El período de servidumbre de Jacob le pareció que pasaba de prisa, y al final de los siete años reclamó su esposa. Pero ahora era el momento para que Jacob experimentara cómo su propio pecado le sorprendía. Tal como él engañara a su padre, ahora Labán le engañó a él. Aprovechándose de las costumbres orientales, según las cuales la novia siempre es llevada a su marido con el rostro cubierto con un velo, substituyó a Raquel por Lea. Pero, como antes Dios, sin saberlo ellos, había sobrepasado el pecado de Isaac y de Jacob, así actuó también ahora en el caso de Labán y Jacob. Porque Lea, por lo que podemos adivinar, era la que Dios había determinado para Jacob, aunque, por su hermosura, él había preferido a Raquel. De Lea nació Judá, en cuya línea se cumpliría la promesa de Abraham. Lea, como veremos más adelante, temía y servía a Jehová; mientras que Raquel estaba entregada a las supersticiones de la casa de su padre; e incluso el carácter natural de la hermana mayor era más adecuado para su nuevo llamamiento que el carácter petulante, displicente y caprichoso de la hermosa hija menor de Labán. En cuanto al artífice del engaño, Labán, se encubrió con la excusa de que la costumbre nacional era de no entregar una hija antes que su hermana mayor. Pero rápidamente propuso a Jacob darle también a Raquel, a cambio de siete años más de servidumbre. Jacob accedió, y la segunda unión se celebró inmediatamente después de finalizar las fiestas matrimoniales de Lea, las cuales en oriente suelen durar una semana.
Sería un gran error suponer por el silencio de la Escritura que este casamiento doble de Jacob recibió la aprobación divina. Como siempre, la Escritura registra los hechos, pero no comenta. Ello se ve bastante claro en la vida plagada de sufrimientos, deshonra, y pruebas que, en la providencia retributiva de Dios, fue la consecuencia de esta unión doble.
La debilidad pecaminosa de Jacob apareció también en su vida de matrimonio, con la desagradable e injusta preferencia por Raquel, y los tratos de reproche de Dios bendiciendo la esposa «odiada» con hijos, mientras que privaba a Raquel la dicha tan apreciada en una familia donde todo lo precioso se relacionaba con un heredero de las promesas. Al mismo tiempo, serviría para explicar de nuevo lo que había sido comunicado primero a Abraham y luego a Isaac, que especialmente en la familia patriarcal esta bendición debía ser un don directo del Señor.8 Lea dio a luz sucesivamente cuatro hijos, a los que, muy significativamente, llamó Rubén («mirad, un
hijo»), diciendo, «Ha mirado Jehová mi aflicción»; Simeón («escuchar»), «Por cuanto oyó Jehová que yo era odiada»; Leví («hendidura», o «unido»), con las esperanza que «Ahora esta vez se unirá mi marido conmigo»; y Judá («alabado» sea Jehová), porque dijo: «Esta vez alabaré a Jehová». Merece especial atención que, ante el nacimiento de por lo menos tres hijos, Lea no solo reconoció a Dios, sino que lo reconoció especialmente como Jehová, el Dios del pacto.
77 Génesis 31:14, 15.
Suponemos que Raquel, que no tenía hijos propios, no estaba esperando todo ese tiempo sin intentar eliminar lo que en su envidia y celos ella consideraba una ventaja de parte de su hermana. De hecho, el texto sagrado no indica en ninguna parte que los hijos de Jacob nacieran en el orden exacto con el que se registran sus nombres. Al contrario, tenemos razones suficientes para suponer que no fue así. Concuerda bastante con el lenguaje petulante y querelloso de Raquel, la suposición que no esperara mucho tiempo, sino tan pronto como descubrió su desventaja ante su hermana, persuadió a su marido para que la hiciera madre por medio de Bilha, su sierva, como Sara hizo con Agar. Así los pecados de los padres demasiado a menudo aparecen de nuevo en sus sucesores. En vez de esperar en Dios, o dedicarse a la oración, Jacob satisfizo el deseo de Raquel, y su sierva tuvo dos hijos, a quienes Raquel llamó «Dan», o «juicio», como si Dios hubiese juzgado su mal, y «Neftalí», o «mi lucha», diciendo: «Con grandes luchas he contendido con mi hermana, y he vencido». En ambos casos notamos los celos por su hermana; y aunque reconocía a Dios, no era como Jehová, sino como Elohim, el Dios de la naturaleza, no el Dios del pacto de la promesa.
Una vez más el mal ejemplo de una hermana, y su supuesto éxito, resulta contagioso. Cuando Lea se dio cuenta de que ya no volvía a ser madre como antes, y probablemente sin esperar a que nacieran los dos hijos adoptivos de Raquel, imitó el ejemplo de su hermana, y dio a Jacob su propia sierva Zilpa. Cuando nació el mayor, exclamó: «Vino la ventura»,9 y le llamó «Gad», o «buena fortuna»; expresando la misma idea con el
nombre del segundo, Aser, o «feliz». Tampoco Lea se acordó de Dios en todo esto, sino que solamente pensó en el éxito de sus ardides. Pero el número de hijos concedidos a las dos hermanas tampoco hizo desaparecer los celos mutuos ni restableció la paz en la casa de Jacob. Se dieron las escenas más dolorosas; y cuando al cabo del tiempo Lea dio a luz de nuevo a dos hijos, reconoció ciertamente a Dios en sus nombres, pero esta vez, como su hermana, sólo Elohim, y no Jehová; parece que ella veía en el primero de ellos una recompensa por dar Zilpa a su marido, por lo que el nombre del niño fue Isacar («él da», o «trae recompensa»); al mismo tiempo que consideraba a su último hijo, Zabulón, o «morada», como una prenda, puesto que ya que había dado seis hijos a su marido, ahora moraría con ella.
Ya se ha dicho que no tenemos que considerar el orden con el que se menciona el nacimiento de los hijos de Jacob como indicativo de su sucesión real.10 Vienen enumerados así, parcialmente para mostrar los diversos
motivos de las dos hermanas, y parcialmente para agrupar los hijos de las diferentes madres. El hecho que el relato escritural no pretende representar la sucesión real de los hijos se muestra también en el dato que el nacimiento de la única hija, Dina, («juicio») se cita inmediatamente después de Zabulón. Los términos hebreos usados en este caso implican que Dina nació más tarde («después»), y, de hecho, sólo ella es mencionada con referencia a la última época de la historia de Jacob, aunque tenemos razones para creer que Jacob tuvo otras hijas,11 cuyos nombres e historia no se mencionan.
Y ahora finalmente parece que Raquel tuvo mejores pensamientos. Cuando leemos que al darle un hijo propio «Dios le escuchó», podemos inferir con toda seguridad que la oración de fe había tomado en su corazón el lugar anteriormente ocupado por la envidia y los celos de su hermana. El hijo que le nació entonces, en el año catorce de la servidumbre de Jacob a Labán, fue llamado José, un nombre que tiene un significado doble: «el que quita», porque, como dijo ella misma, «Dios ha quitado mi afrenta», y «añadiendo», puesto que consideraba a su hijo como una prenda de que Dios (esta vez «Jehová») «me añadirá otro hijo». El objetivo de la estancia prolongada de Jacob con su suegro se cumplió entonces. Los catorce años de servicio a Labán lo dejaron tan pobre como cuando llegó a él por primera vez. Las necesidades de su familia en aumento, y las mejores relaciones establecidas en la misma, le debieron hacer pensar en lo positivo de volver a su país. Pero cuando confió este deseo a su suegro, éste no deseaba separase de quien le había procurado tantos beneficios. Con la confusión típica de ideas paganas con un conocimiento tenue de la existencia de Jehová, Labán dijo a Jacob
99 Ésta es la traducción correcta; o también, según otra lectura: «Con buena suerte».
1010 En la última bendición de Jacob (Gn. 49) encontramos un orden bastante diferente de sus hijos; esta vez también en vista de los propósitos del relato.
(traducción literal): «Si he hallado gracia en tus ojos (es decir esperar), porque he adivinado12 descubierto por
medio de la magia), y Jehová me ha bendecido por tu causa». El mismo intento de colocar a Jehová como el Dios de Abraham al lado del dios de Nacor (sin negar la existencia de Jehová, pero sin aceptar que sea el único Dios viviente) aparece de nuevo más adelante cuando Labán hizo pacto con Jacob.13 También se repite a
menudo en la historia posterior de Israel. Tanto las naciones forasteras como Israel misma, cuando se hallan en un estado de apostasía, no negaban que Jehová era Dios, sino que intentaron ponerlo al mismo nivel que divinidades falsas. Pero la Escritura nos enseña que colocar a cualquier otro supuesto Dios junto al vivo y verdadero es una ignorancia y un pecado tan grande como negarle.
De este modo tan peculiar y particular Labán, con candidez y liberalidad fingidas, invitó a Jacob a que mencionara su futuro sueldo. Pero esta vez el engañador iba a ser engañado. Basándose en el hecho que en oriente la mayoría de cabras son negras y las ovejas blancas, Jacob hizo una petición que parecía muy modesta, que su porción sería compuesta por todo animal manchado y salpicado. Labán aceptó con gusto, asegurándose que la selección la hacía él mismo, y que entregase la porción de Jacob a sus propios hijos, mientras que Jacob debía cuidar los rebaños de Labán. Finalmente, separó sus rebaños a tres días de camino de los de Jacob. Pero incluso así, Jacob sabía, por medio de unas artimañas bien entendidas en oriente, cómo embaucar a su suegro, y asegurarse que, a pesar de que las ovejas «manchadas, salpicadas y de color» habían sido una excepción, ahora eran los rebaños más numerosos y fuertes. Y la ventaja siempre estaba de parte de Jacob, aunque Labán invirtiese varias veces las condiciones del contrato.14 Esto demostraba claramente que las artimañas de Jacob ni
eran ni podían ser la única razón de su éxito. De hecho, inmediatamente después del acuerdo con Labán, el ángel de Dios habló a Jacob en un sueño, asegurándole que, incluso sin tales artimañas, Dios le haría justicia ante Labán.15 Una vez más, pues, Jacob actuó como solía hacerlo en casa de su padre. Se «precipitó»; no podía
esperar que Dios cumpliera su promesa; debía usar sus propios medios (emplear su astucia y ardid) para cumplir el propósito de Dios, en vez de entregar su causa a Dios. Y como la vez anterior tuvo la excusa de la debilidad de su padre y la violencia de su hermano, también ahora podía parecer que estaba simplemente actuando en defensa propia, y como si el engaño fuese necesario para su protección; tanto más porque recurrió a su ardid solo en primavera, no en otoño,16 para que la segunda producción del año perteneciera sobre todo a su suegro.
Las consecuencias se mostraron muy parecidas a las que siguieron a su engaño en la casa de su padre. La riqueza en gran aumento de Jacob durante los seis años de esta relación comercial provocó tan gran enemistad y envidia de Labán y sus hijos, que Jacob sintió la necesidad de irse por su seguridad, aunque no había recibido instrucciones divinas al respecto.