Pero antes de registrar el juicio por medio del cual se sostenía el propósito divino, la Escritura nos da la genealogía de las diferentes naciones, y ello con un triple objetivo; para demostrar cómo la tierra fue poblada toda ella por los descendientes de Noé; para mostrar la relación de Israel con cada nacionalidad; y, el mejor de todos, para registrar, por así decirlo, su nacimiento en el libro de Dios, indicando con ello, que, a pesar de que «en las generaciones pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos»,1 ellos también
estaban incluidos en los propósitos de misericordia, y preparados para finalmente «habitar en las tiendas de Sem».
De acuerdo con el plan general en el cual la Santa Escritura se escribió, no leemos después de la profecía de Noé, la cual determinaba el futuro de sus hijos, nada más acerca de aquel patriarca que «vivió después del diluvio trescientos cincuenta años», y que murió a la edad de novecientos cincuenta años. En cuanto a la división de la tierra entre sus tres hijos, se puede decir de modo general, que Asia fue dada a Sem, África a Cam y Europa a Jafet. Con este mismo criterio general un estudioso moderno2 ha trazado todas las lenguas existentes
hacia tres fuentes originales, todas ellas, sin duda, derivadas de un manantial primitivo, el cual debió perderse en la «confusión de las lenguas», a pesar de que su existencia se muestra por medio de constantes y
sorprendentes puntos de relación entre las tres grandes familias de lenguas. Cuanto más pensamos en la repartición de Europa, Asia y África entre los hijos de Noé, más claramente vemos el cumplimiento de la profecía en cuanto a ellos. Al ojear el catálogo de naciones en Génesis 10, nos cuesta poco reconocerlas, y empezando con el más joven, Jafet, encontramos los conocidos por el lector general, los Cymry de Gales y Bretaña (Gomer), los Escitas (Magog), los Medas (Maday), los Griegos (Jonios, Javán), y los Tracios (Tiras). Entre sus descendientes, los Germanos, Celtas y Armenios han sido identificados con los tres hijos de Gomer. No es necesario continuar con esta tabla, a pesar de que todos recordarán a Tarsis, o España, y los Quitim, o «habitantes de las islas».
Pasando a Sem (v. 21), vemos que es llamado «padre de todos los hijos de Heber», porque en Heber la línea principal se dividió en la de Peleg, de quien salió la raza de Abraham, y los descendientes de Joctán (v. 25). Los descendientes de Sem son exclusivamente las naciones asiáticas, entre las cuales sólo destacamos a Asur o Asiria, y Uz, como la tierra donde nació Job.
Hemos dejado a Cam para el final, por la conexión de su historia con la dispersión de todas las naciones. Sus hijos eran Cus o Etiopía, Mizraim o Egipto, Fut o Libia, y Canaán, a quien, naturalmente, ya conocemos. Se notará, que los centros de todas estas naciones estaban en África, excepto Canaán, cuya intrusión en la tierra de Palestina fue parada por Israel. Pero también otro descendiente de Cam se estableció en Asia. Nimrod, el fundador del imperio babilonio, el conquistador de Asiria, y el constructor de Nínive (v. 11), era el hijo de Cus. Este «poderoso en la tierra», que fundó el primer imperio del mundo, nos recuerda a Caín y su descendiente Lamec. Dejando aparte el posible significado de su nombre, el cual algunos han interpretado como «nos
rebelaremos», la violencia engreída y la rebelión ciertamente constituyen las características de su historia. Muy sorprendentemente las tablas de los sucesores reales de Nimrod han aportado una explicación a su descripción como «un cazador poderoso», porque éste es el título que recibían entre ellos los monarcas guerreros que eran grandes conquistadores como «cazadores». Así comprendemos el significado total de la expresión, «empezó a ser un poderoso sobre la tierra». Desde Babilonia, que era «el comienzo de su reino», Nimrod «salió para Asiria» (v. 11, versión en el margen de la versión inglesa AV), «y edificó Nínive».
11 Hechos 14:16.
22 Nota del traductor: Es preciso tener en cuenta la fecha en que se escribió el presente libro y ver que el texto bíblico solamente nos indica que Dios confundió su lengua. Esto no implica necesariamente que todas tuvieran una misma raíz, o que podamos encontrar un árbol con tres ramas principales.
Babel
Es de destacar que cada vez se mencionan cuatro ciudades en relación con Nimrod: en primer lugar, las cuatro ciudades del imperio babilonio, del cual Babel era la capital, y después las cuatro ciudades de su imperio conquistado, el de Asiria, del cual Nínive era la capital. Ahora bien, todo esto coincide de manera sumamente sorprendente con lo que leemos en la historia antigua, y con los monumentos asirios que en nuestro tiempo han sido levantados de su entierro de muchos siglos por medio de los trabajos de Layard y Loftus, para testimoniar a favor de la Biblia. Porque, primero, sabemos que el gran imperio asiático de Babilonia era de origen cusita. Incluso el nombre de Nimrod aparece en la lista de los reyes egipcios. En segundo lugar, se nos informa que Babel era la sede original del imperio; y –lo más sorprendente de todo– que los primeros reyes babilonios llevaban un título que se supone significaba «las cuatro razas», refiriéndose a «los grupos cuádruples de capitales»3 de Babilonia y Asiria. Finalmente, sabemos que, como se afirmaba en la Biblia, «el imperio
babilonio extendió su dominio hacia el norte» a Asiria, donde se fundó Nínive, la cual a su vez sucedió al imperio que en otro tiempo estuvo en Babel. En relación con todo esto las investigaciones históricas más recientes han confirmado de un modo sumamente sorprendente el relato de la Escritura.
De la magnificencia de Babel, la capital del imperio de Nimrod, «el cazador poderoso», es difícil aportar un concepto adecuado, sin introducirnos en detalles ajenos a nuestro propósito. Pero podemos formarnos una idea sobre el de su extensión, que según los cálculos más reducidos, cubría por lo menos cien millas cuadradas, o aproximadamente cinco veces el tamaño de Londres; mientras que los cálculos más extensos dan doscientas millas cuadradas, o diez veces el tamaño de Londres.4 Tal era la envergadura de la ciudad del mundo, cuyo
primer «comienzo», por lo menos, fue fundado por Nimrod. No es de extrañar, pues, que el orgullo mundano de aquel tiempo deseara hacer de tal lugar la capital mundial del imperio, cuya torre «llegue al cielo». Los sucesos relacionados con la frustración de su plan acaecieron en los días de Peleg, el nieto de Sem.5 Puesto que Peleg
nació cien años después del diluvio, y vivió doscientos treinta y nueve años, seguramente había ya una considerable población sobre la tierra.
Si se necesitaba alguna evidencia de que el diluvio ciertamente había destruido a los pecadores pero no el pecado, se podía hallar en la conducta y el lenguaje de los hombres en los días de Nimrod y Peleg. Después de salir del arca, «viajaron hacia el este» (c. 11:2) hasta que llegaron a la extensa y bien regada llanura de Sinar, donde se establecieron. Siendo todavía todos ellos «de una sola lengua y unas mismas palabras», decidieron construirse allí «una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo», con el doble propósito de hacer «un nombre» para sí mismos, y por si «fuésemos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Tales palabras se parecen mucho con las que usaría Nimrod y están impregnadas del espíritu de «Babilonia» en todas las edades. Ciertamente su significado es: «Rebelémonos»; porque así no solo se frustraría el propósito divino de poblar la tierra, sino que tal imperio del mundo habría sido en su propia naturaleza un desafío a Dios y al reino de Dios, aunque su motivo fuera el orgullo y la ambición. Un crítico alemán ha visto en las palabras «hagámonos un nombre» (en hebreo, sheen) una especie de falsa imagen de Sem en quien se centraban las promesas de Dios, o, si podemos expresarlo así, el establecimiento de un anticristo de poder mundano. Algo de este tipo ciertamente parece ser indicado con las palabras de Dios sobre dicho intento (v. 6): «Y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer». Estas palabras parecen implicar que la construcción de Babel era únicamente el inicio de un camino mayor de rebelión. La reunión de todas las fuerzas materiales en un centro común hubiera conducido al despotismo universal y a la idolatría universal; en pocas palabras, al desarrollo pleno de lo que, como anticristo, se reserva para el juicio de los últimos días. Leemos que «Jehová descendió para ver la ciudad y la torre», es decir, usando nuestro modo de expresión humano, para tomar conocimiento judicial de las obras de los hombres.
33 Ver artículo del Sr. Bevan en Smith’s Dictionary of the Bible, vol. II, pp. 544, etc.
44 El Sr. Smith, no obstante, considera estos cálculos algo exagerados.