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Encuentro con Melquisedec

In document Comentário Biblico y Historico 01 (página 46-48)

Este encuentro memorable parece haber dado el nombre al valle, «el Valle del Rey»; y en ese lugar, más adelante, Absalón se erigió una columna monumental para él mismo.2 Pero ahora se daba una escena muy

diferente, y una tan significativa en su interpretación como figura como para dejar sus huellas en las profecías del Antiguo Testamento y en su cumplimiento en el Nuevo. Melquisedec aparece como un meteorito en el cielo (repentina, inesperada y misteriosamente), y luego desaparece del mismo modo repentino. Entre la abundancia de datos genealógicos de aquel período no sabemos absolutamente nada de su descendencia; en el volumen de los reyes y sus hazañas, su nombre y reino, su nacimiento y su muerte permanecen en secreto. Considerando la posición que ocupa con respecto a Abram, ese silencio fue seguramente intencionado, y tal intencionalidad está cargada de significado simbólico; es decir, designado para señalar a las realidades que se corresponden en Cristo. Todavía más claramente que su silencio nos muestra la Escritura la profunda significación de su personalidad con la información que nos da de Melquisedec. Su nombre «Rey de Justicia», su gobierno el del «Príncipe de Paz»; es «un sacerdote», pero no en el sentido en que lo era Abram ni «según el orden de Aarón», siendo su sacerdocio diferente y único; bendice a Abram, y su bendición suena como una ratificación de la entrega de la tierra al patriarca; mientras que Abram le da «diezmos de todo». En este último tributo se ve un reconocimiento de Melquisedec como rey y sacerdote; como sacerdote al entregarle «diezmos», y como rey

11 Génesis 10:10. Hay una referencia frecuente en los monumentos asirios al reino de Elam, que confirma la Escritura, y el Sr. Smith inserta los nombres de Quedorlaomer y sus tres confederados en su «lista de monarcas babilonios» (ver Assyrian Discoveries, pp. 441, 442).

entregándole estos diezmos de todos los despojos, como si tuviera un derecho real sobre los mismos; mientras que Abram no acepta tocar nada de ello, y a sus aliados se les permite solamente «tomar su parte».

No es éste el lugar para tratar el significado simbólico de esta historia; pero el acontecimiento y la persona son demasiado importantes como para pasar inadvertidos. Encontramos dos veces más a Melquisedec en las Escrituras: una vez en la profecía del Salmos 110:4; «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»; y la otra ocasión en la aplicación de todo ello a nuestro bendito Salvador, en Hebreos 7:3. Que Melquisedec no fuera Cristo mismo resulta evidente por la afirmación «hecho semejante al Hijo de Dios» (He. 7:3); mientras que parece a partir de estas palabras, y por todo el tenor de la Escritura, que era una figura de Cristo. De hecho, nos hallamos en el umbral de dos dispensaciones. El pacto con Noé había hecho su carrera, o mejor dicho, se estaba fusionando con el de Abram. Como en el principio del Nuevo Testamento, Juan dio testimonio de Jesús, y no obstante Jesús fue bautizado por Juan; por lo tanto aquí Melquisedec dio testimonio de Abram, y a pesar de ello, recibió diezmos de Abram. Si añadimos que según nuestra opinión Melquisedec era probablemente el último representante de la fe de Sem, en medio de la idolatría (siendo un «sacerdote del Dios Altísimo») la relación entre ellos será más clara. Era lo antiguo transferido a lo nuevo, y extendido en él; era el mando y la promesa de Sem, cedida solemnemente a Abram de mano del último representante de Sem en aquella tierra, quien así dejaba su autoridad en nombre del «Dios Altísimo, poseedor del cielo y la tierra», «quien entregó» los enemigos de Abram en sus manos. Se ha mencionado correctamente que «la grandeza de Abram consistía en sus esperanzas, y la de Melquisedec en su posesión actual».

Melquisedec era sacerdote y rey, Abram sólo un profeta; Melquisedec fue reconocido como el legítimo poseedor del país, el cual por el momento sólo había sido prometido a Abram. Cierto, el futuro será infinitamente mayor que el presente, pero entonces era solo futuro. Melquisedec era el propietario de esa realidad bendiciendo a Abram, y transfiriendo su título a él; mientras que Abram reconocía el presente, dando diezmos a Melquisedec, e inclinándose para recibir su bendición. Así Melquisedec, último representante del orden de Sem, es la figura de Cristo, como último representante del orden de Abraham. Lo que yacía en simiente en Melquisedec debía ser desplegado gradualmente (el sacerdocio en Aarón, la realeza en David) hasta que ambos fueron unidos con grande gloria en Cristo. No obstante, Melquisedec era solo una sombra y una figura; Cristo es la realidad y el cumplimiento de la figura. Es por esto que la Escritura nos ha cerrado las fuentes de investigación sobre su descendencia y la duración de su vida, para que con ese silencio nos señale la descendencia celestial de Jesús. Por este mismo motivo Abram, quien poco después reivindicó su dignidad y posición con el lenguaje de superioridad con que rechazó la oferta de los despojos de parte del rey de Sodoma, se inclinó ante Melquisedec, para que en su bendición recibiera la herencia espiritual que le estaba legando.

Tampoco escapará a la atención del lector el lenguaje usado por Melquisedec para hablar de Dios «el Dios Altísimo», y el «poseedor del cielo y la tierra» (palabras adoptadas por Abram, pero a las que añadió el nuevo nombre de «Jehová», como el del «Dios altísimo, el poseedor del cielo y la tierra») un nombre que se refería al pacto de la gracia del cual Abram sería representante y mediador. Es en armonía con toda esta transacción que Abram depuso la oferta del rey de Sodoma: «Dame las personas, y toma para ti los bienes». Sin duda, no fue como aliado del rey de Sodoma, sino para reivindicar su posición, y la de todos los que estaban relacionados con él, que el Señor había convocado a Abram a la guerra, y le había dado la victoria. Y así estas dos figuras se separan para no encontrarse nunca más: el rey de Sodoma para precipitarse al juicio, que ya quedaba a su alrededor; el rey de Salem para esperar la mejor posesión prometida, la cual ya estaba comenzando.

Capítulo 13

(Génesis 15–20; 21:22–34)

Los grandes momentos de prosperidad demasiado frecuentemente son seguidos por épocas de depresión. Abram ciertamente había derrotado a los reyes de Asiria, pero su misma victoria podría exponerle a la venganza de los mismos, o atraer los celos de los que estaban a su alrededor. No era nada más que un extranjero en una tierra extranjera, sin otra posesión que una promesa, y todavía no tenía un heredero a quien transmitirla. En

estas circunstancias se hallaba cuando «Jehová fue a Abram en una visión», diciendo, «yo soy tu escudo y tu galardón sobremanera grande», es decir, yo mismo soy tu defensa de todos tus enemigos, y la fuente y manantial de donde será completamente satisfecha tu fe con gozo.

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