, donde el protagonista anhela el encuentro con

el padre.

En las novelas del corpus, aparte de la sed de aventuras y la necesidad de enfrentarse a lo diferente que entronca con el espíritu adolescente –motivaciones que serán analizadas en el capítulo dedicado a configurar las marcas textuales que determinan este tipo de lector modelo–, existen otra serie de búsquedas que nos han ayudado a establecer la tipología de itinerarios efectuados en la Edad Media en la segunda parte de este trabajo de investigación.

En los denominados “Caminos transitados por la fe: el Camino de Santiago y las cruzadas”, resulta evidente el predominio de un tipo de búsqueda espiritual que se concreta en el deseo de estar cerca de las reliquias de Jesucristo o sus apóstoles. En el caso de los peregrinos los motivos para emprender el viaje pueden ser variados –de ellos nos ocupamos más pormenorizadamente en la segunda parte de la tesis–, valga como ejemplo la necesidad de expiación de un pecado por parte del caballero Guillaume en Endrina y el secreto del peregrino o por parte del cruzado Gilberto en La espada y la rosa. Y en lo que respecta a los cruzados, está claro que, aparte de la fe –motivación que les impulsaba a liberar los Santos Lugares de la ocupación musulmana–, el ansia de poder y de riquezas movió a muchos nobles a emprender el largo y peligroso viaje hasta Oriente.

La búsqueda de maravillas, la necesidad de traspasar las fronteras del mundo conocido y acceder a un espacio supraterrenal que muchas veces se identificaba con el Paraíso está también presente en los libros de viaje medievales, por ello caracteriza otro de los itinerarios representados en nuestra tipología. Aunque en el caso de dos de los viajeros de las novelas de nuestro corpus, el cruzado Gilberto en La espada y la rosa y Annón el Temerario en Amarintia, no existe una búsqueda consciente, ya que ambos, perdidos respectivamente en el desierto y en un bosque, encuentran de manera fortuita la ciudad perdida que remite al Paraíso. Pero cuando se hallan ya en ella, sí ansían quedarse entre sus muros para siempre, pues se han dado cuenta de que la abolición del tiempo en este lugar representa la inmortalidad, eterno sueño inalcanzable del hombre.

Los itinerarios reales se confunden en la Edad Media con los imaginarios – hecho que también queda patente en los mapas de la época–, de ahí que el camino emprendido por los caballeros andantes constituya otro modelo de recorrido. En este caso, la búsqueda de aventuras para probar su valía justificaba su vida andariega; el

caballero ha de participar en combates y ayudar a los débiles para, al final, ofrecer sus triunfos a su dama, y así queda atestiguado el proceder del célebre Amadís de Gaula en La espada de Liuva, de Juan Farias. Aunque también en La aventura de sir

Karel de Nortumbria aparecen muestras de una aventura más trascendente, al

lanzarse los caballeros de la Tabla Redonda en busca del Santo Grial; la motivación espiritual vuelve a cobrar entonces pujanza.

Y frente a los caminos esbozados, de corte más ontológico, en los que el hombre intenta buscarse a sí mismo y su papel en el mundo mediante el acercamiento a la divinidad, se perfilan otros más materialistas, donde se ponen de manifiesto motivos relacionados con el poder, la riqueza y la propia supervivencia.